sábado, 14 de abril de 2012

Hannah Arendt, Martin Heidegger y un palimpsesto



ETTINGER, Elżbieta. Hannah Arendt / Martin Heidegger. New Haven: Yale University Press, 1995.


Elżbieta Ettinger fue una superviviente del gueto de Varsovia (su novela Kindergarten parte de esta experiencia) y luchó en la resistencia polaca haciéndose pasar por católica. Antes de la publicación del libro que ahora nos ocupa, Ettinger era relativamente conocida por su biografía de Rosa Luxemburg. Nuestra autora murió a los ochenta años, en 2005, mientras trabajaba en una nueva biografía, en esta ocasión sobre Hannah Arendt.

Y fue durante el proceso de recopilación de información para esta biografía cuando Ettinger, a la luz de los hallazgos a partir de la lectura de la correspondencia de Hannah Arendt, decidió que merecería la pena escribir un volumen exclusivamente acerca de la relación entre la autora de Los orígenes del totalitarismo y Martin Heidegger. El libro se publicó en 1995 y causó cierto revuelo. ¿Por qué?

En primer lugar, revelaba datos desconocidos hasta la fecha acerca de la duración y el tipo de relación que mantuvieron Heidegger y Arendt. Por lo visto, la relación había sido más prolongada, apasionada y compleja de lo que se había creído.

En segundo lugar, y debido a lo anterior, estalló un pequeño escándalo editorial, pues Arendt había pedido que sus cartas fuesen a parar a Alemania, y el hijo de Heidegger, Hermann, había puesto un veto de cuarenta años desde la muerte de su padre para su publicación. Sucedió que en los Estados Unidos habían hecho copias de las cartas (lo que nos recuerda el caso de los diarios de Kafka y la jugarreta que Schocken le jugó a Max Brod) y para acceder a ellas tan solo habían impuesto un plazo de cinco años desde la muerte de los protagonistas. Ettinger pudo esquivar los problemas legales parafraseando, y no citando, partes de la correspondencia.

En tercer lugar, se abrieron tres líneas de polémica y debate: si la imagen de Hannah Arendt quedaba manchada debido a su perdurable relación con y su persistente apoyo a Heidegger a sabiendas de su adhesión al partido nacionalsocialista; si había que abrir la vieja cuestión de contar a Heidegger entre los filósofos toda vez que jamás se retractó, ni se arrepintió, ni siquiera reconoció haber cometido un error al haberse afiliado al partido nazi; y si era legítimo y tenía algún valor hacer públicos asuntos de estricta índole privada.

La primera cuestión se solventó, como siempre, con un intercambio de opiniones que no llegó a ninguna solución. Para unos, Hannah Arendt quedaba desacreditada como autoridad ética y moral; para otros, Arendt había sido coherente con las ideas expresadas en sus obras acerca del genio, la amistad y el perdón; hubo quien a partir de las obras de Arendt alcanzó la conclusión opuesta y recalcó la incoherencia entre su vida y su obra, y para eso recordaron lo que en carta a Jaspers decía de Heidegger, tildándolo de “asesino en potencia” debido al trato que le había infligido a Husserl, y se acordaron, también, de sus palabras sobre el juicio contra Adolf Eichmann, haciendo responsables a algunos judíos de su propia destrucción.


[Elżbieta Ettinger]

La segunda cuestión concentró más cerebros y más esfuerzos, y no fue difícil mostrar, una vez más, que llamar nazi a Heidegger y mucho más tener a su obra por ideología nazi, era un error mayúsculo cuando no una malintencionada, interesada y estúpida simplificación que, eso sí, vendía mucho y bien.

Para la cuestión ética sobre la publicación de información sobre la vida privada se intercambiaron argumentos más o menos cretinos y todos estériles cuya única utilidad radicaba en que conducen a la reflexión (nietzscheana) acerca de la relación entre filosofía y filósofo.

Y, en cuarto lugar, se produjo, cómo no, la andanada de críticas y comentarios al libro en sí mismo. Y aquí entra en escena el palimpsesto, porque yo tengo un palimpsesto de la obra.

Sí, porque compré un ejemplar de segunda mano y su anterior dueño, alguien que al menos entonces vivía en Ann Arbor, Michigan, no solo había subrayado y comentado al margen el libro de cabo a rabo, sino que había dejado en su interior un par de artículos de prensa sobre la obra de Ettinger. A continuación, mi breve comentario también dará voz a este amigo insospechado.

Pues bien, aparte del valor o la utilidad de los nuevos datos hallados en la correspondencia, el libro de Ettinger es un eximio ejemplo de cómo no se debe escribir.

Cuando Hermann Heidegger leyó la edición alemana, dijo haber encontrado más de cincuenta errores. Como no los enumeró, no los puedo exponer aquí. Teniendo en cuenta que cuando se editó el libro las cartas no habían sido publicadas y, por lo tanto, prácticamente nadie conocía su contenido, desde mi punto de vista (y desde el de mi desconocido amigo), uno de los mayores errores consiste en no reproducir el original alemán.

