lunes, 21 de noviembre de 2011

30-Noviembre-2009 (y 3)

-Claro que no se soportan, y así lo confiesan. La confesión es su manía porque se lo pueden permitir: Tienen vergüenza y son desvergonzados, y en cada confesión de odio a sí mismos hallan la solución a lo confesado. Siempre les queda la imposibilidad como moral, el límite como virtud, la destrucción como conservación.
-No se trata de qué hacer, sino más bien de qué pensar, de qué sentir. Y ni siquiera se trata de esto. Se trata, más bien, y eso sólo a veces, de por qué decidir qué hacer, qué pensar, qué sentir. Tanto el dolor como el placer argumentan sobre lo que no son ellos, siempre el dolor sobre el placer y el placer sobre el dolor, y ambos siempre sobre otra cosa, sobre algo más que sí mismos, y, sin embargo, permanecen placer y dolor incapaces de salir de sí. No se trata de quién se es, ni de cómo se llega a ser quien se es: Eso también es una falsedad que brota de la falsedad de ser, como si ser no empezase y terminase en nada. Y, así, el sufrimiento tienta contra las imposibilidades y el placer a favor de las posibilidades, como si hubiese alguna diferencia. En cualquier caso, si se sufre, este sufrimiento no indica nada: Más bien, la única labor que se puede hacer es saber y decir si uno está dispuesto a sufrir, y tanto el sí como el no tampoco significan nada. Y, en medio de todo esto, se vive.


[Tom Hunter. Hallowe'n horror, trick or treat thugs break mum's bones]

-Sólo existe un sacrificio, el de lo grande a lo pequeño, el de lo más a lo menos. Es muy dudoso que el sacrificio sea una forma de amor, y ya no digamos que sea la más sublime manifestación del amor. Y sólo existe una injusticia, la de lo pequeño y menos que juzga y condena a lo grande y más. Entre la opinión y la verdad hay la misma distancia que entre un necio y la sensibilidad: El truco consiste en una simplicísima metonimia.
-Por supuesto que se puede ser humano sin humanidad, pero esto sólo es posible sin caer en la inhumanidad y sin haber empezado por la inhumanidad. De hecho, no ser humano no significa ser infrahumano o inhumano, sino desplazar el centro de gravedad: Ya no es el corazón el punto de apoyo, lo que no quiere decir que deje de contar: Es el punto de apoyo, pero duele. ¿Y por qué puede llegar a suceder esto en quien después de mucho sufrimiento había llegado a ser plena y cordialmente humano? Fácil: Porque se había sufrido en exceso, para no seguir sintiendo el sufrimiento. Es decir: Para seguir sintiéndolo todo y aniquilar toda esperanza de que haya algo más que sufrimiento y de que eso que no es sufrimiento tenga un correlato real.
-La humanidad se desveló, y sigue haciéndolo, cada vez que se dice: “No puedo vivir – y tengo miedo a morir”.
-Un paso más hacia el precipicio. Tampoco esto es para tanto. La cuestión es cómo ir acercándose al abismo.
-Toda la estética, toda la estilística es absolutamente nada. Ni la estética del estoicismo, ni la del libertinaje, ni la de la fe, ni la del escepticismo; ni la estilística del autocontrol y retención de la expresión, ni la del libre fluir de las impresiones hacia fuera. Quiere esto decir que no es cuestión de ética, esa rémora elegante, cada vez más sofisticada, de pose en pose. Sólo tienes dos verdades: Estás vivo, morirás.
-Nunca los contentarás: Eres libre. No eres libre: Nunca los contentarás.
-Si pudieses, si pudieses hacer durar la furia, no importa cuál, la furia de la intensidad o la furia de desaparecer; si pudieses hacer durar la furia tan sólo un poco más que la verdad. Si pudieses.
-¿Cuándo sabes que todo ha acabado, que estás completamente acabado? ¿Será cuando te haces esa pregunta?
-Abre la mano. ¿Duele? Es que ahora al dolor de la profunda herida en la palma de la mano se suma el dolor de verla.
-Cada vez que tienes miedo a hacer daño y te endureces como aquel del “No lo puedo evitar”, recolectas todo el sufrimiento del mundo y te golpeas con él. ¿Merece la pena, realmente merece la pena? ¿Y lo contrario: Merece la pena?
-Cuando se termine el miedo, eso es lo que da miedo. Y, sin embargo, también el miedo se acaba.
-Todo “Aún” es un “A pesar de que ya no queda nada”.
-Todo lujo es un exceso, y todo exceso es un lujo. Ahora créete, por qué no, para variar, lo que te han dicho. (De todas formas, esto no juega en tu favor ni en el de ellos, pero, tal vez, sí en vuestra contra, o al menos en la tuya). Créete que, por excesivo, eres un lujo, y el lujo, por excesivo, está demás. Y lo que está demás, sobra, y lo que sobra, dice la lógica, sobra porque no es necesario, y si no es necesario es porque su existencia es un mal, y un mal, por estas latitudes, es lo que hace daño. Esto dice la lógica. También se puede pensar que si eres un lujo, quién se puede permitir ese lujo. De cualquiera de ambas maneras de entenderte, sufrirás.
-¿Y por qué no ibas tú a confesarte? Porque lo que tienes que decir ya se sabe y nada se quiere saber de eso. Lo tuyo no es una confesión, pues ¿qué confesión es esta de decir sufrimiento y sinsentido? El sufrimiento y el sinsentido hacen que tu vida dé vergüenza, nada mejor para propiciar la confesión, pero el sufrimiento y el sinsentido no son confesables, pues no hay confesor ni fe en el confesor. Sólo sabes que el sufrimiento durará siempre y que el sinsentido durará siempre, y que el sinsentido hará que el sufrimiento dure siempre, y el sinsentido, cuando empieza, jamás cesa – porque no es que trascienda el tiempo: Se convierte en el tiempo mismo. De ahí que pueda haber algo infinito: La triste, la tristeza infinita.
-La tristeza es lo más parecido al suicidio. ¿Y en qué se parecen la tristeza y el suicidio? En que tendrías que haber preguntado antes, en que no tendrías que haber nacido, en que te van a culpar. Son comas las canciones bonitas: Llega un momento en el que para seguir escuchando música tienes que escuchar, solamente, a las furias.


