martes, 6 de septiembre de 2011

EXPERIMENTO DIARIO

“No me basta con el conocimiento: quiero la experiencia”, me repite un amigo. Eso me recuerda al grito de guerra de la fenomenología “¡A las cosas mismas!”. Así que entre tanto estímulo, durante una semana he querido experimentar el diario. (Y a ver si así, de paso, me exorcizo de su obsesión).

Y he descubierto lo siguiente: 1) Puede convertirse en un vicio sin embriaguez, es decir, en una forma de que pase el tiempo sin sentirlo y sin salir de la propia conciencia; 2) Al menos llegados a esta edad, la conciencia no se hace ningún lío con su ya lío de voces, y se relaciona consigo misma en el espacio del diario de forma ideal; 3) He visto que apenas me atrae hablar de sucesos “externos”: el teatro de la conciencia lo ocupa casi todo, la relación entre conciencia y diario se asemeja a colocar dos espejos frente a frente: no hace falta más, o se diría que mantienen una relación fractal: la una siempre está dentro del otro, y este contiene a la primera, y así en mise en abyme; 4) Me he dado cuenta de la escritura fluye a la misma velocidad que los pensamientos: no he necesita pararme ni un instante a elegir ni una palabra.

Ahora toca lo peor: pasar por encima del pudor y mostrar las pruebas del experimento. Pido disculpas si a alguien le crea la impresión de estar ante un ejercicio de egolatría y exhibicionismo: nada más lejos de mi intención y de mi naturaleza.


DIARIO DE UNA SEMANA



Primer día.

Ayer pensamientos sobre la recuperación de objetos, como si en ellos hubiese tiempo depositado o fuesen sus sedimentos. En cualquier caso, fósiles de tiempo.

Ayer también sensación de ingravidez mientras miraba las estrellas, el cielo. Gran placer contemplando el cielo, día y noche.

Ayer, idea de la Iglesia. Más que Mater et Magistra, o incluso “Iglesia invisible”, depósito de la revelación y guardián de sí mismo. Nada más – y nada menos.

Anoto el sueño de la pasada semana porque me parece importante: la chica en el tejado.

Sueño de esta noche: sueño de desencuentro, de no coincidencia.

La soledad como posibilidad del reencuentro consigo mismo.

Idea: Puedo imaginarme otro, pero no puedo verme en el otro.

Idea: Ser aquí y ahora. ¿Sin esperanza? Entonces, ¿también sin reaccionar? ¿Acostumbrar al pensamiento y a los sentidos a una extrema lentitud, obligándolos al momento llamado tarde, demasiado tarde, por omisión? Si siempre es el momento y la hora, no hay necesidad de prisas.

Idea: No he encontrado solaz en ninguna idea ajena, y las mías son demasiado fugaces.

Miedo al pensar en Amiel: una vida triste dedicada al registro del tiempo. Todo esto, sobrecargado de redundancias: “miedo al pensar”, “vida triste”, “registro del tiempo”. Lo cierto es que si el paso del tiempo es triste, su registro es un tormento, y esta idea da terror.

Lo malo, lo peor de las “historias” no son las cuitas y problemas que generan, ni siquiera que en el fondo todas las “historias” sean iguales; lo peor es cuando dentro de una “historia” comienzan las repeticiones, y estas sólo lo son de la pena y el dolor.



Más interesante que el estado de embriaguez es la reacción del cuerpo al día siguiente.

Esta mañana, los relojes vuelven a ir desacompasados.

Desde Tales, la Historia del mundo, también llamada Occidente, es la Historia de cómo la estupidez puede dominar el mundo. En este caso se trata de la historia de cómo la lentitud de los sentidos puede adueñarse del mundo cuando también existe el pensamiento.

Toda religión es oración: petición y agradecimiento. Agradecimiento como reconocimiento de que en todo momento se recibe lo que se pide – pero centuplicado y, eso sí, velado por nuestra ignorancia. En este sentido, no existe la moral, pues no existe el mal.

Encuentros sutilísimos, al límite de ese abismo que es el no encuentro, la separación. Sin ellos, ni los choques más apasionados harían soportable la vida. Ellos solos, tampoco.

A la soledad hay que despoblarla de fantasmas, o no será soledad.

Recuperar no es conservar ni coleccionar. Una vez que se entra de nuevo en posesión de los fósiles del tiempo, hay que desprenderse inmediatamente de ellos como de relojes que ya no funcionan.

Los sueños no necesitan ser interpretados. Su significado queda revelado con el tiempo en los hechos de los que ellos mismos forman parte.

Con el abandono se aprende a estar solo. Pero tu maestro, y aquel a quien has de estar profundamente agradecido, no es quien te abandona.

Puedo no ponerme, sino estar en la piel de alguien, y experimentar lo mismo, por las mismas causas, y necesitar los dos lo mismo, y al mismo tiempo ser capaz de no ayudar, incluso ser capaz de parasitar un tiempo. Si esto no es un rasgo de bestialidad, de inhumanidad, cómo creer en la existencia del ser humano. Así que la existencia del ser humano siempre es a costa de la humanidad de uno, y creer en el ser humano pasa por confesarse un miserable.

Lo ideal sería poder decir a cada ser amado:

aparecerás un tiempo

en mí

para siempre

Ante la muerte, escucha a Dios; ante el tiempo, calla. - ¿Ves la diferencia? Claro, no la hay.



Logos. Hay ideas, es decir, palabras, que no aportan un conocimiento, sino una experiencia. Esas palabras no son signos que llevan a otros signos, hasta el infinito de la hermeneusis; son umbrales a la experiencia, en el menor grado de nuestra receptividad, y son ya la experiencia. Esas palabras, por lo tanto, están vivas y son vida, son divinas y son la divinidad. Sólo así se entiende que las palabras de Jesús sean el propio Jesús, que se venere el Nombre de Dios, y que la poesía de Rilke sea umbral.

Para aquel que te deja solo con el tiempo, a la espera, tu soledad se le convertirá en un problema insoluble, porque aprenderás a estar solo y dejarás de esperar.

Todos los personajes de la Biblia están eternamente vivos, y esto sólo es posible porque cada uno de ellos refleja el universo entero. La misma inspiración parece habitar a personajes como Fausto y Don Juan, por otra parte.

Sólo hay una cosa más dura que el silencio de Dios, y es la palabra de Dios. ¿Qué hay que aprender? Que tu palabra sea igual que tu silencio. - ¿Cómo no recordar “Sed perfectos como vuestro Padre que están en los cielos”, y “Sed como diamantes”?

Para no engañarse hay que estar en constante alerta. Por ejemplo, no hay que confundir estrategia de supervivencia con verdad. Cuando los sentimientos están en juego, este peligro es feroz.

Me gustaría saber cuánto del éxito de ciertos dichos se debe a limitaciones de la lengua en el momento de ser enunciados, o a limitaciones de quienes los expresan. En cualquier caso, una lección: El laconismo se extrae de un tipo de universalidad que linda con la estupidez. De ahí se puede destilar un estilo, el estilo del límite de lo mínimo. En el otro extremo, en el del sentido, en el de la riqueza de la lengua y su uso, está el mismo estilo pero elevado a la enésima potencia, por ejemplo, la brevedad polisémica y sinestésica a través de la elipsis y la anfibología.

El cielo, el mar, las flores, los insectos. – Un espíritu libre de tormentos emocionales encuentra en todo esto solaz perpetuo en sus metamorfosis sin fin, en especial porque no están habitados, en su caso, por los fantasmas de los hombres.

Plotino como el mayor alquimista de la Historia: en su crisol fundió hasta la sublimación platonismo y cristianismo.

No ya perseverar, sino incluso forzar el sufrimiento de la soledad es enterrar tesoros. – Algo inútil si luego no hay tiempo para desenterrarlos o se olvida dónde se han inhumado.



Miras el horizonte y el cielo bajo. Llega la noche. Siempre te sorprende. Y siempre te asusta, pone fin al soleado espectáculo de nubes y colores. Pero entonces recuerdas y la oscuridad te guía, y vas de las hermosas luces chinescas del foco cegador, a la contemplación directa, de ojo a estrella, de la miríada de luces. Porque la oscuridad te hace levantar la cabeza por encima del horizonte y del cielo bajo, y te das cuenta de que el día también era un pozo con la boca sobre tu cabeza, no a la altura de los ojos de un simple bípedo.

