jueves, 15 de marzo de 2012

Nietzsche. Correspondencia. Volumen VI (octubre 1887-enero 1889)



NIETZSCHE, Friedrich. Correspondencia. Volumen VI (octubre 1887-enero 1889). Madrid: Trotta, 2012. Traducción, introducción, notas y apéndices de Joan B. Llinares.

Sabía que iba a ser una tristeza. Tenía el libro sobre la mesa y me resistía a abrirlo. Me decía que sería una pena empezarlo. Y así fue.

Y así fue porque estamos hablando del último volumen de la correspondencia de Nietzsche, y una vez que se acaba de leer el libro, una vez que se cierra, uno vuelve a quedarse solo. Puedes no empezar a leer; puedes dejar los libros en la estantería. Pero no puedes, claro. Y entonces empiezas, abres el libro, y ya no puedes soltarlo, y en un par de días lo cierras, se cierra, y te quedas solo.

Todo empieza bien: con la introducción de Joan R. Llinares. Y sigue igual de bien, o mejor. Trotta cierra la ejemplar edición de la correspondencia de Nietzsche con un trabajo inmaculado, casi perfecto (los dos o tres deslices no merecen la pena ser reseñados). Estamos ante un trabajo de traducción y edición que dignifica el proyecto y lo redime de lapsus quizás inevitables en una obra de estas dimensiones.

Me gusta la introducción de Llinares (las expectativas puestas en él no me han defraudado ni un ápice: Llinares no tenía que demostrar nada, por otra parte) porque el experto epítome introductorio no solo está escrito en una prosa clara, sin pretensiones ni alardes de especialista, sino que además da cabida a un tono emotivo que me consta muchos lectores experimentamos cuando leemos a Nietzsche. Por supuesto, esto está de más, es decir: incluso puede parecer ocioso, superfluo e incluso despreciable en un trabajo “serio” sobre Nietzsche; y, sin embargo, ¿por qué no el cariño, cuando no ofusca la objetividad; por qué esa presunta “objetividad” a todo pasto que más bien es la máscara disparatada para disparates particulares?

“Pues tengo la suerte de que mis seguidores me quieran” (NIETSCHE, ob. cit., p. 364; carta del 30 de diciembre de 1888 a Andreas Heusler).

Imagino que los lectores que estén inmersos en la lectura de este volumen han leído los anteriores. Y quizás estos mismos lectores sean los mismos que ya han leído la obra completa de Nietzsche. En cualquier caso, y arriesgándome a resultar baladí, invito a los lectores a que compaginen la lectura de este libro con el último volumen que Tecnos publicó de los fragmentos póstumos (una obra, y en especial este tomo, que uno jamás se cansa de releer): NIETZSCHE, Friedrich. Fragmentos Póstumos. Volumen IV (1885-1889). Madrid: Tecnos, 2008. Traducción de Juan Luis Vermal y Joan B. Llinares. No les importe si todavía no han leído los fragmentos previos: de la misma forma que Jünger comenzó a leer a Nietzsche “por el final”:

“Busco alivio en Nietzsche, cuya edición en quince tomos (Colli y Montinari) empiezo por el final, con los Fragmentos Póstumos. Ya en las primeras páginas, un hallazgo”[1].


De esa misma forma no perderá nada, sino que más bien lo ganará todo, si acepta la invitación que le ofrezco.

Además de la erudición y el tacto demostrados, Joan B. Llinares ejecuta como un intérprete excepcionalmente dotado una maravillosa partitura, una traducción ejemplar. Nietzsche (su probidad intelectual y su estilo) no merece menos. Sigue, así, no ya la senda del maestro Andrés Sánchez Pascual (mi objeción, admirado maestro, es por qué traducir el tercer “Hat man mich verstanden?” de la última sección de Ecce homo, “Por qué soy un destino”, como “¿Se me ha comprendido”?[2]), sino, también, la de aquel “Juan Fernández” (¿José de Caso y Blanco?[3]) que inició, de manera brillante, la traslación al español de las obras de Nietzsche, una tradición que merece la pena respetar escrupulosamente.

A este respecto, Llinares dice que las cartas intercambiadas entre Nietzsche y Brandes merecerían, por sí mismas, un volumen aparte. Esta es otra prueba de la necesidad de esta correspondencia completa. En NIETZSCHE, Friedrich. Correspondencia. Madrid: Aguilar, 1989 (traducción de Felipe González Vicen), encontramos dos cartas (del 23 de mayo de 1888, y del 4 de enero de 1889 (pp. 423-4 y p. 444  respectivamente) en esta dirección. Y en NIETZSCHE, Friedrich. Epistolario. Madrid: Biblioteca Nueva, 1999 (traducción de Jacobo Muñoz) podemos leer la misma del 23 de mayo de 1888 (pp. 225-7) y otra de noviembre de 1888 (pp. 241-2; una carta que por desgracia no sólo estaba incompleta, sino que además traducía “Soy una fatalidad” por “Soy un destino”). Pero me llama la atención que Llinares no se haga eco ni en su bibliografía ni en la introducción de la siguiente obra: BRANDES, Georg. Nietzsche. Un ensayo sobre el radicalismo aristocrático. Madrid: Sexto Piso, 2008. Traducción: José Liebermann. Libro que también recomiendo y del que escribí un sucinto comentario en http://loefimeroylahibernacion.blogspot.com/2011/10/georges-brandes-testigo-y-ejemplo.html.

Me llama la atención que no se dé cuenta de esta edición (por muy criticable que sea) cuando sí se menciona OVERBECK, Franz. La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche. Madrid: Errata naturae, 2009. Traducción e introducción: Iván de los Ríos. Obra que por supuesto también recomiendo y de la que dejé escrita otra mínima impresión: http://loefimeroylahibernacion.blogspot.com/2011/10/el-amigo-overbeck.html. Y digo “impresión” porque mi punto de vista sobre Overbeck parece que disiente diametralmente del de los demás. No importa.