[Lovis Corinth. Sansón ciego]

-Ni siquiera se le puede dar la vuelta y decir: “El resto son palabras”. ¿De qué sirven los juegos? Palabras y silencio: Esa es la sustancia, esas son las esencias de las que se compone esta descomposición llamada vida.
-Está la tensión de lo que retuerce en lo mínimo, en el casi silencio, en la casi palabra, en la casi lentitud. Santos y santas recomiendan que se relaje la tensión. ¿Hace falta añadir algo?
-Y por fin lo posible y lo imposible se funden, indistinguiblemente se confunden. La decisión, cualquier decisión, queda inutilizable. Por fin se ve la noche cara a cara. Mañana no habrá más – ya no hay mañana.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

30-Noviembre-2009 (2)

-No salgas a flote: También puedes escarbar. Y eso es para ser, recuerda, como todo.
-El gusto se agua; el corazón no se ahoga: Se asfixia. Ahora bien, la lógica viene a salvar la situación, el corazón respira y todo está perdido.
-Agárrate no a la falta, sino al defecto, y a partir de ahí, arráncate, no permitas ni la yema de una raíz. Se acabará.
-Sólo hay un deseo legítimo: Deshacer toda la vida y, quizás, no volver a empezar.
-¿Vuelta, siempre, a las flores insensibles? Pero ¿ya está todo?
-Hay justicia en este mundo, también en que no sea la víctima quien ejecute y disfrute el que se le haga justicia.
-Si de algo valiera la cultura (y sólo vale, para arrojarla al basurero, para los cultos) se podría decir: Sobre el fondo de los violines de Shostakovich (si a esto se le puede llamar fondo, como una tela de araña rota y perlada de cuchilladas, re mi bemol do si) resuena casi en silencio una marcha fúnebre de Satie; y entre todas las notas lo que no tiene lugar en ningún pentagrama, y esto es la voz que grita.
-Metamórfica, siempre deformada – porque no se puede decir que la vida esté in-formada, ¿verdad? Luego viene la estabilidad a guerrear contra ese caos que es el cosmos. Seguimos – sin nunca llegar a nada.
-Llega ahora una nimia anécdota llamada dinero. Llega y ya se ha ido.
-También la autodestrucción es un trabajo: Y esto es lo que hay en su contra.
-Qué envidia la energía: Teniendo un poco más de energía, se acabaría antes.
-Bien, ¿y cuánto dura? Por ahora.
-Repítelo. Por lo menos repítelo hasta que se agote. Y luego, cuando se agota la repetición, repítelo hasta que lo repetido te repela.

[Grosz. Suicidio]

