sábado, 21 de agosto de 2010

QUÉ ES SER EDITOR

WOLFF, Kurt: Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka. Madrid: Acantilado, 2010. (Traducción de Isabel García Adánez).

[Sello de la editorial Kurt Wolff]
Wolff: Grande. Esbelto. Rubio. Vestido con un traje gris inglés. Elegante. Cabello suave. Completamente rasurado. Rostro juvenil. Ojos gris azulado, capaces de adoptar una expresión dura”. Así describe Robert Musil a Kurt Wolff en su diario a principios de enero de 1914 tras la visita que le hizo en Leipzig. (MUSIL, Robert: Diarios. Madrid: DeBolsillo, 2009, p. 424).

A veces resulta inevitable dejarse llevar por cierto triste cinismo y preguntarse si realmente existieron hombres (y editores) como Kurt Wolff; y este cinismo se vuelve todavía más triste cuando inevitablemente se responde que sí para acto seguido hacer la verdadera pregunta: ¿Existen ahora? El cínico se hace preguntas retóricas para dar la tristeza por respuesta.

El primer tercio del siglo XX tuvo en Centroeuropa algo más que un escenario bélico y la marmita en la que se cocinó el mundo de hoy: fue el crisol en el que se fundieron artes y personas de una valía como no se conocía, quizás y exagerando, desde el Renacimiento.

Kurt Wolff, según sus palabras, sólo tuvo un objetivo: editar con calidad obras de calidad. Esto parece una perogrullada, cuando no una tontería, pero si alguno de ustedes ha tenido la ocasión de tratar con editores, sabrán que lo que pretendía (y realizó) Kurt Wolff es tan raro como un perro verde. En primer lugar, llama la atención el trato educadísimo y afectuoso que mantenía con los autores. En segundo lugar, y como se ve en el caso de Kafka, realmente era cierto que no apostaba por el éxito crematístico inmediato. A este respecto, son realmente emocionantes las palabras que le dirige el 3 de noviembre de 1921: “No debe usted tomar los éxitos externos que alcancemos con sus libros como baremo para medir el trabajo que dedicamos a su distribución. Usted y yo sabemos que, por lo general, son precisamente las cosas mejores y más valiosas las que no encuentran eco de inmediato” (p. 196).


En este precioso volumen, el editor recuerda y da su visión, imprescindible por haber sido testigo, arte y parte de su tiempo, de los dadaístas, el Expresionismo, la polémica Kraus-Werfel, o la opinión que de las primeras obras publicadas de Kafka expresó Robert Musil (véase Die neue Rundschau, tomo 2, agosto, 1914, pp. 1169-1170). De manera ágil y no exenta de ironía nos ofrece impagables semblanzas de autores como Karl Kraus y Franz Kafka. Nos viene de inmediato a la mente, por supuesto, las que Stefan Zweig escribió, entre otros, de Weininger y Rilke (ZWEIG, Stefan: El legado de Europa. Madrid: Acantilado, 2003. [“Sin prestar atención a un hombre discreto: Otto Weininger”, pp. 239-242; “Rainer Maria Rilke”, pp. 261-267]). La dedicada a Kafka ya habíamos podido leerla (más extensa, traducida por Berta Vias Mahou) en KOCH, Hans-Gerd (ed.): Cuando Kafka vino hacia mí… (“El autor Franz Kafka”, Kurt Wolff, pp. 112-120). Madrid: Acantilado, 2009.

[Kurt Wolff y Karl Kraus]

Del máximo interés resulta la correspondencia entre Kafka y la editorial Kurt Wolff (muchas cartas iban dirigidas a la editorial, a Ernst Rowohlt y a G. H. Meyer) porque si bien no resulta complicado acceder a las cartas de Kafka, no es tan frecuente leer las que le dirigían a él. Así, gracias a que aquí contamos con todo el material, podemos ver que sí hubo quien creía en la obra del escritor y estaba dispuesto a apostar por él más allá de los beneficios económicos. Esto nos invita a imaginar que de haber vivido Kafka muchos más años, habría podido contemplar aunque fuese el comienzo del auténtico destino de su obra.

[Postal de Franz Kafka a Kurt Wolff. 11-XI-1918]

En algunas de estas cartas, Kafka quintaesencia su vida y su obra. “Recientemente me comunicaba Vd. que Ottomark Starke dibujará una portada para la Verwandlung […] que tal vez podría querer dibujar el insecto en cuestión. ¡Eso de ninguna manera, por favor! […] El insecto en sí no puede ser dibujado. Ahora bien, ni siquiera puede mostrarse desde cierta distancia” (pp. 172-3). “Ahora tan sólo me queda esperar a que me sean dados los únicos remedios que tal vez podrían servirme de alguna ayuda: algún pequeño viaje y mucha tranquilidad y libertad” (p. 174). “Si estuviera Vd. de acuerdo conmigo, le rogaría que se publicara en primer lugar Das Urteil, por la cual siento mayor aprecio que por las demás […] por la que siento un aprecio especial, es una obra muy pequeña, pero también es más poema que narración” (p. 175). “[…] acusé el recibo de la liquidación […] y comuniqué que deseaba transferir la cantidad, unos noventa y cinco marcos, a la Srta. Felice Bauer” (p. 179). “[…] por el momento no me importa en absoluto la cuestión de los ingresos. Esto último, sin duda, ha de cambiar por completo después de la guerra. Voy a dimitir de mi puesto (esta dimisión de mi puesto es, en general, la mayor esperanza que tengo), me casaré y me marcharé de Praga, tal vez a Berlín […] para mí o para el funcionario que reside en lo más hondo de mi ser, lo cual es lo mismo” (p. 181). “Estoy sufriendo un repentino brote de la enfermedad que me provoca dolores de cabeza e insomnio. Aunque esta enfermedad es casi un alivio. Me marcho al campo para una temporada larga, es más: me veo obligado a marcharme” (p. 185). “En fin, en el fondo no necesito ni un sanatorio ni un tratamiento médico, todo lo contrario, ambas cosas me hacen más mal que bien, sino únicamente sol, luz, aire, campo, comida vegetariana” (p. 193). “[…] y como es mi cabeza la que dirige mi enfermedad pulmonar […]” (p. 195).

[Postal de Franz Kafka a Kurt Wolff. 11-XI-1918]

Por lo demás y por desgracia, como casi siempre, tenemos que lamentar errores de edición. Por ejemplo: “se tocaba en casa mis padres” (p. 131); en el antepenúltimo renglón de la página 138 se abre un paréntesis que no se cierra; “Haciendo maletas hasta a 1:30” (p. 140); “Der plötzliche Spaziergang” (p. 161). Aunque tal vez lo que más llame la atención es la nueva costumbre de traducir Die Verwandlung por La transformación (p. 165), cuando poco antes, en la página 150, se conserva el título tradicional, La metamorfosis.

lunes, 9 de agosto de 2010

NIETZSCHE. CORRESPONDENCIA. VOLUMEN IV

NIETZSCHE, Friedrich: Correspondencia. Volumen IV (enero 1880 – diciembre 1884). Madrid: Trotta, 2010. (Traducción, introducción, notas y apéndices de Marco Parmeggiani).


[Nietzsche en 1882]




De 1880 a 1885, años que abarca el presente volumen, Nietzsche sufrirá experiencias dolorosas y desarrollará ideas de una transcendencia que lo marcarán y lo definirán para hacer de él el hombre y el filósofo que definitivamente llegó a ser. Como siempre en su caso (y tal vez en todos los casos, en todos los hombres y sus pensamientos), vida y obra se enredan de manera inextricable y se influyen mutuamente en una bio-grafía que no puede entenderse sino como la mera y compleja existencia de quien creando se crea y viceversa.

La enfermedad, el sufrimiento físico ya ha ganado todo el terreno posible y se ha convertido en la vida, en el hábitat interior y exterior que determina todo movimiento e idea. Por una parte, la búsqueda del ambiente ideal para que los dolores no sean atroces hace que Nietzsche emprenda un peregrinaje incesante que, a su vez, repercute negativamente en su salud, pues cada viaje le acarrea recurrentes empeoramientos. Por otra parte, el sufrimiento, junto con sus secuaces, el agotamiento y la melancolía, sólo puede ser entendido como motivo para la autosuperación, es decir, como clave hermenéutica para resistir e ir más allá de uno mismo. Si bien Nietzsche se aferra al “Yo no importo”, este no importar tiene por fundamento el no salirse de sí mismo: el hombre es la posibilidad de sí mismo como hombre-posible. De ahí el Übermensch y la voluntad de poder como poder-poderío y poder-posibilidad. De ahí, también, que el solitario sólo envidie de Epicuro su jardín y sus discípulos (p. 404).

Sin la experiencia “Lou”, sin la traición de Rée *, sin el ninguneo de sus conocidos hacia su obra, sin la enemistad con su familia, Nietzsche, asombrado al verse crear, no habría podido contemplar el móvil de toda existencia que no es inercia: una tarea a la que servir y de la que servirse para seguir siendo y llegar a ser. La profundidad, fuerza, bondad y coherencia de los sentimientos de Nietzsche se ponen a prueba cuando por primera vez en su vida tiene que vérselas con la necesidad de superar las heridas sin “caer” en el perdón ni en la compasión: el objetivo es convertir toda experiencia en un experimento que se valora por su generoso darse a la tarea superior, esa es la prueba de que uno ha transvalorado la axiología dogmática e inútil que había acríticamente heredado y de la que el hombre es víctima inocente y culpable.


