sábado, 22 de enero de 2011

Más ajedrez en la Literatura: Gertrude Landa y algo más (arriba) que el culo

[No, la de la imagen no es Gertrude Landa. Tiene que ver, en relación paradójica y analógica, con lo que remata esta entrada]

Presentamos la traducción en español (que creemos la primera: si no es así, perdón por la pretensión) de uno de los cuentos que Gertrude Landa (también conocida como Tía Naomi) incluye en su libro, publicado en 1919, Jewish Fairy Tales and Legends (Cuentos de hadas y leyendas judías). Se titula "La partida de ajedrez del Papa".

Antes de pasar al texto, queremos ampliar la bibliografía sobre ajedrez en la Literatura que comenzamos hace algunos meses.

No hace mucho dimos noticia de dos obras en las que el ajedrez juega un papel significativamente simbólico: la novela La marcha Radetzky, de Joseph Roth, y el cuento de Isaac B. Singer "Un amigo de Kafka". Además, hemos encontrado en la revista Jaque (nº 635, julio y agosto de 2009) títulos que incluimos en la siguiente lista bibliográfica tras una visita al ISBN:

BONELLS, Jorge. Dar la espalda. Madrid: Alianza Editorial, 2009.
NEVILLE, Katherine. El fuego. Barcelona: Plaza & Janés, 2010.
PASTOR, Javier. Mate jaque. Barcelona: Mondadori, 2009.
ROTH, Joseph. The Radetzky March. London: Granta Books, 2002.
SHENK, David. La partida inmortal. Madrid: Turner, 2009.
SINGER, Isaac Bashevis. Un amigo de Kafka. Barcelona: Seix Barral, 1985.


Por otra parte, y debido a la avalancha de peticiones, comentarios y seguidores que parecen clamar por una ampliación y profundización de los culos (es decir, del culo como tema a tocar), queremos aprovechar la coyuntura ajedrecística para incluir, al final de la presente entrada, otro de los afamados Culos, en concreto el titulado El culo del ajedrecista. Por clamor popular nos vemos obligados a caer en paradojas y otras contradicciones y mostrar, para ilustrar el texto como se merece, no culos, casi invisibles en la práctica real del ajedrez, sino otras partes de la anatomía del ajedrecista que pueden jugar cierto papel en la partida en cuanto representan una agresión estratégica y táctica contra la capacidad de concentración, esencial para dar mate o salvar el culo con las tablas.

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Jewish Fairy Tales and Legends
Gertrude Landa (Aunt Naomi)
London: Bloch Publishing Company, 1919.



LA PARTIDA DE AJEDREZ DEL PAPA

Hace casi mil años, en la ciudad de Maguncia, a orillas del Rin, vivía un piadoso judío llamado Simón ben Isaac. De naturaleza caritativa, cultivado y siempre dispuesto de ayudar a los pobres con dinero y sabios consejos, todos lo veneraban y lo creían descendiente directo del Rey David. Todo el mundo estaba orgulloso de rendirle pleitesía.
Simón ben Isaac tenía un hijito, un chiquillo brillante llamado Elkanan al que tenía pensado hacer rabino. El pequeño Elkanan era muy aplicado en los estudios y pronto dio esperanzas de que habría de convertirse en un estudiante excepcionalmente inteligente. Incluso los sirvientes de la casa lo querían por su aguda inteligencia. De hecho, una de ellos estaba excesivamente interesada en él.
Se trataba de la mujer encargada del fuego del Sabbat, quien sólo entraba en la casa el sábado para ocuparse del fuego, porque, como bien sabéis, los sirvientes judíos no podían realizar esta tarea. La mujer encargada del fuego del Sabbat era una devota católica y le habló de Elkanan a un sacerdote. Este quedó grandemente impresionado.
-Qué pena – señaló – que un niño con tanto talento tenga que ser judío. Si fuese cristiano – añadió con tono cautivador – podría entrar en la Santa Iglesia y ser famoso.
La mujer encargada del fuego del Sabbat comprendió perfectamente lo que el sacerdote quería decir.
-¿Quiere decir que podría llegar a obispo? – preguntó.
-Incluso más alto. Podría llegar a ser Papa – respondió el sacerdote.
-Sería algo fantástico donar un obispo a la Iglesia, ¿verdad? – dijo la mujer.
-Es algo fantástico donar a cualquiera a la Iglesia de Roma – le aseguró el sacerdote a la mujer.
Entonces empezaron a hablar en susurros. La mujer parecía estar un poco inquieta, pero el sacerdote le prometió que todo saldría bien, que sería recompensada y que nadie se atrevería a acusarla de hacer nada malo.
Convencida de que estaba haciendo lo mejor, estuvo de acuerdo en llevar a cabo lo que el sacerdote le había sugerido.
Así que, según lo acordado, la noche del viernes siguiente, cuando en la casa de Simón ben Isaac todos dormían, se deslizó sigilosa y silenciosamente en el dormitorio del niño. Cogiéndolo con suavidad en sus brazos, salió de la casa sin hacer el más mínimo ruido y se lo llevó, bien arropado, al sacerdote, y todo lo hizo con tanto cuidado que el pequeño no se despertó.
El sacerdote no dijo ni una palabra. Se limitó a hacer un gesto de asentimiento con la cabeza y luego colocó a Elkanan en un carrito que tenía preparado.
Elkanan durmió en paz, totalmente inconsciente de su aventura, y cuando abrió los ojos pensó que estaba soñando. No estaba en su habitación, sino en otra mucho más pequeña que parecía traquetear y moverse como un carro, y frente a él estaba un sacerdote.
-¿Dónde estoy? – preguntó alarmado.
-Descansa, Andreas – fue la respuesta.
-Pero mi nombre no es Andreas – respondió -. Ese no es un nombre judío. Yo soy Elkanan, el hijo de Simón.
Para su sorpresa, sin embargo, el sacerdote lo miró compasivamente y movió la cabeza.
-Has sufrido un desgraciado accidente – dijo -, y ha afectado a tu cabeza. No deberías hablar.
Ni una palabra más iba a decir en respuesta a las preguntas del chico. Simplemente, no hizo más caso a Elkanan, quien le dio vueltas al asunto hasta que realmente comenzó a sentirse enfermo y a preguntarse si, después de todo, él era Elkanan. Desfallecido, volvió a quedarse dormido, y cuando volvió a despertar se encontró acostado en una cama en un cuarto vacío. Sonaba una campana y escuchó el canto de un coro. A su lado se encontraba un sacerdote.
Elkanan miraba al sacerdote como si estuviese aturdido. Antes de que pudiese pronunciar una palabra, el sacerdote dijo:
-Levántate, Andreas, y sígueme.
El niño no tenía más remedio que obedecer. Para su horror, lo llevaron a una capilla e hicieron que se arrodillase. Los sacerdotes lo rociaron con agua. Él no entendió qué significaba aquello, y cuando se hubo acabado comenzó a llorar por su padre y su madre. Durante muchos días, nadie hizo caso de sus continuas preguntas hasta que un sacerdote, con un rostro severo y cruel, habló con él con tono áspero.
-Me dio cuenta, Andreas – dijo -, de que eres de espíritu testarudo. Será refrenado. Tu padre y tu madre están muertos; el mundo entero está muerto para ti. Tienes extrañas ideas en tu cabeza. Nosotros te liberaremos de ellas.
Elkanan lloró tanto al oír estas terribles palabras que se puso seriamente enfermo. No sabía cuánto tiempo había estado en cama, pero cuando se recuperó, se encontró prisionero en un monasterio. Todos los sacerdotes lo llamaban Andreas; todos eran amables con él; y llegó el momento en que empezó a preguntarse si él era Elkanan, el hijo de Simón, el piadoso judío de Maguncia.
Para poner fin a la intranquilidad de su mente, se dedicó en cuerpo y alma a sus estudios. Sus tutores jamás habían tenido un alumno tan brillante ni un compañero tan inteligente. Era un excelente jugador de ajedrez.