-Y puedes habitar en la más extrema pureza. De nada valdrá: La pureza quedará eclipsada por lo extremo. Aunque por las venas corre la sangre, y las venas surcan la piel, y la piel cubre la carne, y la carne se hunde en sí misma, y por debajo de lo que está en sí mismo hay otra carne, otra piel, otras venas, otra sangre: No late en cada latido, no vibra en cada vibración, no brilla aunque, sí, aunque, aunque ciegue. Y los ojos se ciegan y dejan de ver y pueden ver y no ven aunque se caigan los párpados, aunque el sueño lo invada todo con su lucidez de la noche de las noches: Siempre sigue con una furia que se confunde entre la duración y la desaparición, como si la vida fuese ese ínterin que media como medio entre lo que no acaba de ser y no termina de ser, y en los intersticios de la conciencia, por donde lo que siempre calla se arrastra acallado para durar y para acabar de una vez, en esos huecos tan llenos como la culpa, como la suciedad, como el exceso, en esos lugares que se cierran alrededor de lo abierto sin límites, ahí, aquí, la voz, el filo, lo que no se puede aprehender, de tan intangible, de tanto odio como si fuese amor, como si el amor fuese odio, como si no mediase distancia entre cierto amor y cierto odio, como si esa furia, esa fiebre, esa inutilidad que acaba en nada, que comienza en nada, que dura para y en nada, como si todo eso que no tiene ser ni nombre, como si eso que se odia fuese el mismísimo amor, como si todo el universo se empeñase en despeñarse contra lo que lo transgrede, contra lo que lo abole, contra lo que lo devuelve al origen que es la finalización de sus fines, y, así, con cada expresión se alinean las huestes y los planetas y las estrellas, sí, todas las estrellas formadas en orden de batalla contra lo que las atraería si aún fuesen siendo estrellas: Pero he ahí que una vez aquí las estrellas se copian y se acogen a los puertos, a sus órbitas, y todo lo demás ha de ser destruido para poder, para poder seguir aparentando ser estrellas, para poder recordarse estrellas.
-¿Analicemos? Analicemos ahora todo lo que se encuentra con lo que se encuentra en la desesperación más desesperanzada, porque lo segundo, al borde de la inexpresión, ha de permanecer en la retícula de los alveolos, en secreto, como un secreto, de la naturaleza de los secretos, inexpresable, secreto, del pasado. Así que analicemos lo que se encuentra con lo que ha de mantenerse en secreto. Pues bien, todo era verdad: Eso se conserva en la seguridad de poder desvelar todos sus secretos: Como se ha guardado en un margen la posibilidad de la imposibilidad, siempre quedará la confesión: “Pero no he podido, y esta es la prueba de que todo ha sido venial y de que todo queda más reafirmado que antes”. Y en ese estado de llenura acontece la mengua, la lenta extinción, la profunda entrega, el odiado sacrificio de lo que se ha de mantener al borde de la inexpresión, en secreto, secreto, desesperación más desesperanza.
-Y qué es lo que ha de venir salvo lo que, pasado, no ha pasado.
-Epiménides se dejó escrito. Dijo que mentía hasta el final, hasta el fin. Sobre el brocal de su piel lloran, incólumes, todas las cebollas.
-Y hablando de cebollas (¿lo notas, sientes cómo molesta tu existencia, cómo te odian, cómo incordias, hasta el fondo del corazón, cómo cada vez que te expresas molestas?), habrá que hablar de serpientes: Una piel que habría que preguntar si es marcescente o si aún se regenerará en una serpiente, en otra serpiente, en cebolla que no es nada sin sí misma en esa plétora de pieles que no acaban de ser la propia cebolla. Cuando abras la mano, cuando la abras.
-Hay unos versos. Quizás sean malos. Quizás. Quizás sólo estén sin vender. Hay, en definitiva, unos versos que terminan “vamos”. Y hay otros versos que terminan “dónde estás por qué no vienes a buscarme”. Como se puede sospechar, llega ahora la lógica: Pues bien, ahora bien, si en todos estos versos palpita la nada que se pone en la existencia como un corazón que se deshace como un suspiro, como un suspiro, como un suspiro que va a más, que crece, que se sale del pecho y no cabe en lo que no se puede decir, en lo que no se puede decir, un grito que ha de ser callado para poder ser, para que no moleste a los que molestaría. Ahora bien, aquí está de nuevo la lógica; ahora bien, ahora ni siquiera emplear la lógica: Te empalarían contra ella.

[Francis Bacon. Figure with meat]

-Y no preguntes. Ni un signo de interrogación. No vaya a ser que crean – que crean que los sueños son reales; no vayan a decirte que molestas; no vayan a condenarte con su yo por delante. No vaya a ser, no vaya a ser que los únicos caminos del mundo sean cicatrices; no vaya a ser que toda la inocencia de tu existencia concluya en una cruz. Por otra parte, ¿tú qué importas? Si vas tras la razón, la respuesta es obvia: Nada, absolutamente nada.
-También, esto es lo malo, siempre, este “También”. También queda la inocencia que no sabe de edad ni de experiencia. Y esto es lo malo: Esto es lo realmente malo, esta inocencia que es, sí, sólo una expresión. Una expresión, una inocencia… Y en lugar de estos puntos suspensivos vendría algo hermoso. Hay que guardar silencio, aunque el resto, sea incluso el resto lo que se comparte, sea belleza.
-Porque hay unas palabras que aunque rememoren ante el que ha venido desde el pasado a través del presente a ser completamente, se hacen maliciosamente sospechosas. No abras la boca: Cuando se les corta la cabeza, las cucarachas tardan dos semanas en morir de hambre.
-Complace. Es fácil: Finge, sonríe y mátate sin molestar. No le tengas miedo a la práctica.
-¿La calidad? Primero, contra el ingenio. Segundo, contra la confesión. Primero jamás expreses la calidad fuera de hora. ¿Y cuándo es la hora? Vaya, qué pregunta: Nunca.
-Deja que todo se exprese: De lo contrario, la venganza será terrible. No tienes lugar, así que deja que se expresen por ti. Hay una belleza en lo mínimo, ¿recuerdas? Era algo así como “de palo”. Claro que ahora puedes irte a los cuentos: Érase una vez un cantero, o un picapedrero, o como se llame, alguien que devastaba la cantera, la piedra. Préstale atención a toda la expresión por más insolvente que sea: Recuerda que el cantero, o el picapedrero, o lo que sea, labra en la piedra un teatro. Así que tómate en serio todo lo que no seas tú, todo lo insolvente, todas las máscaras. A esto queríamos llegar: Seca la fuente de las lágrimas, borra el maquillaje que deja en sus pálpitos, a su paso a paso, la babosa del corazón: Tómate en serio, con toda la seriedad de la realidad, las máscaras. Y no te detengas a desenmascarar: Érase una vez un cantero, o un picapedrero que labraba la roca y alzaba el teatro de su confusión con la piedra para las máscaras. No, no te muevas: Cualquier gesto será un delito de extrema unción. Deja que todo te exprese. Aguanta: De todas formas, no lo dudes, aunque no quieran, aunque (esa palabreja que tantas entrañas desentraña) no guste, explotará.
-En serio, la más extrema seriedad descarrila a ambos lados de la llamada, de la defendida realidad.
-No era un sueño, ¿eh? A Joyce no le corregían y los exégetas, que aún están locos entre sus palabras, aún no le han dado las gracias: En sus casas se respira esa felicidad de los mentirosos que son felices y no se atreven a confesar por qué.
-Y si tú no tienes energía, ni la tuviste ni nunca la tendrás, jamás reniegues de la energía. Vampiriza. Abandona la nostalgia, el alimento, y no te permitas ni una lágrima: ¿Sabes cuánto te va a costar? Porque de todas formas vas hacia la desaparición absoluta. Por cada lágrima que no se desliza por tu piel se intensifica la dureza, la ausencia absoluta de intensidad: Y si esta era repudiable, la dureza lo es en la misma medida. Cuando aprendas tu desmedida sabrás lo que nadie sabe, lo que nadie, con la boca llena de sí, quiere saborear: Que por cada poro saturado por la dureza hay un poro saturado por la intensidad. En la nada de tu ser, en la absoluta nada de tu ser, en la profunda, completa, perfecta, inagotable, pura y dura e intensa nada de tu ser horadan seres. En la profunda, elevada, acabada, presente, omnipresente nada de tu nada. Y la dureza es peor, se quiere lo peor, peor que nada. Y tú no puedes nada y te entregas a la nada, y te arrepientes, cada segundo te arrepientes.