[Franz Overbeck]

Para terminar con la cuestión editorial, he de añadir que los apéndices están mimados de igual manera que la introducción y el cuerpo del volumen. Así, por ejemplo, en la nota 846, p. 421, se nos obsequia con una “segunda nota de la locura” a Jean Bourdeau. También se nos regala, como es habitual en la edición de Trotta, un anexo con cartas “conservadas solo en la transcripción de Elisabeth Nietzsche y de dudosa autenticidad”. Aunque sólo sea como anécdota y curiosidad, me gustaría que le echasen un vistazo a las impresiones que Thomas Mann y el conde Harry Kessler reflejan de esta mujer en sus diarios.

Si en las cartas anteriores ya se nos ponía delante un Nietzsche casi al desnudo, ahora es casi imposible dejar de ver al hombre, y esto es lo que nos emociona y también es lo que supone el punto de partida de mi reflexión a raíz de la lectura de este volumen, y por dos motivos.

En primer lugar, estremece ser testigo del derrumbe de un hombre que con el tiempo demostró estar en lo cierto en prácticamente todo lo que dijo. No era Nietzsche un profeta, y él insistió en que no lo era: simplemente era un hombre que estaba lo bastante solo (y quizás no era lo bastante solitario) como para dar rienda suelta a su extrema lucidez, una lucidez tan apasionada como para no perder ese contacto con el suelo que no es nada más que tener ilusiones. Nietzsche se lamenta de su soledad, de no ser comprendido, de su vulnerabilidad. No puedo dejar de recordar a Kierkegaard(/Sherezade) cuando en sus diarios[4] afirmaba:

“Ésa es mi vida: ¡eterna incomprensión! No comprenden mis sufrimientos y me pagan con odio” (KIERKEGAARD, ob. cit., p. 204).

Y también:

“Además, yo también soy un hombre, también a mí me gustaría una vida feliz en esta tierra” (KIERKEGAARD, ob. cit., p. 283).

Sentencia esta que no deja de evocar otra del final de René[5]: “Pues la felicidad no existe fuera de los senderos comunes”.

Algo de eso sabía Nietzsche, quien en innumerables ocasiones nos parece una verdadera alma cándida, semejante a aquellos inexpugnables soldados rusos del zar Alejandro que en marzo de 1814 entraron en París: “Soldados rusos de la guardia, de seis pies de alto, eran guiados por las calles por pilletes franceses que se burlaban de ellos, como si fueran títeres y máscaras de carnaval”[6].

Se diría que los últimos excesos de Nietzsche son la inevitable (y equilibrada) compensación de un espíritu elevado que ha sufrido demasiado e injustamente sin reaccionar más allá del umbral de la cortesía. Y todo tiene un límite.


[Georg Brandes]

Pero Nietzsche tenía un extraño recurso: su enfermedad. Decía Kierkegaard en su diario:

“La salud física y el bienestar físico inmediato son un peligro mucho mayor que las riquezas, que el poder y la reputación…” (KIERKEGAARD, ob. cit., p. 285).

La segunda reflexión que me suscita la lectura de estas cartas tiene que ver con una obra que ¿increíblemente? todavía no está traducida al castellano: NORRIS, Margot. Beasts of the Modern Imagination. Baltimore: The John Hopkins University Press, 1985.

Esta obra, de inestimable valor dialéctico, establece una presunta “tradición biocéntrica” y para ello nos habla de sus representantes: Darwin, Nietzsche, Kafka, Max Ernst y D. H. Lawrence. A Margot Norris, hablando de Kafka, ya la hemos mencionado en este blog, y en breve aparecerá otro artículo, Succedoque oneri, en el que también se tendrá presente su excelente análisis The Decentered Universe of Finnegans (Wake. Baltimore: The John Hopkins University Press, 1976).

Pues bien, opino que el corazón del libro de Margot Norris es el ensayo “Nietzsche’s Ecce Homo: Behold the Beast” (ob. cit., pp. 73-100). Merece la pena dialogar con Norris, porque en todas sus obras pone en la palestra la radical cuestión de la comunicación: es decir, de la mera posibilidad de la lectura: es decir, de la absoluta posibilidad de la crítica y la hermenéutica. Su tesis radica en la realidad de una producción, a través del arte, de un lenguaje no lingüístico, no mimético, sino gestual: animal. Un lenguaje en el que sólo es posible “comunicar” ciertos mensajes y que sólo resulta comprensible si nos valemos del mismo “lenguaje” (un asunto central, por supuesto, también en su trabajo sobre el Finnegans Wake). Para Margot Norris, Ecce homo es “his [de Nietzsche] ontological gesture” (NORRIS, ob. cit., p. 95).

¿Cuál es el problema? El que ella misma identifica cuando llega a “Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos” (NIETZSCHE, Ecce homo, ed. cit., p. 55). Para salvar este obstáculo argumenta:

“Here, in Ecce Homo, he resists his proleptic ontological extrusion by restoring, at least literally, the excess of himself to his writing” (NORRIS, ob. cit., p. 95).