Por la noche, muchas cosas están más claras; por ejemplo, que no puedas distinguir, a veces, entre aviones y astros.

Desde luego, la Naturaleza es fascinante. Así, a mí un insecto me cansa pronto, pero un entomólogo me cansa mucho antes.

En los estados en los que el ser humano es una máximo de expresión, no puede aprender nada de sus iguales en la misma coyuntura, porque están en un estado de proporcionalidad inversa entre expresión y humanidad, y todos los seres son iguales en su ser.

En realidad, tengo que ir dándome cuenta, mi realidad no depende ni de lo que yo haga ni de mis intenciones. – Pero me gustaría poder mantener la costumbre de anotar que me voy a dormir: porque es lo mejor de estar despierto, porque no sabes si vas a despertar, y porque no es un acto repetido, pues quizás mañana despiertes y no puedas dormir jamás.

Mi vanidad. – No me la noto en que me gusta saber que me leen, porque eso no es vanidad, sino sentido común; mi vanidad me la noto en que me gusta leerme. ¿Y qué otra cosa es escribir sino vanidad, crear las condiciones para escucharse a uno mismo siempre y las veces que quiera?


Segundo día.

Ayer: No “Cae la noche”, porque cae el Sol, cae el día. En su caída, el Sol arrastra al día para dar paso a la noche, para que el hombre vea que hay más luces, más estrellas. La noche es una bendición, tanto en el cielo como en el sueño, para la memoria.



Cuando llega el momento en el que uno está harto de sus propias mentiras y de las injusticias que comete o ampara, ha de actuar como si tuviese la certeza de que al instante siguiente fuese a morir. Sólo así es posible reunir el valor para la reparación.

Me dicen: “El chamán sube a la montaña y se pasa tres días en una roca. Luego baja y comunica a los demás el mensaje que ha recibido”. – Poco que comentar: un caso flagrante de dureza de oído.

Es otro día lleno de minutos, hasta hacer vomitar, en el que sólo hay tiempo y su rastro, que sólo pueden ser acciones permitidas por su hacerse sentir. Así, beber, escribir, fumar, pensar, leer, estarse quieto fingiendo no hacer nada. Cada uno de estos minutos es un asesino confeso: tic, confieso que – tac, te estoy matando. La conciencia secreta tristeza y amargura, los jugos de lo irreversible camino del precipicio. – Pregunta: ¿Es realmente necesario que con el paso del tiempo la conciencia sea, en su mayor parte, un cementerio?

El tabaco es un buen compañero, aunque mate. Y, en esta vida, qué no mata. Gracias a que no embriaga, la conciencia puede observar en toda su pureza la naturaleza y función de los vicios: hacer algo para despistarse y entretenerse un poco mientras acompañamos al tiempo en el asesinato que perpetra con nosotros.

Jünger sólo tuvo un problema: el mismo problema que tendría un purasangre que intentase contarles a los burros qué es correr.

Qué difícil es decir lo que uno piensa y siente cuando sabe que las consecuencias serán más dolorosamente insoportables que el sufrimiento que se padece y del que habla el silencio de lo que se piensa y se siente.

¿Cuándo he ayudado yo a alguien? Nunca. Eso lo dice todo de mí. En estos días tan difíciles, se ha corroborado la vieja sabiduría: En los momentos duros se conoce a los amigos.

“Que tus palabras sean como tus silencios”. – ¿Será posible, cuando la conciencia es un pandemónium, más o menos coherente, de voces?

La traición al mundo puede ser una fidelidad de rango superior. Basta para ello con saberse un medio hacia algo tan perfecto como desconocido que lo convierte a uno en una migaja apenas necesaria.



Sobre las palabras como experiencia. – No hay necesidad de buscar ni en lo divino ni en lo poético. Ejemplo: Cuando las palabras “Te amo” no surten efecto en la realidad y, por lo tanto, al oírlas no se convierten en experiencia de amor, sólo son, como se suele decir, palabras, y no amor.

Con el paso del tiempo, toda conciencia ya sólo es un muladar. ¿Es absolutamente necesario?


Tercer día.

Mi conciencia, que sólo es lucidez, es un faro que ilumina hasta el fondo más profundo de mis cloacas.

El miedo. – Señal de peligro que muchas veces no indica ningún peligro. – Nada hace más daño entre los hombres que hacer o no hacer guiados por el miedo. – No sólo es verdad que “con miedo no se puede vivir”, sino que tampoco se puede morir, y lo único que hace el miedo es perpetuar la decisión de sufrir y hacer sufrir.

La experiencia de la nada puede dejar un rastro de umbrales, por ejemplo en forma de palabras. Quien sea capaz de leer esas palabras con el órgano de la muerte, el alma, que es el órgano del sentir lo insensible, el órgano del saber inerte; quien sea capaz de eso, atravesará con su alma ese umbral y experimentará la nada.

Nietzsche tiene razón si no existe la nada. Y Nietzsche nos puede enseñar cómo tratar la posibilidad de toda imposibilidad, de la nada. Así, habría que hacer un trabajo profundo para dilucidar si las clásicas y habituales asociaciones con las que se revista a la nada son realmente reales. Es decir, si a la nada se la puede asociar, qué sé yo, con la muerte, el dolor, el error o la mentira, y con el miedo y la angustia. Quizás habría que empezar a pensar, de una forma más sobria, sobre la relaciones entre la nada, el ser y el devenir, sin más.

¿Podría desarrollar una pragmática provisional y aprovechar el absurdo?

Pero qué inútil parece todo en cuanto uno se lanza y enreda en los afanes del mundo… Ahí, en vez de ganar peso y sentido, las cosas se vuelven aplastantemente insustanciales e inconsistentes. Y el éxito sólo sirve para acentuar la propia miseria, lo que lleva a tener que multiplicar los esfuerzos para ocultarla.

Tengo que dedicarle unas palabras al dinero: se me está acabando. Creo que son palabras eternas, las que siempre definirán la naturaleza del dinero.



El artista no puede tener ni buena conciencia ni buena opinión de sí mismo, pues se sabe un traidor de la peor especie: con cada obra que crea, traiciona lo que más ama: la perfección. – Este es un detalle más que revela que el artista, cuando es un creador, está, incluso sin querer o merecerlo, más cerca de la humanidad que el resto de los hijos de hombre y mujer: en este caso, el acto creativo le revela, sin margen para el autoengaño, la miseria de ser humano y, en esencia, la de ser en el tiempo, miseria exponencialmente agigantada por la conciencia del paso del tiempo y de su final.

Lo cierto es que para llegar a ser “buena persona”, y ya no digo un santo, o hay que creer que el tiempo o no existe o es una ficción, o hay que creer que el tiempo es un coto cerrado para cazar méritos con el fin de recoger el trofeo en un más allá del tiempo, cuando empieza la gran veda.

Ha pasado lo que tenía que pasar, y a Jünger lo leo con cuarenta años. ¿Qué habría hecho con él a los veinte? Y, por la misma razón, a Nietzsche tenía que leerlo a los veinte años. ¿Qué habría hecho con él leyéndolo por primera vez a los cuarenta?

Y esto se me ocurre ahora porque Jünger está leyendo los fragmentos póstumos de Nietzsche. ¿Y yo, si termino a Jünger, con qué sigo, con los fragmentos póstumos? Para mí, estas cuestiones son prácticamente de vida o muerte.

Uno no deja de asombrarse del corazón humano: cómo es capaz de amar y odiar una misma cosa. Bueno, supongo que la solución a este estúpido enigma es muy sencilla: es así cuando esa cosa con lo que te da te hace estar en el paraíso, y con lo que no te da te hace padecer un infierno.

Abro la Biblia al azar: Salmo 40. Acción de gracias. Petición de auxilio.

Y yo, pobre soy y desdichado,

pero el Señor piensa en mí;

tú, mi socorro y mi libertador,

oh Dios mío, no tardes.



Cuarto día.

Iba a decir “Noche sin sueños”, pero es el día de hoy el que va a quedarse huérfano de sueños. – Mal empezamos.

La vida, los hechos que se suceden, es fácil de entender; lo difícil es comprender el orden en que se suceden esos hechos. Así, de joven se descubren todas las preguntas, y sólo al llegar a viejo se descubren algunas respuestas, es decir, cuando ya es demasiado tarde. Y si en la vida el conocimiento siempre es “demasiado tarde”, si se responde a la pregunta sobre el sentido y función de ese conocimiento, ¿se tendría la clave para saber si el orden en el que se suceden las cosas en la vida es azaroso y carece de sentido y fin, o bien obedece a un plan con un sentido y una finalidad?

