viernes, 2 de marzo de 2012

LOS HERMANOS KARAMAZOV


DOSTOIEWSKI, Fedor. Los hermanos Karamazov. Barcelona: Ediciones Zeus, 1971.


                 ¿Hay o no hay Dios? ¿Existen la inmortalidad y la virtud? Y, en caso de no ser así, ¿no sería todo lícito?, son las preguntas recurrentes que fascinan a los personajes de esta obra. Y, sin fe, ¿es posible amar al resto de seres humanos? Dios, fe e inmortalidad son los auténticos protagonistas de Los hermanos Karamazov, la cuita principal de una familia compuesta por tres hijos y un padre que se desentendió de su crianza tras la muerte de la madre, y cuya historia culmina en tragedia.
                Tras muchos años separados, vuelven a convivir para resolver cuestiones de herencia que han enemistado a Dimitri, el hijo mayor, y a su padre Fedor Pavlovitch Karamazov. Sería difícil hallar un solo elogio hacia el padre en toda la obra. Antes al contrario, desde las primeras páginas se nos presenta como un ser ruin, astuto, cruel y despreciable, entregado a la usura, los placeres y los excesos, y capaz de estafar a sus propios hijos. Incluso su aspecto físico es desagradable. ¿Por qué un hombre así habrá de vivir?, ¿por qué permitir que siga manchando la tierra?, se pregunta con vehemencia Dimitri, que incluso llega a plantearse dar muerte a su padre y no oculta su odio en las tabernas que, también él, frecuenta. Todos en el pueblo están al tanto del airado enfrentamiento que existe en la familia, que se hace aún más intenso cuando ambos, padre e hijo, rivalizan por conseguir el amor de la misma mujer, Gruschegnka, quien se burla de los dos.

  

[Manuscrito de Dostoevskiï]  
                                                                                       
                El segundo hijo, Iván, es un joven instruido e inteligente que defiende la inexistencia de Dios a ultranza y la noción de que, siendo así, todo está permitido. Iván es el autor de la leyenda El gran inquisidor, en la que expresa sus tormentosas dudas respecto a dios y el hombre, fe y libertad. 
                El menor, Alioscha, abandonó pronto lo estudios por ser una tarea ardua y demasiado prolongada para dedicarse de lleno a la fe ingresando en un monasterio. Allí se somete a la guía del hermano Zósimo, a quien muchos consideran un santo, y deposita en él todas sus esperanzas y amor.
                Los tres hermanos, como el padre Karamazov, poseen caracteres apasionados y extremos, y se entregan sin reservas a sus convicciones o deseos: el padre a la satisfacción de su lujuria y su ambición, Dimitri a los excesos sin mesura alguna, Iván a cultivar su inteligencia y Alexei a la fe. Cada uno de ellos persigue a su manera dar justificación, encontrar un sentido a su existencia.

   
[Ernesto Sábato: Dostoevskiï]

                Pero hay un miembro más en la familia, se trata de Smerdiakov, apodo por el que todos conocen a un probable hijo ilegítimo del padre Karamazov con una muchacha retrasada a la que violó. Aunque nunca lo reconoció, lo tomó a su servicio como criado y fue acogido por el fiel sirviente Grigori y su mujer Marfa. Smerdiakov, de carácter hosco, taciturno y soberbio, ocultaba un profundo resentimiento y gran ambición. Aunque muchos lo consideraban poco avispado, compartía con sus hermanos una gran inteligencia, a la que se unían unos sentimientos viles y entrañas emponzoñadas.
                En torno a estos personajes que destacan en escena se mueven muchos otros: campesinos, criados, vecinos, doctores, monjes, familiares lejanos, comerciantes, militares, niños, mujeres y un sinfín más de caracteres que actúan como telón de fondo, a modo de coro en las tragedias griegas, y enriquecen el  complejo cuadro que dibuja Dostoevskiï para ilustrar al pueblo ruso, tan presente en la obra. Todos y cada uno de ellos son esenciales para Dostoievski, y a cada uno lo describe con pausa al entrar en escena, haciendo referencia a su personalidad, sus costumbres, sus antecedentes y detallando minuciosamente su aspecto.
                Pocos entre todos ellos hablarían bien de Karamazov padre, a excepción del fiel Grigori, tan bueno como obtuso, que sería capaz de dar la vida por su amo. Podría decirse que a nadie le pesaría la muerte de Fedor a causa de su falta de escrúpulos y su egoísmo. Y, al fin, se desata la tragedia que intuimos desde la primera página: Fedor es asesinado y todas las sospechas recaen en Dimitri, que aquella noche fue a vigilar la casa de su padre, sabedor de que este esperaba ansioso la visita de Gruschegnka. Los celos desbocados y la implacable ira de saber que su padre pretendía embaucar a la muchacha con 3.000 rublos que Dimitri consideraba suyos, lo llevaron hasta la casa y le hicieron golpear a Grigori cuando este lo descubrió.
               