[Tracey Emin. My bed]

-¿Y para qué tanta paciencia? Bien: Pues para nada, igual que la impaciencia.
-Toda esa teatralidad de la calma, de la serenidad, de la inexpresión traducida a expresiones al servicio. Todo ese estar a expensas.

viernes, 11 de noviembre de 2011

30-Nov-2009 (1)

Queridos amigos, aunque Roberto no escribe nada nuevo para el blog, con su permiso publicaré en tres entregas estos textos de hace años. A falta de título, debido a su naturaleza hasta ahora privada, irán encabezados con la fecha de su recopilación definitiva.


30-Nov-2009 (1)

-Detrás de un trago viene otro trago. Sólo hace falta saber contar hasta el infinito: allí acabará.
-¿Despacio?, de cabeza al abismo, quemando posibilidades inagotadas, así se llega al otro lado de los límites. Es fácil, en el fondo de todas las posibilidades no palpita, no brilla, calla la imposibilidad, y es ahí donde, sin espacio, sin aire, sin luz, no se vive, no se muere, no se desvive: Se encuentra la falta más allá del placer, más allá del dolor, más allá de la vida y la muerte, sin umbral, sin instante, en un estado que declara abolidas paz y guerra en una indiferencia de desesperación desapasionada, afiebrada con todos los vicios, esos que son la virtud del mundo, cosa ni siquiera redonda, ríete, por no llorar, de Timeo.
-Va a abrazar y todas las distancias infinitesimales se abren en espinas que se clavan en la sensibilidad, directamente, y las heridas aguantan el aliento. Nada se nota. Ahora comienzan las marejadas de la verdad, ese pequeño detalle sin rostro que atraviesa, llenándolas, todas las noches de la noche y mira a la cara y no deja punto ni coma ni lugar al contacto: En el más benévolo de los infiernos las sombras vagan solitarias por el foso donde las cucarachas y las ratas sonríen casi muertas, aún durando, a la espera.
-¿No arde? No vale. ¿No quema? No sirve. Todas las utilidades terminan en el sinsentido del alma. Ni las cenizas ni el humo: no queda nada, ni sombras ni ecos. Por aquí transitan las llamas que consumen los seres y las posibilidades. ¿Que no vibra, que no hace vibrar? No más allá, no más arriba, no adentro, sin elevación, sin superficie: aquí.
-Pero ahora comienza la suciedad de las noches, de los parques, sin metáforas ni baladas. No hay banda sonora: el más originario silencio pulula con pasitos de ángel por los cristales y las cuchillas. Si no hay ocasión, si no acontecerá, aún, aún, vamos, aún.
-Calcula la inversión. También el corazón es un pedazo de carne.
-¿Cuándo es tarde? ¿Lo sabes? Sí: Cuando no sé si hay tiempo.

[Marcel Duchamp. Etant donné - 1° la chute d'eau - 2° le gaz d'éclairage]

