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domingo, 7 de abril de 2013

Ajedrez de Arrabal


ARRABAL, Fernando. Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión. Madrid: Alfaguara, 1966.


Poco o nada nuevo puede decirse de la íntima relación entre el ajedrez y el único genio español (parece un oxímoron, ¿verdad?) vivo. Y qué necesidad hay de novedades cuando lo mismo se sucede de manera perfecta: afortunadamente, siempre se puede regresar una y otra vez.

Aparece el ajedrez por primera vez en esta obra dionisíaca, onírica, de juegos fractales, trampantojos y mise en abyme, obra de candor y voluptuosidad, de dulzura y crueldad, de lucidez que ciega y de oscuridad que ilumina; aparece el ajedrez, decimos, y cómo podía ser de otra manera, en la sección “c) Arte” de “Mi biografía”: “La memoria presidía” (p. 101), comienza el fragmento.

La memoria biográfica y la memoria de la humanidad jugando con el azar del futuro para crear la obra de arte, para atenerse a las piezas y las reglas eternas y, así, inexplicablemente, hallar nuevas combinaciones que van a dar en encuentros hasta ese momento inimaginables. Así el ajedrez, así el arte, así la filosofía, así la vida.

Una vez que aparece, el ajedrez se resiste a dejar el texto, y en “d) Anatomía”, leemos que “mis piernas [están representadas] por un caballo de ajedrez en medio de un campo” (p. 108). Y el cuarto capítulo comienza, como todos los capítulos, en “La glorieta”, donde tiene lugar una interrumpida Ruy López (pp. 113-6).

Es esta una celebración en la que la ceremonia no confunde en absoluto, sino que aclara como los sueños de la noche aclaran los sueños de la vigilia, porque Arrabal nos sitúa “en los arrabales de la fascinación” (p. 125).

domingo, 3 de marzo de 2013

Ajedrez: Donde nadie es extranjero


Llegas a la gran ciudad como un apátrida nómada, más exiliado del mundo que cosmopolita. Nadie te conoce y no conoces a nadie. Comienzas a vagabundear por las calles, te asomas a portales, rostros, escaparates, miradas, gestos, ventanas, palabras: todo aparece en un código familiar con el que se forman mensajes ajenos, muchas veces incomprensibles, con el lenguaje del deseo que verbaliza infinitos objetos que se rozan y se cruzan sin apenas coincidir, igual que letras en palabras sin más sentido que el gemido.

Subes, por ejemplo, por la calle Fuencarral. Llegas a la intersección con Sagasta, a la glorieta de Bilbao. Te llaman la atención los ventanales de una cafetería. Te fijas en el nombre: el Café Comercial. Te asomas al interior: espejos, mármol, madera. Entras y huele a gente que se pasa dos horas sentados ante un café, dos horas que podrían ser dos años, dos décadas, quién sabe si más. Ya dentro, te dejas llevar por otro olor, por el perfume del silencio en medio de las voces y los ruidos de vasos, tazas, cucharillas y platos. Es un silencio matizado por un susurro de cuerpos que casi no se mueven, de pequeños elementos que se desplazan unos centímetros. Sigues el silencio y subes unas escaleras.

Ya arriba, ves que el café se prolonga. No era eso lo que te había llevado allí. Miras a la derecha: una puerta abierta. Te asomas y allí está. Allí están los ajedrecistas, más viejos que el café y más niños que sus edades. Miras los rostros desconocidos y los conoces a todos y cada uno de ellos. Inmediatamente, entiendes las miradas, los gestos, los silencios, las palabras en clave; entiendes a los que están sentados jugando y a los que miran de pie; entiendes la tensión y la relajación, el silencio y el mínimo golpe; entiendes que te miren como si tú también llevases allí horas, días, años. Todos nos reconocemos.

Los ancianos de jugar parsimonioso, los jóvenes y sus partidas rápidas, el hombre con gafas que ve cómo van pasando los rivales, el gordo que suelta una frase sobre política, el saludo punzante del envidioso, el apretón de manos al final de la partida. Es un ritual que no cesa, que parece no haber tenido principio y que jamás acabará.

Espero a que quede un sitio libre. Nos saludamos brevemente. Me siento. Empieza la partida. Se acerca el camarero con su chaqueta blanca: es otra pieza, tan desgastada y siempre sorprendente como un peón o el mismísimo rey. Entonces aprovecho para mirar a mi alrededor y echo de menos humo, humo de tabaco. Pero ha sido un instante: e4, c5, Cf3…

He llegado. El ajedrez es la tierra de todos, donde nadie es extranjero. He llegado a casa.

miércoles, 16 de enero de 2013

Ajedrez ausente


1) Ajedrez del diablo

El único defecto que le encuentro al Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce es la falta de una definición de “ajedrez”. Claro que tenemos la lúcida malicia de Flaubert, pero ¿para qué resignarse con algo pudiendo tener más? Así pues, me invento que he encontrado un ejemplar de la obra de Bierce en el que aparece la definición de “ajedrez”. Y esta es:

AJEDREZ. 1. Deporte que consiste en estar sentado y levantar objetos que no pesan, y que termina cuando uno de los jugadores se cansa de sostener la cabeza entre sus manos. 2. Arte marcial del cerebro que fomenta las ganas de asesinar, la hipocresía y la idea de que ser tonto es lo contrario de ser humano. 3. Prueba del ocho por ocho de que se es tonto.


2) Ajedrez sin Maupassant o viceversa

Tengo en PDF las 1144 páginas de Maupassant Original Short Stories. Podría tener una tortuga o un cactus, lo sé, pero la cultura es barata, no hay que alimentarla ni regarla, y un PDF no ocupa lugar en el espacio. La cosa es que 1144 páginas son demasiadas para que no haya ni la frecuente referencia inútil al ajedrez, o eso me parece, y como no sé si esto supone un desprestigio para Maupassant o para el ajedrez, he decidido salir de dudas escribiendo el microcuento…


Mates del loco del pasillo

Habíamos terminado de fumar las pipas de crack. El edificio en construcción regurgitaba la noche. Hacía frío y las ratas no daban calor. Vimos cómo el loco venía arrastrándose por el pasillo, deslizándose sobre un vómito de ketamina. Sin mantener el equilibrio, nos levantamos y uno a uno le fuimos dando mate tras mate hasta que, aburridos, nos quedamos dormidos. Luego se hizo de día, y pisamos la acera, y compramos algo dulce.

martes, 6 de noviembre de 2012

Ajedrez 1984


No sé si Orwell jugaba al ajedrez y, si lo hacía, si era algo importante en su vida. Pero si hago caso de lo que leo en 1984, apostaría que ni lo segundo ni, incluso, lo primero. Bien: tengo el presentimiento de haber metido la pata.