[Lou Salomé, Paul Rée y Friedrich Nietzsche. 1882]


Esa monita enjuta, sucia y maloliente con sus falsos pechos […] En Leipzig no se refería a él [Paul Rée] de otra manera que “caquita” [Borrador de carta dirigida a George Rée y escrita a mediados de julio de 1883; p. 378].

Son los años del Zaratustra. Son los años en los que el hombre comienza a temer por su salud mental y el filósofo no sale de su asombro y empieza una tarea hermenéutica con su propia obra sin precedentes en la historia del pensamiento: Nietzsche se relee para intentar comprender qué (se) dice en lo que ha escrito. Con ayuda de su amigo Köselitz, llega a entender que apenas él mismo puede abarcar todo lo que ha puesto sobre el papel: el futuro estaba presente en el pasado y desde el principio el origen venía preñado de lo que habría de venir: Nietzsche es el propio devenir, la constante de su obra. Una obra que por fin se eleva a las alturas de la mística y del futuro de la humanidad: la idea del eterno retorno. Resulta estremecedor contemplar la soledad que le acarrea la incomprensión de los otros y cómo, casi en un delirio profético que tenía que verse como locura, Nietzsche juzga y predice a partir de y sobre su obra con escalofriante lucidez.

Por ahora no podremos seguir disfrutando de la lectura de las cartas de Nietzsche. Suponemos que en los próximos dos años saldrán al mercado los volúmenes que faltan. Hay que armarse de paciencia. Esta cuarta entrega corre a cargo de Marco Parmeggiani, quien ya lo había hecho con el segundo volumen, y, de nuevo, lo hace con grandísimo acierto. No hay más que ver, por ejemplo, la traducción que realiza de los poemas de Nietzsche. Obsérvese, sin querer abundar demasiado, su versión de Al mistral, pp. 502-4, y de Añoranza del solitario, pp. 507-9, y compárese con lo que se puede leer en NIETZSCHE, Friedrich: Poemas. Madrid: Hiperión, 1987. (Traducción de Txaro Santoro y Virginia Careaga); NIETZSCHE, Friedrich: Poesía completa. Madrid: Trotta, 1998. (Traducción de Laureano Pérez Latorre); NIETZSCHE, Friedrich: La Gaya Ciencia. Madrid: Akal, 1988. (Traducción de Charo Greco y Ger Groot. Para los versos, según la versión de Pablo Simon, Buenos Aires, 1970); NIETZSCHE, Friedrich: Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza Editorial, 1997. (Traducción de Andrés Sánchez Pascual). La importancia de la poesía al final de este período se puede calibrar consultando NIETZSCHE, Friedrich: Fragmentos Póstumos (1882-1885). Volumen III. Madrid: Tecnos, 2010.

Precisamente porque el buen hacer de Marco Parmeggiani no merece más que elogios, molesta bastante encontrarse con descuidos de edición: “en cincos puntos”, p. 144; “Asi que”, p. 415; con errores lingüísticos: “y vientos más fríos nos asolan”, p. 89; “yo, que durante mucho tiempo, he sido ajeno a la vida práctica, en 49”, p. 392; “quien atestiguaría como Paneth le había hablado mucho de Nietzsche”, p. 606; y, sobre todo, con bestialidades: “dió”, pp. 203 y 553.

Tampoco podemos pasar por alto cierta descoordinación, por llamarla de alguna manera, en la elaboración de la obra completa: los lectores agradeceríamos que todos los que participan en un proyecto de estas características o bien posean los mismos conocimientos o bien se consulten entre sí. Me refiero a lo siguiente: En el volumen III, p. 430, nota 620, Andrés Rubio nos dice que Nietzsche consideró como una “ofensa mortal” el hecho de que Wagner le hubiese comentado al doctor Eiser que la enfermedad del filósofo lo más probable es que se debiese a la práctica de conductas sexuales “anormales”; y Andrés Rubio añade, entre paréntesis, “léase onanismo”. Y, entre otros, cita como fuente autorizada y autoritaria a Curt Paul Janz. Esta versión de los hechos la podemos encontrar, también, en PÉREZ MASEDA, Eduardo: Música como idea, música como destino: Wagner – Nietzsche. Madrid: Tecnos, 1993, pp. 341-2; en SAFRANSKI, Rüdiger: Nietzsche. Barcelona: Tusquets, 2001, p. 265; y en ROSS, Werner: Nietzsche. Barcelona: Paidós, 1994, pp. 531-3. Pues bien, en el volumen que ahora nos ocupa, Parmeggiani nos revela, en la página 556, nota 981, que no hay que confundir la “ofensa mortal” con las “infamias”: estas últimas serían las hipótesis por parte de Wagner sobre el origen de la enfermedad de Nietzsche, y la primera no sería otra que la causada por la conversión de Wagner al cristianismo. La carta que aclara este malentendido es la que Nietzsche le envía, el 21 de febrero de 1883, a Malwida von Meysenburg (carta número 382, pp. 324-5). Según Parmeggiani, esto se sabe a ciencia cierta desde que Montinari lo demostrase con una de sus publicaciones en 1981.

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NOTAS

* Léase el imprescindible NIETZSCHE, F., Salomé, v. L., Rée, P: Documentos de un encuentro. Barcelona: Laertes, 1982. Para conocer la visión “filosófica” que Lou Salomé tenía de Nietzsche, léase ANDREAS-SALOMÉ, Lou: Nietzsche. Madrid: Zero, 1986. Para una crítica sabia y demoledora de esta obra, así como de la naturaleza humana e intelectual de Lou Salomé, véase ZAMBRANO, María: “Lou Andreas Salomé: Nietzsche”, en su Hacia un saber sobre el alma. Madrid: Alianza Editorial, 2008, pp. 183-6.

** En este mismo blog pueden leer los textos sobre los tres primeros volúmenes de la correspondencia de Nietzsche publicada por Trotta.

martes, 3 de agosto de 2010

NIETZSCHE. CORRESPONDENCIA. VOLUMEN III

NIETZSCHE, Friedrich: Correspondencia. Volumen III (enero 1875 – diciembre 1879). Madrid: Trotta, 2009. (Traducción, introducción, notas y apéndices de Andrés Rubio).


[Nietzsche alrededor de 1875]

Los cinco años que abarca este volumen nos traen a un Nietzsche que inaugura su madurez personal e intelectual, madurez que está inextricablemente ligada a tres sucesos esenciales que determinan su devenir presente y futuro.

En primer lugar, supera la filosofía de Schopenhauer. Cuando escribe Schopenhauer como educador, Nietzsche ya había dejado atrás el contenido dogmático y se había quedado con el hombre. Esta es una constante de este período (que terminará con la escritura de La gaya ciencia) y que se caracteriza por la progresiva eliminación de elementos “negativos”.

En segundo lugar, se distancia de Wagner. Dicho con recta precisión, se distancia no del hombre, sino de Wagner como wagneriano, de su música en concreto y en general de su estética. Tenía que suceder. Tan sólo la bondadosa y generosa naturaleza de Nietzsche podía transformar, todavía, la relación con Wagner (y compañía) en un resto de respeto y admiración.

Y, en tercer lugar, la enfermedad se apodera de Nietzsche, le atenaza los ojos, el estómago y lo aplasta con persistentes y terribles dolores de cabeza hasta el punto de verse obligado a renunciar a su plaza como profesor universitario en Basilea. Sabemos que este es el comienzo de sus años vagabundos y aún más solitarios. Sabemos, también, que esto coincide con lo que lo convertirá en lo que fue, en lo que es: Nietzsche, el filósofo.

No deja de sorprenderse a sí mismo como filósofo. Ha pasado de admirar a los sabios, a sentir en su fuero interno, con absoluta certeza, con la lucidez de quien tiene una meta y una misión, que la tarea filológica de desenterrar cadáveres para comprender su funcionamiento ya no es para él: Nietzsche comienza a pensar por sí mismo y todo lo extrae de sí mismo. A este período pertenece la obra, con sus dos apéndices, Humano, demasiado humano.

Por lo demás, esta nueva conciencia de su destino convive junto a las viejas y constantes cuitas para compaginar soledad y amistad de forma completamente supeditada a las condiciones de vida que su enfermedad le impone para no morir en el simple intento de estar vivo. Las cartas son, en este sentido, más reveladoras que cualquier biografía (por ejemplo, ni la magnífica de Curt Paul Janz, en Alianza Editorial; ni la de Werner Ross, Barcelona: Paidós, 1994; ni la de Rüdiger Safranski, Barcelona: Tusquets, 2001): vemos a un Nietzsche sufriente, compasivo, cariñoso, necesitado de afecto, muy ligado a su madre y a su hermana y a su propia infancia, paciente, generoso, autocrítico, benevolente. Un Nietzsche que lleva el corazón limpio y va con él por delante.

