miércoles, 20 de marzo de 2013

Joyce en breve


JOYCE, James. Escritos breves. Madrid: Ediciones Escalera, 2012. Traducción y estudio preliminar de Mario Domínguez Parra.

El presente volumen recoge las Epifanías, Un retrato del artista y Giacomo Joyce, piezas breves que van de 1904 a 1914, escritos que poseen valor tanto por sí mismos (por su intrínseca calidad literaria) como por constituir piezas literales y estilísticas que encajarán en obras como Retrato del artista adolescente y Ulises.

En las Epifanías podemos constatar el primoroso dominio que Joyce tenía del lenguaje. Retazos de conversaciones, sueños, recuerdos e impresiones se suceden para formar un puzle de tan escasas piezas que en principio podría ser hecho por un niño y que, sin embargo, demuestra, a través de una magistral combinación de la selección, la elipsis y la precisión, el absoluto dominio de la armonía entre los sentidos, la reflexión y la expresión lingüística sonando al unísono no ya como varios instrumentos, sino apareciendo como varios sonidos simultáneos producidos por el mismo instrumento.

Un retrato del artista nos presenta al Joyce de la penetración psicológica, al pintor de raigambre clásica que se vale de los “ismos” como de técnicas subsidiarias que en trato paródico consigo mismas y con sus antecedentes consiguen descifrar la constante y confusa relación entre memoria, ironía y tristeza, como si el pasado fuese objeto de benévola y crítica sonrisa y el hecho de que haya pasado, motivo de melancolía.

Por su parte, Giacomo Joyce se mantiene sobre sí mismo como una de las más grandes composiciones literarias, y no solo en referencia a la producción de Joyce. Se cometería una injusticia con esta obra si se la valorase únicamente como ejemplo de lo que su autor ya estaba escribiendo por entonces, el Ulises. Sin tregua para el error o el despiste, sus depurados fragmentos conforman una unidad temática, estructural y estilística de una inusitada riqueza experimental para dar cuenta de la huella del tiempo a su paso por la vida, camino de la muerte.

La introducción a estos escritos se lee con agrado. No añade nada nuevo, pero complace que aparezcan, por ejemplo, Pinter, Cage y Gould. La edición de los textos no empieza bien: “he’ll have to apoligise, Mr Joyce” (p. 76), cuando en la traducción sí se dice “él tendrá que disculparse, señora Joyce” (p. 77); “I was sure” (p. 82), y en la traducción: “estaba segura” (p. 83). Fallos casi sin importancia, en cualquier caso. La traducción, siempre complicada y más cuando se trata de Joyce, me hace dudar ante casos como los siguientes: “La llovizna repentina cesa aunque con demora; racimo de diamantes, entre los arbustos del patio, donde surge una exhalación desde la tierra negra” (p. 125); “A lo lejos, un hermosos caballo marrón montado por un jinete amarillo estampa su silueta solar” (p. 139); “un templado olor húmedo” (p. 141). Y la traducción de “clip and clip again” (p. 187) por “fornican y fornican de nuevo” (p. 199) me desconcierta un poco, pues no termino de encontrar esta acepción del verbo, aunque estaría encantado de rectificar en caso necesario.

En resumen, un buen libro y, lo mejor, Joyce: “What then? Write it, damn you, write it! What else are you good for?” (p. 192).

domingo, 17 de marzo de 2013

“Kafka enamorado” en el María Guerrero


A escasos dos metros del escenario, puede verse cómo parpadean los actores y casi se nota su aliento en la cara. Esto es lo que ocurre en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero. Esto es lo que ocurre desde el 15 de marzo hasta el 28 de abril: Kafka (Jesús Noguero) se debate entre Felice (Beatriz Argüello) y la escritura con Max Brod (Chema Ruiz) como testigo.


Luis Araújo, autor de la obra, afirma que “El texto que van a ver representado es una versión reducida adaptada a las necesidades de duración del espectáculo y fruto del trabajo colectivo con todo el equipo de montaje”. No he leído el texto original, pero después de haber presenciado la presente versión, apostaría a que aunque lo breve, dos veces bueno, no puede alejarse de la calidad de su adaptación.

En efecto, la representación no solo se apoya sobre la vívida actuación del trío de actores y una puesta en escena tan sobria como expresiva, sino, y yo diría que especialmente, en un texto que respira por la boca del propio Kafka al sustentarse de y en escritos como las cartas, los diarios y los Cuadernos en Octavo (y también, nos aventuramos a pensar, en “El otro proceso” de Canetti).

Además de conocer la obra de Kafka, son necesarias altas dosis de talento para reconocer los fragmentos esenciales y, entre estos, seleccionar los imprescindibles en función de las limitaciones de la representación teatral y para que el espectador no versado en Kafka llegue a comprender en toda su amplitud el dilema y la experiencia de Kafka así como los afectos y pensamientos de Felice y Max Brod. Y, sobre todo, es necesario entender la seriedad y trascendencia de este capítulo de la vida de Franz Kafka, en quien es casi imposible deslindar lo universal del genio, de lo característico de un hijo de su tiempo y de lo peculiar de ese hijo de su padre y de su madre.

La obra no solo se mantiene, así, fiel a los hechos y a las palabas de sus protagonistas: además juega con la posibilidad de la interpretación (inevitable siempre que se trata de Kafka, tanto de su obra como de su vida), con la posibilidad del riesgo creativo. Un ejemplo podemos encontrarlo en el encuentro sobre las tablas entre Kafka y Grete Bloch (representado también por Beatriz Argüello), en el que la exuberancia sensual y sexual con la que Kafka se conduce hacia Grete hace pensar en esa discutida posibilidad de un hijo de ambos.

Araújo no deja nada en el tintero: Kafka y su padre, Kafka y su madre y sus hermanas, Kafka y el resto de la humanidad, Kafka y el socialismo, Kafka y el matrimonio, Kafka y la mediocridad, Kafka y la literatura, Kafka y la escritura, Kafka y Brod, Kafka y su trabajo, Kafka y la locura, Kafka y el sentido del humor, Kafka y la enfermedad, Kafka y sus complejos físicos, Kafka y las mujeres. En sesenta y cinco minutos es difícil imaginar un repaso más exhaustivo y prístino a los puntos clave de una historia que todavía no ha acabado y que no lo hará mientras quede un ser humano en este mundo.

Por lo demás, quienes hemos leído a Kafka y hemos visto cientos de veces las pocas, siempre las mismas fotografías de Kafka, Felice y Brod, y nos empeñamos en imaginarlos en movimiento, de carne y hueso, no tenemos ninguna razón para quejarnos, desilusionados, de falta de verosimilitud en la interpretación (dirigida por José Pascual): nada en la representación decepciona a eso tan exigente que es la fantasía.

jueves, 14 de marzo de 2013

Consejos para suicidarse: Hume


Con la amena y sistemática simpleza que lo caracterizaba, Hume defiende el suicidio en su breve ensayo de original título, Of Suicide. Por supuesto, comienza defendiendo la filosofía, en tanto que ancila de la razón, como antídoto contra los males del oscurantismo: la falsa religión y los prejuicios.

Ordenado hasta para dar dos pasos, consigue dar apariencia de complejidad al hecho de caminar. Es decir, argumenta por qué el suicidio no es ni un mal ni un pecado ni con respecto a Dios, ni en relación a uno mismo y los demás. En el primer caso, Dios da la vida, y mientras estás vivo, cumples sus designios; y Dios también da la muerte y su posibilidad, y cuando mueres también estás cumpliendo sus designios, escritos desde la eternidad en el libro de la Providencia. En el segundo caso, si estás cansado de la vida, si la vida te supone un peso tan grande como para vencer el terror a la muerte, ¿por qué seguir padeciendo, qué sentido tiene, por qué no acabar con el mal que te mantiene en un infierno? Y, en el último caso, si eres una carga para los demás, si parasitas sin dar nada, ¿a qué viene ese empeño de molestar al prójimo? Se demuestra más maldad al hacer eso que al atentar contra la propia vida.

Por lo tanto, todo son ventajas en el suicidio. Es más, el suicidio es completamente inevitable, y lo que supone un mal, un pecado, un error, un prejuicio y un perjuicio es seguir viviendo. A Dios le da lo mismo lo que hagas, porque hagas lo que hagas siempre estás haciendo lo que Él había planeado. La vida es un estado miserable, un sobrevalorado proceso de oxidación y descomposición, una triste sucesión de dolores y desilusiones, un continuo añadir basura al universo. Y los demás pueden pasar tranquilamente sin nosotros; de hecho, si uno se fija, durante tu vida, la mayor parte del tiempo los demás se han dedicado a quejarse de ti y a hacerte reproches. Solo el miedo impide que cumplas lo que la razón dicta que hagas. La vida no es razonable, así que según los sanos principios filosóficos de Hume, hay que educarla para que entre en razón y obre en consecuencia.