En cualquier caso, digo esto porque me parece que el ajedrez juega un pobre papel en esta novela desde el punto de vista literario, por no añadir desde el punto de vista de las posibilidades del propio juego. Una vez más, el ajedrez podría haber sido sustituido por cualquier otra cosa o actividad que poseyese el mismo valor simbólico en la biblioteca social de la mente del lector, como, por ejemplo, la resolución de problemas lógicos. Y si es sustituible, no es esencial, y si no es esencial, no aparece sino como lejano reflejo de sí mismo.

Hay un Comité de Ajedrez, por lo tanto parecería que el ajedrez posee un poder significativo en esa sociedad utópica; pero también hay departamentos encargados de controlar las canciones de moda, por ejemplo, así que el ajedrez es una mera forma más de comunicación entre los individuos.

Aunque ya sabemos que el ajedrez se asocia con la inteligencia, con pensar. O, más bien, esta asociación es la que maneja la mayoría, sobre todo los que nunca han jugado más o menos en serio al ajedrez. Simbolizaría, pues, la razón, la lógica, el análisis, y en una sociedad en la que impera lo ilógico y la tergiversación, el ajedrez podría ser peligroso porque fomentaría un pensar amplio, radical, crítico. Pero esto es mentira y, por lo tanto, esta posible función simbólica del ajedrez en una obra de ficción  tendría que quedar, más bien, para la literatura de segundo orden.

Encontramos tres ejemplos del uso del ajedrez que pueden ofrecernos una visión más clara de todo esto:

-Después de haber sido torturado, Winston se pone ante un tablero para resolver un problema: mueven blancas, mate en dos. Lo que le trae a la mente la cuestión de la existencia de la verdad metaforizada en la pregunta de si cada vez que se suman dos y dos el resultado es siempre cuatro. Así pues, ajedrez, matemáticas y lógica son perfectamente intercambiables.

-Durante esta escena, el protagonista se dice que siempre ganan las blancas porque el blanco representa el bien, es decir, lo que el poder dice que es el bien y puede hacer que venza a la fuerza. (“En ningún problema de ajedrez, desde el principio del mundo, han ganado las negras ninguna vez. ¿Acaso no simbolizan las blancas el invariable triunfo del Bien sobre el Mal?”,  http://www.librosgratisweb.com/html/orwell-george/1984/index.htm). Pero esta crítica está cogida por un cabello y este se parte: no siempre ganan las blancas.

-Leemos: “Lo que más temía era que la muchacha cambiase de idea si no se ponía en relación con ella rápidamente. Pero la dificultad física de esta aproximación era enorme. Resultaba tan difícil como intentar un movimiento en el juego de ajedrez cuando ya le han dado a uno el mate” (http://www.librosgratisweb.com/html/orwell-george/1984/index.htm). – Tal vez la falta de brillo literario no necesite explicaciones.

sábado, 27 de octubre de 2012

John Kinsella juega a la poesía con el ajedrez


Creo recordar que en alguna ocasión ya dejé constancia aquí de mi gusto por el poeta australiano John Kinsella. Ayer, mientras hojeaba un par de antologías, encontré dos poemas en los que el ajedrez juega con los versos de manera mínima y máxima: desde la altura del título arroja su luminosa sombra de sentido para intensificar la emoción y ahondar el significado de dos desesperaciones y una misma soledad: las del loco y las del suicida. Casi nunca el ajedrez aparece en la Literatura de forma tan coherente y estructuradora.


Chess Piece Cornered

Mice in the eaves, and breathe well my dear
Breathe well my dear, mice in eaves in madhouse.
Breathe well in this
                                                  space
                                                  solitude,
                                                                     breath never
sweet breath, that lends me not
to the small persistent clutter of mice,
river long, and this, your breath
hard to find. Mice in their short breath
heard only at night. By the vent. By the pillow.[1]


___________________


Endgame

Who upon chewing glass
to a point where his lips, cheeks, and tongue
became a viscous paste
then took his leave
calling on the regenerative powers
of the river
and found a jetty from which to launch
his healing swim
who finished his can of emu bitter
and placed his shoes and the bulk of his clothes
neatly by the iron-knuckled
capstans.[2]



[1] TRANTER, John & MEAD, Philip (ed.). The Penguin Book of Modern Australian Poetry. Ringwood: Penguin, 1991, p. 459.
[2] KINSELLA, John. Poems 1980-1994. South Fremantle: Fremantle Arts Centre Press, 1997, pp. 218-9.

martes, 9 de octubre de 2012

Ajedrez, poder y poesía


Dentro de la “Historia del envidioso”, dentro de la historia del segundo calenda –hijo de rey-, dentro de la historia de los tres calendas y las cinco damas de Bagdad, dentro de la historia de Scherezade, dentro de la historia de los hermanos Schahzenan y Schahiar, leemos:

“El príncipe ordenó después que le trajeran un juego de ajedrez y me preguntó, por señas, si sabía jugar y si quería jugar con él. Besé otra vez el suelo, me llevé la mano a la cabeza y le indiqué así que aceptaba tal honor. El Sultán me ganó la primera partida, pero yo gané la segunda y la tercera. Sin embargo, al notar que este le disgustaba, para consolarle, le hice un cuarteto y se lo entregué. En el verso le decía que dos poderosos ejércitos, que habían combatido desde la mañana a la noche con ardimiento, hicieron la paz y durmieron tranquilamente sobre el campo de batalla” (Las mil y una noches. Madrid: Editorial AHR, 1963, p. 147, traducción de Francisco Narbona).


[Ejemplo de la poderosa combinación ajedrez-poesía]

Fue atrevido el calenda, en ese momento convertido en mono, al no actuar como un pusilánime: cuando se juega con el poder siempre hay que ser consciente de que lo más probable es que estemos tratando con una especie de niño con una pistola y licencia de armas. Claro que ante el poder no hay disimulo ni subterfugio que valga, que garantice seguridad, y la misma actitud servil puede conducir al desprecio y la caída en desgracia. Las leyes del poder son las del privilegio. De ahí que el atrevimiento del calenda sea más una inteligente ausencia de estrategia y afección que, al fin y al cabo, no parte de la premisa de ser más poderoso que el poderoso, tan astuto como para saltarse su poder y aprovecharse de él. Si fuese así, el calenda habría sido cualquier cosa menos inteligente y habría quedado expuesto a su propia estupidez (la idea de llegar a ser más poderoso que un poderoso, lo que equivale a creerse, por ejemplo, capaz de mezclarse con la mafia y tomarles el pelo, y quien dice mafia, claro, puede decir Estado, banca, etc.) y a sus consecuencias, pues toda estrategia que la presunta astucia utilice como ley para vencer los privilegios del poder se parece, en definitiva, a lo que hacían aquellas gallinas del experimento que picaban en botones tras haberse encendido unas luces porque habían tenido cierta experiencia exitosa y habían concluido por convertir aquel mecanismo en cuestión de ciencia y fe, cuando ya los científicos habían programado la máquina para que la comida fuese expendida al azar, es decir, como a ellos les venía en gana.