Texts!”, “German!”, exclama y reclama mi amigo. Y todavía lo encuentro moderado y no reclama aparato de notas. En la página 30 escribe Ettinger: “Without the usual ‘your Hannah’ (Deine Hannah), she ended the letter: “’And with God’s will / I will love you more after death’” (Arendt’s quotes)”. Mi amigo se pregunta: “Rilke’s translation of the El. Browning sonnet? One need the German!”.

En efecto, amigo mío, donde Browning escribe

and, if God choose, / I shall but love thee better after death.

Rilke traduce

Und wenn Gott es giebt, / will ich dich besser lieben nach dem Tod.

Otro error, este garrafal y casi imperdonable, radica en que la autora, quien sabía que lo que escribiese iba a ser difícil de refutar porque al no poder acceder a los originales no se podía contrastar su trabajo, dedica más esfuerzo a ofrecer su interpretación que a establecer hechos y, si se quiere, a tratar de aventurar hipótesis y conclusiones de auténtico valor.

Mi amigo lector se desespera: “Wellll: too easy”, “Sloppy writing”, “Who says?”, “Take it on the author’s authority…”, “But how do you know?”, “Idiotic argument!”, “Idiotic”, “Really, now”, “Nonsense!”…


[Mi palimpsesto]

Desde luego, no parece que Ettinger fuese una erudita. Mi amigo también se da cuenta:

Escribe la autora en la página 64: “[‘one’, in German “man”, is an impersonal pronoun, here used to avoid the personal pronoun ‘I’]”. Y nuestro lector sigue desesperándose y anota: “Also a word of some importance in his philosophy – as the author seems blissfully unaware of!”.

Y nuestro lector no puede evitar pasar por encima de sarcasmos e ironías para ir al grano cuando en la página 121 lee: “The time of Sturm und Drang was over”. Estalla el amigo: “Stupid allusion – has no idea what it means”. Y yo apostaría a que tenía razón…

Y la nefasta, por no decir impía, manera que tiene la autora de ofrecer y disponer los datos y su interpretación, la convierten en sospechosa de haber abandonado la objetividad del historiador incluso antes, pero muchos años antes de haberse planteado este trabajo. Su pintura de Arendt y de Heidegger, la primera una heroína (mujer y judía) enamorada, el segundo un sádico (hombre y alemán) nazi, convierten el libro, como ya apuntaron comentaristas en aquel momento, en un tabloide sensacionalista, en una novela rosa, en una nueva versión de El portero de noche. Que Ettinger acuse y defienda, al tiempo que demuestra poca erudición, hace que el libro se te caiga de las manos.

Había sido (más que) suficiente con la publicación de las cartas en el original más su correspondiente traducción. A partir de ahí, los especialistas habrían podido empezar a pensar (y desbarrar) en serio. Pero el trabajo de Ettinger parece el de una modistilla amargada que se empeña en recomponer un tapiz que como le va demasiado grande termina por convertirlo en su propio mandil, pasto de comadres, editores y lectores emocionados.

Mi amigo desconocido termina así sus anotaciones:

Cheap and incompetent: and clearly one of the reasons why archives are trying to keep ‘scholars’ out – That is what might happen if they won’t”.

Pero amigo mío, no se trata de cultura, sino de negocio. La edición española se vende así:


“[…] este documento biográfico acerca de la relación amorosa de dos grandes filósofos de nuestro siglo, ella judía y él adscrito al nacionalsocialismo, no sólo revela la verdadera naturaleza de esta dramática historia de amor”.

Las negritas son de los tenderos. Sí, amigo, sí, lo que importa es vender.

Comprenderán que no he escrito esto por el libro, ni por Ettinger, ni por Arendt, ni siquiera por Heidegger. Lo he hecho para compartir con ustedes mi alegría al comprobar que todavía quedan lectores.

lunes, 9 de abril de 2012

Colleen Corby & Sid Vicious

Como ya soy viejo puedo reconocer sin temor a la verdad que incluso la memoria es una ficción, así que nada de lo que recuerde podrá sorprender ni escandalizar, de la misma manera que ni me sorprende ni me escandaliza a mí saber que me encuentro sin llegar a nada entre Colleen Corby y Sid Vicious. Así pues, ¿dónde están las bellezas de antaño? ¿Dónde están los eccehomos de antaño?

Esta es Colleen Corby, para quien no la conozca.





Y este es Sid Vicious.


Colleen Corby (1942) triunfó en los años sesenta como modelo, y su escaparate privilegiado fue la revista Seventeen, cuando las modelos trabajaban para adolescentes y no posaban para hombres en medios como Sports Illustrated.

¿Quién se acuerda hoy de mujeres Seventeen como Kiki Olsen?


¿O Terri Smith?


¿Y Moyra Swan?


¿Y Joan Delaney? Y eso que dio el salto al cine.


Tal vez recuerden mejor a Twiggy (1949).


O puede que se acuerden más y mejor de Jennifer O’Neill (1948).


Esta película nos recuerda Malizia.


Y nos recuerda a la inolvidable Laura Antonelli (1941) y al niño que éramos deseando ser seducidos, cual Agostino de Moravia, por la mujer madura (que veíamos en Interviú).


Un momento, ¿por dónde anda Sid?