               
[Cartel de la película protagonizada por Yul Brinner en 1958]

Ante tanta evidencia en su contra, Dimitri es rápidamente apresado y juzgado. Su desmesura en el hacer y el decir jugarán en su contra, sin que su generosidad y nobleza sean tomadas en consideración. El juicio se convierte en un espectáculo para toda Rusia a través de la prensa, y la sala está abarrotada de un público ansioso cuando comienza el juicio. Se han vertido toda clase de opiniones y escritos, en su mayoría sin fundamento, y pocos confían en la inocencia de Dimitri. El momento álgido ocurrirá cuando entren a testificar las dos mujeres rivales, Gruschegnka y Katia, la prometida abandonada por Dimitri, despechada y altiva. Que corra la sangre, parecen desear todos los presentes, aunque lo nieguen. Todos parecen condenar el asesinato de Fedor porque ¿no es el parricidio el peor de los crímenes?, pero pocos son los que no están allí disfrutando.
                Tampoco los miembros del tribunal merecen los mayores elogios, y no por carecer de inteligencia, sino por perseguir únicamente el lucimiento personal. Uno tras otro van declarando todos los testigos, cada cual movido por sus afectos y la mayoría aportando errores, y escuchamos también las elaboradas y ardientes exposiciones del fiscal y el famoso abogado defensor procedente de Moscú. La rivalidad entre ellos viene de antaño, cuando estudiaban juntos y chocaron sus ambiciones. Ni el uno ni el otro aciertan: el fiscal despliega todos sus conocimientos de psicología para dibujar un retrato equivocado de Dimitri y el defensor, más certero, consigue el favor de los presentes hacia su defendido para terminar pidiendo que se le perdone el crimen porque aquel a quien mató no era un buen padre. Es la perdición de Dimitri: el veredicto, culpable.
                Pero no fue Dimitri el asesino y ladrón de los 3000 rublos. Todo el crimen había sido preparado minuciosamente por Smerdiakov, quien antes del juicio se había suicidado sin desvelar su culpa a nadie más que a Iván. Deseaba venganza hasta el extremo de morir él mismo, lleno de odio, culpando a Iván de haber permitido lo previsible y causando así la condena de Dimitri.

               

[Fotograma de Los hermanos Karamazov, del director Richard Brooks]

                Los hermanos Karamazov arrastrarían al lector más reacio. Cada página sugiere mil cuestiones y contempla incontables posibilidades que el lector ha de resolver, porque las respuestas apenas se insinúan. Aunque el asunto esencial es la cuestión moral, la posibilidad de Dios, y a pesar de la prolijidad de detalles que Dostoevskiï despliega, el ritmo de la obra apasiona. Es una y son docenas las historias que se desarrollan a un tiempo. El paso es pausado y sinuoso porque ni un detalle es secundario o irrelevante para Dostoevskiï.
                Quizás lo más sorprendente es la pasión por la vida que la obra transmite. No somos capaces de odiar ni a los personajes más excesivos o perversos. ¿De qué habilidad estaba dotado Dostoevskiï para mostrar los extremos más opuestos reconciliándolos? ¿Cómo consigue mostrar tales contradicciones en sus personajes sin desfigurarlos o transformarlos en meras caricaturas? Quizás porque, aún hablando de fe, habla del ser humano real y no uno divino o ideal. En este aspecto y muchos otros podemos adivinar a Nietzsche. Son incontables los pasajes en los que hemos podido corroborar la influencia que en él ejercería Dostoevskiï pasados unos años.
                Muy probablemente la tendencia que apuntaba Dostoevskiï se haya agudizado, y ya no son estos tiempos para la fe, y mucho menos para la fe en los demás. Se ha impuesto el individualismo más feroz y nada queda (si alguna vez llegó a ser, fuera de las páginas de Dostoevskiï) del amor a la vida y a todo lo que existe, incluso al dolor que forma parte de ella. No, ya no están los tiempos para creer a Dostoevskiï.   Pero, afortunadamente, aún podemos disfrutarlo.
                “Aunque no creyese en la vida, aun perdiendo la fe en la mujer amada, aun si no aceptara el orden que rige al mundo, si tuviera todo por sujeto a la anarquía y el mal, sumido todo en diabólico caos, aunque me sintiese acobardado por la desilusión, aun con todo esto, seguiría amando a la vida. No apartaría de mis labios el cáliz embriagante sino hasta después de haberlo apurado” (Iván Karamazov, p. 227).


[YouTube vídeo: Fragmento subtitulado en inglés de Los hermanos Karamazov, película rusa de 1969 dirigida por Kirill Lavrov, Ivan Pyryev y Mikhail Ulyanov]

sábado, 25 de febrero de 2012

La niña fea. (Ana María Matute). PODCAST Y COMENTARIO








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“La niña fea”. Un comentario.

Una primera lectura de “La niña fea” podría hacer pensar que estamos ante un texto moral, incluso moralista, y también romántico como sinónimo de reblandecimiento sentimental y ofuscación del juicio. Sin embargo, con apenas ciento cincuenta palabras Ana María Matute nos describe un universo ajeno a la moral y al romanticismo fácilmente interpretable con claves nietzscheanas.

La niña del cuento es rechazada por las otras niñas debido a su fealdad: la juzgan fea, es decir, no de su gusto, indeseable porque les molesta su fealdad, y la relegan a la soledad, a la incomunicación. La fealdad de la niña parece consistir más en una falta de ornamentos y en un ser físico neutro que en una irregular conformación anatómica: su color es el de la tierra, el de lo inerte.

Nietzsche calificaba al hombre como animal que juzga, es decir, que crea escalas de valor al no poder evitar introducir sentido, cualquier interpretación, en los fenómenos. Por eso no existen fenómenos morales, sino interpretaciones morales de los fenómenos. Desde el momento en que toda forma de vida interpreta y enjuicia, estas ficciones son inevitables. De lo que se trataría es de que lo vivo cree ficciones que no contradigan su esencia: la voluntad de poder como impresión al devenir del carácter del ser. El artista sería, pues, el más fiel representante de este necesario juego de ficciones al dar forma al caos, al crear una ficción que se sabe como tal. También el paganismo, un ideal (una ficción) que refuerza la vida, con la creación de mitos apegados a la naturaleza, constituye una ciencia fiel a la ficción. Y toda ficción, toda vida se remite a su origen en esa síntesis de fuerzas que es el mundo inorgánico, donde no reside el error, pues no ha lugar ni a las interpretaciones ni a los juicios: ahí la comunicación es perfecta.