Termina Hume con lo mejor de su ensayo, una cita de Plinio: "Deus non sibi potest mortem consciscere si velit, quod homini dedit optimum in tantis vitae poenis”. Con lo que demuestra que era un gran compositor de collages textuales y un no menor retórico. Así, por ejemplo, no hay más que leer su ensayo sobre el suicidio para que te entren ganas de matarte.

martes, 12 de marzo de 2013

El mundo y el no-mundo de oídas en la pantalla


Hoy, 12 de marzo de 2013, el día comienza a las cinco y media de la tarde. Mientras dejo que lentamente lo que sea yo se encuentre consigo mismo y con lo que lo rodea, veo pasar el mundo y el no-mundo por una pantalla, así que me llega de oídas, o de leídas, que viene a ser lo mismo, lejano y diferido.

Se suceden las palabras: a la espera del nuevo papa, la NASA afirma que Marte fue habitable porque ha encontrado clorometano, datos acerca de la nueva partícula que podría ser el o un bosón de Higgs, más ideas acerca de la materia oscura, posibilidad material de crear vida sintética.

Fumo, bebo Coca-Cola y café. La comida puede esperar: quizá solo es cierta. Pienso en los proyectos que me ocuparían hasta el final de mis días: Las mil y una noches, la Biblia, no cuento. Hay una nube fuera y dentro de mi cabeza que me agarrota levemente y me da pereza desperezarme.

¿Llueve fuera de estas cuatro paredes?

domingo, 10 de marzo de 2013

Las cosas, las palabras, lo posible


¿Será una incapacidad?, pero no consigo ver la relación entre las palabras y las cosas, ni mucho menos su identidad. No logro ver la supuesta naturaleza pragmática del lenguaje. No entiendo lo de “hacer cosas con palabras”, no entiendo el esquema “emisor-mensaje/medio-receptor”, no entiendo la imperante pedagogía de una segunda lengua orientada a la consecución de fines utilitaristas.

Y no se trata tan solo de que hasta el día de hoy nunca haya visto hacer nada con palabras, ni conseguir cosas con palabras, ni siquiera lo que se entiende por comunicación, y mucho menos el cumplimiento del “Hablando se entiende la gente”. Porque si bien no he visto nada de esto, siempre podría pensar que no se trata de una característica de las palabras y el lenguaje, sino de una imposibilidad fruto del uso sin pericia de la herramienta.

En principio, parece todo lo contrario. Yo digo “mesa” y el otro parece entenderme. Estamos de acuerdo. Yo digo “¿puedes darme un vaso de agua?”, y el otro incluso puede dármelo, si puede y quiere; he conseguido algo. He utilizado palabras, me he valido del lenguaje. También puedo ir al campo, recoger rosas, hacer con ellas un ramo, acercarme a alguien y golpearlo en la cara: he conseguido herir a un enemigo; por lo tanto, las rosas son para hacer daño.

Para mí no hay más lenguaje que el que aparece en la creación de obras para el espíritu, en eso que llamamos arte y Literatura, pero no exclusivamente ahí y entonces. Entiendo el lenguaje como un fondo para la revelación de la experiencia a través del umbral de las palabras: lo que posibilita lo posible.

Entre el pensamiento que (se) piensa y la vida que (se) vive no hay artilugios.

jueves, 7 de marzo de 2013

El jurado falla y acierta. Sobre el subsuelo de la Literatura

[O "Cómo seguir haciendo amigos"].


Me entero, como siempre de casualidad, sin querer y tarde, de que el 1 de marzo el jurado del Premio Internacional de Periodismo Miguel Hernández tomó la decisión de declararlo desierto debido a la baja calidad de los quince artículos que optaban a los ocho mil euros del premio.

A mí esto, qué quieren que les diga, me sorprende y no me sorprende. Me sorprende que el jurado de un concurso demuestre que el premio no estaba dado y, por lo tanto, era un auténtico concurso, y que tenga el valor de fallar con acierto. Por otro parte, no me sorprende que un concurso de escritura, especialmente de escritura periodística, quede desierto. Y ahí voy.

Igual que hay quien pronuncia muy bien para no decir nada, hay quien es capaz de redactar obviedades más o menos ingeniosas respetando la ortografía y la gramática, y como el nivel de lo publicado (aquello que reúne a los que escriben, a los que hacen negocio con lo escrito, y a los lectores) es tan bajo, se confunde el subsuelo con el suelo, por no decir con el edificio.

Hoy, basta con los rudimentos de la redacción que se les exigen a los niños de Primaria para destacar y deslumbrar. Quien no comete faltas ortográficas ni errores gramaticales, es capaz de construir oraciones que no se ajusten al orden sujeto-verbo-predicado, y emplea alguna que otra subordinada, ya es celebrado de genio para arriba por tenderos y consumidores. Lo mínimo, que no es nada, se toma como si fuese lo máximo, error del mismo calibre que el que consiste en no identificar lo mínimo con lo imprescindible, o en equiparar lo necesario con lo suficiente. En arte solo hay dos pecados: lo superfluo y lo insuficiente.

(En una nota a pie de página, Gómez de la Serna exigía que no se echara a Cervantes a los pies de los escritores como un tronco en medio del camino. Por lo visto, eran buenos tiempos: los enemigos eran los cervantinos profesionales. Ahora, la censura la ejercen los que no son capaces de escribir de manera libre y compleja, y los que no son capaces de leer a Joyce, Proust o Beckett).

Y no hay más que ver quiénes publican con mayor profusión, quiénes venden más, quiénes son más leídos (o comprados): los periodistas, esos intermediarios que venden más porque salen con mayor frecuencia en los medios de comunicación de masas y, por lo tanto, son más o menos famosos, y no, casi nunca, por el valor literario (ni intelectual) de lo que escriben.

(Un editor, con fama de digno profesional, me confesó que él solo publicaba a gente que salía en la televisión o en la radio. ¿Cuánta caja eres capaz de hacer? Este es el nivel, Maribel).

Cuando la hacen los periodistas (y que vengan Larra o Azorín a rectificarme), y la leen los mismos que se aferran al suplemento dominical, la Literatura está tan desierta como el Premio Internacional Miguel Hernández.

domingo, 3 de marzo de 2013

Ajedrez: Donde nadie es extranjero


Llegas a la gran ciudad como un apátrida nómada, más exiliado del mundo que cosmopolita. Nadie te conoce y no conoces a nadie. Comienzas a vagabundear por las calles, te asomas a portales, rostros, escaparates, miradas, gestos, ventanas, palabras: todo aparece en un código familiar con el que se forman mensajes ajenos, muchas veces incomprensibles, con el lenguaje del deseo que verbaliza infinitos objetos que se rozan y se cruzan sin apenas coincidir, igual que letras en palabras sin más sentido que el gemido.

Subes, por ejemplo, por la calle Fuencarral. Llegas a la intersección con Sagasta, a la glorieta de Bilbao. Te llaman la atención los ventanales de una cafetería. Te fijas en el nombre: el Café Comercial. Te asomas al interior: espejos, mármol, madera. Entras y huele a gente que se pasa dos horas sentados ante un café, dos horas que podrían ser dos años, dos décadas, quién sabe si más. Ya dentro, te dejas llevar por otro olor, por el perfume del silencio en medio de las voces y los ruidos de vasos, tazas, cucharillas y platos. Es un silencio matizado por un susurro de cuerpos que casi no se mueven, de pequeños elementos que se desplazan unos centímetros. Sigues el silencio y subes unas escaleras.

Ya arriba, ves que el café se prolonga. No era eso lo que te había llevado allí. Miras a la derecha: una puerta abierta. Te asomas y allí está. Allí están los ajedrecistas, más viejos que el café y más niños que sus edades. Miras los rostros desconocidos y los conoces a todos y cada uno de ellos. Inmediatamente, entiendes las miradas, los gestos, los silencios, las palabras en clave; entiendes a los que están sentados jugando y a los que miran de pie; entiendes la tensión y la relajación, el silencio y el mínimo golpe; entiendes que te miren como si tú también llevases allí horas, días, años. Todos nos reconocemos.

Los ancianos de jugar parsimonioso, los jóvenes y sus partidas rápidas, el hombre con gafas que ve cómo van pasando los rivales, el gordo que suelta una frase sobre política, el saludo punzante del envidioso, el apretón de manos al final de la partida. Es un ritual que no cesa, que parece no haber tenido principio y que jamás acabará.