A este respecto, no sabemos si sorprende más presenciar cómo algunos de sus contemporáneos no llegaron a hacerse una idea de con quién estaban tratando, o cómo otros permanecieron fieles a su amigo demostrando una fraternidad a prueba de vicisitudes. En cualquier caso, uno no puede dejar de imaginar cómo era Nietzsche teniendo en cuenta los amigos con los que contaba: Overbeck, Rhode, Köselitz, Marie Baumgartner… Para alcanzar esta adhesión no hace falta inteligencia y filosofía, sino humanidad.

Es también en este período cuando Nietzsche, al menos durante unos años, muestra, por primera vez, sus deseos de contraer matrimonio. Ahí está, por ejemplo, la relación “especial” con Louise Ott o la declaración que le hizo a Mathilde Trampedach.

[Mathilde Trampedach]

Pero esta pretensión parece más bien alimentada por las circunstancias de algunos de sus amigos y por el frecuente contacto con Malwida von Meysenbug. De todas formas, en cuanto la enfermedad arrecia y la conciencia de su misión filosófica (es decir, individual) se vuelve más y más clara, Nietzsche no deja de confesar que el matrimonio cae, con toda probabilidad, muy lejos de su esfera vital.

De sumo interés son las palabras en las que explicita y explica el origen de su estilo aforístico. “Ahora me espanto muy a menudo especialmente cuando leo los pasajes más largos, a causa de los malos recuerdos. Exceptuando algunas líneas, todo ha sido pensado y esbozado a lápiz en 6 pequeños cuadernos, mientras caminaba: la transcripción me costaba ponerme malo casi todas las veces. He tenido que abandonar unas 20 cadenas más largas de pensamientos, desgraciadamente muy importantes, porque no encontraba nunca tiempo para extraerlas de los espantosos garabatos a lápiz […] Después olvido la conexión de los pensamientos entre sí” (p. 384; carta del 5 de octubre de 1879 dirigida a Heinrich Köselitz); “En este escrito es tan frecuente el riesgo de malentendidos; la brevedad, el maldito estilo telegráfico al que me obligan cabeza y ojos, es la causa” (p. 393; tarjeta postal del 5 de noviembre de 1879 a Köselitz). En cualquier caso, no hay que olvidar que Nietzsche hizo de la necesidad virtud y que elevó el estilo aforístico a cumbres por ahora inalcanzadas. (“Yo ya sé de un buen número de sentencias que, por ejemplo un La Rochefoucauld, a buen seguro envidiaría”, afirmaba otro sabio, Jacob Burckhardt; p. 442).

En cuanto a la edición de este volumen, tenemos que lamentar que no la encontramos a la altura del segundo. Por desgracia, en muchos aspectos parecemos haber regresado al descuido del primero. Por ejemplo, leemos: “que anteriormente con seguridad” (p. 152); “en la p. 96 o 98” (p. 158); “que su obra” (p. 235), por “que tu obra”; “los druídas” (p. 241); en la página 400 lo siguiente tendría que aparecer en cursiva y con un tamaño de letra menor: “Respuesta a una carta no conservada de Franz Overbeck”. Tampoco convence que en el lugar de El gay saber, título que tradicionalmente se ha venido usando en lengua castellana, el traductor se decante, sin justificarlo, por La ciencia alegre (p. 444 et passim). Y aunque se tengan en cuenta el conocimiento y habilidad de Andrés Rubio como traductor, no parece disculpable que a la hora de distribuir los signos de puntuación se cometan dislates como los que se pueden padecer, por ejemplo, en las páginas 57, 60, 73, 94, 146 y 241 (valga esta muestra: “Aún lamento profundamente, que la estancia por aquí haya estado llena de calamidades”), como si careciésemos de manuales de gramática y del ejemplo de Sánchez Pascual y Santiago Guervós.

jueves, 29 de julio de 2010

EL CONFUSO ORIGEN DEL ARTE O DEL MUNDO: ESCÁNDALO READYMADE

Al principio, el principio fue un escándalo: o siempre hubo o algo surgió. En cualquier caso, tanto la armonía como el caos conforman un cosmos musical, tal vez dodecafónico, tal vez cacofónico. El órgano bien pudo ser el mismo origen.



Qué lección desenmascarada ofrece aquí Akseli Gallen-Kallela, sólo podemos saberlo si vamos hacia atrás y recordamos que antes de 1888 ya había estado en París estudiando y trabajando con Bouguereau.


La bañista, de 1870, se conserva tan jovencita como una Venus recién salida de las aguas y a la que no le cuesta luchar ni contra la ropa ni contra las miradas ni contra la genesíaca espuma para aclararse las ataduras del pelo y liberar lo que surja. Pura academia que llega en oleadas a Montmartre.


Donde la Venus, una María gorda, reclama su virginal parte desde el arte de la impureza para advertir, desde 1884, de la necesidad de todas las esencias. No le hace falta levantar los brazos para pasar de la libertad a la esclavitud. También se trata de otra limpieza: la del purismo.


¿De Tolousse-Lautrec a Renoir? Han pasado trece años, tal vez la edad de la dormida, para llegar de la opacidad de los ojos desvelados a las verdades de la conciencia velada. Pero ¿qué retorno es este? ¿Renoir o Balthus?


¿Ya estamos despertando? Sin embargo, en 1951 los sueños son ya pesadillas y la metafísica se convierte, de paso de conciencia a conciencia, en crítica. ¿Balthus o Renoir?


Demasiados desnudo y sol para engañarnos, ¿verdad? Hasta la fecha es fácil: 1875. Nos protegemos, esquivamos las engañosas certezas, ronroneamos como gatos con niña.


No es Teresa dormida, raptada por los sueños. Es 1937 y parece que fue ayer, 1880.


En la transición de la nada al ser, que es siempre del ser a la nada, o en la transición de la transformación constante, nada, ni siquiera la conciencia se mantiene a salvo, vuelve al origen, porque nunca se aparta un ápice del origen. Y de ahí la confusión de esencias.


A Gabrielle se le abre la blusa en 1903: alguien puede pensar que a alguien se le está yendo la mano. Y, sin embargo, se repiten, se renuevan, son los movimientos de 1955.


¿Qué lección es esta de las primeras cosas? Una lección de guitarra.


Parece que volvemos al principio. Estamos en 1934. Y, sin embargo, El Origen, ya sabemos, fue lo primero: 1866. Cuando todo se detenga y venza el escándalo, nada habrá existido en la entrepierna de la creación.
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Bibliografía:

WALTHER, Ingo F: El impresionismo. Madrid: Taschen, 2006.
UBERQUOI, Marie-Claire: Renoir. Madrid: Unidad Editorial, 2005.
NÉRET, Gilles: Balthus. Köln: Taschen, 2003.

martes, 27 de julio de 2010

Nietzsche. Correspondencia II

NIETZSCHE, Friedrich: Correspondencia. Volumen II. (Abril 1869 – Diciembre 1874). Madrid: Trotta, 2007. (Traducción y notas de José Manuel Romero y Marco Parmeggiani. Introducción y apéndices de Marco Parmeggiani).



“Hoy te envío sólo unas palabras como acompañamiento de la fotografía de la feria […] estamos un poco movidos y sobre todo yo “feamente encorvado”, con una mirada apática en la que se expresa la necedad de la feria junto con sus licores” (carta a Erwin Rhode del 20 de octubre de 1871, pp. 225-226. En la fotografía aparecen, de izquierda a derecha, Rhode, von Gersdorff y Nietzsche).

Nietzsche llega a Basilea con todos los temores del mundo acerca de su capacidad de adaptación al ambiente universitario, es decir, al estrecho ambiente de los acomodados a una profesión y a un estilo de vida trabajoso (¿y qué vida que ha de ser mantenida por cualquier trabajo no es trabajosa?) pero cómodo y, lo que es peor, acomodado, adocenado, con muceta (dicho en honor y memoria de Miguel Espinosa). Las sospechas, como siempre que proceden de Nietzsche, se convierten, con el tiempo, en verdades. Jamás podrá ser uno de ellos y eso, por ejemplo, lo pone de manifiesto la polémica (o trifulca) que tuvo lugar a raíz de la publicación de El origen de la tragedia (y para comprenderla en todos sus detalles, resulta lectura imprescindible el libro editado por Santiago Guervós: Nietzsche y la polémica sobre El Nacimiento de la Tragedia. Málaga: Ágora, 1994). Willamowitz, el joven que quizás movido por motivos personales (¿envidia, celos, inquina?) y por un inepto espíritu gregario o de rebaño (enemigo de los discípulos del maestro enemigo de su maestro, así de enrevesado puede ser el orgullo), es visto por Nietzsche como una víctima de su ambiente y de su ineptitud no como filólogo, sino como persona y pensador (si es que esta “y” no introduce una absurdidad del tipo “cuchillo con mango y hoja”), y prevé que su desbocamiento será para el jovenzuelo un lastre con el que ha de cargar, y de hecho así fue, toda su vida. Tampoco Ristchl supo entender no ya la obra (en apariencia, y en sí misma, pensada como una cosa acabada y no como el comienzo de un destino, tan sólo un subproducto wagneriano), sino a quien la había escrito. Ni siquiera filólogos de la talla de Immermann y Usener estuvieron a la altura. (Por lo demás, véase el pequeño caos que en la edición se perpetra en las páginas 344 y 358, y las notas números 755 y 783).