Dios ha de ser vida y dios de la vida, pues la vida es lo más frágil, y lo inerte es eterno en sus metamorfosis. Lo indestructible en el hombre ha de ser, pues, lo inerte. Habría que saber si eso indestructible-inerte es la conciencia (incólume a pesar de perder su encarnación temporal), o el alma como nada en el ser, como órgano de la muerte, como huésped perenne de la muerte y de la nada que anuncia en el tiempo de la vida, a través del saber inerte, su indestructible estar de paso aquí. – Esta y no otra es la gran pregunta y la gran pena del ser humano, porque la existencia o no existencia de Dios no es problemática: si existe, está y estará siempre con nosotros, ayudándonos; y si no existe, la pregunta sigue sin respuesta.

Acabo de descubrir por qué se me mueren las plantas: Estoy tan solo, es decir, tan centrado en mí mismo, que no tengo tiempo para nadie ni para nada más.

Siempre queda otra opción: dejarse abismar en la experiencia del amor y no luchar contra el dolor, la soledad, la desesperanza y la desilusión. O dejar de hacer aquello que según Proust hacemos: “Al amor se le pide amor – y algo más”.

Paradoja: ¿Desperdiciar la vida puede convertirse en una costumbre, en un modo de vida, en una forma de conservar la vida?

Imaginemos que el medio le dice al fin que es un final. – Imaginemos con toda la pureza posible, sin moral ni pragmática. – El medio le dice al fin que es un final. ¿Y qué sucede? Es más, ¿qué importa lo que suceda? Es más, ¿lo que sucede no está ya en el orden de medios y fines y finales? Y, por lo tanto, ¿a qué dar tantas vueltas?

Levanto la cabeza. Hoy, ahora, por fin veo a Venus completamente clara. – Sobran las palabras, más palabras.


Quinto día.



Hoy no he soñado. Ya van dos noches seguidas. ¿Por qué sueño tan poco? ¿A qué se dedica esas noches mi máquina de pensar? Echo de menos, sobre todo, los encuentros femeninos en los sueños. Estos me compensan de las angustias que paso también mientras duermo. Los sueños no son más que la vida que corre paralela a sí misma: pero nada de lo que pasa tiene consecuencias. Quizás sea esa su belleza. - ¿Y sería posible trasladar a la vida diurna la vida onírica? No hablo de la ausencia de consecuencias, claro.

Las figuras de Vautrin y Corentin, uno en la sombra y otro en la oscuridad, ambos inmunes a la belleza y al placer femeninos, se alzan ante mí como enigmáticas posibilidades, tan envidiables como imposibles.

Cuanto más viejo se hace Jünger, más claro deja que no cree ni en Dios ni en los dioses, que no cree en su existencia pre-humana, quiero decir. Y eso que parece tan inteligente.

Quizás debería vivir, de una vez por todas, no como si no tuviese futuro, sino como si me quedase un poco de tiempo. – Esto me llevaría a hacer sin calcular ni esperar consecuencias.


Sexto día.

Sueños, sí, pero de una fealdad ridícula. Y tuve que rescatarlos del olvido nada más despertar con el bichero de lo absurdo. Así pues, comienzo el día con un esfuerzo para que no se me escape algo desagradable.

La pregunta es: ¿Qué significa que en un mundo como este exista el amor? ¿Qué dice eso del mundo y también del amor? – No tengo ni la más remota idea. Pero parece que el mundo es enemigo del amor, y está enamorado de él.

Una cosa parece irrebatible sobre este mundo: la cantidad de dolor es inversamente proporcional a la cantidad de verdad. - ¿Y el amor, y el amor? Parece que se comporta como un tercer término oculto en toda ecuación, como un factor caótico que trastoca las proporciones. ¿Qué es el amor? ¿Qué hace? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué significa la existencia del amor; cuál es su función? – Dolor y verdad, y el amor en el mundo. – Más incógnitas.

¿Qué sucede cuando se encuentran la belleza, con su poder de fascinación y su insalvable fuerza gravitatoria, y la inteligencia, con su poder para iluminar y crear de forma indistinguible, en el mundo del dolor y el error? – Una espiral: ¿Y si esa belleza y esa inteligencia son amos y esclavos del placer?

¿Realmente puede el mundo ser el enemigo del amor y, al mismo tiempo, estar enamorado de él? ¿Quizás sea así precisamente por el tiempo?



Extraño el tiempo, como si no existiese o como si fuese muchos: “Las horas son largas, la vida es breve”.

Fin del verano. Ya están aquí los preciosos ocasos del otoño.

En las impresiones/reflexiones de Jünger sobre lo inerte-orgánico, no sé por qué quiero ver a Schopenhauer y La voluntad en la Naturaleza. – Por cierto, y por otra parte, hay comentarios de Jünger sobre gramática y estilo que me parecen propios de un quinceañero. A pesar de que su inteligencia, su cultura y su destreza “casi” apabullan, me pregunto cuánto de “instintivo” con relación al lenguaje había en este hombre que a los noventa años recomienda irse a la cama con un diccionario etimológico.


Séptimo día.

Jünger acaba de remitirse a La voluntad en la Naturaleza.

El sacacorchos. – Espiral más palanca. – De la espiral, poco que decir: es la "conciencia" del círculo. – Sobre la palanca: Evidencia que una cosa es la simetría y otra el equilibrio. Así, se puede decir que el Universo es simétrico, carece de equilibrio y se mueve en espiral. – Quien dice el Universo, dice el hombre. – Y dice la mónada, esa fractalidad, más que ser.

La ciencia afirma que el Universo es asimétrico, levógiro. Más bien, habría que decir que el Universo, en su desequilibrio, aspira constantemente a la simetría, que alcanza en su movimiento espiral.

La imposibilidad del círculo (e incluso de la recta) tiene que hacer reflexionar al hombre. Sobre todo, en su inevitable, y casi incontrolable, capacidad para ficcionar perfecciones. Esto también es motivo de reflexión.

Jünger insiste en el valor de los hechos en los diarios, en la importancia de los detalles y las anécdotas en la Historia. – Bobadas. Prueba: sus propios diarios.

Yo. – Una palabra que se me ha vuelto odiosa, tanto dicha por mí como dicha por los demás.

Los ángeles (mensajeros) no son amables, no pueden ser amados, no guardan nuestras “cuatro esquinitas”. Todo aquel que nos dice algo esencialmente profundo de nosotros mismos, nos molesta, pues en cuanto que testigos insobornables, su función es molesta como el espejo en el ascensor en el que de repente nos encontramos con nuestra fealdad.

Cuando sólo hay sufrimiento, sólo cabe desear una cosa: que no se convierta en daño, que el dolor sea dolor. –


sábado, 3 de septiembre de 2011

Ajedrecistas de Andreas Paul Weber

Bajo el signo de la fascinación, sigo leyendo a Ernst Jünger. Así es como he llegado a Andreas Paul Weber.


[Don Quijote y Sancho Panza]

A los noventa años, Jünger, quizás más que nunca, tiene presente el cuadro que en 1935 el artista alemán pintó de él y de su hermano, Friedrich Georg, jugando una partida de ajedrez.



[Jugadores de ajedrez]

Andreas Paul Weber parece sacado del mismo crisol que Durero y Goya, y sus grabados y litografías recuerdan, claro, a Kubin.


[Napoleón y el invierno ruso]

Tal vez algún día se hablará de la Europa de entreguerras como se habla de la Europa del Renacimiento – pero será de una Europa a la vertiginosa velocidad de la tragedia, creadora y destructora bajo el signo de la fascinación.


[El zorro y el tonto]

Aquí pueden verse obras de Andreas Paul Weber:

www.weber-museum.de/werk/

Y de aquí he sacado la imagen del cuadro de los hermanos Jünger jugando al ajedrez (aunque se trata de una postal, de una imagen del cuadro: todo es ya sólo postmodernidad):

wimbauer.wordpress.com/2009/01/09/junger-portraits-12-14/

He aquí la posición de la partida entre Ernst y Friedrich Georg Jünger. No sé quién mueve. Por la postura de los hermanos, yo diría que le toca mover a Ernst: juega con negras. Ganó él. Iba a decir que imaginar la serie de movimientos que desencadenan la victoria le puede resultar atractivo a los “amigos del ajedrez”, pero no se pueden decir estas tonterías, porque el ajedrez no tiene amigos, sólo amantes.


martes, 23 de agosto de 2011

RAZÓN, PSICOANÁLISIS, CUENTOS


BETTELHEIM, Bruno. Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica, 1999.

