martes, 27 de julio de 2010

Nietzsche. Correspondencia II

NIETZSCHE, Friedrich: Correspondencia. Volumen II. (Abril 1869 – Diciembre 1874). Madrid: Trotta, 2007. (Traducción y notas de José Manuel Romero y Marco Parmeggiani. Introducción y apéndices de Marco Parmeggiani).



“Hoy te envío sólo unas palabras como acompañamiento de la fotografía de la feria […] estamos un poco movidos y sobre todo yo “feamente encorvado”, con una mirada apática en la que se expresa la necedad de la feria junto con sus licores” (carta a Erwin Rhode del 20 de octubre de 1871, pp. 225-226. En la fotografía aparecen, de izquierda a derecha, Rhode, von Gersdorff y Nietzsche).

Nietzsche llega a Basilea con todos los temores del mundo acerca de su capacidad de adaptación al ambiente universitario, es decir, al estrecho ambiente de los acomodados a una profesión y a un estilo de vida trabajoso (¿y qué vida que ha de ser mantenida por cualquier trabajo no es trabajosa?) pero cómodo y, lo que es peor, acomodado, adocenado, con muceta (dicho en honor y memoria de Miguel Espinosa). Las sospechas, como siempre que proceden de Nietzsche, se convierten, con el tiempo, en verdades. Jamás podrá ser uno de ellos y eso, por ejemplo, lo pone de manifiesto la polémica (o trifulca) que tuvo lugar a raíz de la publicación de El origen de la tragedia (y para comprenderla en todos sus detalles, resulta lectura imprescindible el libro editado por Santiago Guervós: Nietzsche y la polémica sobre El Nacimiento de la Tragedia. Málaga: Ágora, 1994). Willamowitz, el joven que quizás movido por motivos personales (¿envidia, celos, inquina?) y por un inepto espíritu gregario o de rebaño (enemigo de los discípulos del maestro enemigo de su maestro, así de enrevesado puede ser el orgullo), es visto por Nietzsche como una víctima de su ambiente y de su ineptitud no como filólogo, sino como persona y pensador (si es que esta “y” no introduce una absurdidad del tipo “cuchillo con mango y hoja”), y prevé que su desbocamiento será para el jovenzuelo un lastre con el que ha de cargar, y de hecho así fue, toda su vida. Tampoco Ristchl supo entender no ya la obra (en apariencia, y en sí misma, pensada como una cosa acabada y no como el comienzo de un destino, tan sólo un subproducto wagneriano), sino a quien la había escrito. Ni siquiera filólogos de la talla de Immermann y Usener estuvieron a la altura. (Por lo demás, véase el pequeño caos que en la edición se perpetra en las páginas 344 y 358, y las notas números 755 y 783).

El ensimismamiento en la amistad no evita que Nietzsche vaya apreciando cada vez más la necesidad y el valor de la soledad. De hecho, en el siguiente volumen epistolar, el tercero, veremos cómo Nietzsche compone el contrapunto inevitable de su obra Himno a la amistad, la pieza musical titulada (y no conservada) Himno a la soledad. De todas formas, las tentaciones acechan al pensador: en carta del 25 de octubre de 1874, le confiesa a su amiga Malwida von Meysenburg: “[…] deseo también una buena esposa, tras lo cual consideraré satisfechos los deseos de mi vida” (p. 501). Malwida será, dentro de unos años, quien le presente a Nietzsche en Roma a Lou Salomé. (Bertha Rohr será descartada con contundencia como candidata por la hermana de Nietzsche, y la marquesa Guerrieri-Gonzaga, aunque con la dificultad de estar casada, se alejará de Nietzsche en cuanto este publica la tercera Intempestiva).