Pero no convence. Y no convence aunque veamos que Nietzsche pasa de tildarse planta exótica a mero animal para afianzarse en su “Dein altes Geschöpf” a su madre y en sus finales auto denominaciones como “Das Unthier”. Planta-animal-criatura-monstruo. Sí. Pero hay más:

Aunque el 3 de enero de 1889 diga a Cosima Wagner: “Es un prejuicio que yo sea un ser humano” (NIETZSCHE, Correspondencia VI, ob. cit., p. 372), en la ya citada carta a Heusler se denomina a sí mismo “el animal más rico de espíritu”. Pero esto no es todo. En un borrador de carta a Meta von Salis (8 de diciembre de 1888; p. 320), afirma ser “el primer ser humano de todos los milenios”. Al hablar sobre El crepúsculo de los ídolos, dice Nietzsche (en carta del 25 de noviembre de 1888; pp. .302-3), que se ha colocado “por encima de la humanidad […] con toda violencia yo me presento como el tipo antitético de la especie de ser humano que ha sido venerada hasta ahora”. Fijémonos en que precisa “el tipo”. Para concluir, quiero citar una carta a Overbeck del 13 de noviembre de 1888, cuando los síntomas de enajenación mental aún no se habían manifestado, y hablando de Ecce Homo: “El tono del escrito es sereno y lleno de fatalidad, como todo lo que yo escribo” (p. 288).

En cualquier caso, Margot Norris introduce una línea interpretativa que se aleja del “logocentrismo” (lo del “falo” ya no me lo tomo ni en serio ni a chirigota, me perdonarán que no le dedique ni un segundo más que este recordatorio) tan de moda en las lecturas digamos que “postmodernas”. Así: “Ecce Homo is Nietzsche’s assertion of the health and power behind his ‘wisdom’, ‘cleverness’, and ‘ability to write such good books’” (NORRIS, ob. cit., p. 78).

Parece que volvemos a Kierkegaard y a su argumento el problema no es la razón, sino la salud. Y, en este sentido, también nos viene a la mente otro libro ¿increíblemente? no traducido al español: el de David Farrel Krell Infectious Nietzsche (Bloomington: Indiana University Press, 1996)[7].

En su conclusión y post scríptum dice:

“2. The biopositive effects of infection may be an invention of hokey medicine, but that invention will haunt those of us who know that in order to do good work you just about have to kill yourself. […] 3. ‘The great health’ is both parodic and tragic. It expresses a double-bind in our reading and writing, including the ecce: infectious rhetoric is as unreadable as illness and health “in themselves” are undecidable – at least until death do us part […] The death of God never troubled us, because we believed that God died so that Eros might live. Now that Eros is in its final throes, not merely poisoned by the culture of Christendom but in our own secular and infectious age administered the lethal dose, one wonders what could possibly keep Thanatos at bay a while longer […]” (KRELL, ob. cit., p. 211-2).


Habría que poner a dialogar a Margot Norris con David Krell y con los casi infinitos discursos de la postmodernidad. Para esto, como para tantos otros gruesos y delicados matices, nos vale Paul de Man[8]:

Para el caso del estructuralismo de Margot Norris: “All structures are, in a sense, equally fallacious and are therefore called myths” (de MAN, ob. cit., p. 10).

Y para el del neo-vitalismo postmoderno: “Is not this sense of the unity of forms being supported by the large metaphor of the analogy between language and a living organism, a metaphor that shapes a great deal of nineteenth-century poetry and thought?” (de MAN, ob. cit., p. 27).

Yo, señores, me quedo con el que fue, para mí, uno de los hombres más inteligentes, junto con Robert Musil, del siglo pasado:

 “Cuando Nietzsche dice: ‘pues todo placer pide eternidad’, eso es una apreciación titánica: los titanes son amos del tiempo y gozan de él. Pero en el fondo, el placer no pide eternidad sino destrucción del tiempo y atemporalidad” (JÜNGER, ob. cit., p. 235).



[1] JÜNGER, Ernst. Pasados los setenta III. Diarios (1981-1985). Barcelona: Tusquets, 2007, p. 200. Traducción de Carmen Gauger.
[2] NIETZSCHE, Friedrich. Ecce homo. Madrid: Alianza, 1989, p. 132. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.
[3] SOBEJANO, Gonzalo. Nietzsche en España (1890-1970). Madrid: Gredos, 2004. Véase “Traducciones españolas de Nietzsche durante el período 1900-1910”, pp. 67-82. Huelga decir que poco o nada puede entender de cómo se ha llegado a editar, últimamente, la correspondencia (Trotta), los fragmentos póstumos y la obra completa (Tecnos) de Nietzsche en español, quien no haya leído esta soberana muestra de trabajo intelectual.
[4] KIERKEGAARD, Sören. Diario íntimo. Barcelona: Planeta, 1993. Traducción de María Angélica Bosco.
[5] CHATEAUBRIAND, François de. René. Atala. Madrid: Cátedra, 1989, p. 136. Traducción de Patricia Martínez.
[6] CHATEAUBRIAND, François de. Memorias de ultratumba.  Barcelona: Acantilado, 2007, p. 1162. Traducción de José Ramón Monreal.
[7] Por si Krell necesita presentación, diremos que es el responsable de la excelente traducción al inglés (¿tal vez siguiendo la estela de Walter Kaufmann?) del Nietzsche de Heidegger. ¿Y qué sucede con el Nietzsche de Jaspers? No me consta que esté traducido al español (quizás me equivoco); sí al inglés por Charles F. Wallraff y Frederick J. Schmitz, gracias a los que he leído el libro. Lo mismo sucede con el Nietzsche de Walter Kaufmann, por otra parte.
[8] de MAN, Paul: Blindness & Insight. London: Routledge, 1993.

sábado, 10 de marzo de 2012

Esperé un dios en mis días. Luis Cernuda. PODCAST






Esperé un dios en mis días
para crear mi vida a su imagen,
mas el amor, como un agua,
arrastra afanes al paso.

Me he olvidado a mí mismo en sus ondas;
vacío el cuerpo, doy contra las luces;
vivo y no vivo, muerto y no muerto;
ni tierra ni cielo, ni cuerpo ni espíritu.

Soy eco de algo;
lo estrechan mis brazos siendo aire,
lo miran mis ojos siendo sombra,
lo besan mis labios siendo sueño.

He amado, ya no amo más;
he reído, tampoco río.