La niña fea es juzgada por las otras niñas, que no pueden hacer otra cosa ya que les resulta desagradable: no se trata de un juicio moral, ni se puede juzgar moralmente a las otras niñas, pues sólo son animales que juzgan, y al carecer de moral los animales escapan al juicio moral. El juicio estético de las niñas no relega a la niña fea a la incomunicación, sino que la remite a su única comunicación posible con aquello con lo que sólo puede comunicarse: con el mundo inorgánico. No sólo no hay crueldad, ni mucho menos motivo para la pena, sino que tampoco hay tragedia, pues la niña fea carece del heroísmo del artista que crea ficciones, que da forma al caos de su apariencia con una envoltura interpretativa cualquiera. La niña fea, como en un rito pagano, no lucha y sigue su destino como también lo hacen las otras niñas, como lo hace todo en el Universo: llega la niña fea a su máxima y última posibilidad regresando a lo que no juzga, a lo que no yerra, a lo que no incomunica: a lo que tanto ella como las otras niñas son en el fondo de su apariencia.

miércoles, 22 de febrero de 2012

AJEDREZ ENTRE ARTISTAS IGUAL A TABLAS: MARSHALL Y TARTAKOWER CONTRA DUCHAMP


En 1930, en la Olimpiada de Hamburgo, Duchamp, que jugaba con negras, se las tuvo que ver con Marshall, y consiguió hacer tablas después de ofrecérselas a las blancas.
Mi ignorancia me impide saber si en realidad había alguna opción de victoria tanto para las blancas como para las negras.



Y en 1929, en París, Duchamp, que de nuevo jugaba con negras, se enfrentó a Tartakower. En un final bastante poco brillante por parte de este último, Duchamp arrancó unas meritorias tablas.

sábado, 18 de febrero de 2012

¡Libros, vendo libros, chorizos, tuercas, palomitas!


Mi relación con los libros es asquerosa: no permito que nadie les quite el polvo (y en algunos casos el polvazo) que tienen. Qué quieren, estoy convencido por pura pereza (y por contemplación de los pordioseros y por experiencia propia el día que no me ducho) de que la suciedad aísla y, por lo tanto, conserva. Algo parecido le dijo un bibliófilo amigo a Jünger. (Esto, por supuesto, lo añado para secundar mi estupidez con algo de inteligencia, pues al fin y al cabo por los dos caminos se llega a la misma fosa – séptica).


[Quédense con este mozo (tampoco es tan difícil…), Christian Bale. Les demostraré que es pura Literatura][1]

Así pues, los libros, si no es para leerlos (y lo de releer es un mito, se lo aseguro, idéntico al de la existencia de la inteligencia artificial y, por extensión, la vida inteligente en la Tierra), mejor ni rozarlos. Y esto es así porque poseen la fatídica y fastidiosa cualidad especular de delatar a quien los manipula. De hecho, padezco la certeza de que todos los que tratan con libros se convierten (los pocos, si alguno, que aún no lo eran) en idiotas de tomo y lomo.

En efecto, no hay como tratar a un manoseador de libros para tropezar con una acémila libresca (que ya quisieran literaria, ya). De los editores no voy a decir nada – no voy a decir nada más que todo lo que ya he dicho de ellos, y esto aunque jamás he conocido a un editor, es decir, a alguien que no se limita a ir de su ordenador a la imprenta, de la imprenta al escaparate y del escaparate a la caja registradora. De los lectores no voy a decir nada – por educación, temor y temblor. Así que dedicaré unas palabras a mis amigos ¿los periodistas? No. ¿Los reseñadores? No, no. ¿Los cinéfilos? Que no… A los tenderos.

Y seré breve, porque lo malo, si breve, molesta menos. Recuerdo (ya ven que soy viejo) que era una hermosa mañana hasta que dejó de serlo. Y no dejó de serlo porque hubiese entrado en una librería, que lo hice. Y no dejó de serlo porque me hubiese acercado a la vendedora (que lo hice, y en haciéndolo todavía se me alegró más el día). Dejó de ser un buen día cuando pregunté:

-¿Tienen Bouvard y Pécuchet?


[Bouvard y Pécuchet, ¡¡¡¡¡LA PELÍCULA!!!!!]

Y la sedosa tratante de palabras me respondió:

-¿Es una novedad?

Por supuesto, se lo perdoné, porque me dio la oportunidad de seguir mirándola embobado. Pero la mañana dejó de ser hermosa.


[Ejemplo gráfico de librera a la que le perdonas no saber que Flaubert murió en 1880][2]

También he de recordar la mañana (y con esto no quiero presumir de madrugador: lo más probable es que fuese al mediodía) en la que pregunté a mi librero de cabecera:

-¿Tenéis el Corpus Hermeticum?

Y él, todo lo serio que se puede ser detrás de un mostrador, me escupió:

-Será “hermenéutico”…

Pero nada de todo esto llega a algo comparado con la parasitaria simbiosis internáutica (originaria de la caverna más profunda, quizás de Atapuerca, entre un tonto y un malo, vínculo inextricable hasta que el planeta se deshaga) de lector fisiológico, periodista, cinéfilo, reseñador y traficante de artefactos.

Sucede que estoy suscrito, vía correo electrónico, a las novedades de algunas editoriales. Y no hace mucho abrí el correo y vi esta cosa:


Ojo al dato: “La novela en la que se basa la película de Zhang Yimou protagonizada por Christian Bale”. Repito el reclamo: “La novela en la que se basa la película de Zhang Yimou protagonizada por Christian Bale”.

Y yo, que aunque viejo me temo que soy un niño (“Boys will be boys”), me asombro, quedo anonadado, me aterro – y voy a la página de la editorial.