A pesar de esto, no nos olvidamos de Laura, ¿verdad? ¿La Laura de Annie Belle (1956)?



¿O la Laura de Dawn Dunlap (1962)?


David Hamilton y Un verano en Saint Tropez, ya que hemos recordado el verano del 42, y Bilitis, claro. Y de David Hamilton la memoria vuela a Tinto Brass, y de ahí, por ejemplo, a Stefania Sandrelli (1946). Quién la ha visto y quien siguió viéndola…


Y mientras atacaban suecas como Christina Lindberg (1950),


en París cantaba Françoise Hardy (1944)


y Anna Karina (1940), Roller Girl, enamoraba a Godard.



como a Lucian Freud lo enamoró Lady Caroline Blackwood (1931).



Musas peligrosas, como aquellas de las viejas novelas policiacas.


Pero no me olvido de David Hamilton, quien no sólo me lleva a Tinto Brass, sino al Cinema of Transgression, a Tessa Hughes-Freeland y especialmente a Richard Kern.


Y para que este salto de memoria no parezca estéticamente casi mortal, recordaré la Provocación de Erika Savastani


y Fabrizia Flanders.


[Aunque algunos no la reconozcan, he aquí a Fabrizia. Como en la vida misma, a veces hay que elegir entre el frente y la retaguardia]

¿Se acuerdan de La fuga de Logan? ¿Y de Jessica 6? Yo sí me acuerdo, cómo no hacerlo, de Jenny Agutter (1952).


¿Y qué es de Sid Vicious?


domingo, 8 de abril de 2012

I write because I have to. Kafka the Musical. BBC broadcast



Obsession, perfection

 Kafka calls Dora, Dora, my love, my life, where are you Dora?, take me out of here, take me away.

KNOCK, KNOCK
Kafka! Open the door, Kafka!

Who are you?
I’m your father, you lazy thing!
Get up and go to the theatre. Get a proper job. Play your part. Do as you’re told and stand up for yourself. Think of your poor mother.  You’re forty years old, do you know where I was at your age?

My sweet Dora, let’s go to Palestine.

Try and enjoy the show tonight, Mr. Kafka.

Consumption is very difficult to treat. It devours everything. It consumes from inside.

-          Only truth makes me happy, but truth is slippery and shy, disdainful of our efforts to catch it.
-          Truth is a savage beast.
-          Truth is in the eye of the victorious.

KNOCK, KNOCK
(two men come in the night, one for your body and one for your soul)

I got myself tangled in this wretched show, what a nightmare…

-          What’s more important, the show or your life?
-          The show, Milena, always the show.

KNOCK, KNOCK
yes, come in

(Afterthought post listening the BBC broadcast of Kafka the Musical by Murray Gold. Starring David Tennant as Kafka. One day, Franz Kafka finds he has been cast to play himself in a musical about his own life ).

jueves, 5 de abril de 2012

miércoles, 4 de abril de 2012

Napoleon: Chess and Victory


In his 1000 Most Famous Combinations, Igor Sukhin presents two combinations by Napoleon.

The first one was played in 1804, the year in which Napoleon was crowned Emperor. In Malmaison Castle, Napoleon plays white against Madame de Rémusat.




White to move and mate in three moves. Could you tell with which moves?


The second combination takes us to Saint Helena, the island Napoleon was deported to in the company of Montholon, Gourgaud, Las Cases and Bertrand.

It is 1818. Napoleon, white, plays against General Bertrand.



Checkmate in five: White to move and to win.

lunes, 2 de abril de 2012

English Stuff ESL



Hello my friends,

Here's a link to a new blog for those of you interested in learning or teaching English. 


http://englishstuffesl.blogspot.com.es/


You can download worsheets, listen to podcasts, watch videos and have access to lots of useful materials and references. 

Hope you like it.

jueves, 29 de marzo de 2012

La Hermana. (1946) Sándor Márai (1900-1989)

MÁRAI, Sándor. La hermana. Barcelona: Salamandra, 2007.


 Con la delicadeza que caracteriza a Sándor Márai, esta obra indaga en el sufrimiento humano, el dolor y la enfermedad como viaje hacia uno mismo. La obra refleja el aislamiento provocado por el mal, que sumerge al protagonista en sí mismo, sus miedos y sus dilemas, como tan sólo un año después haría Camus en La Peste y años antes Thomas Mann en Muerte en Venecia (1914).

     Z. es un pianista de prestigio, un virtuoso, que viaja en tren a Florencia para ofrecer uno de sus conciertos. Durante el trayecto presiente que alguna enfermedad le aqueja. Es como si un veneno le hubiera sido inoculado, y tras la actuación ha de ser ingresado. Pasa tres meses en el hospital y a través de él vivimos el proceso de su enfermedad y todo lo que esta conlleva: la fragilidad, la dependencia, la obligada convivencia en aquel templo del dolor, la relación con médicos y enfermeras, la necesidad de sucumbir ante las drogas. Aquella prolongada convalecencia lleva a Z. a analizar su situación actual y también su vida anterior, preguntándose si algo en ella pudiera haber causado su mal. La conclusión no es evidente, pues la obra plantea más que sanciona, explora más que determina. Pero quizás la clave la encontramos en la ardiente defensa de la pasión que Z. expresa en sus escritos:

     “La razón no es nada. La pasión lo es todo.[...] El sentido de la vida es la pasión que reluce tras las formas”. (p.197).