El calenda se expone a la ira del poderoso que es derrotado sencillamente porque no puede evitar jugar mejor al ajedrez. Ahora bien, ¿cómo soluciona los problemas que acarrea la justicia en el reino del capricho? No con razones ni mentiras, sino con placeres: el poema del mono calma a la bestia del hombre.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Ajedrez en “Almas muertas”


Que en Rusia el ajedrez siempre ocupó un lugar privilegiado parece evidenciarlo la novela de Gogol Almas muertas, publicada en 1842. Ahí, el ajedrez aparece como pieza narrativa en tres ocasiones.


[Pyotr Sokolov. Chichikov visita a Nozchev. Origen de la imagen: Wikipedia]

Encontramos la desopilante partida que intentan jugar Chichikov, el pícaro comprador de almas muertas, y Nozchev, el empedernido mentiroso. Este último desea jugarse sus almas muertas a las cartas, pero Chichikov, que lo conoce bien, se niega. Al final, Nozchev lo convence sobre la base de que en el ajedrez no hay cabida para la suerte ni las trampas, pues todo depende de la habilidad. Con este lógico argumento, empieza una partida en la que, al tercer movimiento, el puño de la manga de Nozchev desplaza una de las piezas en el tablero… Acto seguido, Chichikov descubre una insólita pieza entre las damas… Escaldado por su ingenuidad al haber cedido a jugar contra Nozchev, Chichikov se niega a seguir la partida. Nozchev, furioso, lo acusa de “estratega”, a lo que Chichikov responde dando por zanjada la partida: se acerca al tablero y revuelve todas las piezas. Con Nozchev todo termina igual, es decir, como el rosario de la aurora, y Chichikov se salva de milagro de recibir una buena paliza. Más adelante en la novela, vuelve a encontrarse con Nozchev, quien, por supuesto, afirma no guardarle ningún rencor a Chichikov, ya que fue él, Nozchev, quien había ganado la partida…

Si a través de las trampas Nozchev desvela al ajedrez como un juego más, el Jefe de Policía, ese sutil mafioso, convierte el ajedrez en parte de su táctica social para robar y contentar a sus “protegidos”. En efecto, una de las técnicas del Jefe de Policía consiste en prometer pasarse por las casas de sus conciudadanos para jugar una partida. Y esto también nos habla de lo extendido que ya estaba el ajedrez entre gentes de toda condición social.


[El "algo" tramposo y marrullero Nozchev. Origen de la imagen: Wikipedia]

Por último, Tientietnikov, exponente de la pereza somnolienta, por la mañana juega una solitaria partida de ajedrez, igual que se restriega los ojos y se fuma una pipa, como parte de ese ocioso no hacer nada que le mantiene siempre ocupado. El ajedrez es aquí, entonces, un pasatiempo, un matatiempo, pero no de escaso valor, pues cuando Chichikov se instala en su casa, lo que más aprecia de su invitado es que sabe estarse callado y jugar al ajedrez.

Gogol nos enseña, así, tres aspectos del ajedrez: su naturaleza meramente lúdica, su carácter social, y ese profundo secreto que entraña y que expone al hombre contra sí mismo y contra el paso del tiempo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Principios ajedrecísticos básicos para torpes


El ya un poco viejo (y no por eso menos recomendable) libro de Yuri Averbach, Lecturas de ajedrez, me hace pensar en todos los que sentimos maniática pasión por el ajedrez y como mucho nos acercamos a los 1600 puntos ELO.

Nosotros, los torpes del ajedrez, somos una fauna curiosa. Y numerosa. En los campeonatos nunca abandonamos la última fila, esa con los tableros de plástico, y no acabar en la última mesa ya es un triunfo. Somos los mirones que se acercan a los primeros tableros y nos quedamos observando con cara de entender y pensar y en realidad nos enteramos de lo mismo que un mal pintor ante un cuadro de Picasso. Y nos encanta todo lo que tenga que ver con el ajedrez: lo buscamos en las artes plásticas, en la Literatura, en la publicidad… Leemos, embelesados, libros como los de Averbach, en los que se cuentan anécdotas de los grandes maestros y en los que se enumeran las virtudes necesarias para ser un excelso jugador. Y, por supuesto, nos lanzamos a devorar manuales sobre aperturas, defensas y finales, y casi siempre pinchamos en hueso y se nos rompen los dientes de leche ajedrecísticos.


[Quien esto escribe tenía la friolera de 1516 puntos ELO cuando jugó esta partida contra un rival de 1849 puntos. ¿Adivinan con qué color jugaba cada uno?]

Yo me pregunto: ¿Quién escribe realmente para nosotros, sobre nosotros? Y, sí, comprendo que no se haga, igual que entiendo que no se escriban libros para y sobre los malos escultores. Sin embargo… Sin embargo, yo no me conformo con esas valiosas limosnas que se nos entregan bajo títulos del tipo Mejore su nivel de ajedrez, Ajedrez para principiantes, o Por Dios, deje en paz el ajedrez. De ahí que haya decidido escribir los diez principios ajedrecísticos básicos para torpes:

1.       A los campeonatos lleva dos bolígrafos. Si escriben, mejor que mejor.
2.       Aseméjate a Capablanca y preocúpate sólo del siguiente movimiento. Esto te ahorrará dinero en libros y evitará la desilusión ante la imposibilidad de memorizar la más sencilla combinación.
3.       Si estás en la calle y un ajedrecista de los primeros tableros te pide fuego, déjale el mechero.
4.       Recuerda que nuestro estilo de juego tiene un nombre: “Jugar al toque”. Sé fiel a tu estilo y ¡llévalo hasta las últimas consecuencias! Además, es lo más ético: calcular es de mezquinos.
5.       Si juegas contra un niño que sentado ante el tablero apenas toca con los pies en el suelo, reza para que cuando te dé el mate no haya mucha gente alrededor.
6.       No te pongas más nervioso en las partidas rápidas que en las lentas, ni viceversa. Para nosotros no hay diferencia: pensamos lo mismo en veinte segundos que en veinte minutos.
7.       Si eres hombre y juegas contra un escote, aprovecha para disfrutar la deliciosa sensación de jugar por placer. ¡Lo importante es participar y divertirse, no ganar!
8.       Antes de entrar en la sala de juego, apaga el móvil. ¡No eres un estudiante de la ESO!
9.       “Jugar al toque” siempre ha de ir acompañado del juego psicológico. Ya sabemos que Fischer prefería los buenos movimientos, pero Fischer se volvió loco, ¿no?
10.   Sé educado. Para cagarte en la perra, juega por Internet.

jueves, 21 de junio de 2012

¿Juego psicológico?