Pero es para ir de mal en peor…


Imagino que a buen entendedor, menos libros.



[1] Fotografía tomada, vía Google, de http://www.loscuentosdelfaraon.com/agreden-a-christian-bale-en-china/. Por si las denuncias...
[2] Y esta imagen, también vía Google, sale, como por arte de magia y gracia, de esta página: http://www.nerve.com/scanner/2010/04/19/survey-eight-percent-of-librarians-have-had-sex-in-an-elevator. Por si las denuncias – siempre, aunque sean publicidad, de mal gusto.

viernes, 10 de febrero de 2012

Portnoy’s complaint.(1969). Phillip Roth (1933 - )



ROTH, Philip. Portnoy’s Complaint. London: Corgi Book, 1971.


[Wasserschlangen. Klimt]


                Alexander Portnoy has to make a complaint, or two, or three, well... so many! Let’s say he’s definitely not happy at all to have met himself and cannot but shout it to the world. We can feel his agonic pain line after line, sometimes expressed with light humour, some others with bitter irony, sometimes in an exhausted whisper, others at the highest pitch of his angry voice screaming. The result is a hilariously funny novel, vibrant, visceral and full of wit.

                Alex is talking to his psychiatrist about his difficulties to deal with life and, in particular, with sex, which he sees as a symptom of a long-life education based on fomenting feelings of guilt. He knows he is intelligent, he has a terrific job in Washington, he’s an attractive man or… isn’t he? There is something he’s not very proud of: the appendix on his face which betrays him mercilessly and lets everyone know of his origins: his unmistakably JEWISH nose. Yes, Alex Portnoy is Jewish, Jewish, Jewish. This fact is an obsession for him and a burden as heavy as a millstone round his neck. If this was not enough of a problem, there is one other appendix in the lower part of his body which gives him even more trouble: his penis! It seems to have a life and demands of its own, and all the lust it provokes makes him feel like a sinful pervert, an outcast.


[Lubricity. Alfred Kubin]
               
                Poor Alex feels crushed by the colossal heaviness of his Jewish family, the ever ubiquitous mother and the dedicated father who sacrifices his whole life on behalf of his wife and children to the point of self-annihilation (p. 7). For his parents (and especially for his castrating mother) he is still a baby and is expected to follow their advice and life pattern: to create a family of his own. They need him as if he could save them from pain and even death! For Alex, this sensation is devastating, because he can’t forget how much he owes them but also knows he is no saviour and simply wishes to make his own choices in life. And, unfortunately, a family is not among them. Why should he do so, why choose one single woman, he wonders, when each one of them is so different from another and they all have so much pleasure to offer?



[Liegende Frau. Egon Schiele]

                Yes, shame, shame, on Alex P., the only member of his graduating class who hasn’t made grandparents of his Mommy and his Daddy. While everybody else has been marrying nice Jewish girls, and having children, and buying houses, and (my father’s phrase) putting down roots, while all the other sons have been carrying forward the family name, what he has been doing is – chasing cunt. And shikse [attractive gentile girls] cunt, to boot! Chasing it, sniffing it, lapping it, shtupping it, but above all, thinking about it. Day and night, at work and on the street- thirty-three years old and still he is roaming the streets with his eyes popping. (p. 112). 

                They all have cunts! Right under their dresses! Cunts- for fucking! And Doctor, your Honor, whatever your name is- it seems to make no difference how much the poor bastard actually gets, for he is dreaming about tomorrow’s pussy even while pumping away at today’s! […] How much longer do I go on conducting these experiments with women? How much longer do I go on sticking this thing into the holes that come available to it- first this hole, then when I tire of this hole, that hole over there… and so on. When will it end? Only why should it end! To please a father and mother? To conform to the norm? (p. 114).


[Girl in Yellow Drapery. Godward]


                After spending most of his adolescence locked up in the toilet giving himself pleasure, he meets several girls, but his affairs never last much more than a year.  Inevitably, after a few moths “lust peters out” (p. 116) and he leaves one girl after another. What about love?, he asks himself, and his own answer follows: love doesn’t last forever, just like desire. He would rather give it other names: convenience, apathy, fear, exhaustion, inertia (p. 117), and he will not go for that.

                But then there is this oppressive feeling of guilt (so familiar to Kafka, also a Jew) that he can’t get rid of every time he meets his parents or enjoys sex. And why is it that it seems to be different for the goyim (Christians), who practice sex without so many moral dilemmas?, he wonders. These are the reasons why we find him talking (and talking and screaming and yelling) to his psychiatrist. The question is… does doc understand? Did he get a single word?

                Jewish or goyim, our lives are so full of taboos, repressions, inhibitions and prohibitions, no matter how senseless and idiotic they seem. But they are extraordinarily successful in managing to “create in only a few years’ time a really constrained and tight-ass human being(p. 88). The result is but a walking zombie (p. 140), complains Portnoy.



 [The Nightmare. Henry Fuseli]

                Why do we force ourselves, generation after generation, to narrow down our human possibilities? Must we seek (and impose upon others) the force of the group? Why not allow individual choices which make us all grow and move further (let’s not forget Nietzsche: follow your own path to become who you really are)? Are we born with roots or (in Fernando Arrabal’s words) just with feet (no more and no less!)?. Why can’t a family be supportive instead of destructive? Portnoy, Black Door, we can’t stop laughing (and crying) with you.


[The Luncheon on the Grass. Manet]

sábado, 4 de febrero de 2012

Franz Kafka, ajedrez y un doctor llamado Franz Kafka


A vueltas con Kafka y el ajedrez, sí. Me pregunto si no será cuestión de mitomanía y de querer dar más prestigio a lo prestigioso que a uno le gusta, algo parecido a cuando se buscan lumbreras que hayan nacido bajo tu mismo signo zodiacal.