Chess & Brod



[John Cage. Chess pieces]

In Max Brod’s novel The Kingdom of Love (London: Martin Secker, 1930. Translated by Eric Sutton), chess is mentioned three times:


In the so-called Unicorn Bar the chess players sat on undisturbed. The ladies in their deck-chairs lay, enveloped in their plaid rugs, immovable in a sort of lizard- like petrifaction. The white-haired Don Juan was staring calmly into his coffee-cup” (op. cit., p. 9).

And now, - it seemed uncommonly as though he lay, check-mated, on the barbed wire” (op. cit., p. 204).

This started one of those arguments that are like the conventional moves in the opening of a game chess. No surprises are possible. The rules are always kept” (op. cit., p. 243).

Ajedrez – Pizarnik


AJEDREZ

todavía la enclítica no destruye
los peones reverentes ante él
millares de montañas
revientan exquisitas
delante del sol rojo
(no sol amarillo)
pensar innato en moldeadas rejas
torta trashumeante de vela sin fogón
quisiera ser masa lingüística
para cortarle la barba
ondas en preciosa lumbre
alzar bandera gratuita
kilómetros de nueces
y golpes en relevante torniquete


(La tierra más lejana.  Publicado en 1955. PIZARNIK, Alejandra. Poesía completa. Barcelona: Lumen, 2011, p. 26)


___

PIZARNIK, Alejandra. Diarios. Barcelona: Lumen, 2003.


Disponer los días como frente a un tablero de ajedrez”.

(Entrada  de los diarios del 26 de julio de 1955, en ob. cit., p. 40).


Los poemas de [tachado] me sugieren a un señor que está jugando una infinita partida de ajedrez y que, como no puede fumar, para colmar su hastío escribe poemas”.

(Entrada de los diarios del 21 de noviembre de 1957, en ob. cit., p. 90).

miércoles, 7 de marzo de 2012

Am I my brother’s keeper?


    Titian’s Cain and Abel
          
                 One of the most prominent aspects in Dostoyevsky’s The Brothers Karamazov is that every one of its pages displays his unrelenting love for mankind. Allow me to remind you of the fine sensibility with which he portrays Russian peasants, servants, men of law, criminals, religious fanatics, stray characters, dim-witted women, alcoholics (why so many of them?!) and so on. Not many writers have been able to create such a wide diversity of characters in such depth. Very few of these, if any, could be classified as “good” by today’s strict standards of morality. However, Dostoyevsky manages to make them all believable, absolutely real and multidimensional. And even lovable in spite of all their shortcomings.  

               Dostoyevsky’s vision of the world had a religious basis: he was a believer, but not one full of bigotry or fanaticism. He was much too intelligent for that and loved life too deeply. He didn’t want to annihilate but to entice. All throughout his book one can feel his devotion for life and his desire to tell the truth: life must be accepted as is, in spite of all its hardship. Nietzsche would also write about this some years later: he called it amor fati (after Marcus Aurelius). This doesn’t mean resignation; humans are definitely not “designed” for resignation, not thorough human beings, anyway, just as they are not made for shallow enjoyment. Amor fati means acceptance of facts, of reality as is. Denying it won’t change it a bit. Setting our goals of happiness in another life after death means denying the world, would say Nietzsche, whose views against religion and moral rules were firm. Dostoyevsky did have faith.  So, how can it be understood that Nietzsche admired him so much and was so greatly influenced by him?
            
                                            
  
                The answer can only lie in the fact that Dostoyevsky’s proposals are overwhelmingly believable. He is not playing with truth, he is not disguising it, either, he is just exposing it, all its crudity as well as all its beauty.  And he transmits us his thirst for life, for that is what we have: an immensity of joy and pain, of ugliness and perfection. Life is multiform and complex, just like Dostoyevsky‘s characters. Why not learn to love it?

                Neither Dostoyevsky’s nor Nietzsche’s views were romantic. Dostoyevsky goes as far as to ask us to love pain and suffering, simply because they are part of life. Nietzsche didn’t believe in god, but his passion for life was unrivalled, and even braver, we dare say, as he expected no divine reward afterwards. But both shared the same sincere vision of life and unequalled honesty to describe it.

                After giving it a lot of thought so many questions arise, and perhaps the first one is: one can accept all the above intellectually, certainly, but how to accept the existence of evil? How to deal with it? This is precisely Ivan Karamazov’s main preoccupation, the reason why he had lost all faith in god and life. He kept wondering why children had to suffer, innocent of all mischief as they are since they haven’t tasted the fatal apple and therefore cannot tell good from evil. How could anyone stand the suffering of one single child, even if it was the condition to save the whole mankind? Why such suffering, why such evil? Who is responsible for that? Some fathers are not good fathers, that is for sure. Ivan knew that well, for he had been abandoned by his own father. Did he have to feel guilty for not loving him? Was he guilty for not believing in god?


  Snowstorm by Turner
   
                 But he didn’t kill his father, or… did he? Everybody knew the tragedy was imminent. There was too much hatred with such a depraved father as head of the family. Dimitri, his elder brother, was evidently going to kill him soon, so full of rage as he was. What did Ivan do about it? He fled away. Perhaps he thought: “Am I my brother’s keeper?”, as the Bible reads. Why should I feel responsible for his actions?

                Dostoyevsky doesn’t condemn him, but he shows us that Ivan could certainly have, at least, tried to prevent the crime. His intelligence, sensibility and education were superior to his brothers’. And he was well aware of Dimitri’s wild unbridled character and the rivalry between him and their father.

                Ivan left and an obscure Karamazov force, Smerdyakov, Fyodor Karamazov’s illegitimate son, committed the announced crime out of bitterness and resentment.