Hacía más de diez años que no leía una obra psicoanalítica. Más atrás, había leído a Freud (había devorado su obra completa), a Adler, Jung, Klein, Rank, Ferenczi… Qué sé yo. Incluso leí los escritos psicoanalíticos de Lou Salomé. Y mucho, mucho más atrás, recuerdo haber leído La interpretación de los sueños, en la adolescencia, a la busca de estímulos sexuales, igual que hojeaba mi biblia de aquel entonces, el Interviú, y soñaba despierto con diosas griegas y mujeres del Versalles de Luis XV.

Pasó la época de los sueños, pasó el conocimiento clásico, llegó la comprensión plena del psicoanálisis, la teoría, o el cuento, más racionalista que salió de cabeza humana desde los tiempos de Sócrates y su ética para cínicos civilizados.

Porque el psicoanálisis es de una racionalidad que apabulla, que asusta. Se esté o no de acuerdo con su imaginería, Freud fue el último filósofo que podría haberse sentado a la mesa con Séneca, o que podría haber paseado junto a Aristóteles. No digo que intelectualmente estuviese a su altura, sino que como hombre que piensa podría ser uno más, y no de los menos destacados, de la Academia o del Liceo. ¿Se imaginan a Heidegger charlando con Platón? Yo, no.


[Sinceramente, me aburrí de esperar a que se descargase La escuela de Atenas, de Rafael]

Bettelheim es un digno seguidor de la tradición cultural que inauguró Freud para el psicoanálisis. Psicoanálisis de los cuentos de hadas no desentonaría junto a Psicoanálisis del arte o Tótem y tabú. Tanto Freud como Bettelheim despliegan, a través del racionalismo a ultranza del psicoanálisis, una visión humanista y humanitaria que no es capaz de igualar ningún otro modelo y método de conocimiento del hombre, aunque presuman de ese mayor realismo que pretende monopolizar el cientificismo. ¿Y creen posible un saber inhumano del hombre? Es como el que quiere medir la distancia con una báscula: en cualquier caso, se define el que así hace, y eso ya nos reporta un conocimiento humano del hombre.

En este libro, Bettelheim defiende la insustituible utilidad de los cuentos de hadas, pues tanto su forma como su contenido son ideales para que en su teatro interior los niños representen sin peligros, sin prisas, sin dogmatismos ni falta de esperanza, sus propios conflictos, internos y externos. Los cuentos de hadas serían, pues, relatos universales del universal problema de hacerse mayor. Y el hombre nunca deja de ser el niño que fue, y nunca consigue hacerse plenamente mayor.



[Y ya puestos, unidad estilística ante todo]

El psicoanálisis nos dice que para poder perseguir la felicidad y para poder evitar o soportar el sufrimiento, el hombre ha de ser uno consigo mismo, o ha de estar en contra de sí mismo lo menos posible, con la menor atomización y la menor guerra interna; y ha de mantener esa unidad en el mundo con la mayor autonomía posible; y entonces comprenderá que crecer significa cambiar la inocencia, que hay que perder, por la sabiduría que nos informa de las leyes básicas de este mundo, su perfecto orden y justicia: ama a quienes amas, sufre cuando sufres, y todo esto posibilitado, atemperado, por el viejo “Nada en demasía”. Así, el psicoanálisis, en su búsqueda mesurada de la mesura posible, muestra su clásico y pragmático sello racionalista.

Y durante muchos años el psicoanálisis me hizo sufrir una llevadera tortura intelectual. Porque los argumentos en los que se esgrimen de manera coherente ideas que no excluyen, sino que anhelan la armonía, que no abrogan el dualismo, sino que lo sintetizan (y subliman), son altamente convincentes y atractivos, tanto cuando te va bien en la vida como cuando te va mal. En el primer caso, el racionalismo abunda en tu bienestar porque piensas que fruto y mérito tuyos son esa madurez en la que exhibes los resultados; y en el segundo caso, el racionalismo te embauca con la esperanza de todo dualismo: Puedes cambiar sin dejar de ser tú mismo, pues no tiene que desaparecer una parte de ti, sino que has de distribuirlas de otra manera.


Luego cesó la llevadera tortura intelectual. Y la tierra se tragó a Freud. Y el viento se llevó el racionalismo. Y empezó la vida, sin cuentos, sin diosas olímpicas ni cortesanas versallescas, sin maduración ni orden ni medida ni equilibrio, en el mejor de los casos sin más cuentos que el Interviú.

domingo, 21 de agosto de 2011

Aforismos de Bernard Shaw

Seleccionamos y traducimos algunos aforismos que Bernard Shaw incluyó en Man and Superman (London: Penguin Books, 1946), y que aparecen en “Máximas para revolucionarios” (pp. 271-286), última sección del libro que comienza con la obra de teatro Hombre y superhombre (escrita entre 1901 y 1903), y que continúa con “La guía del revolucionario”.


MÁXIMAS PARA REVOLUCIONARIOS

La regla de oro
-No les hagas a los demás lo que querrías que te hiciesen a ti. Sus gustos pueden no ser los tuyos.
-La regla de oro es que no hay reglas de oro.

Idolatría
-El arte de gobernar es la organización de la idolatría.
-La burocracia consiste en funcionarios; la aristocracia, en ídolos; la democracia, en idólatras.

Libertad e igualdad
-El que confunde libertad política con libertad, e igualdad política con semejanza, es que nunca ha pensado en todo eso más de cinco minutos.
-La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayoría de los hombres la temen.
-Donde la igualdad no se discute, tampoco se discute la subordinación.
-La relación de un superior con un inferior excluye las buenas maneras.

Educación
-Los niños mejor educados son los que han visto a sus padres tal y como son. La hipocresía no es el primer deber de los padres.
-El que sabe, hace. El que no sabe, enseña.
-Un hombre culto es aquel que mata el tiempo estudiando. Cuidado con su falso conocimiento: es más peligroso que la ignorancia.
-Nadie puede ser un puro especialista sin ser, en el sentido estricto, un idiota.

Matrimonio
-La popularidad del matrimonio procede de combinar el máximo de tentación con el máximo de ocasión.
-La poligamia, tratada bajo las modernas condiciones democráticas, como sucede en el caso de los mormones, queda destrozada por la revuelta de la masa de los hombres inferiores a los que condena al celibato, pues el instinto maternal lleva a la mujer a preferir compartir con otras diez a un hombre de primera clase, antes de tener la exclusiva posesión de un hombre de tercera clase. La poliandria todavía no se ha probado bajo estas condiciones.


Crimen y castigo
-Los criminales no mueren a manos de la ley. Mueren a manos de otros hombres.
-Cuando un hombre quiere matar un tigre, lo llama deporte; cuando un tigre quiere matar a un hombre, lo llama ferocidad. La diferencia entre crimen y justicia no es mucho mayor.
-El hombre más nervioso de la prisión es el alcaide.

Títulos
-Los títulos distinguen al mediocre, avergüenzan al hombre superior, y los desgracia el inferior.

Honor
-No puedes creer en el honor hasta que no lo hayas alcanzado. Es mejor que te mantengas limpio y brillante: tú eres la ventana a través de la cual debes ver el mundo.

Religión
-Se puede saber en qué cree un hombre no por su credo, sino a partir de los presupuestos sobre los que actúa habitualmente.

Virtudes y vicios
-La virtud no consiste en abstenerse del vicio, sino en no desearlo.
-La abnegación no es una virtud: sólo es el efecto que la prudencia ejerce sobre la pillería.
-La desobediencia, la más rara y valiente de las virtudes, pocas veces se distingue de la negligencia, el más vago y común de los vicios.

[Botticelli. La calumnia de Apeles]

Grandeza
-Si un gran hombre consiguiese hacerse entender, lo colgaríamos.
-Admitimos que cuando la divinidad que venerábamos se hizo visible y comprensible, la crucificamos.
-En una nación estúpida, el genio se convierte en un dios: todos lo adoran y nadie le hace caso.

Belleza y felicidad, arte y riqueza
-El que desea una felicidad de por vida con una mujer hermosa, desea disfrutar del sabor del vino manteniendo la boca llena de vino.
-El dolor más intolerable se produce al prolongar el placer más intenso.