-¿Dónde aprendiste? – le preguntaban.
-Me enseñó mi padre, Simón ben Isaac, de Maguncia – respondía con llanto en su voz.
-Está bien – contestaban después de haber recibido instrucciones sobre qué decir en respuesta a tales frases -, Andreas, tú has sido bendecido por el Cielo. No sólo aprendes durante el día, sino que además ángeles y difuntos sabios te visitan mientras duermes y te aportan sus conocimientos.
No podía obtener palabras más satisfactorias de sus tutores, y con el tiempo llegó a no mencionar el pasado, y sus tutores y compañeros también se abstuvieron de tocar el tema. Alguna que otra vez se le ocurría la idea de escapar, pero pronto se daba cuenta de que el plan era inviable. Nunca se le permitía estar solo ni un momento; era un prisionero aunque todos empezaban a rendirle honores por su inteligencia y sus conocimientos.
A su debido tiempo se convirtió en sacerdote y tutor, e incluso fue llamado a Roma y fue nombrado cardenal. Llevaba un bonete y un manto rojos, la gente se arrodillaba ante él y buscaba su bendición, y todos decían de él que era el más sabio, el más amable y el más culto hombre de toda la Iglesia.
Hacía años que no hablaba de su niñez, pero nunca dejó de pensar en aquellos días de felicidad. Y aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no podía creer que todo había sido un sueño. Cada vez que jugaba al ajedrez, su pasatiempo favorito, parecía verse a sí mismo en su vieja habitación en Maguncia, y suspiraba. Sus correligionarios se preguntaban por qué lo hacía, y él, riendo, les decía que era porque no tenía ni idea de cómo perder una partida.
Entonces sucedió algo grandioso. El Papa murió y Andreas fue elegido su sucesor. Lo colocaron en un trono, le pusieron una corona en la cabeza y le llamaron Santo Padre. Se le dotó con el poder sobre la vida y la muerte de millones de personas de muchísimos países; reyes, príncipes y nobles lo visitaban en su grandioso palacio para rendirle homenaje, y su fama se extendió a lo largo y ancho del mundo. Pero él se volvió más y más taciturno y silencioso y sólo ansiaba que sus tremendos poderes estuviesen al servicio del bien de la gente.
Sin embargo, esto no complacía a algunos de sus consejeros.

[Otto von Bismark y Pío IX]

-La Iglesia necesita dinero – le dijeron -. Tenemos que exprimírselo a los judíos.
Pero Andreas se negaba, de manera obstinada, a comenzar ninguna persecución. Pusieron ante él muchos edictos para que los firmase con el fin de permitir a los obispos de ciertas localidades que amenazasen a los judíos en el caso de que no pagasen como tributo grandes sumas de dinero, pero Andreas se negó a firmar.
Un día le presentaron un documento del arzobispo del distrito del Rin en el que se pedía permiso para expulsar de Maguncia a los judíos. Su rostro se tiñó de púrpura al leer aquella inicua carta. Dio órdenes expresas para que el arzobispo fuese llamado a Roma, y ante la expresa amenaza de sus cardenales, también mandó llamar a tres de los líderes judíos de Maguncia para defender su causa.
-Nadie dirá – declaró – que el Papa ha dictado un decreto de castigo sin haber dado a los condenados la oportunidad de defenderse.
Cuando las noticias llegaron a Maguncia, se produjo una gran alarma y mucho lamento entre los judíos, pues, ¡vaya!, la amarga experiencia les había enseñado a no esperar ninguna compasión de Roma. Eligieron a los delegados, y cuando llegaron al Vaticano les preguntaron sus nombres. Los dieron y fueron comunicados al Papa.
-Los representantes de los judíos de la ciudad de Maguncia – anunció un secretario – humildemente solicitan una audiencia con Su Santidad.
-¿Cómo se llaman? – pidió el Papa.
-Simón ben Isaac, Abraham ben Moses y el sacerdote Issachar.
-Que entren – dijo el Papa con voz firme y pausada. No había oído más que un nombre; su plan había resultado un éxito, pues había esperado que Simón estuviese entre los delegados.
Los tres hombres entraron en la sala de audiencias y se quedaron esperando delante del Papa. Su Santidad parecía estar perdido en profundos pensamientos. De repente, despertó de su ensueño y miró con cariño al más anciano.
-Simón de Maguncia, acércate – dijo - y expón tu alegato. Te escuchamos.
El anciano avanzó unos pasos y con un lenguaje sencillo pero elocuente arguyó que a los judíos se les debería permitir permanecer sin molestias en Maguncia, localidad en la que llevaban viviendo muchísimos años.
-Tu petición – dijo el Papa, cuando el otro hubo terminado – será tenida en cuenta, y cualquier decisión que se tome os será comunicada sin demora. Y ahora, Simón de Maguncia, cuéntame algo sobre ti mismo y tus compañeros. ¿Quiénes sois en la ciudad?
Simón le dio la información.
-¿Habéis venido solos? – preguntó el Papa -. ¿O habéis sido acompañados por miembros de vuestra familia… por vuestros hijos?
La voz del Papa apenas se mantenía firme, pero nadie lo notó.
-No tengo hijos – dijo Simón con un desmayado suspiro.
-¿Nunca has sido bendecido con descendencia?
Simón le dirigió al Papa una mirada aguda antes de responder. Entonces, con cabeza inclinada y voz rota, respondió:
-Dios me bendijo con un hijo, pero me lo robaron cuando era un niño. Esa ha sido la pena de mi vida.
La voz del anciano quedó ahogada por el llanto.
-He oído – dijo el Papa después de un momento – que tienes cierta fama como ajedrecista. A mí también se me otorga cierta habilidad en el juego. De buena gana lo pondría a prueba contigo. ¡Escucha! Si sales vencedor de la partida, entonces tu demanda será escuchada.
-Conforme – dijo el anciano con orgullo -. Hace muchos años que no me han derrotado.
Quedó acordado que la partida se jugaría esa misma noche. Naturalmente, el extraño duelo levantó el más vivo interés. La partida fue escrutada con minuciosidad por los secretarios del Papa y por los delegados judíos. Fue un maravilloso juego de fuerzas sutiles. Ambos jugadores parecían idénticos. Primero uno y luego el otro hicieron un arriesgado movimiento que parecía colocar al rival en serias dificultades, pero siempre se las ingeniaban para evitar el desastre. Las tablas parecían el desenlace inevitable hasta que, de repente, el Papa realizó un movimiento tan brillante que dejó perplejos a los curiosos. Parecía imposible que Simón evitase la derrota.
Nadie quedó tan anonadado ante aquel movimiento del Papa como el viejo judío. Tembloroso, se levantó de su asiento, miró con ojos incisivos al Papa y dijo con voz ronca:


-¿Dónde aprendió ese movimiento? Yo lo enseñé, pero a otro.
-¿A quién? – preguntó el Papa con impaciencia.
-Se lo diré a solas – dijo Simón.
El Papá hizo un gesto y todos abandonaron la sala muy sorprendidos.
Entonces, Simón exclamó muy nervioso:
-Salvo que seas el Diablo en persona, sólo puedes ser mi hijo perdido, Elkanan.
-¡Padre! – gritó el Papa, y el anciano lo acogió entre sus brazos.
Cuando los demás volvieron a entrar, el Papa dijo con gran serenidad:
-Hemos decidido que la partida termine en tablas, y en agradecimiento por el inusual placer de la partida de ajedrez con un jugador tan talentoso como Simón de Maguncia, me hago eco de las peticiones de los delegados de la ciudad. Es mi voluntad que los judíos vivan en paz.
Poco después fue elegido un nuevo Papa. Corrieron muchos rumores. Uno de ellos consistía en que Andreas se había arrojado a las llamas; otro, que había desaparecido misteriosamente. Por aquel entonces llegó a Maguncia un extraño que fue recibido por Simón, con gran alegría, como su hijo Elkanan.