     Y Z. ha perdido la pasión por la música. La vivió con intensidad, pero las largas horas de dedicación, la incansable búsqueda de la perfección en el detalle, lo llevaron a perderse en la técnica y a dejar de disfrutar la música para convertirse en mero transmisor de su belleza. La música “había perdido la esencia divina, su suprema vibración” (p.101).
   

DEGAS: L’attente

      Una voz en su interior le propone, y también alguno de sus médicos, que quizás la razón de aquella desazón que le invade tiene una causa concreta: E., la mujer a la que ama. Ella es inteligente, bella y sensual, pero incapaz de entregarse a los sentidos: es frígida. Casada y admirada por multitud de hombres, sólo Z. ha sabido hacerla vibrar, aunque tan sólo a través de su música. Z. la ama pero, postrado en su cama, reconoce que aquella relación tiene una carencia importante. Como la música que es tan sólo pura técnica.

     ¿Será que el ser humano pleno necesita algo más que la perfección formal, y sólo conjugando espíritu y pasión alcanza su plenitud? El sentido de la vida está en entregarse a ella sin reservas. E. es absolutamente hermosa, pero está enferma, su frigidez la incapacita para una vida armoniosa. Como ahora la vida de Z., carente de emoción, es una vida enferma e inválida. “Eso era la vida, un fenómeno sensual y carnal, apasionado y vulgar” (p.111), concluye Z. con cierta desazón. Algo quizás demasiado alejado de la vida que él conducía, entregada en exclusiva a la búsqueda de orden y destreza absolutos, puro espíritu, como aquello que le ofrecía su amada. Un amor y una vida cercenados, incompletos, como podría decir Nietzsche, carentes del obligado tributo a Dionisos, a la carnalidad y la banalidad que forman parte del ser humano.


Théodore Géricault (1791-1824) El beso 

     Entre los mejores pasajes del libro se encuentran aquellos que reflejan la relación de Z. con sus cuidadores, médicos y enfermeras, y, muy especialmente, con aquello que le proporciona alivio: las drogas. Compara la diaria inyección de morfina con una cita amorosa en la noche, un lujurioso encuentro ilícito, tanto más inmoral cuanto más deseado, que durante unas horas lo sustrae del mundo, del dolor y le proporciona un éxtasis como el que sólo otro ser humano puede proporcionar. Pero este placer es considerado una caída por Z., para quien “el placer irresponsable” es inadmisible (p.161). Sólo la conciencia plena puede ofrecernos alguna felicidad exenta de culpa (p.160), puntualiza. Su visión de la vida se caracteriza por un férreo orden moral, y la droga, como la enfermedad, son una suerte de desviación. Pero en ocasiones es inevitable dejarse caer para ver más allá. ¿La otra orilla que tanto menciona, quizás? Esta reflexión es la que plantea a Carissima, una de las monjas, que le niega una última inyección de morfina antes de abandonar el hospital, curado ya: ¿Que es pecado? ¿Acaso no da lo mismo?, replica Z. a la mujer moribunda, enferma de leucemia. ¿No vas a morir?, ¿no vamos a morir todos?, ¿no da todo igual?, ¿quién dice otra cosa?, parece insinuarle. Y ella asiente y le aplica una dosis casi mortal. Quizás presiente que Z. ya nunca se recuperará completamente, que en realidad le está ayudando como aquella voz de mujer que Z. escuchó en la noche pidiéndole que viviera, que no se dejara morir, que luchara.


Munch: El grito
  
     Este mismo consejo es el que le da el médico chamán con quien Z. mantiene una conversación infrecuente, más allá de “las convenciones sociales, al borde del abismo” (p.225), poco antes de abandonar el hospital. Es un médico guía, un nexo entre Dios y los humanos, dice él mismo. Su recomendación a Z. es luchar, enfrentarse, no entregarse ni a la enfermedad ni a los remedios, ni a las secuelas, ni a la recuperación. Tras la enfermedad que ha abierto aquel paréntesis de crisis y reflexión en su vida, es preciso seguir adelante. “Y luego, si la vida nos llama...” (p.252). Pero esto, quizás, no es para todos, no siempre se percibe la llamada de la vida:

     “Oh, vivir es una gran responsabilidad. Imagíneselo, vivir entre la gente... Muchos no lo soportan. ¡Cuántos intereses! El tedio, la vanidad, la ambición, los sentidos; y detrás de todo, la muerte... ¿Quién puede soportarlo sano siempre, durante toda una vida? Pocos, muy pocos” (p.250).

     La tendencia del ser humano es buscar el orden, poner armonía en el mundo, pero, quizás, el caos es demasiado grande y la tarea excesiva. Sólo en el acto de la creación puede el hombre emular a Dios, intentar equipararse a él y alcanzar la excelencia (p.105). Z. lo consiguió al acercarse a la esencia de la música pero, tras perder su hechizo, exhausto, sucumbe a la enfermedad y esta se convierte en un camino de dudas: la vida o la muerte, la lucidez o la locura de las drogas.