                The question “Am I his keeper?” appears several times throughout the book. And one other idea is equally recurrent: everyone is responsible for everybody else’s sins. Could this mean for Dostoyevsky that, all of us sharing the same conscience, we know better and cannot just look the other way? Isn’t the actual murderer as guilty as the person who allows the crime? Talking, as Dimitri used to do, is not killing. Not acting is the same as acting when a benefit is involved. And Ivan left. He hated his father as everyone else did. Not everything is licit, whether god exists or not. Ivan realizes this much too late, after a life’s struggle between faith and freedom. Where does the difference lie?, seems to be Dostoyevsky’s answer.

                             
 Cain kills Abel by Gustave Doré

viernes, 2 de marzo de 2012

LOS HERMANOS KARAMAZOV


DOSTOIEWSKI, Fedor. Los hermanos Karamazov. Barcelona: Ediciones Zeus, 1971.


                 ¿Hay o no hay Dios? ¿Existen la inmortalidad y la virtud? Y, en caso de no ser así, ¿no sería todo lícito?, son las preguntas recurrentes que fascinan a los personajes de esta obra. Y, sin fe, ¿es posible amar al resto de seres humanos? Dios, fe e inmortalidad son los auténticos protagonistas de Los hermanos Karamazov, la cuita principal de una familia compuesta por tres hijos y un padre que se desentendió de su crianza tras la muerte de la madre, y cuya historia culmina en tragedia.
                Tras muchos años separados, vuelven a convivir para resolver cuestiones de herencia que han enemistado a Dimitri, el hijo mayor, y a su padre Fedor Pavlovitch Karamazov. Sería difícil hallar un solo elogio hacia el padre en toda la obra. Antes al contrario, desde las primeras páginas se nos presenta como un ser ruin, astuto, cruel y despreciable, entregado a la usura, los placeres y los excesos, y capaz de estafar a sus propios hijos. Incluso su aspecto físico es desagradable. ¿Por qué un hombre así habrá de vivir?, ¿por qué permitir que siga manchando la tierra?, se pregunta con vehemencia Dimitri, que incluso llega a plantearse dar muerte a su padre y no oculta su odio en las tabernas que, también él, frecuenta. Todos en el pueblo están al tanto del airado enfrentamiento que existe en la familia, que se hace aún más intenso cuando ambos, padre e hijo, rivalizan por conseguir el amor de la misma mujer, Gruschegnka, quien se burla de los dos.

  

[Manuscrito de Dostoevskiï]  
                                                                                       
                El segundo hijo, Iván, es un joven instruido e inteligente que defiende la inexistencia de Dios a ultranza y la noción de que, siendo así, todo está permitido. Iván es el autor de la leyenda El gran inquisidor, en la que expresa sus tormentosas dudas respecto a dios y el hombre, fe y libertad. 
                El menor, Alioscha, abandonó pronto lo estudios por ser una tarea ardua y demasiado prolongada para dedicarse de lleno a la fe ingresando en un monasterio. Allí se somete a la guía del hermano Zósimo, a quien muchos consideran un santo, y deposita en él todas sus esperanzas y amor.
                Los tres hermanos, como el padre Karamazov, poseen caracteres apasionados y extremos, y se entregan sin reservas a sus convicciones o deseos: el padre a la satisfacción de su lujuria y su ambición, Dimitri a los excesos sin mesura alguna, Iván a cultivar su inteligencia y Alexei a la fe. Cada uno de ellos persigue a su manera dar justificación, encontrar un sentido a su existencia.

   
[Ernesto Sábato: Dostoevskiï]

                Pero hay un miembro más en la familia, se trata de Smerdiakov, apodo por el que todos conocen a un probable hijo ilegítimo del padre Karamazov con una muchacha retrasada a la que violó. Aunque nunca lo reconoció, lo tomó a su servicio como criado y fue acogido por el fiel sirviente Grigori y su mujer Marfa. Smerdiakov, de carácter hosco, taciturno y soberbio, ocultaba un profundo resentimiento y gran ambición. Aunque muchos lo consideraban poco avispado, compartía con sus hermanos una gran inteligencia, a la que se unían unos sentimientos viles y entrañas emponzoñadas.
                En torno a estos personajes que destacan en escena se mueven muchos otros: campesinos, criados, vecinos, doctores, monjes, familiares lejanos, comerciantes, militares, niños, mujeres y un sinfín más de caracteres que actúan como telón de fondo, a modo de coro en las tragedias griegas, y enriquecen el  complejo cuadro que dibuja Dostoevskiï para ilustrar al pueblo ruso, tan presente en la obra. Todos y cada uno de ellos son esenciales para Dostoievski, y a cada uno lo describe con pausa al entrar en escena, haciendo referencia a su personalidad, sus costumbres, sus antecedentes y detallando minuciosamente su aspecto.
                Pocos entre todos ellos hablarían bien de Karamazov padre, a excepción del fiel Grigori, tan bueno como obtuso, que sería capaz de dar la vida por su amo. Podría decirse que a nadie le pesaría la muerte de Fedor a causa de su falta de escrúpulos y su egoísmo. Y, al fin, se desata la tragedia que intuimos desde la primera página: Fedor es asesinado y todas las sospechas recaen en Dimitri, que aquella noche fue a vigilar la casa de su padre, sabedor de que este esperaba ansioso la visita de Gruschegnka. Los celos desbocados y la implacable ira de saber que su padre pretendía embaucar a la muchacha con 3.000 rublos que Dimitri consideraba suyos, lo llevaron hasta la casa y le hicieron golpear a Grigori cuando este lo descubrió.
               