El ensimismamiento en la amistad no evita que Nietzsche vaya apreciando cada vez más la necesidad y el valor de la soledad. De hecho, en el siguiente volumen epistolar, el tercero, veremos cómo Nietzsche compone el contrapunto inevitable de su obra Himno a la amistad, la pieza musical titulada (y no conservada) Himno a la soledad. De todas formas, las tentaciones acechan al pensador: en carta del 25 de octubre de 1874, le confiesa a su amiga Malwida von Meysenburg: “[…] deseo también una buena esposa, tras lo cual consideraré satisfechos los deseos de mi vida” (p. 501). Malwida será, dentro de unos años, quien le presente a Nietzsche en Roma a Lou Salomé. (Bertha Rohr será descartada con contundencia como candidata por la hermana de Nietzsche, y la marquesa Guerrieri-Gonzaga, aunque con la dificultad de estar casada, se alejará de Nietzsche en cuanto este publica la tercera Intempestiva).

Por otra parte, del embeleso de los primeros tiempos en Tribschen con los Wagner, se pasará a la afortunada salida de los Wagner de Tribschen: quizás esa distancia fue la que propició que la sensibilidad de Nietzsche estuviese más pronta a comenzar el distanciamiento respecto a Wagner y el ambiente wagneriano. En este sentido, las tres Intempestivas que publica durante el período que cubre este volumen de cartas parecen exorcismos para sacudirse de encima males en vías de ser resueltos. Nietzsche tiene cada vez más clara la conciencia de su tarea y de las condiciones de vida necesarias para llevarlo a cabo. La soledad se desdibuja, todavía, en la posibilidad de una soledad compartida en el lugar cerrado del conventículo de amigos. (Y ya sabemos, y lo veremos en el próximo volumen, cómo terminó el experimento de Sorrento). Al final le quedarán al filósofo las alturas y sus soledades. Pero, mientras tanto, algo llega para ayudarle, algo que no tiene que ver con lo bueno y saludable que predican los buenos que quieren durar mucho y bien: eso mismo que ayudó a Flaubert y a Kafka: la enfermedad. Porque Nietzsche comienza a sufrir por culpa de sus ojos y del estómago. Y parece saber ya, a ciencia cierta, con la conciencia en carne viva, que después de la enfermedad viene la convalecencia, y después de esta, un estado que ya ni siquiera se puede denominar “salud”.

En todo momento vemos a un Nietzsche que sólo puede ser visto como una persona entrañable, delicada, demasiado bueno para soportar las mezquindades de la pequeña y mezquina vida cotidiana entre los que no son sus iguales, demasiado elevado como para no dejar de ir hacia sí mismo, “A 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo” (NIETZSCHE, Friedrich. Ecce homo. Madrid: Alianza Editorial, 1989, p. 93), con ese método implacable que le llevó a decir “Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos” (ed. citada, p. 55).

La edición de este segundo volumen de la correspondencia de Nietzsche parece más cuidada que la primera. Podemos lamentar errores como los siguientes: “delibertad” (p. 136), “sin parecidos” (p. 292), “que comentarás tu mismo para ti” (p. 312), “¿cómo decirlo? más reformador” (p. 357), “está desesperados” (p. 437). Podemos suscribir las palabras que Nietzsche le escribe a su editor, Ernst Schmeitzner, el 15 de septiembre de 1874: “Yo también, igual que usted, espero que la publicación esté completamente libre de erratas” (p. 491). Por otra parte, en la página 191 leemos: “ […] recorrimos juntos en tres días el camino de Basilea a Lugano, la mayor parte del camino del Gotardo en trineo, con el tiempo más bello y en la interesante compañía de Mazzini”; teniendo en cuenta que tanto en las notas números 474 y 1128 se nos recuerda la (relativa) importancia de este encuentro, sobre todo por los versos de Goethe que se citan y se recitarán, no hubiese estado de más que los editores hubiesen añadido aunque fuese una brevísima noticia biográfica para información de todos aquellos que no tienen una idea clara de quién fue Mazzini. Por otra parte, en la página 572 se puede leer: “Aunque quizás sea más importante su propia identificación, en esas notas de la locura, con Dioniso y la de ella con la diosa Ariadna, esposa de Dioniso”. Ante la duda (por mera manía de dudar), acudimos al Diccionario de mitología clásica, 1. Madrid: Alianza Editorial, 1988 (pp. 85-86), y leemos sobre la proverbial muchacha, hija de Minos y Pasífae: “La existencia en Chipre de un culto en honor de Afrodita-Ariadna, así como otros detalles del mito, han hecho sospechar modernamente que Ariadna fuera en su origen una diosa cretense de la fecundidad de la misma naturaleza que Afrodita”. Si el autor del apéndice tenía en cuenta esta información para llamar “diosa” a Ariadna, no por ello deja de parecernos un error. En cualquier caso, resulta una prueba de la excelente traducción que tenemos entre manos el hecho de que si bien han trabajado dos traductores en la misma (José Manuel Romero Cuevas, responsable de las cartas 1-207, y Marco Parmeggiani, de la 208 en adelante), si no se nos hubiese avisado de esta circunstancia, difícilmente lo habríamos adivinado, lo cual nos dice mucho a favor de su trabajo y, sin duda, de la gran y beneficiosa influencia que sobre esta inmensa tarea ejerce, directamente, Santiago Guervós, e, indirectamente, como un ángel que guía y protege, Andrés Sánchez Pascual.

viernes, 23 de julio de 2010

¿EPICURO?

(La bacanal de los andrios. Tiziano)

Y aunque Grecia ya no era lo que había sido, porque ya no era Grecia sino la Grecia clásica de los soñadores romanos, el trasmundo de todos los renacimientos, tenía que resultar más que curioso ver y oír a Pablo, tal y como se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, en el ágora ateniense:

16 Mientras Pablo les esperaba en Atenas, estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos. 17 Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios; y diariamente en el ágora con los que por allí se encontraban. 18 Trababan también conversación con él algunos filósofos epicúreos y estoicos. Unos decían: “¿Qué querrá decir este charlatán?”. Y Otros: “Parece ser un predicador de divinidades extranjeras”. Porque anunciaba a Jesús y la resurrección.
19 Le tomaron y le llevaron al Areópago; y le dijeron: “¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? 20 Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan”. 21 Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad.
22 Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
“Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. 23 Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar.
[…]
32 Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “Sobre esto ya te oiremos otra vez” (pp. 188-189, Biblia de Jerusalén. Madrid: Alianza Editorial, 1994.)

Podemos imaginar qué estoicos y qué epicúreos eran aquellos. Podemos imaginar, incluso, qué griegos eran aquellos hombres de la stoá y del Jardín: Zenón de Citia [333-261 a. C.], el del “cuello inclinado hacia un lado” (p. 329) * , según Laercio, el también conocido como “sarmiento egipcio”, y no aquel otro, el de Elea [c. 495-440 a. C.], de quien el mismo entrañable humorista romano de mediados del siglo III, entregado, en su verdadera consolación de la filosofía (Yo, que con juvenil entusiasmo compuse en otro tiempo canciones, / ¡ay!, me veo obligado a entonar llorando tristes poemas; p. 93; BOECIO: La consolación de la filosofía. Madrid: Akal, 1997), al desencanto, la morriña y otros renacimientos o resurrecciones, nos avisa que era “discípulo de Parménides y fue también su amante” (p. 469); y Epicuro [341-271 a. C.], a quien el buen Diógenes salva de todos sus calumniadores dedicándole el décimo y último libro y asegurando que “estos (calumniadores) están locos” (p. 514).

Desde luego, Roma no paga a traidores, pero a veces traiciona, según Simone Weil:

“La aceptación de la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea, se impuso a mi espíritu como el primero y más necesario de los deberes, aquél al que no se puede faltar sin deshonrarse, desde que lo encontré expuesto en Marco Aurelio bajo la forma del amor fati de los estoicos”.
“Al menos, si realmente tengo derecho al nombre de cristiana, sé por experiencia que la virtud estoica y la cristiana son una y la misma virtud. Me refiero a la virtud estoica auténtica, que es ante todo amor, no a la caricatura que hicieron de ella algunos brutos romanos” (pp. 39, “AUTOBIOGRAFÍA” y 59, “ÚLTIMOS PENSAMIENTOS”, WEIL, Simone: A la espera de Dios. Madrid: Trotta, 2004)

Que los griegos, mejores o peores alumnos del ingenioso Odiseo, practicaban la chanza, lo sabemos de sobra: no hay más que leer sus dimes y diretes erísticos disfrazados de lógica (por los que los amigos del buen humor, el paradójico y creativo, jamás nos cansaremos de estar agradecidos a los escépticos con Pirrón a la cabeza) y, por lo demás, las puyas que se lanzaban y de las que Diógenes, el Sócrates enloquecido, fue el más preclaro exponente. Así pues no es de extrañar que estoicos y epicúreos, todavía griegos y más griegos que epígonos, hiciesen bromas con lo de Jesús y Anastasia, por culpa, claro, de la resurrección y otros renacimientos. Es que Pablo se las tenía tiesas con el pasado y se empeñaba en su transvaloración de todos los valores:

18 El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios.
19 Porque está escrito: "Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes".
20 ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad?
21 En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación.
22 Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría,
23 nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos,
24 pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos.
25 Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres

(1 Cor 1,18-25, http://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM).