     “La vida es veneno si no creemos en ella, si ya no es más que un instrumento para colmar la vanidad, la ambición y la envidia. Entonces uno empieza a sentir náuseas” (p.179).


miércoles, 28 de marzo de 2012

D. H. Lawrence, el fénix o el puercoespín


LAWRENCE, D. H. Reflections on the Death of a Porcupine and other Essays. Bloomington: Indiana University Press, 1969.

Recuerdo la visita al cementerio de Père Lachaise: no encontramos la tumba de Benjamin Constant, a pesar de la amable disposición de un buscón, pero sí la aburrida lápida de Proust convenientemente engalanada con una magdalena. Poca cosa esta en comparación con el jardín botánico del panteón de Allan Kardec.


[La tumba de Kardec en Père Lachaise. La fotografía es de la Wikipedia. ¿He hecho bien la “attribution” y me libro de una denuncia por parte del artista?]

En Père Lachaise pude distinguir cuatro tipos de visitantes: los necroturistas, los buscones de placer, los necroturistas buscones de placer, y los devotos de Kardec. Hacía unos quince años que no me reencontraba con Kardec. Por supuesto, me refiero a su nombre. Por aquellos años andaba yo leyendo más que Cervantes, cualquier cosa: es lo que tiene la juventud: una salud carroñera. Hoy mi estómago, casi ya bovino libro, sólo me consiente rumiar dos o tres textos raídos y ablandados.

Kardec, Blavatsky... Cuando se inauguraban el positivismo, el culto al progreso, el materialismo y el imperialismo, en los Estados Unidos y en Europa había quien deseaba demostrar no sólo la existencia de lo sobrenatural, sino también su realidad nada irracional y, por lo tanto, su relación con los fenómenos de la Naturaleza empírica. A partir del magnetismo animal de Mesmer, comenzó la manía de hacer de lo sobrenatural algo natural. Al mismo tiempo, hubo quienes reducían lo espiritual a lo terrenal y lo racional a lo irracional, pero estos eran tipos como Nietzsche y Freud. Por otra parte, Blavatsky, por ejemplo, decía atenerse a la verdad, a toda la verdad y nada más que a la verdad. Como Freud, por ejemplo.


[La madre de Helena Blavatsky. Iba a poner a la hija, pero ¿han visto las fotografías?]

Tal vez el caso más memorable sea el de la relación entre Henry Slade y Zöllner. ¿Y no se dedicó Newton al estudio de la alquimia? Slade y Zöllner por lo menos se dedicaban a algo más serio: la cuarta dimensión. Y es la cuarta dimensión lo que he vuelto a encontrar esta semana mientras traducía “Reflections on the Death of a Porcupine”, de D. H. Lawrence. Ya sabía que eso de la cuarta dimensión había calado en el siglo XX: al último que se lo había oído mencionar fue a Duchamp, pero en esta ocasión, como todo que tiene que ver con Duchamp, la cosa era bastante más racional de lo que alguno pensaría: la cuarta dimensión tenía que ver más con Einstein y Poincaré que con el fantasma de Canterbury. Pero todavía en el primer tercio del siglo pasado la cuestión de la cuarta dimensión estaba de moda. En una entrevista concedida en 1946, Duchamp, hablando de la época de los ismos, dice: “There were discussions at the time of the fourth dimensión and of non-Euclidean geometry. But most views of it were amateurish” (SANOUILLET, Michel & PETERSON, Elmer (ed.). The Writtings of Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, p. 126).


En 1925, D. H. Lawrence publicó Reflections on the Death of a Porcupine and other Essays. Es en el ensayo que da título al volumen donde más insiste en la cuarta dimensión. Al enunciar la tercera de las inexorables leyes de la vida, escribe: “That is to say, the ultimate source of all vitality is in that other dimension, or region, where the dandelion blooms, and which men have called heaven, and which now them the fourth dimension: which is only a way of saying that it is not to be reckoned in terms of space and time” (LAWRENCE, ob. cit., p. 210).

En el ensayo “Him with his Tail in his Mouth”, afirma que “Creation is a fourth dimension, and in it there are all sorts of things, gods and what-not” (p. 135); “In the fourth dimension, in the creative world, we live in a pluralistic universe, full of gods and strange gods and unknown gods” (p. 137).

Me ha costado leer a Lawrence. No estoy acostumbrado a estos galimatías, a esta mezcla de cultura libresca, ocurrencias propias, cínico (y lúcido) sentido común y extravagancias pseudomísticas y pseudointelectuales. Lawrence igual se aferra a Nietzsche (al que todavía no se le tenía ningún respeto): “This we know, now, for good and all: that which is good, and moral, is that which brings into us a stronger, deeper flow of life and life-energy: evil is that which impairs the life-flow” (p. 130); que demuestra no solo no entender a Nietzsche, sino ser, además, la antítesis de la probidad intelectual que Nietzsche no se cansó de defender, como se puede comprobar en las dos primeras páginas del ensayo “Blessed are the Powerful”.