               
[Cartel de la película protagonizada por Yul Brinner en 1958]

Ante tanta evidencia en su contra, Dimitri es rápidamente apresado y juzgado. Su desmesura en el hacer y el decir jugarán en su contra, sin que su generosidad y nobleza sean tomadas en consideración. El juicio se convierte en un espectáculo para toda Rusia a través de la prensa, y la sala está abarrotada de un público ansioso cuando comienza el juicio. Se han vertido toda clase de opiniones y escritos, en su mayoría sin fundamento, y pocos confían en la inocencia de Dimitri. El momento álgido ocurrirá cuando entren a testificar las dos mujeres rivales, Gruschegnka y Katia, la prometida abandonada por Dimitri, despechada y altiva. Que corra la sangre, parecen desear todos los presentes, aunque lo nieguen. Todos parecen condenar el asesinato de Fedor porque ¿no es el parricidio el peor de los crímenes?, pero pocos son los que no están allí disfrutando.
                Tampoco los miembros del tribunal merecen los mayores elogios, y no por carecer de inteligencia, sino por perseguir únicamente el lucimiento personal. Uno tras otro van declarando todos los testigos, cada cual movido por sus afectos y la mayoría aportando errores, y escuchamos también las elaboradas y ardientes exposiciones del fiscal y el famoso abogado defensor procedente de Moscú. La rivalidad entre ellos viene de antaño, cuando estudiaban juntos y chocaron sus ambiciones. Ni el uno ni el otro aciertan: el fiscal despliega todos sus conocimientos de psicología para dibujar un retrato equivocado de Dimitri y el defensor, más certero, consigue el favor de los presentes hacia su defendido para terminar pidiendo que se le perdone el crimen porque aquel a quien mató no era un buen padre. Es la perdición de Dimitri: el veredicto, culpable.
                Pero no fue Dimitri el asesino y ladrón de los 3000 rublos. Todo el crimen había sido preparado minuciosamente por Smerdiakov, quien antes del juicio se había suicidado sin desvelar su culpa a nadie más que a Iván. Deseaba venganza hasta el extremo de morir él mismo, lleno de odio, culpando a Iván de haber permitido lo previsible y causando así la condena de Dimitri.

               

[Fotograma de Los hermanos Karamazov, del director Richard Brooks]

                Los hermanos Karamazov arrastrarían al lector más reacio. Cada página sugiere mil cuestiones y contempla incontables posibilidades que el lector ha de resolver, porque las respuestas apenas se insinúan. Aunque el asunto esencial es la cuestión moral, la posibilidad de Dios, y a pesar de la prolijidad de detalles que Dostoevskiï despliega, el ritmo de la obra apasiona. Es una y son docenas las historias que se desarrollan a un tiempo. El paso es pausado y sinuoso porque ni un detalle es secundario o irrelevante para Dostoevskiï.
                Quizás lo más sorprendente es la pasión por la vida que la obra transmite. No somos capaces de odiar ni a los personajes más excesivos o perversos. ¿De qué habilidad estaba dotado Dostoevskiï para mostrar los extremos más opuestos reconciliándolos? ¿Cómo consigue mostrar tales contradicciones en sus personajes sin desfigurarlos o transformarlos en meras caricaturas? Quizás porque, aún hablando de fe, habla del ser humano real y no uno divino o ideal. En este aspecto y muchos otros podemos adivinar a Nietzsche. Son incontables los pasajes en los que hemos podido corroborar la influencia que en él ejercería Dostoevskiï pasados unos años.
                Muy probablemente la tendencia que apuntaba Dostoevskiï se haya agudizado, y ya no son estos tiempos para la fe, y mucho menos para la fe en los demás. Se ha impuesto el individualismo más feroz y nada queda (si alguna vez llegó a ser, fuera de las páginas de Dostoevskiï) del amor a la vida y a todo lo que existe, incluso al dolor que forma parte de ella. No, ya no están los tiempos para creer a Dostoevskiï.   Pero, afortunadamente, aún podemos disfrutarlo.
                “Aunque no creyese en la vida, aun perdiendo la fe en la mujer amada, aun si no aceptara el orden que rige al mundo, si tuviera todo por sujeto a la anarquía y el mal, sumido todo en diabólico caos, aunque me sintiese acobardado por la desilusión, aun con todo esto, seguiría amando a la vida. No apartaría de mis labios el cáliz embriagante sino hasta después de haberlo apurado” (Iván Karamazov, p. 227).


[YouTube vídeo: Fragmento subtitulado en inglés de Los hermanos Karamazov, película rusa de 1969 dirigida por Kirill Lavrov, Ivan Pyryev y Mikhail Ulyanov]

sábado, 25 de febrero de 2012

La niña fea. (Ana María Matute). PODCAST Y COMENTARIO








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“La niña fea”. Un comentario.

Una primera lectura de “La niña fea” podría hacer pensar que estamos ante un texto moral, incluso moralista, y también romántico como sinónimo de reblandecimiento sentimental y ofuscación del juicio. Sin embargo, con apenas ciento cincuenta palabras Ana María Matute nos describe un universo ajeno a la moral y al romanticismo fácilmente interpretable con claves nietzscheanas.

La niña del cuento es rechazada por las otras niñas debido a su fealdad: la juzgan fea, es decir, no de su gusto, indeseable porque les molesta su fealdad, y la relegan a la soledad, a la incomunicación. La fealdad de la niña parece consistir más en una falta de ornamentos y en un ser físico neutro que en una irregular conformación anatómica: su color es el de la tierra, el de lo inerte.

Nietzsche calificaba al hombre como animal que juzga, es decir, que crea escalas de valor al no poder evitar introducir sentido, cualquier interpretación, en los fenómenos. Por eso no existen fenómenos morales, sino interpretaciones morales de los fenómenos. Desde el momento en que toda forma de vida interpreta y enjuicia, estas ficciones son inevitables. De lo que se trataría es de que lo vivo cree ficciones que no contradigan su esencia: la voluntad de poder como impresión al devenir del carácter del ser. El artista sería, pues, el más fiel representante de este necesario juego de ficciones al dar forma al caos, al crear una ficción que se sabe como tal. También el paganismo, un ideal (una ficción) que refuerza la vida, con la creación de mitos apegados a la naturaleza, constituye una ciencia fiel a la ficción. Y toda ficción, toda vida se remite a su origen en esa síntesis de fuerzas que es el mundo inorgánico, donde no reside el error, pues no ha lugar ni a las interpretaciones ni a los juicios: ahí la comunicación es perfecta.