Claro que antes de citar a Nietzsche, lo que se veía venir, no vendrá mal recordar algunas palabras de Heidegger:

“Nietzsche belongs among the essential thinkers. With the term thinker we name those exceptional human beings who are destined to think one single thought, a thought that is always “about” beings as a whole […] Among thinkers, those are essential whose sole thought thinks in the direction of a single, supreme decision, whether by preparing for this decision or by decisively bringing it about […] The highest decision that can be made and that becomes the ground of all history is that between the predominance of beings and the rule of Being […] Nietzsche is an essential thinker because he thinks ahead in a decisive sense, not evading the decision. He prepares its arrival, without, however, measuring and mastering it in its concealed breadth. For this is the other factor that distinguishes the thinker: only through his knowledge does he know to what extent he can not know essential things” (pp. 4-5; HEIDEGGER, Martin. Nietzsche. Volumes Three and Four. New York: HarperCollins, 1991).

Y es que Nietzsche quería saber la verdad, aunque esa verdad no fuese otra que el conocimiento de la no existencia de la verdad tal y como se la entiende. Y esa manía suya se reflejaba también, y sobre todo, en su necesidad de conocer los fundamentos vitales, históricos, reales, de lo que somos. En carta del 30 de diciembre de 1870, le escribía a su antiguo maestro Ritzschl:

“Es necesario en este punto un radicalismo total, un retorno verdadero a la Antigüedad, incluso con el peligro de ya no poder sentir como los antiguos en los puntos importantes, y de tener que admitirlo” (p. 181; Correspondencia. Volumen II. Madrid: Trotta, 2007).

Nietzsche, el filólogo, el filósofo, no quería resucitar muertos. Para él, la filología no podía ser una tarea ni mágica ni de mulos:

“Del que no aporta otra cosa que conocimientos y sentido común se puede tener necesidad para un servicio de carretero, pero nada más. No está predestinado a ser filólogo porque no es filósofo y porque tampoco es artista. Sin embargo, quien no tiene ni conocimientos ni sentido común debe ser eliminado por cualquier medio” (p. 278; El culto griego a los dioses. Madrid: Alderabán, 1999).

En el mismo libro, en la página 292, también leemos:

“El primer período fue, tal vez, el más fascinante, con naturalezas originales tan magníficas como las de Pitágoras, Heráclito, Empédocles, Parménides o Demócrito, figuras que, sin excepción, no conocen la contradicción entre lo que se es y lo que se piensa, y que demuestran claramente su teoría por la práctica”.

Entender, o, mejor dicho, saber, sin duda tiene que ver con saborear, y conocer ha de ser algo como tener contacto consigo mismo, y parece que no puede haber lo otro sin el yo ni filosofía sin filósofo ni verdad sin experiencia ni conciencia sin objeto, y todo esto y viceversa. Que Nietzsche apreciaba a Epicuro, vale; que se mofaba un poquito de él, también. Que era un auténtico especialista en Demócrito (más que Marx, y esto como osadía) y que dejó escrito lo siguiente, más de lo mismo:

“De todos los sistemas antiguos, el de Demócrito es el más consecuente” (p. 148; Los filósofos preplatónicos. Madrid: Trotta, 2003).

Sucede que en la carta a Meneceo Epicuro dice: “De todo esto principio y el mayor bien es la prudencia. Por ello la prudencia resulta algo más preciado incluso que la filosofía” (p. 563). Y una de sus Máximas Capitales, la número XXVII, reza: “De los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de la vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad” (p. 568).

Entonces, ¿quién era Epicuro: un filósofo? Pero ¿qué es un filósofo? ¿Un amigo de la verdad? ¿Y era un filósofo griego, de aquellos en los que era indistinguible vida y filosofía? ¿Y qué es ser epicúreo: es posible? ¿Y qué es volver a los griegos: una búsqueda de cómodos amigos? Porque si filósofo es quien piensa para saber la verdad, y el filósofo ha de ser más amigo de la verdad que incluso de sí mismo, y no digamos ya de Platón o Epicuro, ¿qué es eso de traer al mundo, a través de renacimientos y resurrecciones, no ya los principios de la ciencia y la fenomenología y la monadología, lo cual es irrefutable, sino un universo en el que la verdad era la verdad en un universo tan lleno que no cabía ni la nada? Pablo fue ridiculizado y Diógenes Laercio estaba triste, y Lucrecio todavía más. Y según Hegel una vez que se comienza a dudar, la duda ya no puede detenerse, ni siquiera en el pirronismo. Y un enunciado que dice que no hay verdad cae en el vacío con su clinamen ** y propaga, en espiral, el silencio.
____
NOTAS:
* Las citas de Diógenes Laercio están extraídas de Vidas de los filósofos ilustres. Madrid: Alianza Editorial, 2008.
** LUCRECIO: De la naturaleza de las cosas. Madrid: Cátedra, 1990.

domingo, 18 de julio de 2010

Nietzsche. Correspondencia I

(Nietzsche a la edad de 17 años, día de su confirmación, 10 de marzo de 1861: "La fotografía me gusta mucho, aunque la posición es algo encorvada, los pies algo corvos y la mano una especie de albóndiga" (p. 169))

Nietzsche, Friedrich. Correspondencia. Volumen I (junio 1850 – abril 1869). Madrid: Trotta, 2005. (Traducción, introducción, notas y apéndices de Luis Enrique de Santiago Guervós).


Lenta pero segura, así parece que avanza la traducción seria al castellano de los escritos de Nietzsche. Con la publicación por parte de Trotta de la correspondencia completa se pone fin a una necesidad que los interesados en Nietzsche que no sabemos el suficiente alemán padecíamos sin resignación. Se suma esta edición a otros hitos culturales: el volumen de Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, publicado por primera vez en 1967 y reeditado por Gredos en 2004; por supuesto, las traducciones canónicas de Sánchez Pascual para Alianza Editorial; la versión al castellano de la inmensa biografía de Curt Paul Janz realizada por Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera; y, más recientemente, la edición íntegra de los Fragmentos Póstumos que Diego Sánchez Meca ha elaborado para Tecnos. Ahora tenía que ser Trotta (probablemente, la mejor y más seria editorial española en la actualidad) la que asumiese la responsabilidad de esta edición, pues no en vano edita también la prestigiosa revista ESTUDIOS NIETZSCHE, cuyo décimo número, dedicado a Nietzsche y Heidegger, acaba de aparecer.

Este epistolario es lectura obligada (y por supuesto placentera) para quienes aunque ya posean un amplio conocimiento de Nietzsche, quieran oír de boca del filósofo la historia de su vida y de su obra. Nos habíamos quedado con la miel en los labios manejando selecciones de cartas no siempre traducidas en su totalidad (por ejemplo, Friedrich Nietzsche – Lou v. Salomé – Paul Rée. Documentos de un encuentro. Barcelona: Laertes, 1982, traducción de Ana Mª Domenech; Correspondencia. Madrid: Aguilar, 1989, traducción de Felipe González Vicen; Epistolario. Madrid: Biblioteca Nueva, 1999, traducción de Luis López-Ballesteros), y por fin podemos seguir paso a paso, letra a letra, vibración tras vibración, el devenir de Nietzsche.

Porque quizás no haya biografía que nos informe mejor de la vida y la obra del filósofo que estas misivas en las que seguimos la evolución que va del niño apegado a su familia (en especial a su madre, su hermana y su tía Rosalie), del joven que se toma en serio la cultura y la inteligencia y que empieza a enfrentarse a su familia por motivos religioso-filosóficos, del universitario que comienza a vivir su independencia en Bonn de forma un poco desbocada, al prácticamente adulto, el filólogo de Leipzig que a medida que hurga en la disciplina científica de sus estudios se aleja, de manera directamente proporcional, hacia la filosofía. Al final de este volumen de cartas, dejamos a Nietzsche a punto de viajar a Basilea para asumir su cargo de profesor universitario con más dudas y pesadumbre que certezas y alegría, como si ya vislumbrase cuál sería su inminente futuro en las filas de los “filisteos” (pp. 578, 583).

Vemos a un Nietzsche en potencia, preñado de sí mismo, dándose a luz por anticipado, de ánimo voluble, capaz de frivolidades surrealistas (avant-la- lettre) como las que anuncia en una interesantísima carta a su amigo Pinder de 1859 (pp. 93-94), a veces arrebatado por el entusiasmo, a veces sumido en la melancolía, en tensión entre el deseo de compañía y la necesidad de soledad, entre la necesidad de soledad y el dolor de estar solo, abducido por Schopenhauer, paradójico entre la filología y la filosofía, caprichoso e impulsivo con sus amigos, exigente y sarcástico para con casi todos, inseguro caminante de paso firme. Nos asombramos de que en sus cartas apenas hable de mujeres (recordemos que esta colección se cierra cuando tiene veinticuatro años), y nos echamos a temblar, porque conocemos el final de la historia, cuando leemos la famosa carta que el 9 de noviembre de 1868 le escribe a su amigo Erwin Rohde para narrarle su encuentro con Wagner. Nos enteramos de primera mano de su culto a la amistad, de sus amores clásicos: Demócrito, Teognis, Epicuro, Simónides… Un Nietzsche que en 1868, poco antes de ser nombrado catedrático, le dice a la mujer de su maestro Ritschl: “Pero quizás yo encuentre alguna vez un tema filológico que se deje tratar musicalmente […] ¿No es verdad que usted tiene ya una terrible prueba de que yo no consiga ocultarle mi innata tendencia a la disonancia?” (p. 517). Se avecinan las Intempestivas, se anuncia El nacimiento de la tragedia. Y a Rohde, a finales del mismo año, le confiesa: “[…] la verdad no está precisamente en el medio, sino completamente en otra parte” (p. 556). Está naciendo, en efecto, la tragedia.