-Y cada vez que te destruyes, no destruyes el mundo. Ahora bien, ¿qué mundo?, ¿qué tú? Detrás, delante, en cada algo de lo que te desprendes, que te ha soltado, no hay buena conciencia: Hay plena conciencia y lo que precede a la buena conciencia: La calle, la miseria, la consunción de lo posible – porque todo era imposible, porque se va afilando el filo en el que resplandecían las posibilidades, suaves, agudas, luces en la oscuridad, como si hubiese luces, como si hubiese oscuridad. Y se ve llegar de frente el miedo con su rostro más suave, más agudo, cruzado de las invisibles cicatrices de la certeza absoluta. Hay que enterrar las últimas esperanzas en un agujero tan profundo como el egoísmo, como el amor, como el corazón, esa babosa que se enrosca en el pecho, que repta por todo el cuerpo con suavidad, con cálido sentido, atravesando de suciedad la suciedad, pues se descomponen los entes igual que pasa el tiempo, marcando el tempo.
-Ya no se espera. Y siempre se espera, siempre se seguirá esperando: En medio de la basura, en el centro puro del puro sol. Abre la mano: ¿Te atreves a decir para qué sirve ahora?
-La flor: Un pétalo, otro pétalo, un pétalo, y otro. Pétalo a pétalo: Nada hay que dé más pena y no se puede afirmar, sin ser merecedor de una lenta y dolorosa e incluso eterna muerte, me das pena. Pétalo a pétalo: desflorando el pasado y el futuro. ¿Y el presente? La pesadez de los hilos sin cometa.
-¿Cuarenta grados? ¿Y no parece poco? Los cartones, los periódicos, esas pieles para soportar la noche. Aguanta, porque al final el lento final será peor que nada.
-Ni sufrir ni hacer sufrir: Sufrimiento. El daño explota en la piel del más allá de la indiferencia, esa dureza que no dura, que no endurece, que salva la indiferencia sin rozarla. Más allá, un sentir sin sentir, sin sentimientos ni sensaciones: Ni las piedras, porque las piedras no fueron, no esperaron, no esperan.
-No lo hagas, ni el más pequeño movimiento hacia atrás. Todo está ya inhumado en los parques, en los centímetros transitados, esos cementerios de lo vivido. ¿O no sabías que todo era adiós?
-Muerde. Cada dentellada es un susurro de socorro, por qué no vienes a buscarme.
-Ahora te arrojas a la simpleza: Renuncias a lo imposible.
-¿No volver a sentirlo? ¿No habrá nada, ni lo mismo ni nada parecido ni nada más? ¿No volver a sentirlo? ¿Le has dado, al fin, nombre al pánico?
-Los caballos corren libres, con las crines al viento, por la pradera sin cercos. ¿Los caballos? ¿Quieres decir los cabellos? ¿Alguna melena, tal vez? No quieres decir nada. Nunca has visto un caballo ni unos cabellos al viento. ¿Y el viento? ¿Y el viento?
-Cuando se agota la fuerza, ese es el momento. Empieza por cuando no hay nada sobre la hierba, nada que pisar, ni letreros ni un poco de verde. De todas formas, el verde está legislado. Y, así, cuando se agota la fuerza comienza la vida que no es vicio: El resto es el vicio de vivir.

[El Bosco. La nave de los locos]

-Se apagó la luz de la vela. No era, pues, el sol.
-¿Quién respira más, más deprisa, más oxígeno? ¿Quién? ¿Y quién es quién? Allí, a la vuelta de la esquina, hay quien apenas respira.
-Las hordas, las invisibles, las calladas, las de uno en uno, las hordas.
-O vives o escribes: No hay opción.
-Un rasgo y todo cambia. Ya vendrán los carroñeros a cebarse. Calma. ¿Calma?
-Te avisan. En el trasmonte hay un incendio. ¿Y qué?
-Hasta que las últimas energías de la costumbre sucumban, y, después, las últimas energías del vicio. Y, después de las costumbres, después del vicio, después de las energías y de lo último: Después de la espera y de la esperanza, después de la desesperación y la desesperanza; después del después, cuando todavía queda algo: Entonces, entonces… Mira, espera, mira y espera.
-¿Ahora? Ahora abres la mano y todo comienza. Ahora es la respuesta, y no hay respuesta porque no había pregunta. El presente se desliza y apesta, deja un resto de arcadas. Vamos. Vamos.
-¿Vienes? ¿No?
-La séptima soledad ha quedado tan atrás que ni se recuerda: El desierto no es, ya, ni un espejismo, y sigues a las botas, que caminan por campos y ciudades, porque siempre hay césped: Ellos se ocupan y preocupan de sembrarlo.
-¿”Ya no aguanto más”?
-O todo comienza con un signo de interrogación o termina con él.
-Cuando estés tentado de claudicar, recuerda lo que sabes ahora. ¿Necesitas? He ahí la verdad.
-¿Quién te recuerda? Que vengan a ponerle puertas al campo.
-A la vena va toda la perogrullada. Y sirve.
-¿Es un juego? Siempre estás en el margen. No lo olvides.
-Si no te quieren ni con la desgana de la inercia ni con la fuerza de los vicios, entonces.
-No es suficiente. Nunca lo es. Mejor, desaparece.
-Y cuando acabes el crédito, no lo renueves. Que te exijan cuentas.
-¿Libertad? Lucha por tu libertad como un esclavo de pro.
-O sonríes mientras las máscaras observan o no hay teatro.
-Y pones a prueba tu debilidad y te llevas una sorpresa, una muy agradable sorpresa: Eres mucho más débil de lo que a solas te creías.

[Turner. Fishermen at sea]

-Creo que estamos en el año 2009, noviembre. Pero si no lo pregunto, la verdad es que no lo sé.

martes, 27 de septiembre de 2011

Gracias por vuestra compañía

Queridos amigos, os anuncio que dejo el blog. No sé si a partir de ahora seguirá o no en funcionamiento. Os agradezco cordialmente vuestra paciencia y vuestra amistad. Hasta siempre.

Roberto

lunes, 19 de septiembre de 2011

LA PESTE


El narrador de A Journal of the Plague Year se duele de los desmanes acaecidos en Londres a raíz de la peste de 1665. Se duele pero los perdona cuando los perpetran hombres que no saben lo que hacen, o bien los hombres ante la muerte y el peligro de muerte. Cualquiera, también uno mismo, puede ser portador de la peste de manera invisible, porque se oculta a propósito o porque se desconoce. Y, así, todos son sospechosos, también uno para sí mismo, y la sospecha del contagio crea un estado de sitio y alarma constantes. En este estado de cosas, cuando se cree que cualquiera puede contagiar el mal, se recrudece el aislamiento, se multiplican las ayudas y muchas disensiones desaparecen gracias a la unión de todos ante la muerte, que a todos iguala y a todos muestra su origen, naturaleza y destino comunes. Nada hay más comprensible, ante el miedo, el dolor y la muerte, que la comprensión benevolente y piadosa. Por eso el narrador de lo que más se duele es de que pasado el peligro, pasado el miedo, pasado el dolor, pasada la muerte inminente, los hombres vuelvan a sus banales disputas, al aislamiento egoísta, al cálculo de intereses privados, y olviden las promesas de conversión que habían hecho en peligro de muerte.