Entiendo mejor a Heidegger que las explicaciones de Lawrence sobre la existencia, el ser y sus relaciones. No entiendo casi nada de este libro porque sólo veo una lógica: aquella antifilosófica actitud que hace precisamente del quod nihil scitur el fundamento de un conocimiento. Así es como se habla de la existencia de algo “desconocido” en lugar de confesar la propia ignorancia y la propia incapacidad de pensar. La “lógica” sería la siguiente: “No sé, luego lo desconocido existe”. Y una vez que se “establece” la existencia (¿o era el ser?) de esto “desconocido” (¿o era la cuarta dimensión?), ya es posible cualquier desbarre.


[La ilusión de Zöllner. No sólo Zöllner tenía ilusiones, sino que además cuando miro durante mucho rato esta imagen entro en la cuarta dimensión del sueño]

Miedo me da pensar, ahora que está de moda la Física y ya vamos por las once dimensiones, las combinaciones que se pueden estar haciendo con el Espíritu Santo y la ley de la gravedad. Quiero imaginar que Lawrence tenía mucha pena por no ser hispanohablante, porque “puercoespín”, si se fijan, contiene en sí mismo un “spin”: de ahí a “reflexionar” sobre la duodécima dimensión, sólo hay un erizo.

sábado, 24 de marzo de 2012

Jigsaw puzzle (1)



viernes, 23 de marzo de 2012

La imposibilidad de una isla



No existe la posibilidad de una isla, y menos aún de una roca. Sólo  espejismos

Sé que no soy quien remueve tus entrañas, sólo quien las irrita.
Y luego está el espejo del mundo, que todo lo tergiversa, pero  ofrece su versión multiforme

Bien educado no es lo mismo que domado
Cuanto más digo, más me desdigo

Dios esclavo del placer
Todo depende de la capacidad de soportar la realidad. Pero, qué es todo? una angustia eterna?
El punto lo es todo, si no, es un punto y aparte

Rodilla en tierra y mano ofrecida para que la bese
Una genuflexión?

Qué más quisiera que  vivir en la inocencia

No eres difícil, eres complicado

Te deseo. Te anhelo
Con una fuerza descomunal
Ese delicioso néctar, esa ambrosía

Pero llega esta fina cuerda que nos tensa
Invisible y dura
Cruel egoísmo satisfecho, aquel de los que no carecen. Quinta columna? poesía? amor? 

Cierras tus puertas para mí

ya no me necesitas

Eres único, pero no el único.

martes, 20 de marzo de 2012

Ajedrez en las aulas




Tendría yo unos siete años cuando mi tío nos enseñó, a mi hermana y mí, a mover las piezas sobre el tablero. Sólo recuerdo una tarde, y haber llegado al mate pastor. A mi tío lo veíamos una vez a la semana y, ese día, durante poco tiempo. Mis padres tenían un juego de ajedrez, pero nunca los vi jugar ni jugaron con nosotros. Yo seguí con mi pelota y mis libros, y luego sólo con los libros. El ajedrez parecía haber desaparecido de mi vida. Casi con treinta años, una mañana me levanté y sentí la absoluta necesidad de comprar un juego de ajedrez. Yo vivía solo. Me dediqué a repasar los movimientos. Tenía el pequeño tablero magnético sobre la mesa, con las piezas en orden de salida. Todavía lo tengo, aquí, a mi lado. Cada vez que lo veía, sentía una extraña y tensa paz que ponía inmediatamente en movimiento caótico mis escasas neuronas. Todavía me pasa. Casi con cuarenta años me animé a recibir clases, y me federé, y participé en campeonatos. Era como si el ajedrez hubiese estado palpitando silenciosamente dentro de mí en estado de latencia durante veinte años.

Ni que decir tiene que juego muy mal. Y que la manía de pensar, leer y escribir siempre tiende a que reflexione más sobre el ajedrez mismo que sobre la técnica del juego, y a que lo busque por la Literatura, y a que lo emplee en mis escritos (El ajedrecista, Vidas y opiniones de los ajedrecistas ilustres, por ejemplo). Pero no sólo el ajedrez me hace ir más allá del ajedrez, sino que también me gusta el juego. Si me pregunto por qué el ajedrez se quedó en mí y no en mi hermana, la única respuesta que encuentro es porque el ajedrez y el juego mismo me reportan placer.

Muchos años después de haberme enseñado a mover las piezas, mi tío me contó que mientras estaba en la universidad había jugado bastante. Y también que finalmente dejó de jugar porque la mayoría de la gente se lo tomaba a la tremenda, tanto ganar como perder, y que sobre y alrededor del tablero se generaban casi tantas enemistades como amistades. Por lo visto, estaba en juego el orgullo, el orgullo y los golpes donde más duele: si el ajedrez es cuestión de inteligencia, el derrotado es más tonto que el vencedor. Es una manera de ver el juego, una manera de verlo muy extendida, creo. Siempre he pensado que a un hombre puedes llamarle ladrón, asesino o lo que sea, y que bien puede no inmutarse e incluso tenerlo a honra, pero si le llamas tonto se arma la de Dios es Cristo. De alguna manera, y aunque parezca lo contrario, todos saben qué es lo que hace que un hombre no sea ni un helecho ni un perro, y no es ni comer, ni beber, ni defecar, ni copular, ni tener dinero ni trabajo ni coche ni apartamento en la montaña.

