jueves, 21 de febrero de 2013

Toulouse-Lautrec, el arte y las piedras de toque


ARNOLD, Matthias. Toulouse-Lautrec. Colonia: Taschen, 2012. Traducción de Miryam Banchón.


[Mujer desnuda frente al espejo, 1897][1]

Entre otras, los grandes artistas, por no hablar de los genios, tienen dos cualidades: lo soportan todo sin inmutarse, y son la piedra de toque contra la que se estrellan los cráneos vacíos. Y Toulouse-Lautrec no es una excepción.

Cuando hablamos de soportarlo todo sin inmutarse nos referimos a esa solar naturaleza gracias a la cual estos creadores y sus obras descienden a las alcantarillas o son rozados y manipulados por lo nauseabundo y nunca se manchan. Esto tiene que ver con el nacimiento intempestivo que condena al renacimiento en el futuro como salvación, como reconocimiento, y con el maltrato que constantemente se padece a manos y teclados de los que escriben sobre ellos.

Quizá para “entender” (disfrutar al máximo y comprender el valor en la historia del arte) un cuadro “solo” (ya…) sea necesario “conocer” (ver, y si es “de oídas”, es decir, a través de reproducciones, con el acompañamiento de descripciones técnicas) la mayor parte de las obras pictóricas desde la prehistoria hasta nuestros días. Entonces, sin la “ayuda” (o estorbo) de los “intermediarios” (gentes que explican más que describen), sería posible que los libros de arte se limitasen a reproducir las obras con un mínimo de comentarios ajenos a las características materiales y formales.

Así nos evitaríamos frases como esta: “Se anticipa a ciertos enfoques y regulaciones de la cámara fotográfica” (p. 52). Como si no fuese la fotografía la que todavía va a la zaga de la pintura. Como si tuviese sentido seguir diciendo (o haber dicho alguna vez): “En la era de la fotografía, ya no podía ser tarea de la pintura el reproducir objetivamente una persona o una cosa. La obra de arte tenía que intensificar lo que los grandes maestros lograron aparte de la simple reproducción: transmitir un mundo en sí mismo, el mundo de los pensamientos y las percepciones” (p. 76). Sinceramente, para soltar estos hueros sinsentidos es mejor ceñirse a comentarios del tipo “Aguada sobre cartón”. O, mejor y más sencillo, sería mejor transcribir lo dicho por el artista: “En nuestro tiempo hay muchos artistas que hacen algo solamente porque es nuevo; ven en esa novedad su valor y su justificación; se equivocan: la novedad es muy rara vez lo más importante. De lo que se trata siempre es de la superación de las cosas desde su esencia” (p. 90).

Por no hablar de la manía explicativa en plan psicólogo: “Su arte fue en gran medida un sustituto de lo que le había negado la vida. Y por lo mismo, porque estaba excluido de tantas cosas, podía percibirlas mejor, podía tener bien abiertos sus ojos de observador” (p. 60). Y yo que tengo la sensación de que si Toulouse-Lautrec hubiese podido gozar sin limitaciones de todos los placeres, el autor-psicólogo de turno habría dicho algo así: “Su arte fue en gran medida una prolongación de lo que le había dado la vida. Y porque estaba metido de lleno en la corriente de esas sensaciones, podía plasmarlas en cuadros mejor que nadie, incluso con los ojos cerrados”.


[Las almeas (Danza morisca), 1985. Abajo, a la izquierda, junto al pintor, Oscar Wilde][2]

Matthias Arnold también nos ilumina acerca de la opinión que Lautrec tenía de Wilde, así como del carácter rencoroso y vengativo del pintor: “Al escandaloso escritor Oscar Wilde, quien se negara a posar como modelo, lo descubre en su cuadro, basado solamente en su memoria, como un monstruo altanero y esponjado de mirada agria: ¡sutil venganza por haberse negado!” (p. 60). Y esto lo dice quien a lo largo de noventa páginas describe a Toulouse-Lautrec como a un ser básicamente piadoso y compasivo, como demuestra en algunos cuadros de Yvette Guilbert (véase la ilustración de la página 36, por ejemplo). ¿Será que al señor Arnold le cae mal Oscar Wilde?

E incluso nos da lecciones sobre Nietzsche: “El siglo XIX dejó innumerables ejemplos de víctimas de la sífilis: desde Franz Schubert pasando por Friedrich Nietzsche” (p. 82). Me gustaría saber en qué fuentes ha bebido para pregonar de forma tan contundente este diagnóstico. Con lo fácil que habría sido mencionar a Flaubert en su lugar…

Los libros de arte solo necesitan buenas ilustraciones, y los que necesitamos libros de arte solo necesitamos que el resto del libro no moleste demasiado la contemplación de las ilustraciones. Y, por ejemplo, un “vió” (p. 40) hace que se te pongan los ojos en blanco, lo que obstaculiza bastante la visión de cuadros e incluso de botes de champú.

Y la pintura necesita quien la historie en ese presente continuo, no contaminado por el presente efímero que va llegando, de su esencia.

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