Bobby Fischer no creía en el juego psicológico, aunque lo usó con generosidad. Tal vez en el ajedrez, como en cualquier interacción humana, el juego psicológico sea inevitable, a veces incluso sin querer, a veces a sabiendas, y, claro, otra cosa es su valoración en función de su legitimidad y de los resultados.


En esta partida de 1994, me pregunto si Anand estaba utilizando el juego psicológico o, simplemente, estaba pensando en qué cenaría esa noche. Lo de los comentaristas es caso aparte y quizás ellos también estuviesen empleando juego psicológico o pensando en la Super Bowl...


miércoles, 6 de junio de 2012

Ajedrez, autómatas y primera máquina ajedrecística


En esta entrada traducimos los párrafos que sobre los orígenes de las máquinas que juegan al ajedrez se pueden leer en “The Machine Age” (JOHNSON, Daniel. White King and Red Queen. How the Cold War was Fought on the Chessboard. London: Atlantic Books, 2007, pp. 217-9).

_______


LA ERA DE LAS MÁQUINAS

  El primero y más famoso autómata ajedrecístico fue el Turco, invención de Wolfgang von Kempelen. Se presentó por primera vez al público en la corte de la emperatriz María Teresa en 1769 y fue incinerado en Filadelfia en 1854. Por supuesto, los primeros autómatas no tenían nada que ver con los ordenadores. Valiéndose de un ingenioso juego de espejos, se limitaban a ocultar a un hombre tras un sistema de ruedas y poleas. Exhibido como el Autómata Ajedrecista de Maelzel por el inventor del metrónomo, el Turco fue objeto de un célebre artículo escrito por Edgar Allan Poe, publicado en 1834, en el que el inventor del género de terror afirmaba haber empleado la pura lógica deductiva para descubrir en qué consistían los trucos del autómata. Poe tenía razón al decir que al Turco lo manejaba un humano, pero sus argumentos eran erróneos […] El último de los autómatas dirigidos por un hombre fue Ajeeb, tras el cual estuvo el gran maestro americano Harry Pillsbury desde 1898 hasta 1904, y que duró hasta 1926. Más sofisticado era Mephisto, presentado por primera vez en Londres por Charles Gümpel, un inventor de origen alsaciano, en 1878. Mephisto, un androide con la apariencia del epónimo demonio, no era lo bastante grande como para ocultar a un hombre en su interior. En lugar de eso, era manejado desde otra sala a través de medios electromecánicos generalmente por el gran maestro Isidor Gunsberg.
[…]


[El ajedrecista de Leonardo Torres Quevedo, construido en 1912 y presentado en 1914. Con rey y torre daba mate a un humano con rey aunque no siempre en el menor número de movimientos posibles][1]

  Los pioneros de los auténticos ordenadores que juegan al ajedrez no eran ilusionistas, pero sí necesariamente unos visionarios. Varios de ellos estaban entre los padres de la ciencia computacional. El gran matemático y filósofo alemán Gottfried Leibniz ya había “resuelto” en 1710 el juego del solitario usando una rama de las matemáticas conocida como combinatoria; también diseñó una máquina para el cálculo aritmético, la “rueda de Leibniz”, y concibió la grandiosa idea de un sistema universal de conocimiento. Su igualmente brillante compatriota, Leonhard Euler, fue el primero en darse cuenta de la importancia matemática del antiguo “problema del caballo”, en el que el caballo pasa por todas las casillas del tablero tan solo una vez. El hombre al que a menudo se le acredita como el creador del primer ordenador, Charles Babbage, dedicó muchas de sus energías a intentar que su Máquina Analítica jugase al ajedrez, pero lo abandonó debido a que el trabajo computacional era abrumador – como de hecho era en su época pre-electrónica e incluso pre-eléctrica. Lo esencial, sin embargo, no tenía que ver con la ingeniería, sino con las matemáticas. En 1914, el inventor español Leonardo Torres y Quevedo dio a conocer su autómata, El Ajedrecista, creado a partir de sus investigaciones sobre las calculadoras analógicas. Este sí era un verdadero autómata, aunque tan solo podía manejar tres piezas. Con rey y torre contra rey, moviendo las piezas electromagnéticamente, podía dar mate a un oponente humano con cierta solvencia.
  El paso decisivo lo dio el inglés Alan Turing, hoy en día mejor recordado como uno de los más relevantes descifradores de códigos durante la Segunda Guerra Mundial.



[1] Atribución de la imagen: Mcapdevila. Origen de la imagen: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Ajedrez_Torres_Quevedo.jpg

jueves, 17 de mayo de 2012

Guerra Fría y ajedrez (al rojo vivo)


JOHNSON, Daniel. White King and Red Queen. How the Cold War was Fought on the Chessboard. London: Atlantic Books, 2007.


Daniel Johnson, periodista y, por lo que se dice en la solapa del libro, no mal ajedrecista del todo, intenta dibujar el cuadro de las relaciones entre ajedrez y política durante la Guerra Fría, y para eso se retrotrae a la Revolución Rusa (Nikolai Krylenko) y se extiende hasta el siglo XXI (Vladimir Putin) en cuestiones políticas, y, en las ajedrecísticas, hace un repaso, más bien biográfico, desde las hipótesis sobre el origen del juego hasta Kaspárov, centrándose, por supuesto, en el ajedrez y los ajedrecistas europeos y norteamericanos a partir del primer tercio del siglo XIX.

El autor parte de la premisa según la cual al ajedrez de élite fue, durante aquellos años, un sismógrafo político, una válvula escape y el teatro de operaciones en miniatura de la Guerra Fría. Desde el momento en el que la URSS hizo del ajedrez un arma propagandística, una muestra de sus presuntos progresos y éxitos, el juego (igual que todo lo demás en aquel momento era susceptible de convertirse en herramienta política), en concreto a nivel de máxima competición, se vio contaminado por intereses ajenos a la esencia del ajedrez, y de todo juego, que se quiera jugar con limpieza: intentar ganar dentro del tablero sin transgredir las reglas.

La URSS había creado una gigantesca infraestructura alrededor del ajedrez, tanto pedagógica como política. Lo primero tuvo consecuencias positivas: más jugadores, más práctica, más estudio, mayor progreso teórico y práctico, en suma. La estructura política no tuvo, como siempre sucede cuando la política se adueña de cualquier cosa, ninguna consecuencia positiva: campeonatos amañados, la FIDE sesgada, trampas, amenazas, represiones…


[Fischer (17 años) contra Tal (23 años), en la Olimpiada de Leipzig, 1960][1]

Y aquí tenemos que ver dos asuntos diferentes pero que se mezclan. Daniel Johnson no engaña a nadie: es un hombre que está completamente de acuerdo con Reagan cuando para definir a los estados comunistas acuñó aquello del “imperio del mal”. Pero la cuestión es que los soviéticos dominaron el ajedrez de élite desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y no hasta Fischer, que fue un islote (genial, eso sí) en el océano ajedrecístico de aquella época, sino hasta Kaspárov. Si el autor del libro afirma que Fischer, el individuo, el individualista, es el representante del “mundo libre” que lucha contra el “imperio del mal”, parece que está no ya describiendo valiéndose de metáforas, sino confundiendo la metáfora con la realidad sin querer o deliberadamente, a saber.