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El culo del ajedrecista
Enrocado en la insolubilidad, el culo del ajedrecista está a punto de no moverse para siempre. Gimnástico, profundo, ahí está su culo una hora más.
El del ajedrecista es el culo más trabajado: infinitas sesiones de espera lo han envejecido y por eso, por viejo, sabe esperar inmóvil, como si tuviera todo el tiempo del mundo por delante, como si, precisamente por viejo, no fuese al que menos tiempo le queda. Corre el cronómetro… Y el encallecido culo del ajedrecista permanece quieto resistiendo la tentación del movimiento.
No hay ningún culo en la silla de enfrente. Por no haber, ni piezas hay sobre el tablero. El culo las contiene y las retiene, a las blancas y a las negras, a ellas y a todos sus movimientos, y también a sus combinaciones y a las tácticas y a las estrategias. Nada de todo esto, y mucho menos lo último, tiene valor, pues ya no se quiere ganar.

[La GM Alexandra Kosteniuk. Está amenazando con dar mate…]

Mientras su culo contiene la expresión de lo inútil, el ajedrecista se encara con el tablero vacío. Su preocupación es la posibilidad de la simetría. Observa: el escaque blanco a la derecha. Gira el tablero: la casilla blanca a la derecha. Lo vuelve a girar. Cada vez más rápido. Más rápido. ¡Más! El tablero da vueltas a gran velocidad. El ajedrecista ve cómo el cuadrado del tablero se transforma en un círculo y los colores se funden en el blanco. Al mismo tiempo, su culo, cuadratura del círculo, que todo lo sabía, inexpresivo, procede ahora a soltar pedos (no antes, pues corría el riesgo de expulsar como proyectiles alfiles o peones y, así, atraer la ilegalidad y la sanción del árbitro), pedos pitagóricos, constantes que gritan secretos en el silbido del tablero giróvago y que salpican los ojos del ajedrecista con avogadro, pi, planck…
Y el culo, batidora del destiempo, simultáneo apodíctico, ensimismado solipsista, entrega su núcleo ge; y el ajedrecista, mesmerizado por la infinitesimalidad, comprende que es imposible el círculo, se mira en el espejo levógiro del cosmos y levita, a una velocidad de nueve como ocho metros por segundo al cuadrado, más allá de Magallanes, con fiebre más alta que la de los finales de partida, esa locura que amenaza, perversa, al común de los mortales.

[La GM Natalia Zhukova. Estamos ya ante un rotundo mate en dos…]

domingo, 16 de enero de 2011

CULO ASS GESÄß: SE PUEDE TOCAR EL TEMA MÁS ALTO PERO TAMBIÉN MÁS VECES

El 20 de agosto de 1952, Dalí escribe en su Diario de un genio (Barcelona: Tusquets, 2009):


[Dalí: Continuum de cuatro nalgas]

“Me traen al fin el molde de yeso de mi emoción, y decido fotografiar ese continuum de cuatro nalgas. Unos amigos se han reunido en el jardín de abajo, cuando sube hacia mí una dama de mundo. La miro – miro a todas las mujeres – y de pronto me sobreviene una iluminación: la persona que tengo delante, de espaldas a mí, tiene exactamente dos de las nalgas de mi continuum. Le ruego que se acerque al molde, y le digo que ella posee mi visión del universo en la parte inferior de la espalda. ¿Podría fotografiárselas? Con toda naturalidad, acepta, se desabrocha la falda y, mientras se inclina por encima del murete para charlar con sus amigos, que están en la terraza de abajo y no sospechan nada, me ofrece sus nalgas para dejarme comparar el molde con la carne misma de este molde.
Cuando he terminado, se alisa la falda y me ofrece una revista que guardaba en el bolso para mí. Se trata de una vieja revista, sucia y desgarrada, donde descubro, con la excitación que pueden imaginar, una reproducción de figura geométrica idéntica a mi molde: una superficie con una curvatura total constante que se obtiene en los experimentos sobre la segmentación mecánica de una gota de aceite.
Tantos acontecimientos típicamente dalinianos en tan poco tiempo me convencen de que he alcanzado la cúspide de mi genio”
(pp. 86, 88).


Según los hiperpostmodernos amantes de las físicas metáforas de la fractalidad, todo está en todo y lo pequeño en lo grande redundantemente de forma y manera que no hay todo ni parte ni grande ni pequeño pues la distancia no es más que una ilusión de la mirada que se detiene perezosa en una superficie de lo mismo idéntico. Antes se decía mise en abyme, pero nadie lo tomaba en serio por ser materia de ilusionistas del trampantojo, puro Flip-Art a lo Flipart. Así que cuando alguno se ponía severo y rugía que toda actividad humana lo único que pretendía y conseguía era recrear tanto el hecho de crear como, a pequeña escala, la creación misma, se lo tomaban a cachondeo y chirigota y abanicaban al pesado con ligeros pantógrafos hilvanados.

Dalí vio su emoción del universo en un culo, y emoción y culo van tan de la mano y las nalgas como la mano y las nalgas, ese curvilíneo asidero. La emoción, por otra parte, qué duda cabe que es, ay, quintaesencia del arte. Por eso no podemos dejar de llorar que Praxiteles no se hubiese dedicado con más ahínco a las Venus (no Púdica, por Dios) o, en su defecto, a alguna cortesana.

[Venus Calipigia. Lo que habría hecho Praxiteles con estas logarítmicas funciones carnosas]

El genio cósmico de Port Lligat no fue el único que supo ver los valores universales del culo.

[Dalí: Virgen autosodomizada por su propia castidad]

¡Los publicistas también se han hecho eco de esa cóncava y convexa protuberancia!

[Calendario Pirelli 2001]

Y descendiendo a las cloacas de la expresión no comercial, nos vienen al cerebro (esa mano de la mente que ase y aprehende) cuadros de inspiración anal y nalgal, lo que demuestra que Tácito no iba muy desencaminado con sus Anales.
[Charles Gleyre: Le coucher de Sapho]
[Lavinia Fontana: Minerva vistiéndose]


[Jean-Léon Gérôme: Bethseba]

Detengámonos un instante en este jalón y repitamos al autor, porque Gérôme bien merece, por su buen gusto por las protuberancias, una segunda oportunidad:

[Jean-Léon Gérôme: Los baños del harén]

El arte español también conoce forjadores de culos, y nadie mejor que el más excelente, Velázquez, para ilustrar el valor estético de la retaguardia:

[Velázquez: Venus del espejo]

Tanta perfección hay en esta obra, que ha servido de estro y musa para uno de los más diestros confeccionadores de culos, Milo Manara:

Es una pena que durante muchísimo tiempo el culo haya sido tan mal visto. Afortunadamente, el tanga ha venido al mundo a redimirnos de la visión pecadora del ojo místico:

[Julio Romero de Torres: El pecado]

La versatilidad del culo en su relación con la emoción artística queda verificada en el momento en el que uno entra en la sala número 75 del Museo del Prado y de repente se encuentra dándole vueltas a Venus y Marte obnubilado por la frescura de la piedra.