Recuerdo mi primer campeonato. La sensación no se me olvidará, y en cada campeonato se repetía. El árbitro anuncia que se pueden poner en marcha los relojes. Y se hace el silencio. Y levantas la cabeza y ves a más de cien personas sentadas, calladas, concentradas, pensando. Durante horas. Nunca había visto nada semejante. Y mucho menos en un aula, y ni que decir tiene que tampoco en la biblioteca de una facultad universitaria; ni siquiera en época de exámenes. Con el tiempo fui viendo más cosas. Vi a niños de cinco años hacer trampas como inveterados tahúres; vi a niños no respetar el silencio, a los demás jugadores; vi a niños extremadamente legalistas abusando del reglamento (“¡Árbitro, ilegal!”), ajenos a la más mínima cortesía; vi a adultos romper planillas en las narices del vencedor; vi decenas de hábiles trampas en las partidas rápidas; vi juego psicológico sucio; vi envidia, rencor, animosidad; vi llorar a niños y vi a padres cabreados como monas; vi pedantería y soberbia; vi escandalosas faltas de educación; vi la política de los intereses entre bambalinas. Y, por supuesto, vi todo lo contrario.


[Problema para expertos en ajedrez: Mueven negras: ¿cómo es posible esta posición? El peón en b8 se mantuvo así hasta el final de la partida, que ganaron las blancas. Imagen extraída de una partida real entre Pilar, que jugaba con blancas, y una niña de seis años]

A mí el ajedrez me ayudó de dos maneras: ciertamente recuperé memoria y me dio la oportunidad de volver a ponerme en el lugar del ignorante, en clase, ante un profesor, con todo por aprender: por fin podía darle algo que morder a mi insaciable curiosidad y mi hambre por saber. Por lo demás, no me ayudó lo más mínimo a asimilar la frustración de la derrota: me tragaba el cabreo con toda educación, claro, e incluso eso no me impedía ver y apreciar de viva voz la mayor calidad del juego de mis rivales. Pero eso siempre había sido así. Desde muy pronto vi en el juego no un uno contra uno, sino un juego entre dos que tratan de hacer los movimientos más hermosos, que son los que llevan a la victoria: no está en juego el orgullo de la inteligencia, sino el ánimo de hacer una partida hermosa. Otros, la mayoría, lo ven de otra manera. Pero esta visión del ajedrez ya era mi visión general de las cosas.

Por lo visto, el Parlamento Europeo ha propuesto el ajedrez como asignatura en los colegios. Por lo visto, el ajedrez “puede ayudar a los niños a desarrollar el sentido de la creatividad, la intuición y la memoria […]El ajedrez enseña valores como la determinación, la motivación y la deportividad y es accesible para los niños de cualquier grupo social, por lo que puede servir para mejorar la cohesión social y contribuir a objetivos políticos como la integración, la lucha contra la discriminación, la reducción de las tasas de delincuencia e, incluso, el combate contra diferentes adicciones”.



En diciembre de 2011, mi tío me envió un artículo de Álvaro Van der Brule (publicado en El Confidencial, 3 de diciembre de 2011) en el que el autor dice “Es triste y lamentable que este juego no forme parte de la formación […] En los niños, en particular, encauza la hostilidad de manera constructiva y creativa […] nos puede proporcionar una nueva luz para reestructurar nuestras vidas, reacciones, visión personal sobre el mundo y la humanidad […] el ajedrez educa para solventar con elegancia y corrección, y con alta observación y precisión quirúrgica, aquellas situaciones que se nos presentan resolviéndolas con técnicas extrapolables a la vida cotidiana”.

Creo que ha quedado claro mi amor al ajedrez. Pero de lo que ahora se trata no es del ajedrez, sino de la formación en los centros educativos. Supongo que muchos amigos del ajedrez estarán contentos, o incluso entusiasmados, con la propuesta en el Parlamento Europeo. Yo, no. Yo no entiendo esa actitud que mendiga relaciones para dar prestigio a algo. El ajedrez no lo necesita. Y, por otra parte, no veo cómo puede aportar prestigio la relación con la política. Porque aquí estamos ante la política, no ante la educación. Y este es el problema. El problema de siempre: la falta de seriedad absoluta de los políticos; y soy generoso y no digo falta de buena voluntad o falta de la mínima sustancia gris.

Tampoco me interesa el punto de vista científico-económico, que podría resumirse en esta pregunta: “¿Realmente la ciencia ha demostrado las ventajas del ajedrez hasta el punto de realizar una inversión millonaria?”. Sobre la ciencia también tengo mis opiniones (y mis conocimientos, escasos, sí), y la perspectiva crematística ni la contemplo. Quiero hablar de educación. Y mi pregunta es: ¿Por qué el ajedrez y no el judo o el yoga? Y la pregunta no está dirigida contra el ajedrez, por supuesto. Pero el judo y el yoga también “pueden” fomentar la creatividad, la intuición, la memoria, el autocontrol, la convivencia… Pero es que todo eso, y más, ya lo fomentan y explotan la Literatura, la gramática, las Matemáticas, la Física, la Filosofía… O, mejor dicho, “pueden” hacerlo.