La niña fea es juzgada por las otras niñas, que no pueden hacer otra cosa ya que les resulta desagradable: no se trata de un juicio moral, ni se puede juzgar moralmente a las otras niñas, pues sólo son animales que juzgan, y al carecer de moral los animales escapan al juicio moral. El juicio estético de las niñas no relega a la niña fea a la incomunicación, sino que la remite a su única comunicación posible con aquello con lo que sólo puede comunicarse: con el mundo inorgánico. No sólo no hay crueldad, ni mucho menos motivo para la pena, sino que tampoco hay tragedia, pues la niña fea carece del heroísmo del artista que crea ficciones, que da forma al caos de su apariencia con una envoltura interpretativa cualquiera. La niña fea, como en un rito pagano, no lucha y sigue su destino como también lo hacen las otras niñas, como lo hace todo en el Universo: llega la niña fea a su máxima y última posibilidad regresando a lo que no juzga, a lo que no yerra, a lo que no incomunica: a lo que tanto ella como las otras niñas son en el fondo de su apariencia.

miércoles, 22 de febrero de 2012

AJEDREZ ENTRE ARTISTAS IGUAL A TABLAS: MARSHALL Y TARTAKOWER CONTRA DUCHAMP


En 1930, en la Olimpiada de Hamburgo, Duchamp, que jugaba con negras, se las tuvo que ver con Marshall, y consiguió hacer tablas después de ofrecérselas a las blancas.
Mi ignorancia me impide saber si en realidad había alguna opción de victoria tanto para las blancas como para las negras.



Y en 1929, en París, Duchamp, que de nuevo jugaba con negras, se enfrentó a Tartakower. En un final bastante poco brillante por parte de este último, Duchamp arrancó unas meritorias tablas.

sábado, 18 de febrero de 2012

¡Libros, vendo libros, chorizos, tuercas, palomitas!


Mi relación con los libros es asquerosa: no permito que nadie les quite el polvo (y en algunos casos el polvazo) que tienen. Qué quieren, estoy convencido por pura pereza (y por contemplación de los pordioseros y por experiencia propia el día que no me ducho) de que la suciedad aísla y, por lo tanto, conserva. Algo parecido le dijo un bibliófilo amigo a Jünger. (Esto, por supuesto, lo añado para secundar mi estupidez con algo de inteligencia, pues al fin y al cabo por los dos caminos se llega a la misma fosa – séptica).


[Quédense con este mozo (tampoco es tan difícil…), Christian Bale. Les demostraré que es pura Literatura][1]

Así pues, los libros, si no es para leerlos (y lo de releer es un mito, se lo aseguro, idéntico al de la existencia de la inteligencia artificial y, por extensión, la vida inteligente en la Tierra), mejor ni rozarlos. Y esto es así porque poseen la fatídica y fastidiosa cualidad especular de delatar a quien los manipula. De hecho, padezco la certeza de que todos los que tratan con libros se convierten (los pocos, si alguno, que aún no lo eran) en idiotas de tomo y lomo.

En efecto, no hay como tratar a un manoseador de libros para tropezar con una acémila libresca (que ya quisieran literaria, ya). De los editores no voy a decir nada – no voy a decir nada más que todo lo que ya he dicho de ellos, y esto aunque jamás he conocido a un editor, es decir, a alguien que no se limita a ir de su ordenador a la imprenta, de la imprenta al escaparate y del escaparate a la caja registradora. De los lectores no voy a decir nada – por educación, temor y temblor. Así que dedicaré unas palabras a mis amigos ¿los periodistas? No. ¿Los reseñadores? No, no. ¿Los cinéfilos? Que no… A los tenderos.

Y seré breve, porque lo malo, si breve, molesta menos. Recuerdo (ya ven que soy viejo) que era una hermosa mañana hasta que dejó de serlo. Y no dejó de serlo porque hubiese entrado en una librería, que lo hice. Y no dejó de serlo porque me hubiese acercado a la vendedora (que lo hice, y en haciéndolo todavía se me alegró más el día). Dejó de ser un buen día cuando pregunté:

-¿Tienen Bouvard y Pécuchet?


[Bouvard y Pécuchet, ¡¡¡¡¡LA PELÍCULA!!!!!]

Y la sedosa tratante de palabras me respondió:

-¿Es una novedad?

Por supuesto, se lo perdoné, porque me dio la oportunidad de seguir mirándola embobado. Pero la mañana dejó de ser hermosa.


[Ejemplo gráfico de librera a la que le perdonas no saber que Flaubert murió en 1880][2]

También he de recordar la mañana (y con esto no quiero presumir de madrugador: lo más probable es que fuese al mediodía) en la que pregunté a mi librero de cabecera:

-¿Tenéis el Corpus Hermeticum?

Y él, todo lo serio que se puede ser detrás de un mostrador, me escupió:

-Será “hermenéutico”…

Pero nada de todo esto llega a algo comparado con la parasitaria simbiosis internáutica (originaria de la caverna más profunda, quizás de Atapuerca, entre un tonto y un malo, vínculo inextricable hasta que el planeta se deshaga) de lector fisiológico, periodista, cinéfilo, reseñador y traficante de artefactos.