Lo que el ajedrez le debe a la URSS no puede empañarse con la política (y tampoco está bien olvidar, pero peor es confundir). Los políticos podrían empeñarse en convertir el juego en arma, pero finalmente se sentaban dos hombres ante el tablero. Si los soviéticos quisieron hacer de Botvinnik un icono, no menos se pretendió hacer de Fischer en los Estados Unidos. Ahora bien, descontando el puntual apoyo patriotero que recibió Fischer por parte de la masa y de algunos políticos (nada más y nada menos que Kissinger, pero este elemento no estaba con el “imperio del mal”…), si uno lee En busca de Bobby Fischer verá que su legado en su país no tiene nada que ver con lo que se siguió haciendo en la URSS “a pesar de” Spassky.

Yo no recuerdo el Spassky-Fischer, básicamente porque nací ese año; pero sí recuerdo el Kárpov-Kaspárov de 1984. Con doce años, yo no sabía qué era la URSS, ni que los únicos que en este mundo han tirado bombas atómicas han sido los americanos, ni sabía qué significaba ser judío, ni armenio, ni qué era el gulag ni tampoco el neoliberalismo. Pero quedé prendado.

En general, encuentro este libro recomendable. A los que saben Historia e historia del ajedrez, les puede servir para refrescar la memoria y para criticar al autor; y a los que no sabemos, algo nos enseña, aunque sean fútiles anécdotas sobre las excentricidades de los ajedrecistas y los movimientos en la oscuridad, entre bambalinas, en los grandes campeonatos. Y eso es lo constante. Bueno, eso y los empeños, tanto de la política como de los intereses económicos, de mancillar todo lo que tocan.



[1] Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Bundesarchiv_Bild_183-76052-0335,_Schacholympiade,_Tal_(UdSSR)_gegen_Fischer_(USA).jpg. Atribución: Bundesarchiv, Bild 183-76052-0335 / Kohls, Ulrich / CC-BY-SA.

lunes, 7 de mayo de 2012

William James: Indeterminismo y ajedrez


En “The Dilemma of Determinism” (The Will to Believe. New York: Dover Publications, ?, pp. 145-183), William James expone una visión pluralista e indeterminista del universo compatible con un teísmo en el que la Providencia, o mente creativa, estaría sujeta al tiempo, de manera que proveería no solo de actualidades sino también de posibilidades, y, por lo tanto, el curso del universo podría ser ambiguo aunque el fin de todas las cosas llegue a ser lo pensado desde toda la eternidad.

Para ejemplarizar esta idea, William James se vale del ajedrez como metáfora, una metáfora cuyo valor se sostiene por sí mismo y hace pensar en la necesidad y el azar en el propio ajedrez.

“Suppose two men before a chessboard, - the one a novice, the other an expert player of the game. The expert intends to beat. But he cannot foresee exactly what any one actual move of his adversary may be. He knows, however, all the possible moves of the latter; and he knows in advance how to meet each of them by a move of his own which leads in the direction of victory. And the victory infallibly arrives, after no matter how devious a course, in the one predestined form of check-mate to the novice’s king” (p. 181).

miércoles, 4 de abril de 2012

Napoleon: Chess and Victory


In his 1000 Most Famous Combinations, Igor Sukhin presents two combinations by Napoleon.

The first one was played in 1804, the year in which Napoleon was crowned Emperor. In Malmaison Castle, Napoleon plays white against Madame de Rémusat.




White to move and mate in three moves. Could you tell with which moves?


The second combination takes us to Saint Helena, the island Napoleon was deported to in the company of Montholon, Gourgaud, Las Cases and Bertrand.

It is 1818. Napoleon, white, plays against General Bertrand.



Checkmate in five: White to move and to win.

martes, 20 de marzo de 2012

Ajedrez en las aulas




Tendría yo unos siete años cuando mi tío nos enseñó, a mi hermana y mí, a mover las piezas sobre el tablero. Sólo recuerdo una tarde, y haber llegado al mate pastor. A mi tío lo veíamos una vez a la semana y, ese día, durante poco tiempo. Mis padres tenían un juego de ajedrez, pero nunca los vi jugar ni jugaron con nosotros. Yo seguí con mi pelota y mis libros, y luego sólo con los libros. El ajedrez parecía haber desaparecido de mi vida. Casi con treinta años, una mañana me levanté y sentí la absoluta necesidad de comprar un juego de ajedrez. Yo vivía solo. Me dediqué a repasar los movimientos. Tenía el pequeño tablero magnético sobre la mesa, con las piezas en orden de salida. Todavía lo tengo, aquí, a mi lado. Cada vez que lo veía, sentía una extraña y tensa paz que ponía inmediatamente en movimiento caótico mis escasas neuronas. Todavía me pasa. Casi con cuarenta años me animé a recibir clases, y me federé, y participé en campeonatos. Era como si el ajedrez hubiese estado palpitando silenciosamente dentro de mí en estado de latencia durante veinte años.

Ni que decir tiene que juego muy mal. Y que la manía de pensar, leer y escribir siempre tiende a que reflexione más sobre el ajedrez mismo que sobre la técnica del juego, y a que lo busque por la Literatura, y a que lo emplee en mis escritos (El ajedrecista, Vidas y opiniones de los ajedrecistas ilustres, por ejemplo). Pero no sólo el ajedrez me hace ir más allá del ajedrez, sino que también me gusta el juego. Si me pregunto por qué el ajedrez se quedó en mí y no en mi hermana, la única respuesta que encuentro es porque el ajedrez y el juego mismo me reportan placer.

Muchos años después de haberme enseñado a mover las piezas, mi tío me contó que mientras estaba en la universidad había jugado bastante. Y también que finalmente dejó de jugar porque la mayoría de la gente se lo tomaba a la tremenda, tanto ganar como perder, y que sobre y alrededor del tablero se generaban casi tantas enemistades como amistades. Por lo visto, estaba en juego el orgullo, el orgullo y los golpes donde más duele: si el ajedrez es cuestión de inteligencia, el derrotado es más tonto que el vencedor. Es una manera de ver el juego, una manera de verlo muy extendida, creo. Siempre he pensado que a un hombre puedes llamarle ladrón, asesino o lo que sea, y que bien puede no inmutarse e incluso tenerlo a honra, pero si le llamas tonto se arma la de Dios es Cristo. De alguna manera, y aunque parezca lo contrario, todos saben qué es lo que hace que un hombre no sea ni un helecho ni un perro, y no es ni comer, ni beber, ni defecar, ni copular, ni tener dinero ni trabajo ni coche ni apartamento en la montaña.