El perfecto caballero
-Un caballero de nuestros días es aquel que tiene el dinero suficiente para hacer lo que cualquier cretino haría si se lo pudiese permitir: consumir sin producir.

La Razón
-El hombre razonable se adapta al mundo: el hombre no razonable persiste en intentar adaptar el mundo a sí mismo. Así pues, todo el progreso depende del hombre no razonable.
-El hombre que escucha a la Razón está perdido: la Razón esclaviza las mentes que no son lo bastante fuertes para dominarla.

Decencia
-La decencia es la conspiración del silencio de la indecencia.


[Jean-León Gérôme. Friné ante el Areópago]

Fama
-La vida nos iguala a todos: la muerte revela al excelente.

Civilización
-La civilización es una enfermedad producida por la práctica de construir edificios con materiales podridos.

Sentencias sueltas
-Nos han dicho que cuando Jehová creó el mundo, dijo que era bueno. ¿Qué diría ahora?
-El reformador para quien el mundo no es lo bastante bueno, va de la mano con aquel que no es lo bastante bueno para el mundo.
-Todo el que pase de los cuarenta es un sinvergüenza.
-Es peligroso ser sincero salvo que también seas un estúpido.
-Cuídate del hombre que no te devuelve el golpe: ni te perdona ni permite que te perdones.

Sacrificarse
-Sacrificarse permite sacrificar a los demás sin ruborizarse.
-Si empiezas sacrificándote a quienes amas, terminarás odiando a aquellos por quienes te has sacrificado.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Breve reflexión sobre los diarios


[Paul Klee. Doble]

Si prescindimos de las definiciones que como prejuicios nos hacen creer que sabemos qué es algo, no resulta fácil responder a la pregunta qué es un diario, y más bien se nos viene a la mente la cuestión de por qué se escriben diarios, para qué, o para quién.

Yo, aquí, y ahora, hablo de oídas, “de leídas”, porque nunca he llevado un diario (ni el mío ni el de nadie, persona o personaje). Dejé escrito en el blog (creo que En la piel del diario) que escribiría sobre los diarios, y mejor esto – breve, rápido, por vergüenza y sin vergüenza – que nada de nada, porque eso ya no es nihilismo, sino regodeo en el nihilismo, es decir, pereza, es decir, mentir dando o sin dar excusas para incumplir la palabra.

La idea primera, ingenua, que elaboramos de diario tiene que provenir de lo que pensamos que haríamos nosotros, nadie, con un diario. Así que en principio un diario, si me permiten echarme al vicio de definir, es un registro que cada día, casi siempre por la noche, si es posible y se tienen ganas, porque no es necesario tener nada que decir, se hace de lo que uno ha hecho o de lo que a uno le ha pasado, o de ninguna de estas cosas: tal vez de lo visto, de lo imaginado, de lo soñado, de lo oído, de lo alucinado. Y este registro se realiza para uno mismo, por razones mnemotécnicas o por puro y duro aburrimiento o por grandilocuente vanidad o para poner en orden y en claro alguna sucesión de ideas, con la más o menos reconocida intención de que lo lea, con o sin el propio permiso, o bien alguien conocido, o bien alguien que todavía no ha llegado a nuestras vidas pero que cuando lo haga, incluso – o quizás sobre todo – a esa vida nuestra que deseamos en el mundo a través de la memoria ajena tras nuestra muerte, será merecedor de este tesoro enterrado bajo un leve capa de polvo que es nuestro diario.

Es una definición un poco larga, lo sé, pero supongo que por eso es una buena definición y no un simple juego sinonímico. Y para ser como es tan buena definición, no sirve para nada.


[Paul Klee. Marcado]

Porque pronto, a pocos diarios que leamos, digo diarios publicados, vemos que esta no es la definición de diario, sino de un tipo de diario. Y este tipo de diario no llega a ser un auténtico diario si a quien lo escribe no lo ampara la Historia en alguna de sus manifestaciones: arte, ciencia, literatura, filosofía, guerra, catástrofe natural, etc. Pues no cabe duda de que el diario huérfano de Historia, y de suerte, es un asunto de familia y, como todos los asuntos de familia, termina en la basura o en las cenizas.

Hay diarios que son desahogos, otros son bancos de pruebas intelectuales; unos no se escriben para nadie y otros se escriben mientras se firma un contrato para su publicación; en unos se da a entender que uno se confiesa, y en otros se dice la verdad tras el velo de la ficción; unos diarios no siguen el día a día y de otros sólo se sabe que lo son gracias a que van al paso de los días; en unos el autor está solo con el coro fantasmal de su conciencia, y en otros intervienen fantasmas de carne y hueso.

En el fondo, si queremos saber en serio qué es un diario, tenemos que pensar la conciencia misma, porque escribir un diario se asemeja a jugar una partida de ajedrez con o contra uno mismo, y esto es lo más parecido a intentar pensar el pensar. Y la conciencia, y eso lo saben todos los que han chocado de frente contra la impermeable membrana del solipsismo, y han flotado caóticamente por los abismos intermonádicos (que son fractalmente los abismos intramonádicos), no es conciencia del mundo, salvo que el mundo esté en la conciencia y, al mismo tiempo, la conciencia en el mundo, que pudiera ser, sino conciencia de sí misma, y esto, hasta donde alcanza la conciencia en el cálculo infinito e infinitesimal de sí misma, significa que la conciencia es conciencia de la conciencia, y así sin fin, pero de manera que la segunda conciencia del enunciado de la relación juega un papel ancilar respecto de su subordinada en esta teórica intimidad de conjuntos a la mise en abyme.

Pero qué sentido tiene adentrarse en estos pantanos cuando todo el mundo sabe qué es un diario y, es más, cuando todo el mundo sabe escribir un diario. Entonces, procedo. Y procedo del pantano y progreso por la cómoda autopista del género próximo y la diferencia específica. Es posible clasificar los diarios en los siguientes tipos…


[Paul Klee. Lugar de encuentro]

Así es, era broma, una broma sin gracia, pero broma al fin y al cabo. Los que creían que me iba a salir del pantano o no conocen el pantano o todavía no me conocen a mí. En el pantano se aprende que la vida conjuga todos los verbos reflexivamente. Así, no existe ser, sino ser(se), ni conocer, sino conocer(se), ni amar, sino amar(se), ni pensar, sino pensar(se), ni decir, sino decir(se), ni aferrar, sino aferrar(se), ni vivir, sino vivir(se). Pero vivir, el pantano es todo claridad en esto, es descomposición, desvivir, así que vivir es desvivir(se). La conciencia se alimenta de sí misma y crece devorándose. El diario, por lo tanto, en su paradoja, en su repliegue, en su extrañeza, en su hablar(se) es lo más prístino e inmediato que se puede escribir, aunque no se escriba sobre uno mismo, aunque se escriban sueños y recuerdos y deseos. En el diario, aunque sea para mentir(se), la conciencia se acaricia plegándose sobre sí misma. De ahí que pueda llevarse al extremo esta reflexión y se puede decir que toda escritura o es diario o es nada. El diario es la postura perenne, fetal y erótica, de la conciencia que se hace saber.

Ahora habrán entendido que cualquier otra aproximación habría sido una pérdida de tiempo, un alejarse. ¿Se imaginan a Canetti no escribiendo, en La conciencia de las palabras, el “Diálogo con el interlocutor cruel”, con sus “Apuntes sueltos”, “Agendas” y “Diarios”? ¿O no escribiendo “El Diario de Hiroshima del doctor Hachiya”? ¿Se imaginan a Susan Sontag no escribiendo en Contra la interpretación sus textos sobre los Carnets de Camus, sobre Simone Weil?

¿Se puede exagerar hasta decir que la Odisea es el diario de un viaje? ¿O que el Ulises es el diario de un día? ¿O que Las mil y una noches es el diario de una vida al filo de los sueños? ¿O que la Biblia y sus apéndices, el Talmud y Enchiridion Symbolorum, no son diarios de la revelación? ¿O que si Flaubert es Madame Bovary, Madame Bovary no es el diario de cómo se escribe la conciencia que se enajena sin dejar de ser a una velocidad media de palabra y medía por día? Y ustedes me dirán, “Para qué exagerar”, y tienen razón.


