sábado, 23 de febrero de 2013

Bach moderno: para toses, aplausos y móviles


Anteayer tuve una pesadilla… Acudía al Auditorio Nacional de Música… Y la pesadilla era la realidad.

No era suficiente con que en lugar de la Pasión según San Mateo se interpretase la Pasión según San Juan. No era suficiente con que en vez de una interpretación aquello fuese una parodia de lo que Bach quería que se interpretase. No era suficiente con que el piano eléctrico estuviese prácticamente muerto y lo único que colease fuese el cable, serpenteando sobre el escenario, que lo unía al enchufe. No era suficiente con que a la cellista se le desafinase una cuerda. No era suficiente con que el nutrido coro tuviese menos fuerza sonora que mi vecina cuando berrea por la ventana del patio interior. No era suficiente con que las voces solistas estuviesen representando a san Juan o a Jesús con el mismo pathos con el que podrían llevar a escena la compra de un destornillador en una ferretería.

Para que Bach fuese completamente moderno, nada de esto habría sido suficiente. Hacía falta el público. Puedo soportar un serrucho y un helicóptero si forman parte de la obra, incluso puedo soportar que un Clavinova sustituya a un órgano o a un clave. Pero reconozco que me cuesta horrores soportar la participación espontánea del público cuando ni se espera ni se le pide.


[Tenía que haber sospechado que la publicidad me enviaba un mensaje acerca de la falta de salud de lo que iba a presenciar]

Porque hubo aplausos durante la mínima primera pausa; hubo aplausos al terminar el último coro, antes de la coral con la que termina la obra; hubo aplausos cuando todavía resonaba la última nota; hubo aplausos durante no sé cuántos minutos (yo ya estaba fuera fumando) cuando por fin todos se dieron cuenta de que ahora sí había terminado el concierto. Y yo me pregunto para qué esa crueldad del público con unos músicos que lo más probable es que no diesen crédito a lo que habían estado padeciendo durante las más de dos horas de trabajo: al principio, y desde el principio, toses durante cada recitativo; luego, toses durante las arias; al final, toses en todo momento. Aquello, créanme, no parecía un auditorio, sino un centro de salud. Y los aplausos a destiempo y las toses perennes tuvieron su acompañamiento de móviles: si no sonaron cinco, sonaron siete: perdí la cuenta. Y daba gusto ver a la gente con el WhatsApp parapetado tras el libreto como aquel que está leyendo, quizá en el original alemán.

Y es que da igual que uno vaya preparado para estar más de dos horas sentado, inmóvil, sin emitir el menor ruido o sonido, con la inofensiva intención para el prójimo de disfrutar de la música. Y da igual que estés en un lugar rimbombante y mayúsculamente llamado Auditorio Nacional de Música. Todo da igual porque hay un sentido de la frase “Yo soy yo y tus circunstancias” que me obliga a no ser yo no por no poder serlo, sino por ser ese otro yo que se confunde con las limitaciones ajenas.

Sigo pensando que nada mejor que los músicos callejeros para conseguir que odies la música. Ahora, además, pienso que nada mejor que el público para lograr perfeccionar ese odio. Eso sí, luego uno se vuelve misántropo y solipsista y lo tachan de cínico e incapaz…

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