Recuerdo mi primer campeonato. La sensación no se me olvidará, y en cada campeonato se repetía. El árbitro anuncia que se pueden poner en marcha los relojes. Y se hace el silencio. Y levantas la cabeza y ves a más de cien personas sentadas, calladas, concentradas, pensando. Durante horas. Nunca había visto nada semejante. Y mucho menos en un aula, y ni que decir tiene que tampoco en la biblioteca de una facultad universitaria; ni siquiera en época de exámenes. Con el tiempo fui viendo más cosas. Vi a niños de cinco años hacer trampas como inveterados tahúres; vi a niños no respetar el silencio, a los demás jugadores; vi a niños extremadamente legalistas abusando del reglamento (“¡Árbitro, ilegal!”), ajenos a la más mínima cortesía; vi a adultos romper planillas en las narices del vencedor; vi decenas de hábiles trampas en las partidas rápidas; vi juego psicológico sucio; vi envidia, rencor, animosidad; vi llorar a niños y vi a padres cabreados como monas; vi pedantería y soberbia; vi escandalosas faltas de educación; vi la política de los intereses entre bambalinas. Y, por supuesto, vi todo lo contrario.


[Problema para expertos en ajedrez: Mueven negras: ¿cómo es posible esta posición? El peón en b8 se mantuvo así hasta el final de la partida, que ganaron las blancas. Imagen extraída de una partida real entre Pilar, que jugaba con blancas, y una niña de seis años]

A mí el ajedrez me ayudó de dos maneras: ciertamente recuperé memoria y me dio la oportunidad de volver a ponerme en el lugar del ignorante, en clase, ante un profesor, con todo por aprender: por fin podía darle algo que morder a mi insaciable curiosidad y mi hambre por saber. Por lo demás, no me ayudó lo más mínimo a asimilar la frustración de la derrota: me tragaba el cabreo con toda educación, claro, e incluso eso no me impedía ver y apreciar de viva voz la mayor calidad del juego de mis rivales. Pero eso siempre había sido así. Desde muy pronto vi en el juego no un uno contra uno, sino un juego entre dos que tratan de hacer los movimientos más hermosos, que son los que llevan a la victoria: no está en juego el orgullo de la inteligencia, sino el ánimo de hacer una partida hermosa. Otros, la mayoría, lo ven de otra manera. Pero esta visión del ajedrez ya era mi visión general de las cosas.

Por lo visto, el Parlamento Europeo ha propuesto el ajedrez como asignatura en los colegios. Por lo visto, el ajedrez “puede ayudar a los niños a desarrollar el sentido de la creatividad, la intuición y la memoria […]El ajedrez enseña valores como la determinación, la motivación y la deportividad y es accesible para los niños de cualquier grupo social, por lo que puede servir para mejorar la cohesión social y contribuir a objetivos políticos como la integración, la lucha contra la discriminación, la reducción de las tasas de delincuencia e, incluso, el combate contra diferentes adicciones”.



En diciembre de 2011, mi tío me envió un artículo de Álvaro Van der Brule (publicado en El Confidencial, 3 de diciembre de 2011) en el que el autor dice “Es triste y lamentable que este juego no forme parte de la formación […] En los niños, en particular, encauza la hostilidad de manera constructiva y creativa […] nos puede proporcionar una nueva luz para reestructurar nuestras vidas, reacciones, visión personal sobre el mundo y la humanidad […] el ajedrez educa para solventar con elegancia y corrección, y con alta observación y precisión quirúrgica, aquellas situaciones que se nos presentan resolviéndolas con técnicas extrapolables a la vida cotidiana”.

Creo que ha quedado claro mi amor al ajedrez. Pero de lo que ahora se trata no es del ajedrez, sino de la formación en los centros educativos. Supongo que muchos amigos del ajedrez estarán contentos, o incluso entusiasmados, con la propuesta en el Parlamento Europeo. Yo, no. Yo no entiendo esa actitud que mendiga relaciones para dar prestigio a algo. El ajedrez no lo necesita. Y, por otra parte, no veo cómo puede aportar prestigio la relación con la política. Porque aquí estamos ante la política, no ante la educación. Y este es el problema. El problema de siempre: la falta de seriedad absoluta de los políticos; y soy generoso y no digo falta de buena voluntad o falta de la mínima sustancia gris.

Tampoco me interesa el punto de vista científico-económico, que podría resumirse en esta pregunta: “¿Realmente la ciencia ha demostrado las ventajas del ajedrez hasta el punto de realizar una inversión millonaria?”. Sobre la ciencia también tengo mis opiniones (y mis conocimientos, escasos, sí), y la perspectiva crematística ni la contemplo. Quiero hablar de educación. Y mi pregunta es: ¿Por qué el ajedrez y no el judo o el yoga? Y la pregunta no está dirigida contra el ajedrez, por supuesto. Pero el judo y el yoga también “pueden” fomentar la creatividad, la intuición, la memoria, el autocontrol, la convivencia… Pero es que todo eso, y más, ya lo fomentan y explotan la Literatura, la gramática, las Matemáticas, la Física, la Filosofía… O, mejor dicho, “pueden” hacerlo.


[Problema para expertos en ajedrez: Mueven negras: ¿cómo es posible que las negras tarden más de media hora en abandonar? Imagen de una partida real que jugué, con blancas, contra una niña de doce años]

Yo puedo memorizar diez aperturas y otras tantas defensas, y puedo memorizarlas sin entenderlas o entendiéndolas. Puedo memorizar diez poemas y diez fórmulas de química, y puedo memorizarlas sin entenderlas o entendiéndolas. Puedo recoger, al final de una partida, las piezas con el mayor silencio después de dar la mano y felicitar a quien me ha ganado, o puedo hacer todo lo contrario. Puedo terminar un examen y hacer ruido, y puedo copiar durante el examen, y puedo echarle la culpa de mi fracaso al profesor, a mi familia, a la sociedad y al ser o a la nada o al devenir. Puedo pensar que este jugador es tonto y puedo pensar que mi compañero de clase es tonto. Puedo aprender a pensar y a convivir a través del ajedrez y del judo y del yoga y de la Literatura y de las Matemáticas.

¿Ajedrez en las aulas? Entonces yo me pregunto: ¿Por qué se ha dejado de estudiar lógica; por qué se ha dejado de estudiar latín y griego; por qué se ha dejado de estudiar Filosofía? ¿Por qué una nueva actividad: acaso la Literatura, la gramática, las Matemáticas y la Filosofía son incapaces de enseñar a pensar, a autocontrolarse y a convivir? ¿Se ha demostrado que esas asignaturas son un fracaso? ¿O qué ha fracasado para sentir la necesidad de incluir una actividad que “puede” fomentar la memoria, la concentración, la reflexión y la convivencia?