[Paul Klee. Eidola: otrora caníbal]

No puedo ser exhaustivo: me faltan tiempo, dinero, ganas, ilusión y paciencia. Cada uno de ustedes echará en falta algún diario, por ejemplo, los de Gombrowicz. Reconozco que mi lista de diarios pendientes de leer es casi tan extensa como la que aquí presento. Me habría gustado, por ejemplo, haber leído y añadido los diarios de algún político, como Azaña; o los de un don nadie, como yo mismo. Pero eso es imposible y además da completamente igual.

Son tantas las circunvoluciones de la conciencia, que se desorienta, se confunde, se pierde en su propio laberinto y llega a pensar que se puede salir del laberinto y que fuera de sí misma está el mundo, algo. Se guía por el hilo de los sentidos y olvida que toda impresión es huella, memoria, y que toda expresión es hacer memoria, recordar. Entonces, ¿no serán memorias los diarios? Y, por lo tanto, ¿existen los diarios o, de nuevo, no hay más que diarios?

Me pregunto si se puede hablar de tipos de diarios. Por ejemplo, de diarios reales que han llegado a nosotros porque nos embaucan los viajes (los de Colón, Flaubert, Goethe, Montaigne, Whitman), porque nos fascinan sus autores (Kafka, Musil, Jünger, Pavese, Klee, La Rochelle, Plath) o porque los que los escriben sólo importan como transmisores de hechos y experiencias (Berr, Leseur, Valère). De diarios ficticios, tan reales como Diario de un cura rural, Diario de un cazador, Diario de un seductor, Diario de un hombre superfluo, La conciencia de Zeno o Los apuntes de Malte Laurids Brigge; o tan apócrifos como las Conversaciones con Kafka de Janouch. Y también de diarios solapados, disfrazados de conversaciones, como las de Eckermann con Goethe, o de entrevistas, como la de Cabanne a Duchamp; o transformados en memorias reales, como Tempestades de acero, o memorias cristalizadas en ficción, como El fuego (Diario de una escuadra), o Sin novedad en el frente; o como ensayos expuestos en carne viva en el laboratorio de la conciencia, como sucede con los Cuadernos de Weil, los Pensamientos de Pascal, los Cuadernos en octavo de Kafka, los Apuntes de Canetti, los Carnets de Albert Camus, los Fragmentos póstumos de Nietzsche; y también estas mismas vivisecciones pasadas por la mesa de operaciones de la reconstrucción, como sucede en el caso de los Ensayos de Montaigne, What I Saw de Joseph Roth, y Diario de un escritor, de Dostoevskiï. Me pregunto esto, y no tengo respuesta.


[Paul Klee. El sitio de los mellizos]

Diarios, o el rastro sonoro del contacto, roce o fricción de la conciencia consigo misma. Y también diarios o el diálogo entre conciencias. Y, así, nada más vertiginoso que leer en un diario lo escrito sobre otro diario: Sánchez-Ostiz sobre Jünger, Pavese sobre Murasaki, Vila-Matas sobre Kafka… Diarios, o la más pronta expresión de la memoria. Y, así, ¿no será Antes del fin, de Sabato, un diario? Y esto nos conduce al placer de la unidad estilística de diarios y memorias, como sucede con Gide y Márai, y a chascos que hacen que uno ya no crea ni en diarios ni en memorias ni en su intimidad, como pasa cuando se lee con cierto agrado Relato de mi vida, de Thomas Mann, luego se padece el infierno de leer sus diarios.

Ya ven qué poca coherencia. Esta breve reflexión sobre los diarios terminará con una cita sobre las memorias. Lo dice Gide en su autobiografía Si la semilla no muere… No importa, para dar coherencia a un texto no se necesitan nexos, sino neuronas. Pensemos en la conciencia en su laberinto-diario dándose vueltas mientras ficciona-rememora que hay un fuera de sí misma llamado mundo, algo.


[Paul Klee. Todo corre en pos de algo]

“Las Memorias nunca son sinceras sino a medias, por grande que sea el cuidado por decir la verdad: todo es siempre más complicado de lo que se dice. Quizás hasta uno se acerca más a la verdad en la novela”.


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Bibliografía.

1. AMIEL, Henri Frédéric. Diario íntimo. Madrid: Edaf, 1964.

2. BARBUSSE, Henri. El fuego. (Diario de una escuadra). En: Los premios Goncourt de novela VI. Barcelona: Plaza & Janés, 1964.

3. BARNES, Julian. “Playing Chess with Arthur Koestler”. En The 64-Square Looking Glass. Edited by Burt Hochberg. New York: Times Books, 1993. Pp. 150-162.

4. BERNANOS, George: Diario de un cura rural. Barcelona: Credsa, 1959.

5. BERR, Hélène. Diario. Barcelona: Anagrama, 2009.

6. CAMUS, Albert. Carnets 1,2. Madrid: Alianza Editorial, 1985.

7. CANETTI, Elias. Apuntes – 1992-1993. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1997.

8. COBAIN, Kurt. Diarios. Barcelona: Random House Mondadori, 2003.

9. COLÓN, Cristóbal. Los cuatro viajes. Testamento. Madrid: Alianza, 1986.

10. DELIBES, Miguel. Diario de un cazador. Barcelona: Destino, 1986.
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12. DEFOE, Daniel. A Journal of the Plague Year. London: Penguin, 1986.

13. DOSTOEVSKIï, Fiodor Mijaïlovich. Diario de un escritor. Barcelona: Alba, 2007.

14. DRIEU LA ROCHELLE, Pierre: Diario secreto. Madrid: Alianza Editorial, 1978.

15. CABANNE, Pierre. Dialogues with Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 1987.

16. ECKERMANN, Johann Peter. Conversations of Goethe. New York: Da Capo Press, 1998.

17. FINE, Anne. The Diary of a Killer Cat. London: Puffin Books, 1994.

18. FLAUBERT, Gustave. Viaje a Oriente. Madrid: Cátedra, 1993.

19. GIDE, André. Diario. Barcelona: Alba, 1999.

20. GÓMEZ BOLAÑOS, Roberto. El diario del Chavo del Ocho. México: Punto de Lectura, 2005.

21. GOETHE, Johann Wolfgang. The Flight to Italy. Oxford: Oxford University Press, 1999.

22. GAUGIN, Paul. Diario íntimo. Ediciones Elaleph.com, 2000.

23. JANOUCH, Gustav. Conversations with Kafka. London: Quartet Books, 1985.

24. JÜNGER, Ernst. Storm of Steel. London: Penguin, 2004.
Radiaciones I. Barcelona: Tusquets, 1989.
Radiaciones II. Barcelona: Tusquests, 2005.
Radiaciones V. Pasados los setenta. Barcelona: Tusquets, 2007.

25. KAFKA, Franz. Diarios. Barcelona: Random House Mondadori, 2010.
Cuadernos en octavo. Madrid: Alianza Editorial, 2005.

26. KESSLER, Harry. The Diaries of a Cosmopolitan (1918-1937). London: Phoenix Press, 2000.

27. KIERKEGAARD, Sören. Diario íntimo. Barcelona: Planeta, 1993.
Diario de un seductor. Madrid: Alianza Editorial, 2008.

28. KLEE, Paul. Diarios. Madrid: Alianza Editorial, 1993.

29. LESEUR, Elisabeth. Diario y Pensamientos. Barcelona: Editorial Políglota, 1923.

30. LEVIANT, Curt. Diary of an Adulterous Woman. New York: Syracuse University Press, 2001.

31. MANN, Thomas. Diaries (1918-1939). London: Robin Clark, 1984.

32. MÁRAI, Sándor. Diarios (1984-1989). Barcelona: Salamandra, 2008.

33. MARSDEN, John. So much to tell you. Montville: Walter McVitty Books, 1997.

34. MIRBEAU, Octave. Diario de una camarera. Madrid: Cátedra, 1993.

35. MONTAIGNE, Michel de. Diario de viaje a Italia. Madrid: Cátedra, 2010.
Ensayos I, II, III. Madrid: Cátedra, 1996, 1993, 2002.

36. MUSIL, Robert. Diarios (2 vol.). Barcelona: Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2009.
Diaries (1899-1941). New York: Basic Books, 1999.

37. MURASAKI. The Diary of Lady Murasaki. London: Penguin, 2005.

38. NIN, Anaïs. Henry and June. London: Penguin, 1990.
Incest (1932-1934). New York: Harvest Book, 1993.
Fire (1934-1937). New York: Harcourt Brace & Company, 1995.