Espero a que quede un sitio libre. Nos saludamos brevemente. Me siento. Empieza la partida. Se acerca el camarero con su chaqueta blanca: es otra pieza, tan desgastada y siempre sorprendente como un peón o el mismísimo rey. Entonces aprovecho para mirar a mi alrededor y echo de menos humo, humo de tabaco. Pero ha sido un instante: e4, c5, Cf3…

He llegado. El ajedrez es la tierra de todos, donde nadie es extranjero. He llegado a casa.

jueves, 28 de febrero de 2013

El bosón de Higgs por Sean Carroll


CARROLL, Sean. The Particle at the End of the Universe. London: Oneworld Book, 2012.


Da gusto encontrarse con libros como este. Sean Carroll (http://preposterousuniverse.com/self.html), físico teórico en Caltech (California), donde investiga sobre cosmología, teorías de campo y gravitación, es también autor de From Eternety to Here, obra que todavía no he tenido el placer de leer y que pondré en mi larga lista de espera. La partícula al final del universo gira alrededor del 4 de julio de 2012, cuando se comunicó el descubrimiento en el LHC de una partícula que podría ser el bosón de Higgs.

Carroll no solamente insiste en la importancia (para la ciencia y para la humanidad) de este descubrimiento, que explica con razones físicas y motivos históricos, sino que aprovecha – por rigurosa necesidad – para narrarnos la historia de los monstruosos aceleradores y "colisionadores" de partículas, así como de las personas que han trabajado y trabajan, dedicando por completo sus vidas a la tarea, en la búsqueda de los elementos que constituyen el universo observable, y, además, nos ilustra con los rudimentos básicos de física (partículas y fuerzas elementales, Modelo Estándar, teoría de campos, etc.) para que entendamos lo mejor posible la relevancia del descubrimiento del bosón de Higgs en particular, y de la búsqueda de la física de partículas en general. Y lo cierto es que consigue todos los objetivos: formar, informar, narrar una historia y pintar los retratos de sus protagonistas, y entusiasmar.

Reconozco que al principio el estilo de Sean Carroll me pareció demasiado periodístico (en el peor sentido de la palabra), pero sospecho que de alguna manera contempló advertencias editoriales (quizá como le sucedió a Lederman con su taquillero apodo del bosón de Higgs, la Partícula de Dios: “the publisher wouldn’t let us call it the Goddamn Particle, though that might be a more appropriate title”, p. 20), además de buscar la proximidad y la atención del público. Al final, Sean Carroll demuestra que se toma en serio la tarea de comunicar ciencia a los no especialistas, y se nota en que lo consigue sin hacer concesiones al efectismo, siempre grosero por insultante.

Prueba de lo que me parece una inteligencia clara que no está dispuesta a agarrar el burro mientras otro lo ordeñan, es su respuesta a la tétrica pregunta de qué interés puede tener, para qué sirve una investigación que, por decirlo de alguna manera, no terminará materializándose en un crecepelo, una lavadora o un móvil:

“We don’t have to learn how to become interested in science – children are natural scientists. That innate curiosity is beaten out of us by years of schooling and the pressures of real life. We start caring about how to get a job, meet someone special, raise our own kids. We stop asking how the world works, and start asking how we can make it work for us” (p. 13).

Porque lo que realmente nos mueve es la curiosidad: “We’re looking because we are curious” (p. 15).

sábado, 23 de febrero de 2013

Bach moderno: para toses, aplausos y móviles


Anteayer tuve una pesadilla… Acudía al Auditorio Nacional de Música… Y la pesadilla era la realidad.

No era suficiente con que en lugar de la Pasión según San Mateo se interpretase la Pasión según San Juan. No era suficiente con que en vez de una interpretación aquello fuese una parodia de lo que Bach quería que se interpretase. No era suficiente con que el piano eléctrico estuviese prácticamente muerto y lo único que colease fuese el cable, serpenteando sobre el escenario, que lo unía al enchufe. No era suficiente con que a la cellista se le desafinase una cuerda. No era suficiente con que el nutrido coro tuviese menos fuerza sonora que mi vecina cuando berrea por la ventana del patio interior. No era suficiente con que las voces solistas estuviesen representando a san Juan o a Jesús con el mismo pathos con el que podrían llevar a escena la compra de un destornillador en una ferretería.

Para que Bach fuese completamente moderno, nada de esto habría sido suficiente. Hacía falta el público. Puedo soportar un serrucho y un helicóptero si forman parte de la obra, incluso puedo soportar que un Clavinova sustituya a un órgano o a un clave. Pero reconozco que me cuesta horrores soportar la participación espontánea del público cuando ni se espera ni se le pide.


[Tenía que haber sospechado que la publicidad me enviaba un mensaje acerca de la falta de salud de lo que iba a presenciar]

Porque hubo aplausos durante la mínima primera pausa; hubo aplausos al terminar el último coro, antes de la coral con la que termina la obra; hubo aplausos cuando todavía resonaba la última nota; hubo aplausos durante no sé cuántos minutos (yo ya estaba fuera fumando) cuando por fin todos se dieron cuenta de que ahora sí había terminado el concierto. Y yo me pregunto para qué esa crueldad del público con unos músicos que lo más probable es que no diesen crédito a lo que habían estado padeciendo durante las más de dos horas de trabajo: al principio, y desde el principio, toses durante cada recitativo; luego, toses durante las arias; al final, toses en todo momento. Aquello, créanme, no parecía un auditorio, sino un centro de salud. Y los aplausos a destiempo y las toses perennes tuvieron su acompañamiento de móviles: si no sonaron cinco, sonaron siete: perdí la cuenta. Y daba gusto ver a la gente con el WhatsApp parapetado tras el libreto como aquel que está leyendo, quizá en el original alemán.

Y es que da igual que uno vaya preparado para estar más de dos horas sentado, inmóvil, sin emitir el menor ruido o sonido, con la inofensiva intención para el prójimo de disfrutar de la música. Y da igual que estés en un lugar rimbombante y mayúsculamente llamado Auditorio Nacional de Música. Todo da igual porque hay un sentido de la frase “Yo soy yo y tus circunstancias” que me obliga a no ser yo no por no poder serlo, sino por ser ese otro yo que se confunde con las limitaciones ajenas.

Sigo pensando que nada mejor que los músicos callejeros para conseguir que odies la música. Ahora, además, pienso que nada mejor que el público para lograr perfeccionar ese odio. Eso sí, luego uno se vuelve misántropo y solipsista y lo tachan de cínico e incapaz…

domingo, 17 de febrero de 2013

Diana de los que escriben


O “Elige con cuidado la metáfora”, aunque, en cualquier caso, da igual.

Imaginemos que quieres escribir y escribes. Imaginemos que quieres que te publiquen. Imaginemos que te dicen que el camino es largo y que para llegar a la meta hay que ir metro a metro pasando por cada etapa y dejando atrás jalones. Imaginemos que te dicen que hay que empezar desde la salida, de cero. Imaginemos que se te nota el desaliento incluso antes de empezar la carrera y te dicen que cambies lo horizontal por lo vertical y que para levantar un edificio y terminar en el tejado hay que empezar en los cimientos, desde abajo.

Imaginemos que ves cómo en un lugar los que escriben se reparten el territorio: en el subsuelo están los que se autoeditan y los que pagan el timo al intermediario o ladrón legal con la esperanza de que publiciten y distribuyan la obra; en el suelo están los que se dedican a vender cursos-taller de escritura y literatura en centros culturales y consiguen que una minúscula editorial les publique una obrita a cuya presentación acuden sus contactos de las redes sociales y un nutrido grupo de amas de casa; un poco más arriba, un poco por delante están los que han publicado en una editorial pequeña pero solvente y trabajan para ella o para cualquier otra como traductores; luego vienen aquellos a los que han publicado más de tres libros y han ganado algún concurso, no tienen que hacer el cretino en las redes sociales ni desplazarse de barrio en barrio para dar los cursos-taller porque les ponen el chiringuito el Motel Joyce de turno, y esto mientras esperan tan agazapados como conchabados en su corrillo a dar el último paso hacia la meta; en la meta están los envidiados, los que viven del cuento sin necesidad de cursos-taller y cuyos libros se exponen en las secciones de perfumería y complementos de los grandes almacenes, ajenos a la Literatura.

Imaginemos que nada de todo esto tiene que ver con la Literatura, que todos estos de los que hablamos son en esencia iguales. Imaginemos que tenemos la pésima idea de aconsejar a un joven que quiere escribir, escribe, quiere que le publiquen y desea vivir de la escritura. Imaginemos que le hablamos de la salida, la carrera, el camino, el metro a metro, la meta. Imaginemos que le hablamos de cimientos, suelo, pisos y tejado. Imaginemos que lo invitamos a que sea como los demás y a que se olvide de la Literatura. Imaginemos que lo invitamos a que se suicide lentamente para llegar a ser un animal que calcula y camina con los pies y las manos embadurnadas de mierda.