[Círculo de Antonio Canova: Venus y Marte. Lo siento, pero no he encontrado imagen trasera…]

Claro que Canova, intimísimo amigo de la Récamier, tenía una envidiable mano para los culos:

[Canova: Las tres Gracias]

Y es que tiene su gracia ver cómo la escultura parece encontrar su sentido en la representación fiel del culo. Maillol también queda prendado de esta gracia, como, por lo visto y por lo que sabemos, además quedó prendado de la Passavant, aquí modelo de ninfa y luego escultora:

[Maillol: Tres ninfas]

La prueba de que la escultura logra a través del culo tocar su esencia y, en último y primerísimo y escatológico término, el ser de toda obra de arte (con lo que se coloca como primera de las artes gracias a este quedarse un poco detrás en sus temas y objetos), radica en la ardorosa y arrebatada entrega de Leopold Bloom y Gustav Flaubert a los encantos de la escultura bien torneada (el primero hipnotizado por un culo, y el segundo, es verdad, perdonen, por unos pechos: pero qué pechos no mantienen una conexión de mantequilla con el culo). Porque, a poco que nos paremos a pensar, ¿no participa también la música de esta, más que representación, presentación suavísima y callada de la música que todos sabemos contiene este órgano de mística mirada?

Y, sin embargo, el culo, consciente y lúcido, no puede quedarse en mero objeto: sabedor de que el arte comienza por el soporte, soporta soportar lo artístico no como ancilla domini, sino con el orgullo de lo que posibilita al mismo tiempo que eleva (el espíritu). Y esto sucede tanto en las expresiones mayores, como la pintura:

[Obra maestra de Seyi Wujian, artista que ha de estar infinitamente agradecido al soporte]

Como en otras formas menores, aunque más primigenias, de decantación creativa, como es el caso del tatuaje:

[Ni idea de quién es el autor de la foto. Y, lo que es peor: ni idea de quién es la modelo. Cuando me denuncien por incluir este material, ya se lo diré desde mi celda]

Y con esto casi llegamos al final de nuestro breve y caprichoso recorrido por el arte del culo (disculpa, porque siempre se necesita una disculpa, para recorrer el culo fenomenológicamente, eso sí). Pues no sólo hemos hablado de pintura, escultura, fotografía, publicidad y literatura (y también, al menos un poco, veladamente, de música), sino que hemos alcanzado la perfecta expresión del arte y los sentimientos reales en esta ficción llamada Internet, quintaesencia del trompe l'œil, quintacolumna de la realidad y verídica ficción de la ficción de lo real.

Porque, amigos míos, ¿qué les gusta más y qué es más artístico y qué es más real: la primera o la segunda imagen? Me culo (digo: me curo) en salud: tengo antídotos para los puritanos y para los puritanos que no van de puritanos.
[Magritte: The Dangerous Liaison]


[Ejemplo de salva sea la parte]

Y si dije que casi habíamos llegado al final, es porque es ahora cuando llegamos al final. Y finalizamos con el carácter sádico-anal propio de quien desde Freud frecuenta los culos: es decir, dando por… sentado que al lector le interesa lo que nos sale de… dentro. Así, después de Senos, de Gómez de la Serna, después de Coños, de Juan Manuel de Prada, yo mismo, hace ya muchos años, escribí Culos, obra de humor volteri-ano y rabelesi-ano donde las haya y que recopila 101 culos, de los cuales, por colofonear esta entrada, extraigo uno para salir del paso internáuticamente. ¡Ánimo, amigo lector: no hay mal ni texto que cien años dure!


El culo alternativo
¡Hay que tener un culo alternativo! Que no es lo mismo que un culo de repuesto, porque ¿dónde lo pondríamos, en la cabeza? Bueno, ahí dentro hay bastante sitio; pero una operación de este tipo sería demasiado cara. Por eso el culo alternativo se ha puesto el culo por montera ¡y se acabó el problema!
Exquisito, este culo cultiva el gusto, y como sobre gustos no hay nada escrito, él, al margen de los márgenes, no lee ni a Derrida. ¡Ni falta que le hace! ¡Va al cine! Allí el culo alternativo se pone en barbecho ante la última película uzbeca subtitulada en bantú.
Al paladar diferencial del culo alternativo le place cagar comida de autor, ¡de autor anónimo en restaurante recóndito de nombre alternativo: “La gamba precoz”, “El mono sabio”, “Disparates culinarios”!
El culo alternativo se faja ropa de mercadillo, no por ánimo de hacer el ridículo, no, pues este culo es circunspecto, serio y severo en todo, un culo eternamente fruncido; sino para lucir su gusto por la moda de la antimoda. (La misma ropa que por doquier pero más barata y solidaria con la etnia gitana).
Pero no sólo de cine, comida y trapitos vive este culo profundamente alternativo. Uno de sus asuntos capitales es el de a dónde ir en vacaciones después de pasar casi un año estancado en un escaño funcionarial los ratos libres que le quedan entre desayuno y desayuno (y desayuno y desayuno) y cerveza (y cerveza) y tentempié (pues el culo alternativo es un tentetieso ante la barra del bar de la esquina) y aperitivo. La alternativa al turismo de playa es lo rural y natural, que no es turismo per se, no; y la alternativa al turismo decorativo de Praga y Cuba es lo exótico y comprometido: el Chad y Nicaragua, por ejemplo, viaje moral con el que limpiarse las legañas concienzudas del culo y en el que el culo alternativo puede dar lo que lleva dentro y dejar, así, su íntima huella.


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Y es que estoy seguro de que todos estarán ya un poco cansados de los culos habituales, como este:
[Ejemplo de culo habitual del que seguro ya están cansados]
O este:


[Ejemplo de otro culo habitual del que seguro que ustedes están aburridos]

Y por eso se impone, igual que cuando uno se cansa y se aburre de leer a Cervantes y, qué sé yo, por leer algo diametralmente opuesto se lee a sí mismo, necesita algo como lo siguiente:
[Ejemplo de culo alternativo: tipo acuático…]

lunes, 13 de diciembre de 2010

DEL HOMO REDUCTUS AL HOMO ERECTUS

MATHESON, Richard. El hombre menguante. Barcelona: Bruguera, 1980.



[The Incredible Shrinking Man, 1957. Director: Jack Arnold]


¿Cuál es la diferencia entre el género de ciencia ficción y el de las utopías literarias? ¿Son 1984, El señor de las moscas, La isla del doctor Moreau o Nosotros obras del primer o del segundo género? En términos generales, podríamos sostener la hipótesis de trabajo (con su margen para las excepciones) según la cual el género utópico nos muestra a personajes bien perfilados expuestos a un medio tan objetivo como imaginado (e imaginable racionalmente) y tan protagonista como los protagonistas que agonizan en él, mientras que la ciencia ficción parece que o bien nos transporta a un medio futurible pero esencialmente idéntico al de hoy en día para recordarnos que el mundo fue, es y será siempre el mismo mientras el hombre siga siendo hombre, o bien nos hace espectadores de las aventuras de un personaje que sufre algún tipo de alteración que lo expulsa de la “normalidad” dentro del mundo conocido y permanente de lo cotidiano.