[Problema para expertos en ajedrez: Mueven negras: ¿cómo es posible que las negras tarden más de media hora en abandonar? Imagen de una partida real que jugué, con blancas, contra una niña de doce años]

Yo puedo memorizar diez aperturas y otras tantas defensas, y puedo memorizarlas sin entenderlas o entendiéndolas. Puedo memorizar diez poemas y diez fórmulas de química, y puedo memorizarlas sin entenderlas o entendiéndolas. Puedo recoger, al final de una partida, las piezas con el mayor silencio después de dar la mano y felicitar a quien me ha ganado, o puedo hacer todo lo contrario. Puedo terminar un examen y hacer ruido, y puedo copiar durante el examen, y puedo echarle la culpa de mi fracaso al profesor, a mi familia, a la sociedad y al ser o a la nada o al devenir. Puedo pensar que este jugador es tonto y puedo pensar que mi compañero de clase es tonto. Puedo aprender a pensar y a convivir a través del ajedrez y del judo y del yoga y de la Literatura y de las Matemáticas.

¿Ajedrez en las aulas? Entonces yo me pregunto: ¿Por qué se ha dejado de estudiar lógica; por qué se ha dejado de estudiar latín y griego; por qué se ha dejado de estudiar Filosofía? ¿Por qué una nueva actividad: acaso la Literatura, la gramática, las Matemáticas y la Filosofía son incapaces de enseñar a pensar, a autocontrolarse y a convivir? ¿Se ha demostrado que esas asignaturas son un fracaso? ¿O qué ha fracasado para sentir la necesidad de incluir una actividad que “puede” fomentar la memoria, la concentración, la reflexión y la convivencia?

Escribe Daniel Pennac: “Su profesor de matemáticas y yo les habíamos enseñado también a jugar al ajedrez. Y no lo hacían tan mal, ¡palabra! Habíamos fabricado un gran tablero mural que me regalaron cuando me marché (“Ya haremos otro”) y que conservo piadosamente. Sus proezas en ese juego considerado difícil – era la época del famoso campeonato Spassky-Fischer -, la confianza que habían adquirido al derrotar a algunas clases del instituto vecino (“¡Hemos ganado a los latinistas, señor!”), no fueron ciertamente ajenos a sus progresos en mates aquel año, ni a su obtención del certificado de estudios primarios” (PENNAC, Daniel. Mal de escuela. Barcelona: Debolsillo, 2009, p. 140. Traducción de Manuel Serrat Crespo). Años setenta, un centro educativo con chavales conflictivos. Pennac habla de ganar confianza derrotando a otros. No me gusta este punto de vista. Tampoco me gusta que pase por alto el papel que jugó el ajedrez durante la Guerra Fría por culpa de su relación con la política.


Si pienso en el ajedrez, prefiero que no pase a las aulas a través de la política. De hecho, me consta que en muchos colegios ya se enseña a los niños a jugar al ajedrez, y tienen clubes de ajedrez, y organizan campeonatos de ajedrez. ¿Qué necesidad hay de la mediación política, institucional? Pienso que liarse con la política lo único que conseguirá será enlodar el ajedrez.

Pero no pienso en el ajedrez. Pienso en que he visto a niños de seis años entrenados por sus profesores de ajedrez para hacer trampas, para abusar de las normas; y que he visto a niños maleducados que no respetaban a sus compañeros de juego; y que he visto a padres animar a sus hijos para que sean hienas sobre el tablero; y que he visto a adultos que sólo sabían jugar al ajedrez (como aquel pobre tan pobre tan pobre que sólo tenía dinero); y que he visto a adultos, excelentes jugadores de ajedrez, que por lo demás eran unos catetos y unas bestias pardas.

Yo creo que casi todo puede casi todo dentro de los límites de cada cosa. Y creo que la Literatura, la lógica, las Matemáticas, la gramática, el latín y la Filosofía no son los que han fracasado, y, por lo tanto, no necesitan ni sustitutos ni refuerzos. Se puede enseñar a jugar al ajedrez de muchas maneras: y, al fin y al cabo, se trata de desarrollar una habilidad a través del estudio y la práctica. Se puede enseñar Literatura de muchas maneras: y, al fin y al cabo, se trata de desarrollar una habilidad a través del estudio y la práctica.

Prefiero quedarme con esto otro que escribió Pennac al recordar a los profesores que le ayudaron a salir de su estado de zoquete: “Sin duda tenían otros intereses, una gran curiosidad, que debían de alimentar su fuerza, lo que explicaba entre otras cosas la densidad de su presencia en clase […] Esos profesores no compartían con nosotros solo su saber, sino el propio deseo de saber. Y me comunicaron el gusto por su transmisión” (PENNAC, ob. cit., p. 221).

Comunicar el deseo de saber y el gusto por su comunicación a través de la comunicación del saber. Profesores, padres, y no sólo profesores y padres: yo, por ejemplo, no soy ni padre ni profesor. ¿Qué falla? Literatura, Matemáticas, Filosofía, judo, yoga, ajedrez. ¿De verdad no sabemos qué falla?