Escribe Daniel Pennac: “Su profesor de matemáticas y yo les habíamos enseñado también a jugar al ajedrez. Y no lo hacían tan mal, ¡palabra! Habíamos fabricado un gran tablero mural que me regalaron cuando me marché (“Ya haremos otro”) y que conservo piadosamente. Sus proezas en ese juego considerado difícil – era la época del famoso campeonato Spassky-Fischer -, la confianza que habían adquirido al derrotar a algunas clases del instituto vecino (“¡Hemos ganado a los latinistas, señor!”), no fueron ciertamente ajenos a sus progresos en mates aquel año, ni a su obtención del certificado de estudios primarios” (PENNAC, Daniel. Mal de escuela. Barcelona: Debolsillo, 2009, p. 140. Traducción de Manuel Serrat Crespo). Años setenta, un centro educativo con chavales conflictivos. Pennac habla de ganar confianza derrotando a otros. No me gusta este punto de vista. Tampoco me gusta que pase por alto el papel que jugó el ajedrez durante la Guerra Fría por culpa de su relación con la política.


Si pienso en el ajedrez, prefiero que no pase a las aulas a través de la política. De hecho, me consta que en muchos colegios ya se enseña a los niños a jugar al ajedrez, y tienen clubes de ajedrez, y organizan campeonatos de ajedrez. ¿Qué necesidad hay de la mediación política, institucional? Pienso que liarse con la política lo único que conseguirá será enlodar el ajedrez.

Pero no pienso en el ajedrez. Pienso en que he visto a niños de seis años entrenados por sus profesores de ajedrez para hacer trampas, para abusar de las normas; y que he visto a niños maleducados que no respetaban a sus compañeros de juego; y que he visto a padres animar a sus hijos para que sean hienas sobre el tablero; y que he visto a adultos que sólo sabían jugar al ajedrez (como aquel pobre tan pobre tan pobre que sólo tenía dinero); y que he visto a adultos, excelentes jugadores de ajedrez, que por lo demás eran unos catetos y unas bestias pardas.

Yo creo que casi todo puede casi todo dentro de los límites de cada cosa. Y creo que la Literatura, la lógica, las Matemáticas, la gramática, el latín y la Filosofía no son los que han fracasado, y, por lo tanto, no necesitan ni sustitutos ni refuerzos. Se puede enseñar a jugar al ajedrez de muchas maneras: y, al fin y al cabo, se trata de desarrollar una habilidad a través del estudio y la práctica. Se puede enseñar Literatura de muchas maneras: y, al fin y al cabo, se trata de desarrollar una habilidad a través del estudio y la práctica.

Prefiero quedarme con esto otro que escribió Pennac al recordar a los profesores que le ayudaron a salir de su estado de zoquete: “Sin duda tenían otros intereses, una gran curiosidad, que debían de alimentar su fuerza, lo que explicaba entre otras cosas la densidad de su presencia en clase […] Esos profesores no compartían con nosotros solo su saber, sino el propio deseo de saber. Y me comunicaron el gusto por su transmisión” (PENNAC, ob. cit., p. 221).

Comunicar el deseo de saber y el gusto por su comunicación a través de la comunicación del saber. Profesores, padres, y no sólo profesores y padres: yo, por ejemplo, no soy ni padre ni profesor. ¿Qué falla? Literatura, Matemáticas, Filosofía, judo, yoga, ajedrez. ¿De verdad no sabemos qué falla?

sábado, 10 de marzo de 2012

Chess & Brod



[John Cage. Chess pieces]

In Max Brod’s novel The Kingdom of Love (London: Martin Secker, 1930. Translated by Eric Sutton), chess is mentioned three times:


In the so-called Unicorn Bar the chess players sat on undisturbed. The ladies in their deck-chairs lay, enveloped in their plaid rugs, immovable in a sort of lizard- like petrifaction. The white-haired Don Juan was staring calmly into his coffee-cup” (op. cit., p. 9).

And now, - it seemed uncommonly as though he lay, check-mated, on the barbed wire” (op. cit., p. 204).

This started one of those arguments that are like the conventional moves in the opening of a game chess. No surprises are possible. The rules are always kept” (op. cit., p. 243).

Ajedrez – Pizarnik


AJEDREZ

todavía la enclítica no destruye
los peones reverentes ante él
millares de montañas
revientan exquisitas
delante del sol rojo
(no sol amarillo)
pensar innato en moldeadas rejas
torta trashumeante de vela sin fogón
quisiera ser masa lingüística
para cortarle la barba
ondas en preciosa lumbre
alzar bandera gratuita
kilómetros de nueces
y golpes en relevante torniquete


(La tierra más lejana.  Publicado en 1955. PIZARNIK, Alejandra. Poesía completa. Barcelona: Lumen, 2011, p. 26)


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PIZARNIK, Alejandra. Diarios. Barcelona: Lumen, 2003.


Disponer los días como frente a un tablero de ajedrez”.

(Entrada  de los diarios del 26 de julio de 1955, en ob. cit., p. 40).


Los poemas de [tachado] me sugieren a un señor que está jugando una infinita partida de ajedrez y que, como no puede fumar, para colmar su hastío escribe poemas”.

(Entrada de los diarios del 21 de noviembre de 1957, en ob. cit., p. 90).

miércoles, 22 de febrero de 2012

AJEDREZ ENTRE ARTISTAS IGUAL A TABLAS: MARSHALL Y TARTAKOWER CONTRA DUCHAMP


En 1930, en la Olimpiada de Hamburgo, Duchamp, que jugaba con negras, se las tuvo que ver con Marshall, y consiguió hacer tablas después de ofrecérselas a las blancas.
Mi ignorancia me impide saber si en realidad había alguna opción de victoria tanto para las blancas como para las negras.



Y en 1929, en París, Duchamp, que de nuevo jugaba con negras, se enfrentó a Tartakower. En un final bastante poco brillante por parte de este último, Duchamp arrancó unas meritorias tablas.

sábado, 4 de febrero de 2012

Franz Kafka, ajedrez y un doctor llamado Franz Kafka


A vueltas con Kafka y el ajedrez, sí. Me pregunto si no será cuestión de mitomanía y de querer dar más prestigio a lo prestigioso que a uno le gusta, algo parecido a cuando se buscan lumbreras que hayan nacido bajo tu mismo signo zodiacal.