El hombre menguante se encontraría, según estos criterios, en el segundo caso. ¿Y qué valor, habrá que preguntarse ahora, tiene la ciencia ficción, tanto dentro de la Literatura y, por lo tanto, como fuente de conocimiento? Pocos habrá que se atrevan a sostener que, por ejemplo, la Utopía de Moro no es más que una insustancial fantasía bien escrita. La ciencia ficción es tangente a la utopía en el punto en el que se recuerda que toda realidad es el fruto de lo que en el pasado fue utopía para unos pocos. El futuro, esa dimensión esencialmente humana, es explorado por una suerte de imaginación trascendental que ahonda en el presente eterno (el cual incluye sus potencialidades) para hallarlo en un tiempo casi ajeno a la intuición.

Desde este punto de vista, obras de marcado carácter filosófico (prescindiendo del género en el que la pedagogía y las ventas imponen) tales como El hombre undimensional de Marcuse, o El hombre sin atributos de Musil, no estarían tan alucinadamente alejados de libros como El doctor Jeckyll y míster Hyde, El hombre invisible o Los viajes de Gulliver. Junto a estos, bien podríamos ubicar la obra de Matheson El hombre menguante. Por supuesto, no hace falta tentar la suerte y tratar de quitarle el pan de boca a Isaac Asimov con preguntas perspicaces y capciosas como la siguiente: “¿Y qué les sucederá a todos estos autores de ciencia ficción y utopías varias cuando, por ejemplo, comparamos al hombre menguante con el insecto de La metamorfosis? Seamos cautamente cínicos…

Scott Carey comienza a menguar y se enfrenta a una realidad postnietzscheana: La vida sin realidad. La conciencia de ser hombre le informa de su perenne conciencia y de sus urgentes necesidades: si el medio físico (personal o circunstancial) se transforma hasta cierto punto, las ficciones se desvelan como tales (cuando no como mentiras) y tan sólo queda la conciencia y la urgencia como fundamento y límite del ser humano. Este hombre que se aleja de la comunidad por una cuestión de cantidad, no de calidad, teme la desaparición en uno de esos conceptos heredados que le amargan la existencia: la medida como realidad y la ficticia (por antropológica) noción de unidad que sustentan la idea de realidad y muerte propia de esa realidad. Una vez rasgado el velo de la realidad de ficción, realidad funcional y que funciona siempre y cuando se conserve la medida de las cosas y de uno mismo en función no de su propia conciencia y de sus urgencias, sino de las cosas; una vez rasgado el velo de esa ficticia realidad, el hombre, Scott Carey, alienado de lo familiar, comienza por rendirse, a través de los viejos intentos con los viejos métodos, a la indefensión de un medio enraizado en la ficción de la unidad que funciona cuando todos cierran los ojos a la vez. Pero una vez pasado el torpe intento de la espera por los demás, comienzan los fracasos ante la nuda tentativa de sobrevivir. Es entonces cuando la conciencia, por primera vez, se pregunta de qué sueños ha despertado para encontrarse con la pesadilla del mero ser. No queda más que luchar y la lucha no se convierte sino que se presenta como la eterna manifestación de la esencia del ser humano: un ser miserable y menesteroso que ha de vencerse a sí mismo para vencer. Al final, justo cuando Scott Carey es completamente abandonado a su suerte y se considera desahuciado, surge en él una fuerza y una esperanza que van más allá de lo que presumía conocer: vencido el plazo temporal del último milímetro, aguanta un poco más y llega a saber que su inteligencia lo hace único y que el mundo no se acaba en esa terca dimensión de la unidad antropomórfica:

“Scott Carey corrió hacia su nuevo mundo, buscando”.



[Monólogo final de la película]

miércoles, 8 de diciembre de 2010

LA MARCHA RADEZTZKY

ROTH, Joseph. The Radetzcky March. London: Granta Books, 2003. [Traducción: Michael Hofmann].



Así que llego a casi los cuarenta años y aunque consciente de que no es verdad, hace tiempo que me siento en peligro de cuarentena perpetua, una cuarentena ilusoria, e ilusa, consistente en no tener más libros extraordinarios que leer después de toda una vida dedicada a la ratonería de librería y biblioteca. Por supuesto, no es verdad y la consciencia de la falacia hace que recuerde que no se trata más que de una reacción de impaciencia ante el hecho de no dar ya tan fácilmente con obras que valgan la pena y el tiempo de ser leídas.

Entonces, en mi búsqueda de información sobre qué supuso la Gran Guerra para Europa (para el mundo), llego a ese título tantas veces leído en los catálogos y que nunca fue una prioridad. Ahora es el momento. Y lo leo, y me quedo aturdido, dichosamente aturdido por una novela en la se describe y muestra la caída, parálisis y agonía de Europa (la puntilla y muerte, como todos sabemos, se la dará la Segunda Guerra Mundial).

Aunque Roth siente nostalgia por el mundo que se acaba en 1914, no lo hace sin cierta ironía, sin cierta resignación triste y socarrona. La familia Trotta es víctima, más que de sus actos, de la muerte de Dios, de la ficción del “progreso”, de la impotencia del individuo, del triunfo de las masas, de la pérdida de fe en los valores “tradicionales”, de la miseria producida por la Revolución Industrial: la familia Trotta es víctima de sus propias virtudes, virtudes que en el nuevo mundo si no son defectos, sí son inconvenientes, taras, obstáculos para adaptarse a este nuevo orden de cosas en las que a los valores y a las pasiones los sustituyen los intereses, nada más, con sus secuaces la cicatería y la ruindad. Tras la Primera Guerra Mundial adviene el nuevo imperio no de la atomización nacionalista, ni del individuo solo y sin él mismo, sino el imperio planetario de la alianza sempiterna de los tontos y los malos.


Por supuesto, el mundo que encarnaba el Imperio Austro-Húngaro estaba condenado a desaparecer, y ante lo necesario se puede entonar un réquiem, pero resultaría absurdo plañir infinitamente ante la ley universal del tiempo: los tiempos que se suceden. Roth no busca culpables: todos son culpables e inocentes: los que se agarraban a una estructura teocrática de la sociedad y los que desintegraban en utopías sin fundamento el mero hecho de ser humano. Los Trotta salieron, campesinos, de la tierra, y a ella, como todos los hombres, vuelven uno tras otro: el bisabuelo (figura de un estoicismo bíblico), el héroe de Solferino (enemigo a ultranza de la mentira en un mundo en el que no hay verdades ni mentiras, sólo ficciones), el padre (funcionario del Imperio que se mantiene en la maquinaria herrumbrosa como un engranaje perfecto a punto de ser consciente de su inutilidad), y el hijo, Carl Joseph, hijo de su abuelo, perdido entre dos mundos, atrapado sin salida ni futuro entre una herencia sin cotización en el mercado del mundo y un mundo que acumulará ruinas sobre ruinas para hacer de su nada un desierto de deshechos.