[La peste. Arnold Böcklin]


Ahora bien, si ante la muerte el hombre abandona vanas ilusiones y disputas enraizadas en el egoísmo y en esa la más horrible de sus máscaras, la estupidez, entonces el verdadero peligro no es la peste que trae la muerte inminente y su amenaza constante; y, por lo tanto, la auténtica peste no sólo no tiene nada que ver con la muerte, sino que es la mismísima vida. Porque en cuanto regresa la vida el hombre quiere y puede algo más que sobrevivir, y sabe que el resto de hombres también quieren y pueden algo más que sobrevivir, y entonces todo hombre se vuelve sospechoso y peligroso, puede portar, sin saberlo, la peste de vivir, y uno se vuelve sospechoso ante sí mismo, pues puede querer ahora una cosa y luego otra, o las dos cosas al mismo tiempo, aunque parezcan mutuamente excluyentes, y no sabe con certeza qué será capaz de hacer para conseguirlas. La peste de la vida genera un estado de sitio, de emergencia y urgencia sin paliativos, y todos los que viven pensando que no es probable que mueran mañana mismo, contagian, a propósito o sin saberlo, el bacilo del poder-querer y del querer-poder.
Es así como no hay hombre más egoísta y olvidadizo que el hombre feliz, ni hombre más estúpido que el hombre enamorado, ni hombre más asfixiante que el hombre de éxito. El bienestar, el orgullo, la envidia y el egoísmo son los cuatro jinetes del apocalipsis de la vida, son la revelación de la vida que no teme desaparecer de un momento a otro y que traza límites infranqueables entre hombre y hombre que sólo salva ese estado de perfecta salud que es la muerte.

sábado, 17 de septiembre de 2011

EN LOS PECIOS DE LA PEREZA

También en ese espacio de tiempo que es la pereza, que cuando llega de la mano de cierta tristeza roza el dolce far niente por la tangente de una agridulce irritación que anima a no reaccionar, se encuentran especies de tesoros sin valor, fósiles de tiempo, hundimientos del pasado, y perlas – esos frutos de la irritación – a los que se llega por la apnea de la inactividad, del dejarse llevar. Así, mientras leo A Journal of the Plague Year recuerdo los diez cuentos que hace más de diez años reuní bajo el título Juicios sintéticos a priori, y, en concreto, el último, que ahora ofrezco para su lectura: “La Tierra es redonda”. Y junto a estos despojos en las playas submarinas, también me animo a abrir la concha de lo que ahora me entretiene, unos Cuentos sucios. Habrá que aprender a flotar también bajo la superficie.


[John William Godward. Dolce far niente]

La Tierra es redonda

Al salir cierra la puerta. Queda solo en la estancia. Se vuelve y se acerca a la rendija por la que entra un segmento vertical de luz: desde la muralla hasta las tiendas de los sitiadores se extienden, sobre una superficie devastada, los cascotes de una erupción humana: miembros sin sentido, inservibles trozos de armas, cuervos muertos con la cabeza abierta a picotazos, perros pasados a cuchillo todavía con jirones de telas ensangrentadas en la boca, joyas, estandartes sin viento.
A su espalda escucha el llanto de un niño: van diez años. Hay criaturas que han nacido en la guerra y que no conocen otra cosa que estas murallas, altas, negras, cerradas a cal y canto salvo para dar salida a los hombres, a los jóvenes, a los niños, y dar entrada a sus restos. Conocen las cunas desarregladas, las horas y horas tumbados sin que su llanto sea consolado; conocen los rostros crispados de alguna de las mujeres que acierta a pasar a su lado, las manos impacientes que los sacuden, los gritos que contestan a sus llamadas. Siempre juegan a lo mismo, no conocen otro juego que el de lanzarse piedras y palos afilados, y el de revolcarse por el suelo, sobre ese manto de heces de los animales que alfombra la ciudad, imitando el cuerpo a cuerpo de la lucha y del sexo, pues todo es ya visible y nadie se atreve a detener al que está sufriendo y al que sabe que va a terminar en unas horas con su vida. Conocen la bárbara risa de los carroñeros, el cielo sobrevolado por aves que cargan con pedazos humanos del doble de su peso, que a veces se caen a sus pies como una lluvia macabra. Trabajan en la armería, en las caballerizas, en la herrería, cuidando el ganado, vigilando lo que algunos se atreven a plantar en sus jardines privados, constantemente saqueados; también cosen, corren detrás de los más pequeños, cachorros de las batallas, concebidos antes o después de la cólera del que se desvive para clavar una lanza, para blandir una espada, para levantar y bajar con violencia el martillo del hacha; niños que nacen con dientes, con canas, niños que muestran en sus miradas la progeria del odio, que lucen en su piel los edemas de una leche agria, cortada, la congénita fealdad del egoísmo que sólo quiere sobrevivir. Los niños practican con el arco, apuntan a las dianas con los ojos cerrados y clavan las flechas en su centro; luego los ponemos en fila, parapetados tras sacos de arena, a disparar sus dardos desde este lado de los muros. No saben si han acertado, pero si les preguntas te dirán que sí, que están seguros, como con la diana y sus ojos vendados; y se levantan y se van a rebuscar comida, y no ven sus cadáveres.