[Capablanca]

¿Jugaba Kafka al ajedrez? Yo no recuerdo haber leído en ningún libro que se mencionase tal cosa, y puede ser que me falle la memoria, porque la vida de Kafka está registrada casi al milímetro y al milisegundo, y aunque fuese como anécdota, se habría escrito sobre el caso. La única referencia de Kafka al ajedrez de la que tengo fiel constancia se encuentra en uno de sus diarios de viaje: el 16 de julio de 1912, mientras descansaba en el Instituto Naturista de Rudolf Just, en Jungborn, escribe entre paréntesis: “Me molestan cuando escribo unos ajedrecistas que están descansando y no paran de hablar”. [p. 650] También creo recordar (pero siento no poder confirmarlo con la cita correspondiente) que Kafka utilizó metafóricamente el nombre de alguna pieza de ajedrez en una carta a Felice Bauer. Y, si me permiten el juego de palabras, teniendo en cuenta que “Bauer” tiene, entre otros significados, el de peón, cada vez estoy más convencido de que el contacto con Felice representó lo más cerca que Kafka estuvo del ajedrez.

A Kafka lo interrumpieron los parlanchines ajedrecistas (y qué ajedrecista no lo es una vez terminada la partida y estando todavía ante el tablero) mientras describía la tarde pasada en las ferias en compañía de un grupo de seis niñas de entre seis y trece años. Mientras estuvo en Jungborn, Kafka tenía otras cosas en las que fijarse (“Dos chicos suecos guapos con las piernas largas, tan bien formadas y tensadas que casi le da a uno ganas de pasarles la lengua”) y que hacer (“He posado desnudo para el Dr. Schiller. Sin bañador. Experiencia exhibicionista”), y no parece que se hubiese acercado a los ajedrecistas ni para jugar ni para mirar. ¿Y qué auténtico aficionado al ajedrez desaprovecharía la ocasión de ponerse junto a un tablero? Lo único que Kafka puede decir es que los ajedrecistas le molestan, claro, porque ya no están jugando en ese silencio que tan bellamente describe el poeta chino Bai Juyi:

A LA ORILLA DEL LAGO

A la fresca sombra de los bambúes,
dos monjes de la montaña, sentados,
se enfrascan en su juego de ajedrez.
Nadie los ve a través de la espesura.
Pero de vez en cuando se percibe
el ruido de una pieza que se mueve.

Aunque parezca que me he perdido (y uno no siempre se pierde para mal), no me salgo del camino que aquí he abierto. Porque es ahora cuando entro en materia.

Solamente en Internet he encontrado “información” sobre las relaciones entre Kafka y el ajedrez. En la siguiente página http://rogerlp.blogspot.com/2009/10/kafka-chess.html puede leerse, en inglés, un artículo de Gustav Skämt que también se encuentra en alemán (http://schachpralinr1.blogspot.com/2011/10/franz-kafka-und-das-schach.html) y en español (http://www.tabladeflandes.com/frank_mayer/frank_mayer227.html). El texto, pues, parece tener gran aceptación. Pero que algo se repita, aunque sea una mentira, no se convierte en verdad.


Me llama la atención en el texto que se diga que en la biblioteca de Kafka se encontraban estos libros: Das Endspiel im Schach, de Hans Fahrni; 300 Fins de Partie, de Henri Rinck; Handbuch des Schachspiels, de Bilguer; Fünfzehn Ausgewählte Partien des Schachmeister turniers in Kaschau 1918, de J. Mieses; así como varios números del Časopis českych Šachistů & Deutsche Wochenschach, y numerosos recortes de la columna de ajedrez de Zlatá Praha. Y me gustaría saber la fuente de esta información, porque, por ejemplo, consulto el libro de Jürgen Born, Kafkas Bibliothek, y no encuentro ningún título, ni de libros ni de publicaciones periódicas, relativo al ajedrez. Aunque reconozco que tampoco el libro de Born es la última palabra, pues tampoco recoge ninguna obra de Freud y, sin embargo, parece haber constancia de que Kafka leyó y anotó con fruición La interpretación de los sueños. (Así lo afirma Sander L. Gilman en “A Dream of Jewishness Denied: Kafka’s Tumor and ‘Ein Landarzt’”).

Por lo que cuenta Skämt, existe un cuaderno naranja, a buen recaudo en la Bodleian Library de Oxford, en el que Kafka no sólo tiene anotaciones sobre ajedrez, sino que también contiene dibujos de ajedrecistas. Si bien sabemos que todavía quedan documentos de Kafka por salir a la luz, al menos yo nunca había oído hablar del tal cuaderno naranja.

Según el artículo, Kafka participó en varios torneos (en 1916, 1917, 1921 y 1922) y, por lo visto, ganó el segundo. Y yo, incrédulo de mí, no lo veo nada claro. Y, es más, insisto, ¿cuáles son las fuentes? Pero el caso más llamativo no es otro que el de la simultánea que Capablanca jugó en Praga los días 10 y 11 de octubre de 1911. Desde luego, la imagen es atractiva: Capablanca contra Kafka. Casi nada. Aunque tal vez más atractivo hubiese sido una partida Alekhine-Kafka…

Si leemos las entradas del diario de Kafka alrededor de esas fechas, observamos que Kafka estaba, por aquella época, completamente entregado a la causa del teatro yídish. El día 10 de octubre escribe: “Anteayer con los judíos en el café Savoy”. Tal vez fue allí y entonces cuando Kafka vio alguna partida de ajedrez. Porque el argumento según el cual Kafka participó en el campeonato debido a la popularidad del juego y de Capablanca, se desintegra kafkianamente cuando se recuerda la entrada del diario del 2 de agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. – Por la tarde, Escuela de Natación”. Sí, parece que Kafka se dejaba arrastrar por la corriente de los grandes sucesos…

Y, en fin, puestos a buscar en Internet (http://www.saarschach.de/thread.php?postid=37734), también encuentro lo siguiente:


Y esto puede ser tan mentira como el resto, pero, qué quieren, porque me hace gracia y siempre tuve debilidad por el Doppelgänger, me quedo con esto.