E imaginemos que si ese joven va a emplear la metáfora de la carrera, le decimos que sencillamente no participe, que no parta de la salida, que no vaya metro a metro, que se salga del circuito y se aposte, desde el principio, en la meta. Imaginemos que si va a emplear la metáfora de la construcción le decimos que si de verdad quiere llegar al tejado, que no pierda más tiempo y se ponga a fabricarlo.

Pero imaginemos que le describimos la realidad como Dante hizo con el infierno, y se la pintamos tal cual es, con su buen consejo de perder toda esperanza y su estructura en círculos concéntricos. Y que si necesita una metáfora, que utilice esta de la diana, porque si quiere dar en el centro, ha de apuntar precisamente al centro de la diana, y si la diana está a cierta distancia, ha de seguir apuntando a su centro pero con cuidado de que la flecha trace una parábola en el aire, de manera que siempre ha de ir en línea recta o apuntar alto y, en cualquier caso, sin esperanza alguna, es decir, con plena libertad creativa, es decir, sin mezclar el estómago y el mismísimo respirar con la Literatura, porque así dará en el blanco de la diana sin perder tiempo y verá, sin perder tiempo, que para escribir Literatura no hacía falta recorrer los círculos que rodean el centro, y que se puede acertar en el centro sin más consecuencias que dar de lleno en la Literatura para morir después de haber vivido.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Solo existe la Literatura


Todos recordamos el comienzo de La historia del arte de Gombrich: “No existe, realmente, el arte. Tan solo hay artistas”. Para entenderlo, podríamos engañarnos y, por ejemplo, recurrir a la lógica con el fin de distinguir entre lo concreto y lo conceptual: No existe la blancura, existen cosas blancas / existe el color blanco / etc. Pero esta no es la clave.

Gombrich aclara que la palabra “arte” va cambiando de significado según la época y el lugar, y que lo que cae dentro de esta categoría puede llegar a ser tan heterogéneo que apenas se comprende que caiga dentro de una misma categoría. El arte con mayúscula, por lo tanto, sería algo así como un ídolo o un fantasma. Ahora bien, con idénticos argumento y coherencia se podría afirmar que tampoco existen los artistas, sino gente que hace algo que otros y/o ellos mismos llaman arte, y de ahí lo de artista, algo que no sucede, por poner un ejemplo que sirva de comparación, con pan y panadero. Por lo tanto, si cambiásemos el título de la obra de Gombrich por La historia de lo que han hecho los artistas, también sería una historia de ídolos y fantasmas.

La ingenuidad lógica de Gombrich no deja de ser uno de esos errores más estimulantes que el acierto. Por lo menos a mí me sirve para preguntarme si existe la Literatura, o los libros, o los escritores, o los lectores, o los editores, o los libreros.

En primer lugar, pienso que si existe, la Literatura ha de ser con mayúscula inicial, pues entiendo que con minúscula hacemos referencia a la mala Literatura, lo que es un oxímoron como “amigo traidor” o una expresión absurda del tipo “cuchillo sin mango al que le falta la hoja”, es decir, algo inexistente. Por literatura entiendo lo que aparece en un libro etiquetado como literatura. Veo, entonces, que la Literatura no son los libros, y los libros existen. Los libros requieren de escritores, lectores, editores y libreros (y publicistas y periodistas e impresores). Así pues, la literatura existe y para existir necesita de la existencia de lo recién enumerado. ¿Y la Literatura? Para aparecer en un libro, la Literatura también necesita, como mínimo, de los escritores y de los técnicos de la edición.

Y, en segundo lugar, pienso que la Literatura es el experimento con el lenguaje sobre la experiencia de las posibilidades del lenguaje. Claro que un bebé hace eso mismo, y a lo que hace no le llamamos Literatura. Por lo tanto, para que haya Literatura tiene que haber algo más: una voluntad consciente de estar experimentando sin más pretensión que experimentar las posibilidades del lenguaje.

Así pues, concluyo que el escritor de Literatura vive y muere en el lenguaje de una manera llamada Literatura, que no será, entonces, sino lo posible del lenguaje, de forma que no son necesarios editores, ni libros, ni publicistas, ni periodistas, ni impresores, ni lectores para que haya Literatura, posibilidad que se materializa no cuando alguien escribe, sino cuando el escritor es Literatura, como, por ejemplo, dijo Kafka de sí mismo.

El resto es, por lo tanto, no una cuestión conceptual, pues hablamos de realidades bien tangibles, sino una cuestión de comercio con arte-factos.

jueves, 7 de febrero de 2013

Tono filosófico y origen del filosofar


Según Aristóteles, el ocio es el comienzo de la filosofía. Esto hace que me pregunte si realmente es siempre así o si, tal vez, el filosofar tiene otros posibles principios y si, además, cada origen condiciona el tono filosófico.

El ocio es tiempo libre, el tiempo que queda cuando se acaba el tiempo de las obligaciones. Y lo que dice el estagirita (Aristóteles para los pedantes) ya es mucho decir, porque para pensar hace falta tiempo, sin duda, pero no tiene que ser necesariamente tiempo libre. No solo hay quien piensa durante el tiempo de las obligaciones, sino en cualquier momento, e incluso hay quien tiene el filosofar por una obligación a la que dedica todo el tiempo. En cualquier caso, más bien parece, leyendo a Aristóteles, que él comenzó a filosofar por aburrimiento, quizá porque tenía mucho tiempo libre, y, si fuese así, ese comienzo explicaría lo árido y a veces soporífero de sus escritos.

Además del aburrimiento (mucha gente se pone a pensar porque se aburre, porque no tiene nada mejor que hacer), se me ocurre la hipótesis de la insatisfacción como comienzo del filosofar. En efecto, ¿quién piensa y filosofa mientras todo va bien, mientras es feliz? Se diría que la insatisfacción es la madre de la filosofía y que esta es un intento de buscar explicaciones y remedios a la infelicidad, lo que suele convertirla, entonces, en un largo lamento o en un prospecto para el bien prepararse a morir: en una enfermedad que pretende curarse a sí misma.

También se me ocurre que el origen de la filosofía puede ser el asombro. Cuando uno se asombra, sucede lo contrario de cuando uno se aburre: aquí, se entra de lleno en el tiempo y solo se le siente a él; en el caso del asombro, uno parece salirse del tiempo y queda suspendido en el instante de la aparición del suceso que anonada para, acto seguido, impeler a preguntarse qué, cómo y por qué. Esta filosofía sería, por lo tanto, para bien y para mal, un tanto infantil: siempre madurando y verbalizando, y siempre a punto de quedarse místicamente extático y callado.

Por último, pienso en la alegría como comienzo del filosofar. La alegría como un exceso físico y mental que arrastra a celebrar, más que a interrogar; a cantar, más que a formular; a bailar, más que a sentar las posaderas para escribir; a crear y recrear, más que a describir y prescribir. Sí, está bien: empecé citando a Aristóteles y termino mencionando a Nietzsche. ¿Se veía venir?

lunes, 4 de febrero de 2013

Belleza


Entre los criterios que definen una teoría científica, Einstein incluía la belleza. Una teoría física tiene su correlato en una fórmula matemática, en una ecuación. Tras preguntar a científicos y matemáticos, LiveScience ha confeccionado una lista con las once ecuaciones más hermosas:

Si se ponen en columna, bien podrían parecer un caligrama, cuando no un galimatías. Pero a un neófito de la música o el ajedrez, una partitura o una planilla también podrían parecerle cosas abstrusas de las que sería absurdo preguntarse por su belleza. Sucede lo mismo, en definitiva, con las palabras: hay quien se pone delante de un poema como si se pusiese ante una ecuación, un pentagrama o una partida en notación algebraica.

No es esto lo que importa (ni mucho menos molesta). Lo importante es que no parece que exista ningún conocimiento que rozando (cuando no penetrando en) la creación esté exento de belleza. Lo que molesta es el desprecio de la ignorancia ante la posibilidad de servirse de la belleza como umbral hacia lo hallado/creado, pues niega la probablemente única realidad que sin esfuerzo nos conduce a la verdad (dicho esto a riesgo de parecer platónico, es decir, carca y lelo).

De entre las ecuaciones que recoge LiveScience, la que a mí más me hipnotiza es esta:

1 = 0,9999999999999…

El matemático Steven Strogatz, de la Universidad de Cornell, dice de ella: “Me encanta por su sencillez – todo el mundo entiende lo que dice – y, al mismo tiempo, por lo provocativa que es. Mucha gente no entiende que pueda ser verdad. Además, está bellamente equilibrada. El lado izquierdo representa el comienzo de las matemáticas; el lado derecho representa los misterios del infinito”.