[Brueghel el Viejo. El triunfo de la muerte]

Las mujeres son hombres o son bocas, anos, vaginas, manos; son irracionales bestias vengativas que supuran rencor, que demuestran más crueldad que nosotros, o son fláccidos pellejos sin voluntad, enfermos bultos apenas recubiertos con harapos que se han abandonado y a las que se deja agonizar por toda la ciudad, pues ya nadie siente compasión y la ayuda no existe: existe el poder y la guerra, y es más valioso el enemigo que el ser que no puede morir matando para conseguir la victoria. Al principio se cantaba, se bailaba; por las noches refulgían las hogueras y a su alrededor celebrábamos fiestas alegres, que con el tiempo se fueron reduciendo a fúnebres plantos sin fuego, a calladas vigilias sin palabras, a nada. Y si en aquellos gloriosos días de la esperanza descabellada algunos poetas compusieron y recitaron épicos relatos que envalentonaban a nuestro ejército de espectros, cada vez más inerte y menos humano, al poco dejaron de hablar y se hizo un viscoso silencio que precedió a otro tipo de obras, a otras estructuras y cadencias, pesimistas, enrevesadas, tiznadas del sarcasmo del que es testigo de la crecida imparable de la estupidez. Entonces les rebanaron el cuello. Los lentos filósofos guardaron silencio desde el primer instante; recogieron sus escritos y se dedicaron a la medicina o a las artes de la arquitectura y de la estrategia bélicas. Ya no se les volvió a ver paseando solitarios o en pequeños grupos sin rumbo, ensimismados como flores en las corolas de sus ideas; no se les volvió a escuchar dialogando sobre la Naturaleza y las palabras y los números, y a partir de entonces, en el recinto de las murallas, aniquilado el espíritu de la ciencia, los hombres vagamos desorientados, confundidos, exhaustos, en una atmósfera malsana, opaca, que se te ciñe a la piel y hace que te chirríen los dientes incluso cuando duermes, si es que consigues dormir, si es que los aullidos de dentro y de fuera no son más estridentes que la sordomudez de tu cansancio. Ellos están fuera de casa, lejos de sus familias. Los envidio. Ellos podrán regresar. Aquí no quedará piedra sobre piedra. De aquí saldrán esclavos, proscritos, rameras, juguetes de la tortura. Hoy tengo que salir a campo abierto. Tengo que pelearme con él. Yo ya no le veo el sentido a todo esto. El horror se ha metido en mis huesos, en mis sueños. Esta noche he visto un carro dando vueltas y más vueltas alrededor de un planeta cercado, y su auriga, de ojos de loco, de hombre que padece la miseria de ir contra sí mismo, me decía con voz dulce: “La Tierra es redonda”, como si con ese enigma quisiera advertirme de un gran peligro, “La Tierra es redonda”. Pero yo salía a su encuentro, sintiendo la gravitatoria frialdad de otro cuerpo dentro de mí, marchando de frente hacia él, y ahí voy, sí, pues sé que la Tierra no es redonda y la recta es la distancia más corta entre dos puntos.

Cuentos sucios


[Lovis Corinth. Salomé]

1.
-Cuéntame un cuento.
-Cuéntame un cuento… Creo que así fue como se creó el mundo.
-Anda, por favor, cuéntame un cuento.
-Pero yo no sé ningún cuento.
-Pero tú los inventas. Anda, cuéntame un cuento.
-Los invento… Está bien. ¿Qué tipo de cuento quieres? ¿De intriga, de terror, de…?
-De amor. Quiero que me cuentes un cuento de amor.
-Sorpresa.
-Pero de amor de verdad. Un cuento sucio, de amor sucio, de toda la suciedad del amor.
-De la suciedad del amor.
-Sí, del amor de verdad, un cuento sólo de amor sucio, sólo de la suciedad del amor, un cuento verdaderamente de amor verdadero.
-Está bien.
-Dame un beso.
-Érase una vez el mundo. Y en el mundo estaba el amor. Y el amor era enemigo del mundo. Y el mundo estaba enamorado del amor.
-El mundo está enamorado de su enemigo, el amor.
-Tú cuentas los cuentos mejor que yo.
-¿Y ya está?
-Sí.
-Pero ese es sólo el comienzo. ¿Cómo termina el cuento?
-Es cierto. ¿Cómo termina el cuento? Quizás no tiene final.
-Ah, no, no, no, todos los cuentos tienen un final.
-A mí no se me ocurre ninguno. ¿Y a ti?
-Déjame pensar… Sí.
-Dime.
-Acércate. Acércate más, mucho más, más…


2.

Mientras subían la escalera de caracol, le tocaba el culo y el coño por debajo de la falda, por encima y por debajo de las bragas.
-Para.
Mira de arriba abajo, en escorzo.
-Quiero unos pendientes que brillen como Venus.
-¿Dónde voy a conseguir algo así?
-No “algo así”: eso. ¿Tú no eres geólogo? Encuéntralos.
-Pero usted es joyero. Y yo quiero unos pendientes que brillen como Venus.
-No: yo soy el mejor joyero.
-Entonces, encuéntrelos.
-¿Sí?
-Quiero unos pendientes que brillen como Venus.
-Imposible.
-¿No existen? ¿Ni siquiera en el mercado negro o en los museos?
-Sí.
-Encuéntralos.
-Me da igual quién los tenga y dónde los tenga. Quiero unos pendientes que brillen como Venus.
-Son piedras de un metal no clasificado. Se les ha clavado un pequeño garfio. Todavía están en una mina, a cielo abierto.
-Encuéntralos.
-Sabemos que los pendientes que brillan como Venus están ahí, donde tú estás. Hay mucha gente implicada en esto.
-Los habría visto.
-Mira bien. Están delante de tus ojos. Encuéntralos.
Mientras subían la escalera de caracol, le agarraba suavemente las bragas, el vello enredado en los dedos.
-Para.
Mira de arriba abajo, en escorzo.
-Agáchate más. Mírame.
Dos pequeños anzuelos se clavan en los ojos, que pasan a brillar en los lóbulos como Venus.