Sucede que estoy suscrito, vía correo electrónico, a las novedades de algunas editoriales. Y no hace mucho abrí el correo y vi esta cosa:


Ojo al dato: “La novela en la que se basa la película de Zhang Yimou protagonizada por Christian Bale”. Repito el reclamo: “La novela en la que se basa la película de Zhang Yimou protagonizada por Christian Bale”.

Y yo, que aunque viejo me temo que soy un niño (“Boys will be boys”), me asombro, quedo anonadado, me aterro – y voy a la página de la editorial.

Pero es para ir de mal en peor…


Imagino que a buen entendedor, menos libros.



[1] Fotografía tomada, vía Google, de http://www.loscuentosdelfaraon.com/agreden-a-christian-bale-en-china/. Por si las denuncias...
[2] Y esta imagen, también vía Google, sale, como por arte de magia y gracia, de esta página: http://www.nerve.com/scanner/2010/04/19/survey-eight-percent-of-librarians-have-had-sex-in-an-elevator. Por si las denuncias – siempre, aunque sean publicidad, de mal gusto.

viernes, 10 de febrero de 2012

Portnoy’s complaint.(1969). Phillip Roth (1933 - )



ROTH, Philip. Portnoy’s Complaint. London: Corgi Book, 1971.


[Wasserschlangen. Klimt]


                Alexander Portnoy has to make a complaint, or two, or three, well... so many! Let’s say he’s definitely not happy at all to have met himself and cannot but shout it to the world. We can feel his agonic pain line after line, sometimes expressed with light humour, some others with bitter irony, sometimes in an exhausted whisper, others at the highest pitch of his angry voice screaming. The result is a hilariously funny novel, vibrant, visceral and full of wit.

                Alex is talking to his psychiatrist about his difficulties to deal with life and, in particular, with sex, which he sees as a symptom of a long-life education based on fomenting feelings of guilt. He knows he is intelligent, he has a terrific job in Washington, he’s an attractive man or… isn’t he? There is something he’s not very proud of: the appendix on his face which betrays him mercilessly and lets everyone know of his origins: his unmistakably JEWISH nose. Yes, Alex Portnoy is Jewish, Jewish, Jewish. This fact is an obsession for him and a burden as heavy as a millstone round his neck. If this was not enough of a problem, there is one other appendix in the lower part of his body which gives him even more trouble: his penis! It seems to have a life and demands of its own, and all the lust it provokes makes him feel like a sinful pervert, an outcast.


[Lubricity. Alfred Kubin]
               
                Poor Alex feels crushed by the colossal heaviness of his Jewish family, the ever ubiquitous mother and the dedicated father who sacrifices his whole life on behalf of his wife and children to the point of self-annihilation (p. 7). For his parents (and especially for his castrating mother) he is still a baby and is expected to follow their advice and life pattern: to create a family of his own. They need him as if he could save them from pain and even death! For Alex, this sensation is devastating, because he can’t forget how much he owes them but also knows he is no saviour and simply wishes to make his own choices in life. And, unfortunately, a family is not among them. Why should he do so, why choose one single woman, he wonders, when each one of them is so different from another and they all have so much pleasure to offer?



[Liegende Frau. Egon Schiele]

                Yes, shame, shame, on Alex P., the only member of his graduating class who hasn’t made grandparents of his Mommy and his Daddy. While everybody else has been marrying nice Jewish girls, and having children, and buying houses, and (my father’s phrase) putting down roots, while all the other sons have been carrying forward the family name, what he has been doing is – chasing cunt. And shikse [attractive gentile girls] cunt, to boot! Chasing it, sniffing it, lapping it, shtupping it, but above all, thinking about it. Day and night, at work and on the street- thirty-three years old and still he is roaming the streets with his eyes popping. (p. 112). 

                They all have cunts! Right under their dresses! Cunts- for fucking! And Doctor, your Honor, whatever your name is- it seems to make no difference how much the poor bastard actually gets, for he is dreaming about tomorrow’s pussy even while pumping away at today’s! […] How much longer do I go on conducting these experiments with women? How much longer do I go on sticking this thing into the holes that come available to it- first this hole, then when I tire of this hole, that hole over there… and so on. When will it end? Only why should it end! To please a father and mother? To conform to the norm? (p. 114).


[Girl in Yellow Drapery. Godward]


                After spending most of his adolescence locked up in the toilet giving himself pleasure, he meets several girls, but his affairs never last much more than a year.  Inevitably, after a few moths “lust peters out” (p. 116) and he leaves one girl after another. What about love?, he asks himself, and his own answer follows: love doesn’t last forever, just like desire. He would rather give it other names: convenience, apathy, fear, exhaustion, inertia (p. 117), and he will not go for that.

                But then there is this oppressive feeling of guilt (so familiar to Kafka, also a Jew) that he can’t get rid of every time he meets his parents or enjoys sex. And why is it that it seems to be different for the goyim (Christians), who practice sex without so many moral dilemmas?, he wonders. These are the reasons why we find him talking (and talking and screaming and yelling) to his psychiatrist. The question is… does doc understand? Did he get a single word?

                Jewish or goyim, our lives are so full of taboos, repressions, inhibitions and prohibitions, no matter how senseless and idiotic they seem. But they are extraordinarily successful in managing to “create in only a few years’ time a really constrained and tight-ass human being(p. 88). The result is but a walking zombie (p. 140), complains Portnoy.



 [The Nightmare. Henry Fuseli]

                Why do we force ourselves, generation after generation, to narrow down our human possibilities? Must we seek (and impose upon others) the force of the group? Why not allow individual choices which make us all grow and move further (let’s not forget Nietzsche: follow your own path to become who you really are)? Are we born with roots or (in Fernando Arrabal’s words) just with feet (no more and no less!)?. Why can’t a family be supportive instead of destructive? Portnoy, Black Door, we can’t stop laughing (and crying) with you.


[The Luncheon on the Grass. Manet]