No creo que exista una mejor expresión de la naturaleza del conocimiento que el final de lo dicho por Steven Strogatz. Y, al mismo tiempo, no creo que exista un paralelismo más fiel de los misterios del infinito que la belleza como misterio de lo finito.

jueves, 24 de enero de 2013

Juan Luis Calbarro y César Vallejo



El escritor Juan Luis Calbarro acaba de publicar sus Apuntes sobre la ideología en la obra de César Vallejo (http://www.amazon.es/dp/1481934686/ref=tsm_1_fb_lk), oportunidad para leerlo a él y para volver y releer a Vallejo. Dice el autor de esta recopilación: “Cuando vuelvo a César Vallejo me pregunto por qué diablos dejé de releerlo para leer otros libros, otros autores que jamás se muestran capaces de devolverme a ese universo roto y doliente, pero completo y magnífico universo al fin, y un universo que me dice. Estos autores casi siempre me dejan alguna melancolía, la vaga sensación de haber perdido el tiempo desde la última relectura del peruano” (p. 45).

Volver a César Vallejo no necesita explicación alguna: quizá la explicación sería necesaria para entender cómo es posible que nos despistemos hasta el punto de no quedarnos en el autor de “Voy a hablar de la esperanza”. Calbarro nos muestra la ocasión de una aproximación al poeta de las, en principio, menos atractivas y más problemáticas. Poco atractivas para la mayoría de los lectores porque aquí se trata de un estudio que intenta arrojar luz,  por ejemplo, sobre la presencia y el valor del cristianismo (a través de las palabras y las imágenes que suelen convocarlo) en la obra del peruano, y sobre la función que desempeña un tecnicismo literario como es el personaje-tipo dentro de una lectura y una escritura en clave ideológica (que resulta más compleja desde el momento en que estamos hablando de un genio literario que se vale de un recurso tildado, casi siempre y casi siempre de manera irreflexiva, de torpe).

Lo problemático de la aproximación de Juan Luis Calbarro se relaciona con las posturas menos filológicas y hermenéuticas que cada vez que se topan con la palabra “ideología” ponen en marcha la maquinaria de los prejuicios y de los pre-juicios, por no decir de la estupidez. Y lo problemático, también y no en menor medida, radica en lo que para algunos puede parecer un franco anacronismo: qué sentido puede tener hoy en día hablar de ideología, marxismo, conciencia y lucha de clases, o de la relación entre intelectuales y pueblo cuando la posmodernidad se ha especializado en borrar los viejos problemas porque no podía resolverlos y con la excusa de estar borrando tan solo enunciados caducos, y en lugar de dejar el puro espacio vacío para la perplejidad que invita a pensarlo todo desde cero, sustituye los mitos (que por supuesto incluyen el logos) por las leyendas urbanas, la literatura (esa canónica exigencia de esfuerzo) por el microrrelato, y la cultura (medio humano por antonomasia en el que se manifiesta la inteligencia) por la cultura de la incultura. Baste esto, por mi parte, para hacer de estas algo más de cincuenta páginas algo lo bastante atractivo como para atraer a quienes las merecen porque se atreven a pensar, esa rareza.

Por lo demás, los que ya hemos leído a Calbarro reconocemos en este libro tanto su característica prosa de un castellano cristalino (más difícil y necesario en un texto de estas características, en el que la exégesis siempre amenaza de oscuridad tanto con la erudita prolijidad como con la parca precisión de los tecnicismos), como su buen hacer editorial (que ya había demostrado en su revista literaria Perenquén), algo que se agradece en una época en la que uno se cansa de leer armado de un lápiz para corregir erratas, errores y horrores.

Y para los que deseen disfrutar de sus críticas literarias, Libros que me gustaron (o no): http://librosquemegustaronono.blogspot.com.es/

miércoles, 16 de enero de 2013

Ajedrez ausente


1) Ajedrez del diablo

El único defecto que le encuentro al Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce es la falta de una definición de “ajedrez”. Claro que tenemos la lúcida malicia de Flaubert, pero ¿para qué resignarse con algo pudiendo tener más? Así pues, me invento que he encontrado un ejemplar de la obra de Bierce en el que aparece la definición de “ajedrez”. Y esta es:

AJEDREZ. 1. Deporte que consiste en estar sentado y levantar objetos que no pesan, y que termina cuando uno de los jugadores se cansa de sostener la cabeza entre sus manos. 2. Arte marcial del cerebro que fomenta las ganas de asesinar, la hipocresía y la idea de que ser tonto es lo contrario de ser humano. 3. Prueba del ocho por ocho de que se es tonto.


2) Ajedrez sin Maupassant o viceversa

Tengo en PDF las 1144 páginas de Maupassant Original Short Stories. Podría tener una tortuga o un cactus, lo sé, pero la cultura es barata, no hay que alimentarla ni regarla, y un PDF no ocupa lugar en el espacio. La cosa es que 1144 páginas son demasiadas para que no haya ni la frecuente referencia inútil al ajedrez, o eso me parece, y como no sé si esto supone un desprestigio para Maupassant o para el ajedrez, he decidido salir de dudas escribiendo el microcuento…


Mates del loco del pasillo

Habíamos terminado de fumar las pipas de crack. El edificio en construcción regurgitaba la noche. Hacía frío y las ratas no daban calor. Vimos cómo el loco venía arrastrándose por el pasillo, deslizándose sobre un vómito de ketamina. Sin mantener el equilibrio, nos levantamos y uno a uno le fuimos dando mate tras mate hasta que, aburridos, nos quedamos dormidos. Luego se hizo de día, y pisamos la acera, y compramos algo dulce.

sábado, 12 de enero de 2013

“Para que mi alma siempre triste huyera / antes de tiempo hacia vuestras sombras”


Como si mi alma estuviese hipotecada y la tristeza fuese su banco, me embarga esta cada vez que leo El Archipiélago de Hölderlin.[1]

Tanta luz y tanta sombra, tanta memoria y tanta añoranza, tanta fuerza y tanta desesperanza solo pueden mantenerse en la superficie de las profundidades. Si los griegos son la infancia de Europa, eran niños viejos y nosotros, viejos infantiloides.

Duele saber que los dioses cuidaban por igual de comerciantes y poetas. Duele saber que hay que acostumbrar el alma a que trate con los que se han olvidado de nosotros y permanecen inaccesibles a nuestro aliento. Duele saber que antes el sol del día era el que todo lo transfigura (p. 65) y que habrá que esperar un mañana que nunca ha de venir para que prevalezca sin miedo / el espíritu / sobre las aguas, como el nadador, se ejercite en la fresca / dicha de los fuertes, y comprenda el lenguaje de los dioses, / el cambio y el acontecer (p. 85).

 Duele saber que la ciudad era una obra del genio, creación soberana que gusta sujetarse / con vínculos de amor y cerrarse en grandes formas / que él mismo se fabrica, sin perder su eterna actividad (p. 75). Duele saber que la vida no se llenará de sentido divino, que no se recorrerán los senderos por donde antes, / dulcemente conducido por las esperanzas, subía el hombre / preguntando hacia la ciudad del veraz profeta (p. 79).

Duele saber que vivimos rodeados de edificios inteligentes, que vivimos sobre suelo inteligente,

Mas, ¡ay, nuestro linaje vaga en la noche, vive como en
                el Orco,
sin lo divino. Ocupados únicamente en sus propios afanes,
cada cual sólo se oye a sí mismo en el agitado taller,
y mucho trabajan los bárbaros con brazo poderoso,
sin descanso, mas, por mucho que se afanen, queda
                infructuoso,
como las Furias, el esfuerzo de los míseros (p. 81).





[1] HÖLDERLIN, Friedrich. El Archipiélago. Madrid: Alianza, 1985. Traducción de Manuel Díez del Corral.

miércoles, 9 de enero de 2013

Literatura barata


No hace mucho tuve que vérmelas con la constancia de mi estupidez. Y lo peor de la estupidez es que al pasar por el tamiz de la consciencia tan solo lo hace como estupidez decantada, así que tras haberme dado cuenta de que había dicho una frase tonta a rabiar, la tildé de literatura barata. Mal. Porque a mí solamente me gusta la literatura barata. Y además la considero la única buena, es decir, la única.

Heme aquí asomándome a los escaparates y estanterías de las librerías como quien se inclina sobre un abismo: o se es temerario o se es inteligente. Así que me encomiendo a mi buena suerte y dejo rodar la vista por el precipicio para precipitarme sobre angulosos volúmenes más o menos obesos de más de veinte euros: premiados, de periodistas, de pluriempleados en los medios de comunicación, fajados e, incluso, adosados a un regalo.