Por otra parte, del embeleso de los primeros tiempos en Tribschen con los Wagner, se pasará a la afortunada salida de los Wagner de Tribschen: quizás esa distancia fue la que propició que la sensibilidad de Nietzsche estuviese más pronta a comenzar el distanciamiento respecto a Wagner y el ambiente wagneriano. En este sentido, las tres Intempestivas que publica durante el período que cubre este volumen de cartas parecen exorcismos para sacudirse de encima males en vías de ser resueltos. Nietzsche tiene cada vez más clara la conciencia de su tarea y de las condiciones de vida necesarias para llevarlo a cabo. La soledad se desdibuja, todavía, en la posibilidad de una soledad compartida en el lugar cerrado del conventículo de amigos. (Y ya sabemos, y lo veremos en el próximo volumen, cómo terminó el experimento de Sorrento). Al final le quedarán al filósofo las alturas y sus soledades. Pero, mientras tanto, algo llega para ayudarle, algo que no tiene que ver con lo bueno y saludable que predican los buenos que quieren durar mucho y bien: eso mismo que ayudó a Flaubert y a Kafka: la enfermedad. Porque Nietzsche comienza a sufrir por culpa de sus ojos y del estómago. Y parece saber ya, a ciencia cierta, con la conciencia en carne viva, que después de la enfermedad viene la convalecencia, y después de esta, un estado que ya ni siquiera se puede denominar “salud”.

En todo momento vemos a un Nietzsche que sólo puede ser visto como una persona entrañable, delicada, demasiado bueno para soportar las mezquindades de la pequeña y mezquina vida cotidiana entre los que no son sus iguales, demasiado elevado como para no dejar de ir hacia sí mismo, “A 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo” (NIETZSCHE, Friedrich. Ecce homo. Madrid: Alianza Editorial, 1989, p. 93), con ese método implacable que le llevó a decir “Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos” (ed. citada, p. 55).

La edición de este segundo volumen de la correspondencia de Nietzsche parece más cuidada que la primera. Podemos lamentar errores como los siguientes: “delibertad” (p. 136), “sin parecidos” (p. 292), “que comentarás tu mismo para ti” (p. 312), “¿cómo decirlo? más reformador” (p. 357), “está desesperados” (p. 437). Podemos suscribir las palabras que Nietzsche le escribe a su editor, Ernst Schmeitzner, el 15 de septiembre de 1874: “Yo también, igual que usted, espero que la publicación esté completamente libre de erratas” (p. 491). Por otra parte, en la página 191 leemos: “ […] recorrimos juntos en tres días el camino de Basilea a Lugano, la mayor parte del camino del Gotardo en trineo, con el tiempo más bello y en la interesante compañía de Mazzini”; teniendo en cuenta que tanto en las notas números 474 y 1128 se nos recuerda la (relativa) importancia de este encuentro, sobre todo por los versos de Goethe que se citan y se recitarán, no hubiese estado de más que los editores hubiesen añadido aunque fuese una brevísima noticia biográfica para información de todos aquellos que no tienen una idea clara de quién fue Mazzini. Por otra parte, en la página 572 se puede leer: “Aunque quizás sea más importante su propia identificación, en esas notas de la locura, con Dioniso y la de ella con la diosa Ariadna, esposa de Dioniso”. Ante la duda (por mera manía de dudar), acudimos al Diccionario de mitología clásica, 1. Madrid: Alianza Editorial, 1988 (pp. 85-86), y leemos sobre la proverbial muchacha, hija de Minos y Pasífae: “La existencia en Chipre de un culto en honor de Afrodita-Ariadna, así como otros detalles del mito, han hecho sospechar modernamente que Ariadna fuera en su origen una diosa cretense de la fecundidad de la misma naturaleza que Afrodita”. Si el autor del apéndice tenía en cuenta esta información para llamar “diosa” a Ariadna, no por ello deja de parecernos un error. En cualquier caso, resulta una prueba de la excelente traducción que tenemos entre manos el hecho de que si bien han trabajado dos traductores en la misma (José Manuel Romero Cuevas, responsable de las cartas 1-207, y Marco Parmeggiani, de la 208 en adelante), si no se nos hubiese avisado de esta circunstancia, difícilmente lo habríamos adivinado, lo cual nos dice mucho a favor de su trabajo y, sin duda, de la gran y beneficiosa influencia que sobre esta inmensa tarea ejerce, directamente, Santiago Guervós, e, indirectamente, como un ángel que guía y protege, Andrés Sánchez Pascual.

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