39. PASCAL, Blaise. Pensamientos. Madrid: Alianza Editorial, 1986.

40. PAVESE, Cesare. El oficio de vivir. Madrid: El País, 2003.

41. PLATH, Sylvia. Diarios. Madrid: Alianza Editorial, 1996.

42. REMARQUE, Erich Maria. All Quiet on the Western Front. Glasgow: Triad/Granada, 1983.

43. RILKE, Rainer Maria. Los apuntes de Malte Laurids Brigge. Madrid: Alianza, 1988.

44. ROTH, Joseph. What I Saw. Reports from Berlin 1920-33. London: Granta Books, 2003.

45. SABATO, Ernesto. Antes del fin. Barcelona: Seix Barral, 1999.

46. SACHER-MASOCH, Leopold von. Venus in Furs. London: Penguin, 2006.

47. SÁNCHEZ-OSTIZ, Miguel. Liquidación por derribo: diarios, 1999-2000. Irún: Alberdania, 2004.

48. SVEVO, Italo. La conciencia de Zeno. Barcelona: DeBolsillo, 2010.

49. TASSO, Valérie. Diario de una ninfómana. Barcelona: Plaza & Janés, 2003.

50. TORRENTE BALLESTER, Gonzalo. Los cuadernos de un vate vago. Barcelona: Bibliotex, 1998.

51. TOWNSEND, Sue. The Secret Diary of Adrian Mole. London: Methuen, 1985.

52. TURGENEV, Ivan. The Diary of a Superfluous Man. New York: Dover Thirft Editions, 1995.

53. UNAMUNO, Miguel de. Diario íntimo. Madrid: Alianza, 1979.

54. VALÈRE, Valérie. Diario de una anoréxica. Barcelona: Plaza & Janés, 1998.

55. VILA-MATAS, Enrique. Dietario voluble. Barcelona: Anagrama, 2010.

56. WEIL, Simone. Cuadernos. Madrid: Trotta, 2001.
El conocimiento sobrenatural. Madrid: Trotta, 2003.

57. WHITMAN, Walt. Diary in Canada (with extracts from other of his diaries and literary note-books). Boston: Small, Maynard & Company, 1904.

58. WILDING, Valerie. Road to War: A First World War Girl's Diary, 1916-1917. London: Scholastic, 2008.

59. WITTGENSTEIN, Ludwig. Diarios secretos. Madrid: Alianza, 1991.

60. WOOLF, Virginia. A Writer’s Diary. London: GraftonBooks, 1953.


Bibliografía también necesaria, si hubiese escrito algo decente.

1. GIDE, André. Si la semilla no muere… Buenos Aires: Losada, 1951.

2. JÜNGER, Ernst. Sobre el dolor. Barcelona: Tusquets, 2003.
The Glass Bees. New York: New York Review of Books, 2000.
Sobre los acantilados de mármol. Barcelona: Destino, 1990.

3. KITCHEN, Martin. El período de entreguerras en Europa. Madrid: Alianza, 1992.

4. MANN, Thomas. Relato de mi vida. Madrid: Alianza Editorial, 1990.

5. MÁRAI, Sándor. Confesiones de un burgués. Barcelona: Salamandra, 2007.

6. MURRAY, Nicholas. Kafka. London: Abacus, 2004.

7. ROLLAND, Romain. Above the Battle. Chicago: The Open Court Publishing Company, 1916.

8. ROTH, Joseph. The Radetzcky March. London: Granta Books, 2003.

9. SONTAG, Susan. Contra la interpretación. Madrid: Alfaguara, 2005.

10. TUCHMAN, Barbara. August 1914. London: Papermac, 1994.
The Proud Tower. A portrait of the world before the war 1890-1914. London: Papermac, 1981.

11. ZWEIG, Stefan. El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona: Acantilado, 2004.
El legado de Europa. Barcelona: Acantilado, 2003.

miércoles, 10 de agosto de 2011

20000 gracias


Esta imagen muestra el bonito número de las visitas que ha alcanzado el blog en su corta vida. Son vuestras 20.000 visitas, y nuestras son las 20.000 veces que os decimos gracias por haber entrado (por azar o por gusto), por haberos paseado, por haberos quedado. En especial, queremos dar las gracias a los seguidores, visibles e invisibles, y, sobre todo, a los que han participado con sus comentarios.

Es triste usar clichés y más si son cursis, pero también tienen su algo de verdad la tristeza, los clichés y la cursilería: así que “Sin vosotros, esto no tendría sentido”.

sábado, 30 de julio de 2011

MÓNICA SÁNCHEZ, NARRADORA Y FUTURA NOVELISTA

SÁNCHEZ, Mónica. Zapatos rotos. Barcelona: JP Libros, 2010, 134 pp.

Aunque no se lo crean, hay gente que me aprecia. A decir verdad, yo tampoco me lo creo, porque los que me aprecian me dicen que me calle, y yo no consigo callarme, así que eso ha de significar que no me creo digno de aprecio.

Hace años leí un artículo en prensa titulado Crítica militante, firmado por un tal Ricardo Senabre. Desde que lo leí, no sólo mi vida ha cambiado (fruto, en buena parte, del mero paso del tiempo), sino que además no encuentro el artículo y no puedo darles más referencias. En cualquier caso, Ricardo Senabre se quejaba del desierto español también en cuestiones de crítica literaria. De hecho, terminaba con unos versos, la mar de castellanos, de Antonio Machado.

Como a mí no me gusta opinar, me veo en la obligación de criticar. (Primera acepción de criticar en el DRAE: “Juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte”). Pues bien, tras años de no hacerme querer, he llegado a la conclusión de que el crítico sólo ha de tener en cuenta una cosa a la hora de comentar un texto: El escritor existe.

Sí, el escritor existe. Esto quiere decir que existen los lectores, los mercaderes de libros, los libros publicados, los parásitos de los libros, los tontos y los malos de tomo y lomo, la realidad interior del escritor, y el escritor que ya no es el que escribió el libro publicado. ¿Y qué papel pinta el crítico? Puede ser o bien un parásito que engorda a costa de los libros publicados, o bien un huésped de los libros habidos y por venir, alguien que en simbiosis con la Literatura sólo puedo crecer si hace crecer aquello que lo hospeda.

[Fíjense bien en esta obra de Praxíteles. En efecto, esto no es un botijo]

Apostaría a que Mónica Sánchez resulta muy entretenida cuando cuenta cualquier cosa de viva voz. Se nota en su escritura: es una cuentacuentos por escrito; es decir, es una auténtica narradora. (A quien le escandalice lo de “cuentacuentos”, que vuelva a leerse Las mil y una noches y, por ejemplo, a Saki). Su voz es fluida, dúctil, exuberante. Sus esfuerzos están distribuidos con equilibrio: la prosa avanza con ligereza y la estructura baraja presente y pasado para truncar la monotonía de la linealidad. Se nota la soltura narrativa (se diría que instintiva, se diría que fruto de un trabajo metódico) sobre todo en los diálogos. Por ejemplo, el de la página 44, cuando el protagonista se encuentra en la calle con un viejo amigo de juventud. En otros diálogos, sin embargo, sobre todo en los que participan personajes o bien poco trabajados o bien que encarnan a personas que no dan más de sí, las palabras se acartonan y la narración se desluce.

Esto me recuerda a lo que todos recordarán, cuando Goethe le repetía una y otra vez a Eckermann que casi lo más importante para el resultado de la obra era que el artista supiese elegir el tema. Mónica Sánchez, al menos la Mónica Sánchez de Zapatos rotos (y en esto hay que insistir, porque el escritor de un libro quizás sea como la luz de una estrella que ya no existe, pues los designios del creador son inescrutables, y el creador mismo, pura metamorfosis); decía que esta Mónica Sánchez es narradora porque la historia que ha elegido (la historia con su tema y sus personajes y con los lectores a los que puede gustar esta historia con este tema y estos personajes) no puede permitirle ser una escritora, una novelista, una literata.

Y quizás a la Mónica Sánchez de Zapatos rotos le importaba un bledo ser una escritora, una novelista y una literata, porque tal vez lo único que quería era contar muy bien una historia de su gusto pensando en lectores de su gusto. Y, sinceramente, ¿qué se podría vituperar en todo esto? Pues nada. El problema radicaría en que, por ejemplo, yo hiciese un botijo precioso y me empeñase en que los demás dijesen que es, qué sé yo, un Apolo de curvas praxitélicas. Miren, por poner un ejemplo (y sin querer trazar comparaciones), ¿recuerdan la Nuria Barrios de Amores patológicos y El zoo sentimental? (Digo esto porque a la última Nuria Barrios, la de El alfabeto de los pájaros, aún no la conozco). Pues bien, si la recuerdan estarán de acuerdo conmigo en que Nuria Barrios es una buena escritora y Mónica Sánchez es una buena narradora.