Por lo tanto, este artículo mío es bastante inútil, pues sigo sospechando que Kafka o no sabía jugar al ajedrez o el ajedrez le interesaba (y le influyó) tanto como, qué sé yo, la cría del percebe en maceta, y, desde luego, mucho menos que los aeroplanos, el cine, las motocicletas o la carpintería.

Pero dejó aquí, para amenizar el texto y para engrosar postmodernamente esa verdad internáutica de las mentiras repetidas, el vídeo de la celebérrima partida entre Capablanca y Kafka. Y es que ya lo decía Flaubert en su Diccionario de prejuicios: “AJEDREZ (juego del). […] Demasiado serio para ser un juego, demasiado fútil para ser una ciencia”.


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BIBLIOGRAFÍA

BORN, Jürgen. Kafkas Bibliothek. Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag, 1990.

FLAUBERT, Gustave. Estupidario. Diccionario de prejuicios. Madrid: Valdemar, 2000.

CHEN, Guokian (ed.). Poesía clásica china. Madrid: Cátedra, 2002.

KAFKA, Franz. Diarios. Barcelona: DeBolsillo, 2006.

ROLLESTON, James (ed.). A Companion to the Works of Franz Kafka. New York: Camden House, 2002.

domingo, 22 de enero de 2012

De noche



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Sumirme en la noche. Del mismo modo en que algunas veces se inclina la cabeza para pensar, sumirme por completo en la noche. Alrededor duermen los hombres. Pero es una pequeña comedia, una inocente ilusión, eso de que duermen en casas, en sólidas camas bajo techos seguros, estirados o acurrucados sobre los colchones, con sábanas y mantas; en realidad se han encontrado todos, un incontable número de personas, un ejército, un pueblo, como una vez antaño, y como lo harán en el futuro, en una zona desértica, un campamento al aire libre, bajo el frío cielo y sobre la fría tierra, arrojados donde habían permanecido en pie, la frente presionada contra el brazo, el rostro contra el suelo, respirando tranquilamente. Y tú despiertas, eres uno de los vigilantes, encuentras al próximo al atizar las brasas del montón de ramas secas a tu lado. ¿Por qué velas? Uno debe velar, se dice. Uno tiene que hacer acto de presencia.

[KAFKA, Franz. Cuentos completos. Madrid: Valdemar, 2003. Traducción de José Rafael Hernández Arias].

[Música: Gymnopédies, nº 1. Erik Satie. Intérprete: Reinbert de Leeuw].
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En la intemperie, en la indefensa gleba del sueño, en la desnudez de los ojos cerrados, cuando ya no se puede más; en el cuerpo frágil que no es más que otro cuerpo junto a otros cuerpos, en la duermevela de la conciencia, entre el sol y las suelas; en las runas que se inscriben en la piel del que despierta, del que siempre está despierto y despierta a su insomnio, del que nunca puede más y ve el cuerpo desnudo, los ojos cerrados, indefenso, a la intemperie, sin sol ni zapatos, abandonado a la suerte de quien dice “En la intemperie, en la indefensa gleba del sueño, en la desnudez de los ojos cerrados, cuando ya no se puede más; en el cuerpo frágil que no es más que otro cuerpo junto a otros cuerpos, en la duermevela de la conciencia, entre el sol y la suelas; en las runas que se inscriben en la piel del que despierta, del que siempre está despierto y despierta a su insomnio, del que nunca puede más y ve el cuerpo desnudo, los ojos cerrados, indefenso, a la intemperie, sin sol ni zapatos, abandonado a la suerte del que dice “En la intemperie…

sábado, 21 de enero de 2012

AJEDREZ, MILITIA AMORIS


[Marte jugando al ajedrez con Venus. Cuadro de Padovanino]

Releo el Satiricón (con el máximo placer, cómo no) y me encuentro con que el opulento, disparatado y ridículo Trimalción juega a esto:
“En efecto; seguíale un esclavo que traía un tablero de madera de terebinto y dados de cristal. Todo era de un refinamiento y gusto sin igual y fastuoso, pues, hasta los peones blancos y negros habían sido sustituidos por denarios de oro y plata” (PETRONIO. Satiricón. Madrid: Club Internacional de Libro, 1994. Traducción del Dr. Bergua, p. 46).
En nota al final del volumen, dice el traductor:
“El juego a que hace referencia, duodecim scripta, era una especie de ajedrez o juego de damas que se jugaba en un tablero (tabula) y que además de los peones (calculi) de dos diferentes colores, requería varios dados (tesserae) que cada jugador echaba a su vez, avanzando, retrocediendo y hasta perdiendo un peón, según el punto que sacaba” (ob. cit., p. 224).
Como el libro es, además de encantador, perfecto (recuérdense las loas que le dedicaba Nietzsche), más adelante se sirve de este juego como metáfora alegórica:
“La amistad es una palabra que dura lo que dura su utilidad; es como la ficha de juego que va y viene empujada por la suerte sobre el tablero” (ob. cit., p. 107).
En el siglo XIII se puso de moda el “ajedrez moralizado”, y Jacques de Cessole, en su transcripción de sermones, recoge el empleo del ajedrez como imagen de la sociedad. Fue en ese mismo siglo cuando al ajedrez le cayó encima el anatema de la Iglesia porque los jugadores habían vuelto a usar los dados. (¿Los dados? Bien, parece que los que se consideran precedentes más o menos remotos del ajedrez, como el senet egipcio o la chaturanga india, en oposición a la estratégica y reflexiva petteia griega, también utilizaban los dados). Y en el siglo XIII, a finales, se escribe un Ajedrez amoroso de nada más y nada de menos que treinta mil versos… Ni siquiera escapa al tablero de ajedrez la guerra entre el amor y la moral. Liberados (en apariencia) del azar, es decir, (en realidad) de los dados, a finales del siglo XIV y principios del XV encontramos a un papa como León X entusiasmado con el ajedrez, y un estudiante de Salamanca, llamado Lucena, escribe Repetición de Amores e Arte de Axedres. (Información extraída de Larousse del ajedrez, Barcelona: Larousse, 2000, pp. 20-24).
Nunca había oído hablar del duodecim scripta, y a poco que busco me entero de que ya antes lo había citado Ovidio en su Arte de amar:


[Un caso perdido. Cuadro de George Goodwin Kilburne]

III. Es para las mujeres este libro.
Me da vergüenza aconsejar minucias,
decir que las tiradas de las tabas
las debe conocer, y los valores
que tienes, dado, cuando ya has caído.
Que unas veces arroje los tres números, y otras
piense acertadamente y con astucia
en qué punto pararse, en cuál pedir.
Que juegue a los combates de soldados
con precaución y sin torpeza alguna: [105]
mueve el peón que está solo contra un doble enemigo,
y el guerrero atacado por sorpresa
lucha sin su consorte, y encelado [106]
retrocede a menudo por la senda emprendida.
Reparte las bolitas diminutas [107]
sobre un cuadrilátero descubierto,
y, salvo la que quites, no has de mover ninguna.
Existe un tipo, que con tenue línea
queda en tantas casillas dividido
como los meses del huidizo año.
El pequeño tablero de acogida [108]
a tres fichas de uno y otro lado:
vence el que llega enfrente con las suyas.
Practicarás mil juegos. Queda feo
que no sepa jugar una muchacha.
A menudo, jugando se prepara el amor.
(OVIDIO. Amores. Arte de amar. Madrid: Cátedra, 1993, pp. 520-1. Traducción de Juan Antonio González Iglesias).

Los números entre corchetes junto a los versos corresponden a notas a pie de página, que paso a copiar:
[105] A continuación se exponen los múltiples riesgos que conlleva el no saber bien jugar a esta especie de ajedrez.
[106] El guerrero y su consorte son en este juego los equivalentes del rey y la reina de nuestro ajedrez, con el que guarda bastantes similitudes. Él sufre celos precisamente porque ha perdido a su dama en el combate.
[107] Se describe un juego distinto, que podría ser el tres en raya, ya que sólo se mueve una ficha cada vez, si no fuera porque a continuación menciona un tablero similar al de ese juego y lo considera diferente.
[108] Parece que se trata de doce casillas en el total del tablero y no en una de sus caras. Es el ludus duodecima scriptorum (ob. cit., p. 520).

Me demoro, entretengo y solazo revisando el Arte de amar, y casi me olvido de que estaba pensando en el ajedrez (a saber a qué cielos se me había ido el santo), cuando en la página 447 (II. Finge que eres esclavo de su amor) encuentro que Ovidio menciona otro juego en el que se usan peones de vidrio, el imagine latrocinii o “Representación de la milicia”. Y es que para Ovidio el amor es, casi siempre, militia amoris.
Que el ajedrez se ha empleado como metáfora y alegoría de casi todo en esta vida, ya lo sabemos. Descartados los dados, el juego se aleja, al menos en apariencia, del azar y se vuelve racional, incluso racionalista, y la imaginación, que casi siempre se apoya en eso que mina y disuelve, justo en la línea de flotación, verdades y órdenes, y que no es otra cosa que la incertidumbre (o, si quieren, la ignorancia); digo que la imaginación, entonces, se convierte en un vestigio supernumerario y molesto. En estas condiciones, la estrategia y la táctica lo son todo y el ajedrez sólo puede servir como metáfora de guerras: morales, religiosas, sociales, de sexos… Y en un mundo en el que se abroga el azar, la sociedad no puede ser más que una guerra y el ajedrez, su espejo, su reflejo en miniatura.


[El café. Cuadro de José Jiménez Aranda]

Pero es que el ajedrez lo tiene todo para servir como modelo para todo. Mezclando a Wilde y a Kasparov, se podría decir que la vida imita al ajedrez. El ajedrez es un juego, y es un juego de guerra. Y en un juego, por muy lógico que sea, no es posible controlar todas las variables (dentro y fuera del tablero). ¿Y qué es el amor, en cuanto que seducción, sino un juego? ¿Y qué es el amor, en cuanto que conquista, sino una guerra, aunque sea contra los elementos?
El ajedrez, por lo tanto, como suprema militia amoris, no se olvida de la razón de la lógica, ni de la irracional lógica del mundo, ni del azar que introducen las incertidumbres de los jugadores, y en la agonal relación de los jugadores siempre cabe ese flirteo con la belleza de la partida más hermosa, gane quien gane, y con el sumo placer de la victoria, pues se desea ganar porque la victoria no es más que el reflejo de los movimientos más hermosos, como en el amor se seduce a la que pensamos más hermosa (la victoria) mediante los medios que consideramos más hermosos (los movimientos) por encima de todos los obstáculos (los rivales, las condiciones de cada partida e incluso las reservas y dudas de la propia victoria).