Tan sólo hay que ponerle un par de peros a la edición de Trotta. Por desgracia, nos estamos acostumbrando a leer obras que parecen no haber pasado un examen riguroso en busca de la excelencia en la calidad editorial, es decir, que estén exentas de erratas y otros errores. A vuelapluma, podemos citar fallos en las páginas 127, 132 (grueso error en la datación de una carta: donde se lee 1869 tendría que haberse escrito 1860), 213, 274 (se lee un feo “debí” en lugar del correcto “debí de”), 291, 510, 562, 565, 616 (la nota “1020” es en realidad la 1029). Aunque lo que hace chirriar los dientes es “Por último, simplemente añadir […]” (p. 43), a cargo del responsable de las “Observaciones sobre la traducción”. No parecen excesivos en una obra de 662 páginas, y, sin embargo, este no deja de ser un punto de vista demasiado laxo que nos condena, a la larga, a soportar con otitis la ausencia de correctores de pruebas. En segundo lugar, en la famosa carta a Rohde en la que Nietzsche relata su primer encuentro con Wagner, leemos: “Comprenderás qué gozada fue para mí oírle hablar […]” (p. 548). Nos suena mal eso de “qué gozada” y preferimos la traducción tanto de López-Ballesteros (revisada por Jacobo Muñoz) como la de González Vicen: “Comprenderás qué gran placer fue para mí […]” (p. 63) y “[…] ya puedes comprender qué placer fue para mí [...]" (p. 118). En cualquier caso, males menores son estos que no consiguen nublar ni un poco el brillo y la solvencia de esta edición. A los lectores en alemán hay que recordarles que la edición crítica alemana ha publicado, además (lo que aquí se ha omitido), las cartas a las que responde Nietzsche o que responden a sus misivas.

Este año Trotta ha publicado el cuarto volumen de la correspondencia. Nos faltan los dos últimos. Nosotros, a medida que vayamos leyendo los tres que ya podemos disfrutar, iremos dando cuenta de su necesaria lectura.


(Nietzsche a la edad de 24 años: "Hoy te adjunto una fotografía que me representa en una situación algo atrevida. En el fondo es una falta de cortersía presentarse a sus amigos con el sable desenvainado y con una expresión tan severa y muy irritada. Hay algo de brutal en un guerrero así. Pero ¿por qué nos irrita el fotógrafo malo, por qué nos irritan todas las estupideces de la vida, de manera que nos hacen perder el aspecto fresco y lindo de las jóvenes muchachas? ¿Por qué hemos de tener el sable siempre listo? Y cuando queremos arremeter enérgicamente contra el fotógrafo malo, ¿qué hace él? Se refugia bajo su velo y grita: '¡Ahora!'" (p. 523).)

viernes, 9 de julio de 2010

READYMADE: TABLERO DE UTOPÍAS

(Síntesis)


Citas encontradas/De ahí:

1. LAERCIO, Diógenes. Vidas de los filósofos ilustres. Madrid: Alianza Editorial, 2008.

Dicen que lo bello es bueno (p. 370)

El bien en general es aquello de lo que proviene algún beneficio, y en particular es lo mismo y no diferente de la utilidad (p. 367)

/Enunciados encontrados en el muladar del abecedario.

2. CABANNE, Pierre. Dialogues with Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 1987.

CABANNE: In short, there is in chess a gratuitous play of forms, as opposed to the play of functional forms on the canvas.
DUCHAMP: Yes. Completely. Although chess play is not so gratuitous; there is choice…
CABANNE: But not intended purpose?
DUCHAMP: No. There is no social purpose. That above all is important.
CABANNE: Chess is the ideal work of art?
DUCHAMP: That could be.
(p. 19)

CABANNE: You always stayed in the conceptual domain.
DUCHAMP: Oh! Yes, completely. It was neither common nor utilitarian.
(p. 78)

/Respuestas que significan allende la pregunta no necesaria.

3. SANOUILLET, Michel & PETERSON, Elmer (ed.). The Writings of Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 2010.

SINCE THE TUBES OF PAINT USED BY THE ARTIST ARE MANUFACTURED AND READY MADE PRODUCTS WE MUST CONCLUDE THAT ALL THE PAINTINGS IN THE WORLD ARE “READYMADES AIDED” AND ALSO WORKS OF ASSEMBLAGE (p. 142)

/Aquello por lo que la cosa que no es un arte-facto: el otro coeficiente del arte.

I didn’t want to pin myself down to one little circle, and I tried at least to be as universal as I could. That is why I took up chess. Chess in itself is a hobby, is a game, everybody can play chess. But I took it very seriously and enjoyed it because I found some common points between chess and painting. Actually when you play a game of chess it is like designing something or constructing a mechanism of some kind by which you win or lose. The competitive side of it has no importance, but the thing itself is very, very plastic, and that is probably what attracted me in the game (p. 136)

/Fundíbulo. El espíritu lanzado.

But at any rate as you know, I am interested in the intellectual side, although I don’t like the word “intellect”. For me “intellect” is too dry a word, too inexpressive. I like the word “belief”. I think in general that when people say “I know”, they don’t know, they believe. I believe that art is the only form of activity in which man as man shows himself to be a true individual. Only in art is he capable of going beyond the animal state, because art is an outlet toward regions which are not ruled by time and space. To live is to believe; that’s my belief, at any rate (p. 137)

/Cuestiones monadokafkianas.

miércoles, 7 de julio de 2010

UTOPÍAS SOBRE EL TABLERO: READYMADE


En 1913, Marcel Duchamp escribía este ¿poema?

Possible

Possible
The figuration of a posible.
(not as the opposite of impossible
nor as related to probable
nor as subordinated to likely)

the possible is only
a physical “caustic” [vitriol type]
burning up all aesthetics or callistics [1]

A todos nos ha pasado: uno despierta cuando deja de creer que no estaba durmiendo y se pregunta, como si todavía fuese necesaria esta falsa humildad de la duda introductoria al saber, si no será que hasta ahora había vivido según la lección de que lo bueno es lo verdadero y lo verdadero es lo bello y esta vez, al abrir los ojos, esta tríada (se) desvela por fin como disfraz de lo útil. Entonces se recuerda lo que siempre se ha sabido, que lo útil se conoce y no es bello, ni verdadero, ni bueno; que es la estrategia de los que han acordado durar un poco más y mejor durmiendo el sueño de las estoicas garantías probables de ser.

En 1943, Duchamp inserta un problema en la invitación a la exposición Through the Big End of the Opera Glass: Mueven blancas:

Hasta ahora, nadie ha encontrado la solución. Dadá decía que no hay solución porque no hay problema.

Sobre el tablero sólo importaban los movimientos que llevaban a la victoria, y esos movimientos exitosos eran hermosos, buenos, verdaderos movimientos hacia el fin de la partida, hacia el final de partida, cuando no queda tiempo para el error y el error se manifiesta como lo auténticamente útil, lo que conduce inexorablemente a la victoria.

En 1917, Marcel Duchamp hace (a él no le gustaría que dijésemos “crea”) Trébuchet.

¿Qué hace este perchero clavado en el suelo? Un zugzwang.

Y ahora el tablero ya no es un espacio práctico, un escaqueo por el cálculo de efectos, un uso eficiente de los trebejos para aprovecharse de la ignorancia del otro y para aprovechar la oportunidad encontrada al albur de lo impensado. Ahora el tablero es la Utopía y sólo lo aún no sido, lo que será no porque ha de ser, lo posible mismo se transfigura en una relación metamórfica en la que el yo y el otro se recombinan para crear no ya la serie de los movimientos hacia la vitoria/hacia la derrota, hacia lo útil y el fracaso, hacia el total acabamiento de la partida y la retirada del tablero al silencio desértico sin piezas vivas, sin movimientos imaginados en situaciones inimaginadas en el orbe de lo útil; no para crear esta antítesis de la creación, nihilismo de la nada que se dice ser, sino para realizar, para traer a la realidad lo posible que siempre será.

En 1932, Duchamp publica en Bruselas, junto con Halberstadt, L'opposition et les cases conjugées sont réconciliées.


I added “reconciled” because I had found a system that did away with the antithesis. But the end games in which it works would interest no chess player. That’s the funny part. There are only three or four people in the world who have tried to do the same research as Halberstadt, who wrote the book with me, and myself. Even the chess champions don’t read the book, since the problem it poses really only comes up once in a lifetime. They’re end-game problems of possible games but so rare as to be nearly Utopian [2]


1901, Lasker-Reichelm. Mueven negras. Duchamp asegura haber encontrado la síntesis de lo utópico: ni siquiera importa el gusto, y mucho menos el suyo, el de quien hace. Y, entonces, ¿cómo va a importar la utilidad? Duchamp aspira a un arte puramente intelectual, de ahí el ajedrez, de ahí los readymades. ¿Y qué no lo es? En el mejor de los casos estaremos ante un readymade asistido. Si no hay diferencia entre vida y arte, entonces lo que no es buen arte no es buena vida, y si el arte sólo es arte cuando trae a la realidad lo posible, entonces no hay buena vida en la repetición. Si sólo en el arte uno llega a ser humano, un individuo libre y pensante, el arte empieza por la creación de la propia vida: no es el fin la victoria, como no lo es el otro; tampoco la partida, pues no hay final de partida ya que el número de partidas posibles es infinito; el único fin es el tablero.

