lunes, 27 de septiembre de 2010

LAS TABLAS DE AMIEL

Amiel tenía que ser un buen jugador de ajedrez:

“Esta tarde jugué dos partidas de ajedrez con el señor Mertz, dándole la reina. Es un aburrimiento no encontrar en ninguna parte eco suficiente, ni para hablar, ni para jugar, ni para correr” (p. 201).

Y, además de buen jugador, parecía un jugador apasionado, uno de esos jugadores que han comprendido la bestial belleza del ajedrez y están siempre a punto de entregarle la vida:

“Debilidad. Ayer experimenté toda mi debilidad ante la tentación. Perdí más de medio día ante un tablero de ajedrez. Comprendí todo el vacío y el encarnizamiento de la pasión, que atrae sin encantar siquiera. Vi claramente la garra de la pasión, sus colores en el juego, la degeneración, la avaricia, etc.” (p. 99).

A veces, nada importa salvo la partida:

“El ajedrez no se movió de su sitio, y era el motivo de mi visita” (p. 267).
Y, cómo no, también el ajedrez está sujeto al mundo por el tablero que lo aísla y lo convierte en centro receptor de pasiones:

“La sociedad de las mujeres me excita a la alegría y redobla mis medios. Esta tarde el profesor Warnkönig se ha dado cuenta de sus efectos por el modo brillante y cerrado con que lo he fustigado en el ajedrez” (p. 126).

Tanto era el ajedrez para Amiel, que surge, por supuesto, como vehículo retórico:

“Rigidez lógica: casillas negras y blancas, condenados o elegidos; sin matices, sin dialéctica posible. El dualismo ha matado la filosofía: lo útil y la cifra han secado la fibra poética” (p. 138).

La inconstancia en él mismo de la que Amiel se lamenta (Diario íntimo, Madrid: Edaf, 1964) es la metamorfosis constante de la que se jacta. Cada vez más abismado en su conciencia, el mundo se reduce no ya a examen o crítica, ni siquiera a descripción, sino a uno de los estados de la mónada: el mundo es un caso de la conciencia y sólo es real en la medida en la que propicia que la conciencia se contemple a sí misma.

De esta forma, la conciencia se precipita en una partida consigo misma en la que parece realizarse el sueño paradójico de la posibilidad perfecta del jugador de ajedrez jugando contra sí mismo. Lo que delata la conciencia desvelada de Amiel no es más que la solución a ese problema ajedrecístico, pues no existe tal problema, como todo jugador de ajedrez sabe, ya jamás se juega contra otro jugador: el otro desaparece en cuanto se mueve la primera pieza sobre el tablero, y lo que tenemos enfrente son piezas movidas por nuestra propia conciencia ahí fuera. El otro jugador sólo existe como conciencia nuestra tan desgajada de nuestra conciencia que esta no sabe, por fin, qué combinaciones y metamorfosis elaborará y sufrirá la conciencia que mueve las otras piezas.

Encerrada la conciencia en sí misma sin estar ensimismada, juega contra sí misma para quedar más encerrada y hacerse mate: y siempre el mate de la conciencia a sí misma la deja flotando en las tablas del ensimismamiento.

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