A falta de cabeza, me rasco el bolsillo, porque a falta de dinero puedo llegar al fondo del asunto: esta, desde luego, no es literatura barata; quizá solo se trate de libros caros. Le doy la espalda al escaparate con la pena de haber perdido, una vez más, el tiempo. De camino a casa sueño con librerías de viejo y PDFs de descarga gratuita.

El sueño es, de hecho, lo único que me puedo permitir, de forma que no tengo otra realidad que la literatura barata: Homero, Séneca, Cervantes, Quevedo, Descartes… Y antes de intentar dormir, sigo soñando:

¿Vuelven las grullas hacia ti?, ¿y dirigen de nuevo
hacia tus orillas su rumbo las naves?; ¿acarician
brisas propicias tus olas tranquilas?, ¿y solea el delfín
sus lomos a la nueva luz, atraído desde lo profundo?[1]

Y así, hacia lo profundo, me voy durmiendo.




[1] HÖLDERLIN, Friedrich. El Archipiélago. Madrid: Alianza, 1985, p. 63. Traducción de Luis Díez del Corral.

lunes, 7 de enero de 2013

Fenomenología de Agatha Christie


CHRISTIE, Agatha. El asesinato de Rogelio Ackroyd. Barcelona: Editorial Molino, 1990. Traducción de G. Bernard de Ferrer.

Hacía más de veinte años que no leía a la Christie.

Atención a la frase. Es la que utilizan los acabados. Los acabados que van de guay. Porque no hay acabado que, estando todavía vivo, no vaya de guay. Los acabados son la ralea más asquerosa que soporta el mundo. Yo prefiero a un adolescente o a un yonqui, incluso a un yonqui adolescente. Sobre gustos no hay nada escrito, y sobre cansancio, por ahora, menos.

Me las doy de viejo cultureta. Ay que leí mucho hace mucho tiempo… Tiemblo de asco ante mi estupidez vomitiva, esta indecencia de incapacidad convertida en pseudo cultura.

Pues bien, después de veinte años vuelvo a leer a la Christie y hago fenomenología de la lectura. Y digo de la lectura. Así que el prólogo viene bien, ¿o me dirán que no? La paciencia que hay que tener con uno mismo para llegar a decir la verdad. (Porque para llegar a la verdad no hace falta nada).

¿Por qué elegí El asesinato de Rogelio Ackroyd? Fácil. 1) Porque no tenía a mano ningún libro más interesante; 2) porque siempre puedo decir que me consta que los únicos buenos de Agatha Christie, según la crítica, son este y Asesinato en el Orient Express; y 3) porque en su momento lo disfruté, incluso me pareció bueno, y ahora no recordaba el final.

Antes de abrir el libro me digo que el asesino es el primero en llegar a la escena del crimen. Esto mismo dice uno de los personajes en la novela. Todo el mundo lo sabe, hasta los personajes de las obras detectivescas. Por lo tanto, me pongo en guardia contra este pre-juicio y ya estoy preparado para equivocarme y disfrutar de lo bueno del volumen. (Otros libros no poseen este encanto, digo el de la fisiológica emoción de la expectación, como les sucede a las pobres Odisea e Ilíada).


Lo siguiente es leer la “Guía del lector”. Imprescindible hacerse un lío innecesario con los personajes. Esta lectura me recuerda que aparecerá la cocaína, una mujer madura que todavía conserva cierta belleza y que parece guardar un secreto, y una joven pareja que por amor es capaz de cometer locuras del tamaño de un matrimonio desigual. Por último, me recuerdo a mí mismo que estos libros ponen el arte tan solo en la dosificación de la información para mantener la atención y la intriga. Así que cuento con la información superflua, la información superflua dada para despistar (cual falsa pista), la información relevante que se me pasará inadvertida, la información que los personajes (todos sospechosos) ocultan hasta el final, la información que el detective oculta hasta el final (y que es imposible que el lector deduzca a partir de lo leído), y la información que el autor esconde hasta que llega la hora de conocer la verdad. En resumen, me digo que como falle la ecuación “culpable=primero en llegar a la escena del crimen”, estoy perdido. Me preparo, entonces, para intentar descubrir los pequeños crímenes y los trapos sucios del resto de personajes.

Y ya estoy leyendo. Y, por supuesto, como viejo lector dotado de una estupidez que ha sobrevivido al hecho de no haberse matado a tiempo, pienso de inmediato que no solamente cualquier podría escribir un libro como los de la Christie, sino que yo mismo podría hacerlo y, además, mucho mejor. Y la prueba es que tras apenas tres páginas tengo una idea genial: estoy completamente convencido de que se me acaba de ocurrir una trama y un final tan excepcionales que a la pobre Agatha no se le habrán pasado por el caletre ni en sueños.

En efecto, ¿no sería un golpe de ingenio que el narrador, el doctor Sheppard, fuese el asesino? Ah, eso sería metaliteratura de la buena: el autor como dios jugando con el narrador como demiurgo para urdir una trama técnica acerca de la técnica de tramar: es decir, sería la escritura de la dosificación de la información sobre la escritura de la dosificación de la información. Amigos míos, para esto hace falta leer mucho nouveau roman, y dudo que la buena señora Christie haya tenido la mala suerte de padecer tanto. Por otra parte, esta brillante idea no traicionaría la tradicional ecuación.

Soy feliz y cometo el error de seguir leyendo. Debido a este imprudente acto de soberbia, mi felicidad disminuye al tiempo que los personajes, incluido el narrador, van dando pistas acerca del culpable. Angustiado porque me estrangula el orgullo, a falta de veintiocho páginas del final, intento agarrarme a esto:

“Poirot leyó una lista con tono importante:
-La señora Ackroyd, la señorita Flora Ackroyd, el mayor Blunt, el señor Geoffrey Raymond, la señora de Ralph Paton, John Parker, Elizabeth Russell.
  Dejó el papel en la mesa.
-¿Qué significa todo esto? – empezó Raymond.
-La lista que acabo de leer – dijo Poirot – incluye a todas las personas sospechosas. Cada uno de los que están presentes tuvo la oportunidad de matar al señor Ackroyd”.

¡Muy bien!, me digo como el moribundo se dice que todavía sigue respirando cuando ya estira la pata. Porque me doy cuenta de que se habla de sospechosos, pero no se dice que entre los de la lista se encuentre el culpable…

Me quedaban el pueril orgullo de haber coincidido con la gran Agatha Christie – cuando la había tachado de incapaz y cretina, y el nouveau roman. Nueva chapuza. Dice el narrador:

“Me siento orgulloso de mi capacidad de escritor. En efecto, ¿qué puede ser más claro que las frases siguientes?:
«Habían entrado el correo a las nueve menos veinte. A las nueve menos diez le dejé con la carta todavía por leer. Vacilé con la mano en el picaporte, mirando atrás y preguntándome si olvidaba algo.»
  Todo era cierto… Pero suponed que pusiera una línea de puntos después de la primera frase. ¿Se habría preguntado alguien lo que ocurrió en aquellos diez minutos?” (p. 237).

El mensaje era claro: la Christie me estaba diciendo: “Pequeño, sigues siendo menos astuto que yo”.

Por lo demás no siento demasiado haberles revelado la identidad del asesino. ¿Qué importa el final si el libro es Literatura? Todos conocemos cómo terminan la Odisea y la Ilíada y los seguimos leyendo y releyendo, ¿no es así?

miércoles, 2 de enero de 2013

Razón y pasión: sobre la doma


STENDHAL. Ernestina o el nacimiento del amor. Madrid: Alianza Editorial, 1994. Traducción de Fundación Consuelo Berges.

La mujer muy inteligente y de cierta experiencia que relata la historia de la jovencita que se enamora del hombre maduro a fin de ejemplificar las fases del amor bien podría ser esa tierna postadolescente que miente y se miente para evitar los obstáculos físicos y mentales que la separan de la consumación de su deseo, pues la narradora, oculta tras el “me dijo” del narrador,  también miente de lo lindo a la hora de explicar las razones que la movieron en la dirección del amado.

Tras leer el texto de Stendhal, se diría no sólo que las fases del amor son ni más ni menos que las estrategias del mentir, sino que la narración de historias de amor tampoco es otra cosa que una relación de mentiras. Intento recordar en qué novelas el amor y la exposición del amor me parecieron más que verosímiles posibilitados a la experiencia a través de las palabras como umbrales, y, sinceramente, me cuesta decir un solo título. (¿El Adolfo, quizás?).