1912, Desnudo descendiendo una escalera.

Vladimir J. Konečni (http://www.vladimirkonecni.net/plays/beckett/beckett.html) nos pone sobre aviso: he aquí la utopía: S. Barret, 1894, mueven blancas para hacer mate en doce movimientos:

[3]

16 de enero de 1925, Duchamp le escribe a Jaques Doucet en una carta: “I would like to force the roulette to become a game of chess[4]

Sólo podemos imaginar que un dios omnisciente, aburrido de ganar a un humano ignorante, le solicitó su ayuda al Caos para introducir la incertidumbre. Tuvo que ser el Caos, no Caissa.

(Monte Carlo Bond - 1924)

¿Caissa? ¿Calística? El estudio de Marcel Duchamp en Nueva York entre 1917 y 1918. ¿Caótica?

Preguntado por su relación con André Breton, Duchamp dice:

It’s a somewhat difficult sort of friendship, you see what I mean? We don’t play chess together, you understand? [5]


Lo posible está por encima de lo real, dejó escrito Heidegger. Y uno despierta y por fin se pregunta para qué sirve lo útil. Y no hay respuesta, como no hay solución porque no hay ningún problema, de igual manera que no había pregunta. Jeremías, en Niño Jenízaro, está escribiendo Vidas de los ajedrecistas ilustres, sorites erístico de anfibológicas aporías: “Yo soy un jugador de ajedrez. Tú eres un jugador de ajedrez. Yo no soy tú. Por lo tanto, ni tú ni yo somos jugadores de ajedrez”. Sólo es posible que el ajedrez exista sin jugadores y que el tablero sea la condición de posibilidad de todas las posibilidades ínsitas secreta, recónditamente en sus casillas, en la transgresión según la ley de sus límites internos y externos. Janis Mink subtitula su libro sobre Duchamp “El arte contra el arte”, [6] pero se equivoca, como quien dice “La vida contra la vida”, porque no hay arte ni vida ya que ese “contra” está demás y, por eso, es necesario. El arte. La vida. Nada más. Es la tensión del arco, de la ballesta, del fundíbulo del alma, esa máquina célibe o pantógrafo que tergiversa toda traducción y traiciona la ficción de especulaciones, reflejos y fractalidades para ir hacia atrás, fijar, colocar y arrojar.

fundíbulo.(Del lat. fundibŭlum).
1. m. Máquina de madera que servía para disparar piedras de gran peso. [7]

Álvaro Sanmartín ha creado este ¿problema?
Mueven blancas.

[8]
__________

NOTAS
[1] SANOUILLET, Michel & Peterson, Elmer (ed.). The Writings of Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 2010, p. 73.
[2] CABANNE, Pierre. Dialogues with Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 1987, pp. 77-78.
[3] Solución al problema de S. Barret



[4] SANOUILLET, Michel & Peterson, Elmer (ed.). The Writings of Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 2010, pp. 187-188.
[5] CABANNE, Pierre. Dialogues with Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 1987, p. 101.
[6] MINK, Janis. Duchamp 1887-1968. El arte contra el arte. Colonia: Taschen, 1996.
[7] DRAE.
[8] Álvaro Sanmartín:

martes, 22 de junio de 2010

AJEDREZ Y LITERATURA. UNA BIBLIOGRAFÍA

(Ferdinand and Miranda. Edward Reginald Frampton)

1. Introducción
2. Bibliografía

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1. Introducción

El objetivo de este artículo es realizar una modesta aportación para la elaboración de una bibliografía que sirva de guía para aquellos que tengan curiosidad por entrar en contacto con la presencia del ajedrez en la Literatura.

Criterio rector para su elaboración ha sido no incluir el título de ninguna obra que no hayamos leído. Por otra parte, se verá que el contenido de la lista está fuertemente delimitado por los idiomas que manejamos, castellano e inglés. En este sentido, citamos las obras en la lengua en las que han sido leídas, aunque en no pocos casos el lector en español podrá encontrar traducidas obras que aquí aparecen en inglés. Llamará la atención del lector atento el hecho de que se incluyan títulos de obras no estrictamente literarias o que no tienen que ver pura y duramente con la Literatura. En concreto, nos referimos al libro sobre ajedrez en el cine, de Guillermo Batlle, y a los que tienen que ver con Marcel Duchamp. En el primer caso, se ha decidido incluirlo debido a que la mayoría de las películas mencionadas en El ajedrez en la pantalla no parten de un guión original, sino que son adaptaciones de obras literarias. En el segundo caso, la faceta ajedrecística de Duchamp unida al hecho de que en su caso es casi imposible escindir vida y arte y dentro del arte unas artes de otras, nos ha llevado a considerar imprescindible su inclusión.

Aparecen aquí tres obras que recopilan textos literarios en los que el ajedrez está más o menos presente, HOCHBERG, Burt (ed.) The 64-Square Looking Glass. New York: Times Books, 1993; TRUZZI, Marcello (ed.) Chess in Literature. New York: Avon Books, 1975; y VV.AA: Cuentos de ajedrez. Madrid: Páginas de Espuma, 2005. Hemos considerado oportuno reproducir los índices para mayor ilustración del contenido. Además, en la obra de Truzzi se mencionan los siguientes títulos:

-C. V. DeVet y K. MacLean: Cosmic Checkmate (1962)
-Daniel Willard Fiske: Chess Tales and Chess Miscellanies (1912)
-Edgar Rice Burroughs: The Chessmen of Mars (1922)
-Fred Reinfeld: The Treasure of Chess Lore (1951)
-George Bernard Shaw: The Irrational Knot (1881)
-H. W. Wells: Certain Personal Matters (1898)
-I. A. Horowitz y P. L. Rothenberg: The Personality of Chess (1963)
-Irving Chernev y Fred Reinfeld: The Fireside Book of Chess (1949)
-Irving Chernev: Chess Companion (1968)
-Norman Knight: Chess Pieces (1949)
-Reuben Fine: The Psychology of the Chess Player (1967)
-S. S. Van Dyne: The Bishop Murder Case (1929)
-Sheridan Le Fanu: Checkmate (1870)


En este libro, Truzzi nos informa, a veces sin mencionar títulos, de la presencia del ajedrez en obras de Dante, Chaucer, Pope, Tennyson, Browning y Eliot (p. 139).

Por su parte, el libro de Hochberg también cita las siguientes obras:

-Edwin Valentine Mitchell: The Art of Chess-Playing (1936)
-George Steiner: Fields of Force.
-Jerome Salzmann: The Chess Reader (1949)
-Mike Fox y Richard James: The Complete Chess Adict (1987)
-Norman Knight y Will Guy: King, Queen and Knight (1975)


Para terminar con las obras de recopilación, en VV.AA: Cuentos de ajedrez. Madrid: Páginas de Espuma, 2005, se cita a George Steiner: Extraterritorial.

Quizás sea necesario añadir que en varias novelas de Martin Amis aparece, como es de todos sabido, el ajedrez, pero hemos considerado que de mayor relevancia son los títulos que finalmente constan en la presente bibliografía.Las obras de Shakespeare en las que hemos encontrado referencias al ajedrez son La Tempestad y El Rey Lear. En la siguiente página de internet, http://www.metajedrez.com.ar/, se reproducen textos bajo la autoría de Paul Coelho (El juego de ajedrez), José Lezama Lima (Alfonso X el Sabio y Capablanca), Jorge Luis Borges (“El milagro secreto”, de Artificios) y Miguel de Unamuno (Sobre el ajedrez).

A los que se interesan por el tema les recomendamos que visiten la página web ARTEDREZ (http://deludoscachorum.blogspot.com/), y animamos a todos aquellos que puedan y quieran a que nos escriban con más títulos que añadir a esta pequeña contribución para la elaboración de una bibliografía sobre el ajedrez en la Literatura.

2. Bibliografía

ALAS, Leopoldo. “Mi entierro”. En: Doña Berta y otros relatos. Madrid: Salvat, 1969.

ALLEN, Woody. “Para acabar con el ajedrez”. En su: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Barcelona: Círculo de Lectores, 2002.

AMIS, Martin. “El ajedrez es su vida”. En su: La guerra contra el cliché. Barcelona: Anagrama, 2003.
-“Ajedrez: Kaspárov contra Kárpov”. En su: Visitando a Mrs. Nabokov. Barcelona: Anagrama, 1995.

ARRABAL, Fernando. La torre herida por el rayo. Barcelona: Destino, 1987.

BAI JUYI. “A la orilla del lago”. En: Poesía clásica china. Madrid: Cátedra, 2002.

BATLLE, Guillermo. El ajedrez en la pantalla. Barcelona: Publicacions e Edicions de la Universitat de Barcelona, 2009.