[Capablanca]

¿Jugaba Kafka al ajedrez? Yo no recuerdo haber leído en ningún libro que se mencionase tal cosa, y puede ser que me falle la memoria, porque la vida de Kafka está registrada casi al milímetro y al milisegundo, y aunque fuese como anécdota, se habría escrito sobre el caso. La única referencia de Kafka al ajedrez de la que tengo fiel constancia se encuentra en uno de sus diarios de viaje: el 16 de julio de 1912, mientras descansaba en el Instituto Naturista de Rudolf Just, en Jungborn, escribe entre paréntesis: “Me molestan cuando escribo unos ajedrecistas que están descansando y no paran de hablar”. [p. 650] También creo recordar (pero siento no poder confirmarlo con la cita correspondiente) que Kafka utilizó metafóricamente el nombre de alguna pieza de ajedrez en una carta a Felice Bauer. Y, si me permiten el juego de palabras, teniendo en cuenta que “Bauer” tiene, entre otros significados, el de peón, cada vez estoy más convencido de que el contacto con Felice representó lo más cerca que Kafka estuvo del ajedrez.

A Kafka lo interrumpieron los parlanchines ajedrecistas (y qué ajedrecista no lo es una vez terminada la partida y estando todavía ante el tablero) mientras describía la tarde pasada en las ferias en compañía de un grupo de seis niñas de entre seis y trece años. Mientras estuvo en Jungborn, Kafka tenía otras cosas en las que fijarse (“Dos chicos suecos guapos con las piernas largas, tan bien formadas y tensadas que casi le da a uno ganas de pasarles la lengua”) y que hacer (“He posado desnudo para el Dr. Schiller. Sin bañador. Experiencia exhibicionista”), y no parece que se hubiese acercado a los ajedrecistas ni para jugar ni para mirar. ¿Y qué auténtico aficionado al ajedrez desaprovecharía la ocasión de ponerse junto a un tablero? Lo único que Kafka puede decir es que los ajedrecistas le molestan, claro, porque ya no están jugando en ese silencio que tan bellamente describe el poeta chino Bai Juyi:

A LA ORILLA DEL LAGO

A la fresca sombra de los bambúes,
dos monjes de la montaña, sentados,
se enfrascan en su juego de ajedrez.
Nadie los ve a través de la espesura.
Pero de vez en cuando se percibe
el ruido de una pieza que se mueve.

Aunque parezca que me he perdido (y uno no siempre se pierde para mal), no me salgo del camino que aquí he abierto. Porque es ahora cuando entro en materia.

Solamente en Internet he encontrado “información” sobre las relaciones entre Kafka y el ajedrez. En la siguiente página http://rogerlp.blogspot.com/2009/10/kafka-chess.html puede leerse, en inglés, un artículo de Gustav Skämt que también se encuentra en alemán (http://schachpralinr1.blogspot.com/2011/10/franz-kafka-und-das-schach.html) y en español (http://www.tabladeflandes.com/frank_mayer/frank_mayer227.html). El texto, pues, parece tener gran aceptación. Pero que algo se repita, aunque sea una mentira, no se convierte en verdad.


Me llama la atención en el texto que se diga que en la biblioteca de Kafka se encontraban estos libros: Das Endspiel im Schach, de Hans Fahrni; 300 Fins de Partie, de Henri Rinck; Handbuch des Schachspiels, de Bilguer; Fünfzehn Ausgewählte Partien des Schachmeister turniers in Kaschau 1918, de J. Mieses; así como varios números del Časopis českych Šachistů & Deutsche Wochenschach, y numerosos recortes de la columna de ajedrez de Zlatá Praha. Y me gustaría saber la fuente de esta información, porque, por ejemplo, consulto el libro de Jürgen Born, Kafkas Bibliothek, y no encuentro ningún título, ni de libros ni de publicaciones periódicas, relativo al ajedrez. Aunque reconozco que tampoco el libro de Born es la última palabra, pues tampoco recoge ninguna obra de Freud y, sin embargo, parece haber constancia de que Kafka leyó y anotó con fruición La interpretación de los sueños. (Así lo afirma Sander L. Gilman en “A Dream of Jewishness Denied: Kafka’s Tumor and ‘Ein Landarzt’”).

Por lo que cuenta Skämt, existe un cuaderno naranja, a buen recaudo en la Bodleian Library de Oxford, en el que Kafka no sólo tiene anotaciones sobre ajedrez, sino que también contiene dibujos de ajedrecistas. Si bien sabemos que todavía quedan documentos de Kafka por salir a la luz, al menos yo nunca había oído hablar del tal cuaderno naranja.

Según el artículo, Kafka participó en varios torneos (en 1916, 1917, 1921 y 1922) y, por lo visto, ganó el segundo. Y yo, incrédulo de mí, no lo veo nada claro. Y, es más, insisto, ¿cuáles son las fuentes? Pero el caso más llamativo no es otro que el de la simultánea que Capablanca jugó en Praga los días 10 y 11 de octubre de 1911. Desde luego, la imagen es atractiva: Capablanca contra Kafka. Casi nada. Aunque tal vez más atractivo hubiese sido una partida Alekhine-Kafka…

Si leemos las entradas del diario de Kafka alrededor de esas fechas, observamos que Kafka estaba, por aquella época, completamente entregado a la causa del teatro yídish. El día 10 de octubre escribe: “Anteayer con los judíos en el café Savoy”. Tal vez fue allí y entonces cuando Kafka vio alguna partida de ajedrez. Porque el argumento según el cual Kafka participó en el campeonato debido a la popularidad del juego y de Capablanca, se desintegra kafkianamente cuando se recuerda la entrada del diario del 2 de agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. – Por la tarde, Escuela de Natación”. Sí, parece que Kafka se dejaba arrastrar por la corriente de los grandes sucesos…

Y, en fin, puestos a buscar en Internet (http://www.saarschach.de/thread.php?postid=37734), también encuentro lo siguiente:


Y esto puede ser tan mentira como el resto, pero, qué quieren, porque me hace gracia y siempre tuve debilidad por el Doppelgänger, me quedo con esto.

Por lo tanto, este artículo mío es bastante inútil, pues sigo sospechando que Kafka o no sabía jugar al ajedrez o el ajedrez le interesaba (y le influyó) tanto como, qué sé yo, la cría del percebe en maceta, y, desde luego, mucho menos que los aeroplanos, el cine, las motocicletas o la carpintería.

Pero dejó aquí, para amenizar el texto y para engrosar postmodernamente esa verdad internáutica de las mentiras repetidas, el vídeo de la celebérrima partida entre Capablanca y Kafka. Y es que ya lo decía Flaubert en su Diccionario de prejuicios: “AJEDREZ (juego del). […] Demasiado serio para ser un juego, demasiado fútil para ser una ciencia”.


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BIBLIOGRAFÍA

BORN, Jürgen. Kafkas Bibliothek. Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag, 1990.

FLAUBERT, Gustave. Estupidario. Diccionario de prejuicios. Madrid: Valdemar, 2000.

CHEN, Guokian (ed.). Poesía clásica china. Madrid: Cátedra, 2002.

KAFKA, Franz. Diarios. Barcelona: DeBolsillo, 2006.

ROLLESTON, James (ed.). A Companion to the Works of Franz Kafka. New York: Camden House, 2002.