[La escritora Nuria Barrios]

Alguien, no sé quién, se ha empeñado en repetir en el libro como soporte (y un libro ya lo soporta casi todo) unas palabras de José Jiménez Lozano. Dice el escritor: “Zapatos rotos es una excelente novela desde todos los puntos de vista: hay un drama humano y muchas pasiones en torno, contados a propósito de una nonada, en un lenguaje verdadero, y con unos personajes verdaderos. Y lejos de la sociología y la psicología. Es una novela que, si las cosas no funcionaran según un ya viejo montaje y en medio de una ruina cultural total, resultaría merecedora de uno de los grandes premios que llevan años canonizando lo que es mejor no adjetivar”.

Bueno, desde luego Jiménez Lozano no es un cobarde, eso hay que decirlo: por lo menos al principio celebra con alegría y al final del párrafo parece que denuncia con amargura. Y además de valiente, también es sintomático. “Una excelente novela desde todos los puntos de vista”. Y los puntos de vista son: drama humano (quizás con drama habría sido suficiente), muchas pasiones en torno (claro), contados a propósito de una nonada (aún recuerdo cuando se puso de moda lo de la estulticia), en un lenguaje verdadero (me gustaría saber en Literatura cuál es el falso), unos personajes verdaderos (o auténticos, vaya). Y estos son todos los puntos de vista que hay que tener en cuenta para poder adjetivar una novela. Por supuesto, son todos los puntos de vista de muchos de esos lectores que también redundan en que nuestra ruina cultural sea total. El libro está lejos de la sociología y la psicología. También está lejos de Proust y de Joyce, incluso está lejos de Sebastopol. Y si las cosas realmente funcionasen sin montajes, más bien parece que los grandes premios habrían desaparecido. (Quizás Jiménez Lozano no esté de acuerdo en que desaparezcan el Nacional de Letras y el Cervantes, y quizás con razón).

[La escritora Mónica Sánchez]

Y Mónica Sánchez tampoco tiene la culpa de que se digan esas cosas sobre su novela en particular y sobre la novela en general. Y si palabras como esas echan a perder a la futura novelista, ¿de quién será la culpa? Zapatos rotos ganó el Primer Premio Zayas de Novela Corta. Y me parece bien. Seguro que también podría haber ganado el Planeta; seguro que también podría estar en cualquier anaquel de amigos de la lectura junto con La sombra del viento. Y todo esto está bien. Y sobre todo lo que está bien es que Mónica Sánchez es una buena narradora y a saber qué será lo próximo que escriba y le publiquen. Pero, por ahora, a los lectores que disfruten con buenas narraciones sin mayores pretensiones les recomiendo que esperen y que también se lean las próximas obras de Mónica Sánchez.

Y es pensando en el futuro por lo que me animo a escribir lo siguiente. El arte de narrar tiene sus reglas, y toda regla, incluso la mejor ejecutada, ha de ceñirse a su esencia, es decir, a la mesura. Da la sensación de que Mónica Sánchez tiene tal fluidez que a veces le resulta difícil controlarla, y confunde repetición con riqueza. Ejemplos típicos son: “[…] se merecía todo lo que le estaba pasando. Por ingratos y salvajes. Malas bestias” (p. 53). Si llega hasta ahí, ¿por qué no seguir? Y este redundar se repite con frecuencia. Es valioso porque habla de la exuberancia verbal de la autora, pero no es necesario, y hay que recordar que las necesidades de un texto no son las necesidades de su autor. Los finales de los capítulos también abusan de la fórmula de la frase lapidaria, del tipo: “Todos somos el palimpsesto de algo, piensa” (p. 106). Dejarse llevar por la fluidez narrativa no es lo mismo que dejarse llevar por los chascarrillos (“[…] aquella masa turquesa, turgente”, p. 106. Sí, amigos, más turgencias…). Tal vez en las siguientes líneas se refleje a la perfección esta mezcla de riqueza y descontrol: “[…] y esas siniestras nostalgias por lo no vivido, por lo que nunca pudo ni podrá ser, por lo que ni siquiera sabes si existe, por lo [que] echas de menos, como si te faltara un tercer brazo, un viejo idioma, un ojo de cíclope; ese determinismo fatalista […]”, p. 91. Se ve, ¿verdad?

[Par de zapatos de Van Gogh]

Las buenas narraciones, como esta, han de tener su nada de espesura intelectual y su mucho de maniqueísmo. Han de ser como espejos para las certezas y las emociones de cierto tipo de lectores. Ese es el éxito de una buena narración. De ahí que haya lectores a los que les apasione la simple y repetitiva visón que en Zapatos rotos se ofrece de Castilla y de los castellanos, y que tiene su colofón en la página 110 con esta apoteósica frase: “La gente de Castilla”. O la poco verdadera y muy sentimentaloide visión de la familia que se quintaesencia en la página 120. Pero estas cosas no son errores: todo lo contrario. Son lo que hace de una narración una buena narración; son lo que hace que los lectores de narraciones vayan a disfrutar de este libro. Y la mismísima Mónica Sánchez nos regala la clave hermenéutica en su dedicatoria: “si en estas páginas no hay verdad, hay mucho amor”. Y aquí nos topamos con uno de los pozos sin fondo que secan las freáticas aguas culturales de este país en secano intelectual: las pasiones, las emociones, la fisiología en el arte. Desde todos los puntos de vista sobre la narración, he aquí una buena narración. No se puede ir más allá con todos estos puntos de vista.

La escritora que es Mónica Sánchez a estas alturas ya habrá juzgado, mejor que nadie, a la narradora de Zapatos rotos. Y sabrá que cosillas como “la pobreza que se reinventa” (p. 92), “Ambos estaban lívidos” (p. 72), “pasa desapercibido” (p. 67), se le pueden tolerar a un narrador, pero no a un novelista. Y ahora pierdo el sentido y rabio y echo espuma por la boca. Porque la narradora, en su panegírico a Castilla y los castellanos, suelta esto: “Pero Belicia decía mecánicamente honduras que lastimaban, sin tragedia griega de por medio, como quien está en la era” (p. 123). Qué quieren que les diga: a mí esto me duele en el alma. He releído a Esquilo y a Sófocles, he releído, también, la más griega de las tragedias en castellano, La casa de Bernarda Alba, y no he encontrado ni el más mínimo desgarro de vestiduras, ni el más mínimo gesto excesivo, ni el más mínimo alboroto emocional. Quizás soy tan viejo que cualquier afrenta a los griegos me duele más que si me la hacen a mí. Pera hay más. Y reconozco que esto es pura manía. Pero estoy harto de esto: “[…] los garbanzos […] eran oscuros, eran imposibles”, p. 75; “[…] pinta un árbol de raíces imposibles”, p. 106. Lo siento muchísimo, pero no puedo más con los silencios imposibles, con las tortillas imposibles, con las miradas imposibles… Sé que a muchos lectores les encantan estos giros imposibles. Disculpen mis manías. Y llámenme, si quieren, ruinoso cultural, pero yo no podría premiar estos tres últimos desafueros literarios.

Ya termino. Señores editores, ¿qué tal si trabajan un poco? ¿Qué les parece eso de revisar para que el autor no vea cómo la obra de su ilusión y su esfuerzo queda afeada por errores como los siguientes? “[…] sentado, Quiere”, p. 134; “Mario aprovechó que nadie les miraba, arrancó […]”, p. 37; y la friolera de nueve cómo, adverbio de modo interrogativo, sin tilde: p. 17, p. 69 y, por favor, siete en la página 21. Quizás lo que escribió Kierkegaard en sus diarios sobre lo que suponía la existencia de editores, o lo que decía Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba sobre el nefasto futuro de la Literatura por culpa de los editores, les parezca un exceso, incluso un insulto, pero ¿qué pensar cuando parece que su tarea consiste en ir de la imprenta al escaparate y de este al mostrador?

[Kierkegaard, un hombrecillo con muchos enemigos. No es, precisamente, el santo patrón de los editores]