BECKETT, Samuel. Fin de partida. Barcelona: Tusquets, 2006.
-Murphy. London: Picador, 1973.

BRONTË, Anne. The Tenant of Wildfell Hall. London: Penguin, 1996.

CABANNE, Pierre. Dialogues with Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 1987.

CANETTI, Elias. Auto de fe. Barcelona: Círculo de Lectores, 1994.

CARROLL, Lewis. Alicia a través del espejo. Madrid: Alianza Editorial, 1990.

CERVANTES, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Barcelona: Crítica, 2002.

CONFUCIO. Los cuatro libros. Barcelona: Paidós, 2002.

CHANDLER, Raymond. El largo adiós. Madrid: Alianza Editorial, 2002.
-El sueño eterno. Madrid: Diario EL PAÍS, 2004.

CHRISTIE, Agatha. “The Chess Problem”. En su: The big four. London: Fontana/Collins, 1972.

ELIOT, T.S. “A Game of Chess”. En su: The Waste Land. London: Faber and Faber, 1990.

FAULKNER, William. Gambito de caballo. Madrid: Alianza Editorial, 1984.

FLAUBERT, Gustave. Estupidario. Diccionario de prejuicios. Madrid: Valdemar, 2000.

GLYN, Anthony. The Dragon Variation. London: Hutchinson, 1969.

GRACQ, Julien. A Dark Stranger. London: Pushkin Press, 2009.

HARDY, Thomas. A Pair of Blue Eyes. London: Penguin, 1994.

HENRISCHS, Bertina. La jugadora de ajedrez. Madrid: Alianza Editorial, 2007.

HOCHBERG, Burt (ed.) The 64-Square Looking Glass. New York: Times Books, 1993.

CONTENTS (pp. vii-ix)

I Chess Itself

Charles Krauthammer. The Romance of ChessAndrew Waterman from The Poetry of Chess, IntroductionVladimir Nabokov from Speak, Memory
Ezra Pound The Game of Chess
Lord Dunsany The Sea and Chess

II Obsession

Vladimir Nabokov from The Defense
Stefan Zweig from The Royal Game
Walter Tevis from The Queen’s Gambit
Alan Sharp from Night Moves
Miguel de Unamuno from The Novel of Don Sandalio, Chessplayer

III Only a Pawn

Lewis Carroll from Through the Looking-GlassA. L. Taylor from The White Knight
Jorge Luis Borges ChessIan Fleming from From Russia, With Love
Poul Anderson The Immortal GameSlawomir Mrozek Check!
IV Players Real and Imagined

Elias Canetti from Auto-da-Fé
Brad Leithauser from HenceRobert Lowell The Winner
Julian Barnes Playing Chess with Arthur Koestler
John Griffiths from The Memory ManSholem Aleichem From Passover to Succos, Or The Chess Player’s StoryAlfred Kreymborg Chess Reclaims a DevoteeDavid Delman from The Last Gambit
V Caprices and Caricatures

Ilf and Petrov from The Twelve Chairs
Samuel Beckett from MurphyStephen Leacock Pawn to King’s FourWoody Allen The Gossage-Vardebedian PapersE. M. Forster Chess at Cracow (from Abinger Harvest)

VI Love New and Remembered

Anne Brontë from The Tenant of Wildfell HallThomas Hardy from A Pair of Blue EyesSinclair Lewis from Cass TimberlaneE. R. Bulwer Lytton The Chess-Board
VII Three Tantrums

Alfred, Lord Tennyson from BeckettClaud Cockburn from Beat the DevilSpencer Holst Chess
VIII Moved to Murder

Theodore Mathieson The Chess Partner
Henry Slesar The Poisoned PawnHarry Kemelman End Play
IX Confronting the Enemy

Fernando Arrabal from The Tower Struck by LightningMartin Amis from Money: A Suicide NoteKurt Vonnegut, Jr. All the King’s HorsesVasily Aksyonov The “Victory” – A Story with Exaggerations

MAURENSIG, Paolo. The Lüneburg Variation. London: Phoenix House, 1999.

MIDDLETON, Thomas. A Game at Chess. London: Ernst Benn Limited, 1966.

NABOKOV, Vladimir. The Luzhin defense. London: Penguin, 2000.

NEVILLE, Katherie. El ocho. Barcelona: Ediciones B, 2005.

PÉREZ REVERTE, Arturo. La tabla de Flandes. Barcelona: Círculo de Lectores, 1995.

POE, Edgard Allan. “Los crímenes de la rue Morgue”. En: El escarabajo de oro y otros cuentos. Madrid: Diario EL PAÍS, 2004.

SAINT-EXUPÉRY, Antoine de. Ciudadela. Barcelona: Alba, 1998.

SANOUILLET, Michel & PETERSON, Elmer (ed.). The Writings of Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, 2010.

SHAKESPEARE, William. The Complete Works. London: Oxford University Press, 1991.

STOUT, Rex. Gambit. London: Panther Books, 1965.

TRUZZI, Marcello (ed.) Chess in Literature. New York: Avon Books, 1975.

CONTENTS (PP. 5-6)

Chess as Vice and Virtue

The Morals of Chess. Benjamin Franklin
Letter From A Minister to His Friend. Anonymous
A Morality on Chess. Pope Innocent III

Chess Tales of Yesterday and Tomorrow

From Passover to Succos or The Chess Player’s Story. Sholem Aleichem
Mate in Two Moves. Charles Oliver
Mated at Last. Daniel Willard Fiske
The Chess Players. Olive M. Biggs
A Mixed Proposal. W. W. Jacobs
Exile to Hell. Isaac Asimov
End-Game. J. G. Ballard

Chess Poetic

From the Rubaiyat of Omar Khayam
To the Lady That Scorned Her Lover. Henry, Earl of Surrey
Chess: A Poem. Anonymous
The Chess Board. Owen Meredith
Charles II at Bender. J. A. Miles

Chess for Blood

A Chess Problem. Agatha Christie
The Chess Partner. Theodore Mathieson
The Moriarty Gambit. Fritz Leiber
Fool’s Mate. Stanley Ellin
A Happy Solution. Raymond Allen

Chess Fantasies

A Letter From the Land of Chess. Daniel Willard Fiske
The Queen of the Red Chessmen. Lucretia P. Hale
The Inmortal Game. Poul Anderson
Bishop’s Gambit. Stephen Grendon
The Three Sailor’s Gambit. Lord Dunsany

Chess Automata Past and Future

The Chess-Player. Anonymous
Maelzel’s Chess-Player. Edgar Allan Poe
Moxon’s Master. Ambroise Bierce
The 64-Square Madhouse. Fritz Leiber

A Final Word

The Gossage-Vardebedian Papers. Woody Allen
The White King’s War. Poul Anderson
How to Watch a Chess Match. Robert Benchley
Chess at Cracow. E. M. Forster
The End Game. John P. Marquand
Checkmate. Alfred Noyes
All the King’s Horses. Kurt Vonnegut, Jr.
UNAMUNO, Miguel de. Don Sandalio, jugador de ajedrez. Madrid: Alianza Editorial, 2009.

VV.AA: Cuentos de ajedrez. Madrid: Páginas de Espuma, 2005.

FUENTES (pp. 181-2)

APASIONADOS, OBSESIVOS, DELIRANTES

“La cuestión de la dama en el Max Lange”, Abelardo Castillo, de Las máquinas de la noche, Emecé, Buenos Aires, 1992.
“Relatos apoyados en una esquina”, Hipólito G. Navarro, de Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005.
“La botella”, David Vivancos Allepuz, de Mate en 30, Ajuntament de Barcelona, Barcelona, 2004.
“La locura juega al ajedrez”, Enrique Anderson Imbert, de El leve Pedro. (Antología de cuentos), Alianza, Madrid, 1976.
“El tablero de nácar”, Carmen Resino, inédito.
“Zugzwang”, Rodolfo Walsh, de Texto de y sobre Rodolfo Walsh, Alianza, Buenos Aires-Madrid, 2000.

ESTRATEGIA, RAZÓN Y UNA TELA DE ARAÑA

“Ajedrez”, Nana Rodríguez Romero, de Dos veces bueno 3 (cuentos breves de América y España), VV.AA., antología de Raúl Brasca, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2002.
“El rey negro”, Juan José Arreola, de Confabulario personal, Bruguera, Barcelona, 1980.
“La celada (india de rey)”, Hiber Conteris, de Información de la Ruta 1, Salvat, Barcelona, 1987.
“Partida”, originalmente “36”, Cristina Peri Rossi, de Indicios Pánicos, Bruguera, Barcelona, 1981.
“El campeón del mundo de ajedrez”, Juan Pedro Aparicio, inédito.

LA REINA Y EL REY

“Una partida de bijedrez”, Miguel Ángel Mendo, inédito.
“La partida definitiva”, Fernanda Cano, de Cuentos argentinos (una antología), VV.AA., selección y prólogo de Eduardo Hojman (con la colaboración de Daniel Gigena), Siruela, Madrid, 2004.
“Tablas”, Pedro Ramos, inédito.
WAITZKIN, Fred. Searching for Bobby Fischer. London: Penguin, 1990.

ZWEIG, Stefan. Novela de ajedrez. Barcelona: Círculo de Lectores, 2000.