A Joseph Roth se le nota el arte periodístico (es decir, no se le nota que fue periodista): léase, por ejemplo, el capítulo 9, del cual buena parte podría aparecer ilustrado en un suplemento dominical de hoy en día. No se trata de un defecto, sino más bien de todo lo contrario, de la bella forma de introducir en la técnica literaria una realidad estilística que obedece a un nuevo orden de cosas. La soltura de estas descripciones y comentarios se combina con escenas no exentas de fuerza, lirismo, humor y sensibilidad. Creo que nadie puede permanecer impasible ante el capítulo 10, en el que se narra la muerte del fiel servidor Jacques (escena que nos retrotrae a la monumental Muerte de Iván Ilich); ni se puede no sonreír con amargura y compasión al leer, en el capítulo 18, el encuentro entre dos viejos niños, dos cadáveres vivos, Herr von Trotta y el Emperador Francisco José I; ni es posible quedar imperturbable ante el sacrificio del criado Onufri para salvar el honor de Carl Jospeh: “He did not understand, Lieutenant Trotta, that rough peasant lads with noble hearts really existed, and that many things that really exist in the world were copied and put in bad books; they were bad copies, that’s all” (p. 290), nos dice el narrador; y tampoco puede uno dejar de asombrarse ante la aguda visión de la relación entre el joven y último Trotta y Frau von Taussig, a la altura de la penetración psicológica del Adolfo de Benjamín Constant; ni está libre de no dejarse arrastrar por el aquelarre, por esa noche de Walpurgis, por esa danza macabra en la que deviene la fiesta y la marcha fúnebre ante la noticia del asesinato del archiduque Francisco Fernando. Ciertamente, estamos ante una novela que quintaesencia literariamente lo mejor de La Montaña Mágica de Thomas Mann y la visión apocalíptica de un Karl Kraus.

[Escudo del Imperio Austro-Húngaro]

Una novela que no sólo habla de una época de la Historia, sino de lo que subyace a la Historia misma: The Generations of Men (tal y como reza el título del bellísimo libro de Judith Wright), la sucesión de las generaciones de los hombres y lo que eso conlleva de paradójica fusión de linealidad y circularidad (léase, por ejemplo, De padres a hijos, de Mika Waltari), y de pérdidas sin remedio iluminadas por la sombra del caos de lo nuevo y la brillante luz de la decadencia, tal y como resplandecen en ese perfecto cuadro de lo que todo cambia para que nada cambie que es El Gatopardo de Lampedusa.

El libro acaba con una solitaria partida de ajedrez:

“Dr Skovronnek asked to be dropped outside the café. He went to his regular table, as he did every day. The chess board was there, quite as if the District Commissioner hadn’t died. The waiter came to clear it away, but Skovronnek said: ‘No, leave it there!’ And he played a game with himself, smiling and shaking his head from time to time, looking at the empty chair opposite, in his ears the gentle rushing sound of the autumn rain, which still pattered indefatigably against the window panes” (p. 363).

En el nuevo tablero del ajedrez de la política, ya no se puede hacer nada más que retirarse a una casilla solitaria para jugar con la memoria y la conciencia la partida previa a la gran partida.



[La Marcha Radetzky de Strauss dirigida por Karajan]

sábado, 4 de diciembre de 2010

DIABÓLICAS Y DEMONIZADAS

BARBEY D’AUREVILLY, Jules. Las diabólicas. Barcelona: Bruguera, 1984.


En el “Prefacio” a la primera edición de su obra (1874), Barbey D’Aurevilly ve venir la que se le va a caer encima: la censura; una censura que por aquel entonces no era, como la de hoy, moco de pavo, es decir, un recurso para hacerse famoso y ganar mucho dinero. La censura te llevaba a juicio y la polémica raramente reportaba ingresos.

Barbey D’Aurevilly se disculpa por lo licencioso del tema y por lo atrevido de las imágenes, e insiste en que él es un moralista que muestra lo nocivo para que los demás aprendan a rechazarlo y evitarlo. Curiosa pedagogía moral. Por suerte, sólo es arte y lo demás son zarandajas circunstanciales: los seis cuentos de Las diabólicas destilan una agudeza de conciencia y estilística que los colocan entre las lecturas imprescindibles para todo aquel que desee hacer una descripción analítica de la realidad mientras se experimenta con la mismísima literatura.

Desde el nouveau roman y esa pereza disfrazada de descreimiento que es la postmodernidad, ya no se estilan los programas teóricos a priori, las intenciones fundamentales previas a la escritura, una visión articulada en lógica con palabras sobre el mundo, el hombre y el arte. Atrás (y siempre por delante) quedará, por ejemplo, el prólogo de Balzac a su Comedia humana, y pocos recuerdan lo dicho por Lawrence Durrell como encabezamiento del Cuarteto de Alejandría. Barbey D’Aurevilly nos hace conocer su teoría literaria como comentario al comportamiento de ciertos personajes en una de sus reuniones sociales:

[Barbey D’Aurevilly. Cuadro de Émile Lévy]

“¿Es menester observar que, en aquella reunión de hombres y mujeres de la buena sociedad, no se tenía la pedantería de debatir cuestiones literarias? Preocupaba el fondo de las cosas, que no la forma. Cada uno de aquellos moralistas superiores, de aquellos profundos conocedores, en diversos grados, de la pasión y la vida, que ocultaban serias experiencias tras sus triviales palabras y sus aires indiferentes, no veía entonces en la novela sino una cuestión de naturaleza humana, de costumbres y de historia. Y nada más. ¿Pero acaso no lo es eso todo?” (p. 159).

Naturaleza humana, costumbres e historia: resumen de la idea de narración para D’Aurevilly, quien, por lo demás, a la hora de escribir (y sin necesidad de teorizar sobre el particular) nunca se olvida del estilo y la técnica. Poco puede extrañar que este escritor defendiese a Balzac y atacase a Flaubert. Y nosotros pensamos: ¿Qué necesidad hay de estas sandeces de atacar y defender? Pero, en cualquier caso, he aquí un escritor que se aclara y aclara a pesar de lo que a todos les pesa: la carga de error inherente a la estupidez humana. En su valentía y sagacidad, Barbey D’Aurevilly, al comienzo de su última narración, “La venganza de una mujer”, nos avisa:

“Con frecuencia he oído hablar de la audacia de la literatura moderna; pero personalmente nunca he prestado crédito a tal audacia. Dicho reproche no deja de ser una fanfarronada… moral” (p. 275).

[Portada de una edición ilustrada del cuento La venganza de una mujer]


Desde luego, el Naturalismo tenía que dejarlo indiferente. Y recordemos que este hombre defendió a Baudelaire, lo que lo libera de cualquier sospecha de estrechez puritana. Unos renglones más adelante, nos pregunta si sabemos de algún escritor que, por ejemplo, haya tratado sin tapujos el tema del incesto. Y continúa: “La literatura moderna, a la que la gazmoñería le arroja su piedrecita, jamás se ha atrevido con las historias de Mirra, de Agripina y de Edipo, que son historias que se mantienen, créanme, perfectamente vivas” (p. 276).

Estas reflexiones valen más que nunca en estos tiempos de censura galopante y de puritanismo descerebrado y de cobardías e intereses y otras majaderías, al fin y al cabo, al servicio del plato de garbanzos con el que llenar el plato nuestro de cada día gracias al cucharón de eso que se vende y que algunos llaman arte e incluso arte valiente.

Jules Barbey D’Aurevilly nos recuerda a otros escritores franceses que sin el renombre y el aura de, por ejemplo, un Théophile Gautier, siguen enseñándonos a leer y a escribir, como también sucede con Auguste Villiers de L'Isle-Adam (curiosamente, muerto, como el primero, en 1889).