Hay una escena en El monje de la que sí me acuerdo sin esfuerzo. La muchacha pierde la virginidad como quien pierde el monedero, así como por despiste, sin querer ni apenas darse cuenta de lo que pasa. Se trata de una hábil y breve descripción en la que el narrador se alía con la víctima del acto torpe para condensar todas las mentiras en el mínimo espacio: se lucha contra la mala educación recibida (la sociedad, a través de la familia, impide el razonable acceso a las pasiones al negar la existencia de estas o al estigmatizarlas como satánicas o enfermizas) mediante la lucha contra los propios temores y escrúpulos.

Lo cierto es que en el caso de Ernestina o el nacimiento del amor nos queda Stendhal. Y, al final, el ventrílocuo traiciona a sus voces narradoras al añadir, tras la tragicomedia de sentimientos y justicias poético-divinas, estas palabras acerca de Ernestina: “Al año siguiente la casaron con un viejo teniente general muy rico y caballero de varias órdenes” (p. 61). Y así acaba el vetusto y lelo asunto de la relación entre razón y pasión vía doma y sus consecuencias biográficas: mientras se puede, la pasión doma a la razón; cuando no se puede, la razón doma a la pasión. Esta es la lección falsa. En realidad, lo único que doma, tanto a la pasión como a la razón, es el interés. Pero ya sabemos que Stendhal leía el Código Civil; quizás eso le ayudaba a conocer a los hombres, a mentir y a decir la verdad.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Los dignos


CHÉJOV, Antón. “La corista”, en La corista y otros cuentos. Madrid: Alianza Editorial, 1995. Traducción de Juan López Morillas.

Lo bueno de ser digno es que no necesitas ser ni pobre ni rico ni todo lo contrario. Basta con estar indignado. Y estar indignado, tal y como nos enseña Chéjov en su cuento “La corista”, es la mar de fácil: solo se necesita esa indignidad llamada convicción moral que inventa el derecho a exigir. Así, a Pasha, la corista, superparásito de los parásitos que no son Kolpakov y señora, justamente estos le exigen que entregue a los ladrones (de tiempo, cosas, dinero, paz y paciencia) lo que otros parásitos le han dado y quienes, por supuesto, jamás, imaginamos bien, se atreverían a pedir la devolución de lo dado.

Pero la esposa de Kolpakov es madre, y por los hijos se hace cualquier cosa, como también podría haber dicho Hitler. Y nada mejor que un hijo como coartada para el expolio. Siempre será lo mejor quitar al que no tiene, y aquel a quien se le puede coaccionar para que crea que lo que tiene no es suyo, no tiene nada, así que ni siquiera se puede afirmar que se le quite nada: más bien, se restablece un orden, se hace justicia. Y una vez hecha justicia, no que se hunda el mundo, sino que este gire y siga funcionando con la dignidad de quien no solo se ha apropiado de lo ajeno, sino que lo ha hecho con la impunidad de quien es más poderoso, y es más poderoso quien tiene la mejor coartada, esa forma de conmover la parte más baja del hijo de hombre y mujer (que es la residencia de los sentimientos, sea esta la que sea) que se denomina juicio moral.

Por eso me gusta tanto Chéjov: no te hace pensar, no es socrático: te obliga a mirar y a ver.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Quedan los hombres, Rulfo, que ya no están


RULFO, Juan. Relatos. Madrid: Alianza Editorial, 1994.

La poca humanidad que encuentro en los libros está toda, y entonces no es poca sino toda, en la Biblia. De hecho, si quiero lo real de la humanidad acudo al Antiguo Testamento: a ese dios celoso y furioso y a los hombres que sienten su pasión y se les va la vida, plena, en ella. Y a los libros que bien podrían tildarse, por su materia y su tono, de bíblicos: obras de Shakespeare o Faulkner, por citar dos de mi especial preferencia. Y si busco los sueños de la humanidad acudo, entonces, a los griegos, a Homero, a Píndaro, a los trágicos: a esos dioses apasionados y a esas fuerzas inexorables y a esos hombres tan astutos como locos que parecen vivir dormidos.

Para mí Rulfo habita en un espacio entre el Antiguo Testamento y la Orestíada. Los sueños de sus hombres son tan reales como la memoria y el remordimiento, el pasado y la desesperanza, de donde, de hecho, nacen las pesadillas de los que viven en el Llano y su periferia. Aquí es posible decir sin rubor: “La sombra larga y negra de los hombres […]” (p. 51), porque son posibles otras sombras menos negras y menos alargadas e incluso hombres sin sombra, no-hombres. Aquí la humanidad resplandece de piedad: “Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros” (p. 39). Aquí el hombre conoce que lo imposible es posible: “Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho” (p. 8). Aquí se llega y se vive a ras de mónada, como la vida pegada a lo inerte, en una tierra como la Tierra del tríptico cerrado del Bosco: “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta” (p. 38). 


Aquí todavía se quiere seguir viviendo, sin más, como si no existiese la posibilidad de lo imposible: “Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir” (p. 32).

Entre los huesos de la escritura de Juan Rulfo brilla la negra luz de la poesía del hombre que no sabe cuándo morirá y cómo durará cuando ya no esté.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Oye, Nick, ¿vivimos en una simulación informática o en el planeta de los simios?


Imagino que soy un tipo con suerte: por lo visto, los agoreros no han interpretado bien el calendario maya y no se ha acabado el mundo. Paciencia. Esto me ha dado tiempo para leer uno de los textos más divertidos a los que he tenido acceso en toda mi vida, y eso que se publicó en 2003, pero siempre he sido un poco despistado. En definitiva y en resumen, sí, soy un tipo con suerte: el humor me persigue.

Me niego a perder el tiempo más de la cuenta, así que no he buscado información en internet ni sobre el autor (Nick Bostrom, un filósofo inglés, valga el oxímoron, como quizás diría Nietzsche) ni sobre la recepción del texto (“Are you living in a computer simulation?”), que pueden leer aquí: http://www.simulation-argument.com/simulation.html

Desde el genial Ibáñez (ni Blasco ni Paco – el cantautor, sino Francisco), no me había reído tanto. Lo cierto es que después de haber pasado por la escuela de Hume y su sorpresa ante los autores que van del “es” al “deber ser” con la misma facilidad con la que los adivinos van de una metedura de pata a la siguiente, no creía que todavía hubiese quien cometiese errores lógico-desopilantes. Pero no hay nada imposible, y Nick Bostrom riza el rizo del absurdo al ir, cual coche cuesta abajo y sin frenos, del “es” al “puede ser” y del “puede ser” al “por lo tanto es imposible que no sea”.

El texto (¿filosofía ficción? Pero me niego a ser uno más de los que tratan a patadas a la filosofía) está repleto de tecnicismos lógicos: “very likely”, “extremely unlikely”, “almost certainly”, “predict”, “Let us suppose”, “might do”, “would be”, “could”, “It is then possible to argue”, “it suggests naturalistic analogies”, “we formulate an assumption that we need to import from the philosophy of mind in order to het the argument started”, “we consider some empirical reasons”, “some simple probability theory”, “a weak indifference principle that the argument employs”, “could in principle do the trick”, “and although it is not entirely uncontroversial, we shall here take it as a given”, “This attenuated version of substrate-independence is quite widely accepted”, “persuasive arguments”, “ifthen…”, “a mature stage of technological development”, “it is likely”, “One would therefore expect”, más y más “could”, y “may” y “can”, “We can draw this conclusion even while leaving a substantial margin of error”, “If there were a substantial chance […] then how come you are not […]?”, “We shall develop this idea into a rigorous argument” (o sea: se pone a jugar con formulas pseudo estadísticas), “If betting odds provide some guidance to rational belief, it may also be worth to ponder that if”, “it is plausible”, “One can speculate”, “It may be possible”, “Reality may thus contain many levels”, “Further rumination on these themes could climax in a naturalistic theogony”, “One might get a kind of universal ethical imperative, which it would be in everybody’s self-interest to obey”, “We may hope”, “If we learn more about posthuman motivations and resource constraints”, “A technologically mature ‘posthuman’ civilization would have enormous computing power. Based on this empirical fact”, “In the dark forest of our current ignorance, it seems sensible to apportion”, “Unless we are now living in a simulation, our descendants will almost certainly never run an ancestor-simulation”.

Imagino que si confundes la película Matrix con una regla de tres, o si consideras que un videojuego es un axioma, o si jamás has pensado en el Übermensch, puedes llegar a creer que porque dicen que Verne era un visionario, los cuentos de Asimov son demostraciones de que Heidegger era un nazi de mierda. Etcétera. Hay momentos muy mayas en los que echo de menos que los agoreros no den una.