[Ferdinand y Miranda. Cuadro de Edward Reginald Frampton]

¿Quién creen ustedes que ganó en La tempestad, Ferdinand, Miranda o ambos?

miércoles, 18 de enero de 2012

Judith Glatzer Wechsler


Este domingo, 22 de enero, se proyecta en el Instituto Van Leer de Jerusalén la película Nahum Glatzer and the German-Jewish Tradition, de la directora cinematográfica, e historiadora del Arte, Judith Glatzer Wechsler.



La película, anuncia el cartel de la presentación, explora el contexto de la tradición cultural judío-alemana en la que se desarrolló Glatzer, así como los campos de la teología, la literatura y la filosofía a los que contribuyó. También repasa la vida de Glatzer como paradigma del movimiento de una cultura a otra, y como emblema de lo que pervive durante ese proceso.

Judith Glatzer nos ha dado permiso para que esta película, junto con una grabación de escenas adicionales, pueda verse en nuestro (y vuestro) blog. La película la distribuye The National Center for Jewish Film, Brandeis University.

Queremos agradecer a Judith Glatzer Wechsler su atención, su generosidad y sus palabras de aliento.


I Am a Memory Come Alive. Nahum N. Glatzer and the Transmission of German-Jewish Learning.






I Am a Memory Come Alive - Additional Scenes.


martes, 10 de enero de 2012

LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA. M. Houellebecq, 2005

HOUELLEBECQ, Michel. La posibilidad de una isla. Madrid: Alfaguara, 2005.


¿Existe tal posibilidad? ¿Hay algún refugio posible para el ser humano? Houellebecq no parece haberlo encontrado. Existir es una desgracia (p. 436) y el ser humano no está constituido para la felicidad. Antes al contrario, propaga el mal y la brutalidad, empezando con la crueldad hacia sus propios padres (p. 60). “En este universo nadie está cerca de nadie” (p. 95) y no hay remedio alguno, ya que “la raíz de todos los males era biológica e independiente de cualquier transformación social imaginable” (p. 143). Ningún sistema de organización social es capaz de atajar la barbarie que va en aumento (p. 332) y el capitalismo, en particular, fomenta lo más nefasto en el ser humano: el individualismo más corrosivo, el egoísmo más brutal, el más fatuo hedonismo, el desprecio hacia la ternura y el sentimiento, la amoralidad. El capitalismo de consumo “al hacer de la juventud el valor supremamente deseable, había destruido progresivamente el respeto por la tradición y el culto a los antepasados, en la medida en que prometía la conservación indefinida de esa misma juventud, y de los placeres asociados a la misma” (p. 320). Así, los viejos se ven abandonados y despreciados como si ya nada en ellos tuviera interés. Son seres inútiles.

Alterna Houellebecq la mención a innumerables acontecimientos reales (por ejemplo, la muerte en Francia de miles de ancianos, aparcados en residencias a causa del calor y la desatención) con el empleo de la ciencia-ficción para ofrecernos su visión del futuro de la humanidad. De esta manera, vislumbramos cómo desaparecen el amor, la sexualidad, la inteligencia, cualquier atisbo del Espíritu y hospitalidad en el mundo (p. 379), para dar paso a la individualidad y aislamiento plenos, a la fría ecuanimidad de los neohumanos (los hombres del futuro, surgidos de la clonación) que, sin embargo, tampoco conocen la felicidad y, uno tras otro, van desertando y abandonando la seguridad de sus recintos vallados que los protegen de los pocos humanos que aún pululan.


“La felicidad no era un horizonte posible” (p. 439), concluye Houellebecq tras explorar y analizar las varias vías que han servido de recurso al hombre para intentar alcanzarla: la religión (de la que el hombre es capaz de prescindir con tanta facilidad, como se observa en nuestros tiempos con el derrumbamiento masivo de las creencias tradicionales, quizás “lo más fugaz, lo más frágil, lo más rápido en nacer y morir que había en el ser humano” (pp. 319-320)); el amor, tema del que tanto se habla (p. 172) sin alcanzar acuerdo alguno acerca de en qué consiste; la inteligencia, apenas valorada en unos tiempos de “eternos kids”, en los que sólo el placer y el culto al cuerpo cuentan ya; y, por supuesto, el sexo, tema recurrente en las obras de Houellebecq.

En el sexo, siempre ligado al sentimiento y la ternura (p. 199), busca Daniel, el protagonista, su refugio: “el único lugar del mundo en el que me había sentido bien era acurrucado entre los brazos de una mujer, acurrucado en el fondo de su vagina” (p. 98). Pero no lo tiene fácil. Daniel está en plena decadencia, cercano ya a los 50, y se enamora de Esther, que ofrece su hermoso cuerpo de veintipocos años a todos los placeres sin ningún apego afectivo hacia su pareja. Daniel sabe que está perdido. Está ya fuera del mercado del sexo. Ya no tiene nada que ofrecer. Es el signo de los tiempos. Y, con esta relación tormentosa, se enfrenta a su fin, a la muerte (p. 382). Es lo mismo que le había ocurrido a Isabelle, su pareja anterior.
Entre los humanos sólo los más brutos y fuertes medran, dice Houellebecq (pp. 431, 438). Occidente se sume en el cinismo y la brutalidad. Desatiende a los débiles y sólo el cambio, la novedad interesan. La hospitalidad no existe.

Y quizás Houellebecq (al igual que su personaje, Daniel) lo que hace en su obra es “acelerar, al conceptualizarla, una evolución histórica ineludible” (p. 380). Quizás por eso nos avisa varias veces al comenzar la lectura: “Temed mi palabra” (pp. 14 y 15).

Sólo una cosa se salva de la quema: su perro Fox. Sólo “a través de los perros rendimos homenaje al amor y a su posibilidad” (p. 171) [1]. Su fidelidad y su abnegación son incondicionales, absolutas.


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[1] También Kundera hace referencia al amor a los perros en La insoportable levedad del ser.