[Lilith. John Collier]


Por otra parte, la lectura de esta obra me ha recordado a otras “diabólicas” de la literatura. Me refiero, por ejemplo, a mujeres demonizadas hasta el escarnio o el ridículo como madame Hanska, Louise Colet, Lou Andreas-Salomé o Felice Bauer (figuras que se remontan, quizás, a la Jantipa de Sócrates). Tal vez haya que esperar al advenimiento de un nuevo D’Aurevilly para darles a estas diabólicas su justo valor.

domingo, 28 de noviembre de 2010

SÉNECA O CITAS CON LA JUSTICIA AL DOLOR

SÉNECA. Escritos consolatorios. Madrid: Alianza, 2008.


Entre preceptos y ejemplos se mueve Séneca para intentar la difícil tarea de consolar a los que han sufrido una pérdida. En esta selección de la “Consolación a Marcia”, la “Consolación a Helvia”, la “Consolación a Polibio” y las “Cartas a Lucilio”, podemos comprobar lo alejada que está la palabra (y más la palabra que se pretende heraldo de la razón) de esa exacerbación de lo humano que es el dolor ante la pérdida: uno se duele por lo que se ha ido y por uno mismo; uno se duele, en el fondo, por el hecho de que estar vivo es estar desapareciendo.

Sánchez-Ostiz, en su volumen de diarios Liquidación por derribo, cita a Séneca para recordar que vivir es perder. Si el estoicismo griego nos queda lejos, su versión romana, su desnaturalización, según Simone Weil, tampoco nos queda muy próxima en este mundo de hoy en el que se hace de la lucha contra el paso del tiempo y sus estragos una loca carrera de distracciones.

Séneca construye sus discursos sobre pocas y claras premisas.

El hombre es un ser débil y pretencioso:

“¿Qué es el hombre? Un cacharro frágil al menor golpe y a la menor sacudida […] incesantemente pábulo de su propia preocupación, vicioso e inútil […] pútrido, achacoso, que inaugura la vida con llanto, pero aun así ¡qué grandes tumultos promueve este animal tan despreciable!” (pp. 70, 71).


[Finis gloriae mundi. Juan Valdés Leal]

Lo mejor que puede hacer es intentar dominarse para que las cosas le afecten en su justa medida:

“pues, de una parte, no sentir sus males no es de seres humanos, de otra, no soportarlos no es de hombres” (p. 178).

“la combinación óptima entre la piedad y la razón es, de una parte, sentir la añoranza, de otra, sofocarla” (p. 139).

“A cada uno burla su propia credulidad y el voluntario olvido de la condición mortal en aquellas cosas que ama […] esté en pie el ánimo y ceñido y lo que es necesario nunca lo tema, lo que es incierto siempre lo espere” (pp. 166, 167).


Lo necesario es ser justo para con uno mismo y para con el mundo, y para eso hay que reconocer lo necesario (lo inevitable y lo irreversible) y asumirlo con la misma proporción de pasión y razón: todo está sometido a la ley del tiempo, y esta ley dicta que nada permanezca constante. El hombre ha de aprovechar el tiempo para ser quien es de forma que los azares de la fortuna no le impidan seguir siendo humano para, así, alcanzar la plenitud de sus posibilidades en cada instante, no en un futuro incierto, sino aquí y ahora y con ayuda del estudio que nos coloca sobre la pista de la sabiduría:

“Acoge con ecuanimidad los eventos necesarios” (p. 210).

[Hotel Room. Hopper]

“Hay que darse prisa, nos pisan los talones […] Hay una rapiña universal: desdichados, no sabéis vivir en la fuga” (p. 69).

“esto, en cualquier caso, es manifiesto, que nada ha permanecido en el mismo lugar en que fue engendrado” (p. 118).

“Así plugo al hado, que no permaneciera firme siempre en el mismo lugar la fortuna de ninguna cosa” (p. 121).

“Para la pasión nada es bastante, para la naturaleza es bastante incluso poco” (p. 130).

“Así pues, te conduzco allí donde deben buscar refugio todos los que huyen de la fortuna, a los estudios humanísticos: ellos sanarán tu herida, ellos te arrancarán toda tristeza” (p. 142).

“Ahora considero que todas las cosas no sólo son mortales sino también mortales según una incierta ley: hoy puede suceder cualquier cosa que alguna vez puede suceder” (p. 189).

“Nada de estas cosas es para indignarse: hemos entrado en este mundo en el que se vive con esas leyes. Te gusta: sométete. No te gusta: sal por la vía que quieras” (p. 196).

“¿De qué le sirven a aquéllos los ochenta años pasado en la inactividad? Ése no vivió, sino que permaneció en la vida, y no murió sino durante mucho tiempo” (p. 200).

“No depende de mí cuánto tiempo yo exista: depende de mí que exista de verdad durante el tiempo que exista” (p. 201).

“Cualquiera que se queja de alguien haya muerto, se queja de que haya sido hombre” (p. 206).

“La vida no es ni un bien ni un mal: es el lugar del bien y del mal” (p. 207).

“la eternidad del mundo consta de contrarios. A esa ley debe adecuarse nuestro ánimo” (p. 216).

“pero, en cambio, aquél es poquita cosa y degenerado, el que ofrece resistencia y critica el orden del mundo y prefiere enmendar a los dioses antes que a sí mismo” (p. 217).

“es inmortal la memoria del ingenio” (p. 180).

[Vanitas. Jacob de Gheyn]


En la práctica, saber que somos débiles y que el orden del mundo es el cambio constante, sólo puede ayudarnos si estamos dispuestos a poner de nuestra parte el esfuerzo de no convertir el dolor en síntoma de injusticia, en morbosa pretensión de imposibles, en un placer en el que el egoísmo se revuelca sobre su propia inercia: el dolor, entonces, no es más que un rasgo de inhumanidad, y la inhumanidad, una manera de no querer ser humanos:

“y el dolor llega a ser un placer perverso del alma desgraciada” (p. 55).

“tan pronto como dejes de observarte desaparecerá esa imagen de tristeza. Ahora tú mismo eres el custodio de tu dolor” (p. 186).

“Ninguna cosa viene a dar en odio más pronto que el dolor, el cual, cuando es reciente, encuentra consolador y atrae a algunos hacia sí, pero, cuando es inveterado, es objeto de burlas, y no inmerecidamente, pues o es simulado o tonto” (p. 188).

“con el tiempo encuentra el fin de su penar también aquel que no lo había puesto con una decisión suya. Pero en un hombre prudente es el más torpe remedio de la aflicción el cansancio de afligirse: prefiero que abandones el dolor a que seas abandonado por él” (p. 188).

“¿Y por qué te dueles de haberlo perdido, si no te aprovecha el haberlo tenido?” (p. 205).

“los tuve, en efecto, como si los fuera a perder, los perdí como si los siguiera teniendo” (p. 187).

[Summer interior. Hopper]


Séneca no se anda con paños calientes, y en eso demuestra su conocimiento y su saber hacer como sanador de almas. Conoce las leyes del mundo y vive de acuerdo con ellas, nos repite. Claro que aquí es donde naufraga todo intento consolatorio, porque a Séneca se le podría replicar: “Si el hombre es nada, ¿por qué intentar nada? ¿Y cómo saber que el fin del hombre es la justicia y la razón? Y esa vida plena, ¿por qué no ha de ser la de la intensidad de los sentidos, con independencia, precisamente, de la duración y la comodidad? ¿Y qué ley, qué deber, qué imperativos ciertamente verdaderos nos impelen a no dejarnos arrastrar por el dolor y la desesperación ante el hecho de las pérdidas y las desapariciones?”. No, ya ni de los romanos podemos aprender nada.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

I WOULD PREFER NOT TO

MELVILLE, Herman. Bartleby, the Scrivener. A story of Wall-Street.