Pero aprovecho la coyuntura para parodiar a Nick. Tengo tiempo y vino.

1) Las moscas comen queso, beben café y fuman tabaco. Esto se puede comprobar en verano: las moscas se posan en el queso, en la taza del café y en el filtro del cigarrillo. Por lo tanto, las moscas se comportan como humanos, lo que bien podría significar que las moscas y los humanos no se diferencian en nada. Todo lo que no se diferencia es idéntico, luego las moscas son seres humanos, pero no viceversa, pues los hombres, al contrario que las moscas, no pueden volar sin la ayuda de aparatos tecnológicos.

2) Las moscas vuelan sin ayuda de tecnología alguna. Teniendo en cuenta la ignorancia en la que vive el hombre y los progresos tecnológicos que nos acechan, no es improbable pensar que llegará un día en el que el hombre volará como las moscas.

3) Si pensamos, y por qué no hacerlo, que el hombre será igual que la mosca, volará. Por lo tanto, el hombre ya vuela o ha volado, de lo contrario tendríamos que concluir que las moscas no son como los humanos, y sin embargo lo son. Si todo esto fuese falso en parte o en su totalidad, significaría que tampoco en el pasado las moscas eran como los hombres, ni viceversa, lo que negaría la existencia de moscas y hombres, pues son iguales, como demuestra el hecho de que de no ser así, nuestros descendientes no tendrían moscas, pero sí queso, café y tabaco, lo que es imposible.

CORALARIO 1: La película “La mosca”.

CORALARIO 2: Quedan resueltos los problemas morales: El origen del hombre deja de estar sujeto a la metáfora de la verticalidad (de arriba abajo: es creado; de abajo arriba: evoluciona), pues el hombre siempre ha sido una mosca, y los animales carecen de moral, luego no hay moral. La mosca del vinagre comparte con el hombre un porrón de genes, y eso es otra prueba: una prueba genética, para ser precisos.

____

Espero, con toda humildad, que después de este análisis filosófico me den una plaza de funcionario como profesor de universidad. También me gustaría dedicar el Nobel de Filosofía a todos los que han contribuido a que odie los calendarios.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Cuento Psycho Christmas


Érase una vez un alto cono de superficie horadada entre barras metálicas encima de la que brillaban estrellas y corazones rojos sobre sinuosas luces verdes. El cono deseaba tener complejo de árbol navideño, pero finalmente se resignó a su similitud con un cucurucho tirado en la calle, sin bolas de chocolate y pistacho, y se quedó tan helado como el pobre portugués de muñón rubicundo echado, día y noche, en la acera atestada de peatones.


Como se trataba de un árbol moderno, se aburría. Tal vez se debía a la postmoderna manía de dar luz en lugar de sombra: podía no estar acostumbrado a las sandeces. La cosa es que el aburrimiento es muy malo y por eso el cono-árbol-cucurucho miró a su alrededor, por encima de cabezas y tejados, y vio que las calles estaban festoneadas de luminosas formas abstractas y otros motivos cosmopolitas y ñoños, y se preguntó qué época del año sería.

¿Navidad? Él mismo podría haber sido plantado allí o en la plaza de cualquier pueblo en plenas fiestas de agosto o septiembre. Volvió a mirar, esta vez hacia abajo. Gente; familias. Incluso los que iban solos parecían ir solos en cuanto que miembros de una familia. Solo él no tenía familia, pues su estar allí, incluso su mero estar, carecía de ese mínimo sentido que aporta el origen y el pertenecer a algún grupo uniforme que te recuerde por tu nombre. Se sintió acabado. Quería tener familia y pasar con sus miembros aquella época, fuese la que fuese.

Nada. Estaba solo y aburrido, valga el juvenil pleonasmo. Y, por desgracia, se levantó un aire que arrastraba basura y que hizo que varase a sus pies un libro. Lo que ya le faltaba era tener que leer por no tener nada mejor que hacer. El libro se abrió por cierta sección: “Investigaciones sobre la familia”. Más en concreto, se abrió en la página 247 (WINKIN, Yves (ed.). La nueva comunicación. Barcelona: Kairós, 1984. Traducción de Jorge Fibla): “Estructuras de la comunicación psicótica”, un texto firmado por un tal Paul Watzlawick.

En el librito de marras se hablaba de tangencialización y descalificación, de mixtificación y paradoja. Se imaginó, entonces, en una casa con su familia sentada a la mesa para cenar juntos mientras celebraban… mientras celebraban… ¿que “[…] un sistema puede calificarse de patológico en la medida en que es incapaz de generar reglas para el cambio de sus propias reglas”? El cono-árbol-cucurucho seguía sin entender qué hacía allí y qué se celebraba (aunque le sonaba algo de una fiesta familiar, claro), pero comprendió, de golpe, que no querría pasar ni un minuto encerrado en un lugar poblado por demasiado expertos jugadores.

Lo de comprender de golpe fue literal: entre la basura que le arrojó el aire estaba un grueso tocho en el que leyó lo siguiente:

“Había en la misma comarca algunos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace»” (Evangelio según San Lucas 2 8-14. Biblia de Jerusalén. Madrid: Alianza Editorial, 1994, pp. 77-8).

Desde luego, aquello le sonaba como un pañuelo suena los mocos, y como él no tenía mocos, le sonaba a anacrónica leyenda urbana, de ahí que la idea que se le cruzó por los cables acerca de la posibilidad de que aquello tuviese algún significado cronológico, pasó tan rápida como la corriente de aire que se lleva la volandera hoja de un calendario de antaño. Por fortuna, más le impactó, y de nuevo sin metáforas, una bolsa de plástico del Corte Inglés. Se conocen revelaciones por caídas y tortazos, pero sin duda esta de la bolsa plástica contra el cono metálico pasará a la historia de la lucidez.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La Tierra como Arte, el Arte de la Tierra

Dicen que para hacer buenas fotografías son necesarios una buena cámara y tirar un número desvergonzado de fotos. La NASA tiene buenas cámaras (llamadas satélites), y podemos aventurar que el revelado les saldrá tan barato como para poder permitirse hacer miles de fotografías por minuto. De ahí que hayan podido diseñar el libro Earth as Art y ponerlo a disposición todo aquel que tenga curiosidad, tiempo y ganas de descargárselo, gratis, en formato PDF: 



[Imagen de las Islas Kuriles que la NASA incluye en su colección Earth as Art]

En esta página se puede leer una breve presentación, más o menos afortunada ("The images are intended for viewing enjoyment rather than scientific interpretation. The beauty of Earth is clear, and the artistry ranges from the surreal to the sublime"), que, por desgracia, no recoge una buena frase que sí aparece en el prefacio del libro: "Truly, by escaping Earth’s gravity we discovered its attraction".

Me parece algo más que un simple juego de palabras.

martes, 4 de diciembre de 2012

Lo horrible de Maupassant


El General G. precisa que no hay que confundir lo terrible con lo horrible: la muerte de dos hombres y tres mujeres ahogados en el río, por ejemplo, es terrible, pero para experimentar horror hace falta algo más que emoción: una sensación de misterio o de terror anormal, supranatural. Maupassant pone en boca del General dos historias de horror: en la primera, soldados al borde de la muerte linchan, con ensañamiento (siguen disparando sobre el cadáver “como la gente en un funeral continúa arrojando agua bendita ante el ataúd”), a una mujer inocente de la que se decía era una espía; y, en la segunda, se narra un caso de canibalismo: los hombres abandonados a su suerte en el desierto entienden que están obligados a comerse los unos a los otros.

Y bien, ¿qué hay de horrible en estas dos historias? ¿La muerte por error de una mujer? ¿La antropofagia en un caso de supervivencia? No: lo horrible radica en esa falta de emoción, sin el menor exceso superfluo, con la que se mata y con la que Maupassant describe la pulpa sanguinolenta del cadáver tiroteado y cómo este es registrado y desnudado a la luz de unos fósforos; en cómo Maupassant describe, con la  misma falta de afectación que caracteriza a esos asesinos, la marcha de los hombres por el desierto en fila india, a tiro de fusil, y cómo uno de ellos se da la vuelta para matar a otro, y lo mata, y lo descuartiza, y los demás se acercan a por su parte, y el asesino se queda con su mera ración, y luego vuelve cada uno a caminar solo por el desierto a tiro de fusil.

Lo horrible, por lo tanto, se encuentra en el misterio de la creación, y Maupassant se limita a re-crear lo horrible en la violencia como podría haberlo hecho en la belleza y, en definitiva, en todo aquello que lleva el sello de la perfección y que, exento de emoción, se mantiene infinitamente lejos de querer perpetrar emociones en los que no soportan el horror de toda pureza.