[Decalcomanía. René Magritte]


Y, en efecto, uno no sabe qué hacer con Bartleby.

Se sabe qué hacer con todos los Turkey, Nippers y Ginger Nut, incluso con los Cutlet. Pero uno no sabe qué hacer con Bartleby.

Está lo que pasa, y lo que pasa lo hace una sola vez o con regularidad. Así es fácil. Lo que pasa permite distraerse, es decir, permite estar en las cosas cuando se está en uno mismo y en uno mismo cuando se está en las cosas. Y, así, con lo que pasa se nos pasa la vida y la conciencia es esa corriente en la que nada es.

Está lo que pasa y está Bartleby.

[A la rencontre du plaisir. Magritte]

Bartleby se presenta. Aquí está. Y está para quedarse, aunque nosotros jamás lo habíamos sospechado. Bartleby está más allá de la sospecha.

Está aquí y comienza a hacer su trabajo. Bartleby copia. Y sólo copia. Si le pides cualquier otra cosa, te dice que preferiría no hacerlo. ¿Y por qué habría de preferir hacer otra cosa que lo que hace? Luego, claro, con esa lógica implacable de lo que está más acá de las premisas, deja de hacer lo que hacía pues Bartleby ya está aquí, y para estar aquí no necesita hacer nada más que estar.

Es el doubtful guest de nuestra conciencia sonámbula.

[El Doubtful Guest de Edward Gorey]


Simplemente, está, y para estar no necesita hacer nada. Él lo sabe. Ni que lo haga ni que lo sepa es algo malo. Lo malo es que nos lo recuerda. Nos lo repite. Y no nos queda más remedio que acogerlo en nuestra conciencia porque nada más pasa, porque Bartleby no pasa: está aquí, sin más, okupa de la mónada, ese Otro que no necesita nada para poblarnos, para existirnos.

Copiaba y preferiría no hacerlo. Así que tampoco copia. Así que está condenado: no se puede vivir sin pasar, sin hacer nada. No se puede habitar otra conciencia. Hay que atravesar las mónadas como si fuesen células de membrana porosa y endoplasma vomitivo, o hay que dejarse arrastrar al exterior junto con las lavazas del núcleo o alma.

[La Thérapeute. Magritte]


Así que está condenado. Y él lo sabe. Y nos lo recuerda. Y no se puede hacer nada: no podemos encargarnos de él, ni desembarazarnos de él. Ha llegado y está aquí y es él y no hace nada. Y no podemos expulsarlo y no podemos mantenerlo. Y él lo sabe. Y nosotros sabemos que somos culpables porque él es nuestra ruina y nosotros somos su ruina. Está aquí condenado en la cárcel que somos.

Bartleby lo sabe. Y quizás preferiría no saberlo. Porque sabe dónde está, sabe con quién está. Es imposible engañarlo y por eso es imposible que nos engañemos. Habrá que dejarlo no ya aquí, sino ahí, condenado a la consunción de nuestra conciencia.

Pero así tiene que ser, por mucho que prefiriésemos que no. Porque Bartleby lo sabe todo, y lo sabe todo porque trabajó en la oficina de cartas perdidas (“dead letters”), en esa oscura trastienda donde no llegan, donde se pierden por el camino las intenciones, los mensajes, las palabras, las letras que hubiésemos preferido que se diferenciasen en algo de las letras, las palabras, los mensajes, las intenciones que no se pierden por el camino y que llegan a ese abismo entre conciencias.

[Retrato de Edward James. Magritte]

POESÍA INFANTIL

Érase un día, una poesía. Málaga: Jóvenes escritores, 2010.

La editorial Jóvenes Escritores ha sabido conjugar el verbo editar tan bien como lo han venido haciendo todos los editores que en el mundo han sido, arte este de la edición que no dejó de describir Balzac en aquella desopilante tragedia titulada Las ilusiones perdidas.

Porque uno siempre está tentado de pensar (y esto, ya así, a lo bruto, no es bueno) que una editorial es una especie de asociación de amigos del arte sin ánimo de lucro. Ya ven que pensar no funciona. A poco que uno deje de pensar y viva, se da cuenta de que una editorial es algo parecido a un negocio (y esto, ya así, a lo bruto, es lo que es) que se publicita como astillero especializado en botar barcos, y, claro, se piensa que así es, y se va con el barco y se entera uno de que lo que se bota a la mar salada son botijos (que también flotan, y muy bien, por cierto).

Así que mejor no pensar y pararse a ver qué pasa. Y lo que pasa es que todo anda de un revuelto que marea, pero también los barcos (y los botijos, según con qué los llenes) marean, y no por eso dejan de flotar. Quiere esto decir que todo tiene un precio – en el mercado. Y quizás algunos, ay, piensen que no hay más que el gran mercado del mundo. Sea como sea, la editorial Jóvenes Escritores se desvive por fomentar la lectura, la escritura, la poesía, la creación… Y acude a los colegios con un concurso debajo del brazo, y los profesores encantados, y los editores más, y los niños, cargados de deberes y de tareas extraescolares, pues a saber. Y entonces se fomenta la cultura, y se publica el libro, y el libro pueden comprarlo los familiares de los niños cuyos poemas han aparecido publicados. Y qué desnaturalizados (o pobres) padres se van a negar a comprar el libro en el que aparece la creación poética de su hijo. Ahora, ya que andamos en harina escolar, ejerciten el cálculo mental: multipliquen el precio de cada ejemplar por el número de niños que publican su poemita. Listo: se fomenta muchísimo la cultura y se gana dinero a espuertas.


El ejemplar que manejamos recoge los trabajos de niños que viven y estudian (o están matriculados) en las Islas Canarias y que van de los ocho a los doce años. Por desgracia, se echa en falta una representación de La Gomera y El Hierro. En cualquier caso, tenemos casi doscientas páginas para disfrutar.

Porque lo único que se salva de todo este negocio son los poemas de los chavales (y, quizás, también, en parte, de sus padres y profesores). Poemas repletos de rimas ingenuas, de lógicas no aristotélicas, de palabras simples y sentimientos sencillos, de un candor extraliterario que hace que se tambalee la mismísima poesía. Hay que imaginarse a estos niños escribiendo y leyendo lo que han escrito; y hay que ver cómo luego, cuando ya ha pasado la novedad del hito editorial, flotan las palabras, los versos, las estrofas, los poemas como olas eternas en el silencioso mar de la página. Y esto, y no la labor social, ni la vanidad familiar, ni la ganancia empresarial, es lo único que importa, lo único que siempre se mantendrá a flote: Queda el piélago de la poesía cuando desaparecen los últimos barcos.

El soldado

Un soldado estaba muy feliz,
un día de verano
en el pueblo de Oscariz.

Paseaba con su perro tan fiel,
Buscando en las colmenas mucha miel.

En la casa del bosque
él con su hijo jugaba,
siempre disfrutaban.

La guerra nunca hacía
y todo el pueblo, él conocía.


[Poema de Jesús Rodríguez Vivero. Por supuesto, este poema que hemos elegido como ejemplo ha sido extraído al azar. Es decir: Jesús es nuestro sobrino…]