[Rembrandt. Betsabé con la carta del rey David]


3.

Al principio rompíamos relojes de arena. Luego encontramos uno que fuimos incapaces de romper; ya vivíamos juntos y nos lo llevamos a casa. Lo colocamos en la balda más alta de la librería y no le prestamos más atención hasta que uno de los dos, no recuerdo quién, lo colocó más a mano en la misma estantería, a la altura de los ojos, y a veces, cuando pasábamos por delante, le dábamos la vuelta y nos deteníamos a mirar, durante un segundo, cómo caía la arena hasta que un día nos sorprendimos los dos, de pie, enfrente del reloj, observando en silencio cómo se iba vaciando y llenando el reloj, perplejos como ante una antinomia.
Y esto duró hasta que el reloj de arena ocupó el centro de la mesa, junto al sofá, y ya no leíamos, ni hablábamos, ni nos tocábamos, ni nos mirábamos: nos turnábamos para girar el reloj y pensábamos en el falso tiempo de los relojes de agujas y esfera, que parece moverse en círculo sin fin, y que seguirá retornando y girando aunque el corazón se pare, cuando en realidad el tiempo es un segmento, una recta con principio y fin.
Y pensábamos en la luminosa mentira del reloj de sol, que sin nadie que lo contemple, sin necesidad de nadie para hacerlo funcionar, seguirá marcando las horas. Y pensábamos en la falacia de los relojes digitales, en la burla de los números infinitos bajo la cúpula sublunar.
Y pensábamos que sólo el reloj de arena decía la verdad, y que ver cómo va cayendo la arena angustia, y que si no hay quien le dé la vuelta, permanece el tiempo muerto, y que si tú eres la arena serás, tras la muerte, exactamente como fuiste en vida, y así siempre que se le dé la vuelta al reloj, y que la arena tenía que ser roja como la sangre porque es el sufrimiento que soportamos hasta que desaparece el último grano, y que si se deja reposar el reloj ese sufrimiento, cuya proximidad al final angustia, ha sido en vano, y que si se le da la vuelta al reloj, comienza idéntico a sí mismo.


4.

Con unas tijeras recortó la luna llena del cielo. Se sentó en la cama y pensó que podía cortarse la piel con esas tijeras, colocar la luna sobre la carne y volver a poner el trozo de piel. La luna era del tamaño de una antigua moneda de plata, y era blancuzca, casi translúcida, y blanda, como de goma. La herida tardaría en curar un mes. Una vez repuesto el trozo de piel, lo recubriría con gasa y esparadrapo, no serían necesarios puntos, sólo Betadine, agua oxigenada, gasas y esparadrapo. Así que dejó la luna sobre la mesilla y cogió las tijeras. Y llamaron a la puerta.
-No he podido avisarte. Pasaba por aquí y…
Se sentaron en el borde de la cama.
-¿Has visto la luna? Parece, más que nunca, un agujero en el cielo.
Se echaron sobre la cama. Se desnudaron. Estiró la mano, tropezó con la mesilla, cogió la luna, se la puso en el sexo.
-Vas a alucinar.

[Henner. La lectora]

5.

-Escucha: “Los egoístas siempre ganan”. Rebátelo.
-No puedo.
-Tú pierdes.
-Y tú ganas.
-¿Y sabes por qué? Olvídate de las consecuencias para los demás, de esa pragmática de los efectos llamada moral. ¿Sabes por qué los egoístas, hagan lo que hagan los demás, siempre ganan?
-Sólo sé que tú eres parte del mundo.
-Cierto. Pero, mira, los egoístas siempre ganan por la misma razón por la que el amor nunca se equivoca.
-Pero… Tú no me haces feliz.
-Ya, pero yo me amo por encima de todas las cosas, mi cosita linda.


6.
-Somos uno.
-A veces.
-Cuando sólo somos cuerpo y nuestros cuerpos están unidos.
-Sí.
-Es muy extraño. ¿La conciencia nos separa?
-No lo sé.
-¿Qué nos separa? ¿Qué distancia es esta? La conciencia… Esa voz que en silencio dice, ¿o se dice?, tú eres tú… A eso llamamos yo, a un decir tú… Y en silencio, en secreto. Eso es la conciencia, ¿no? Un lío, un contrasentido, un yo que es tú, que es un decir, ¿o un decirse?, tú… Y esa estupidez, ese galimatías es lo que nos separa… Que exista esa posibilidad de hablar en silencio, de ese espacio invisible, la posibilidad del secreto. Somos lo que no decimos, lo que velamos, lo que callamos, lo que ocultamos, lo que no mostramos, lo que no revelamos, lo que sabemos y nadie más sabe, el iceberg que muestra la punta y oculta su masa bajo la superficie. Eso nos separa, ¿verdad? Porque el cuerpo no tiene secretos, es siempre visible, y las sensaciones se funden, se confunden de piel a piel cuando todo es piel, cuando se tocan y no se distinguen: en esa oscuridad del tacto toda piel es la misma piel. Es todo culpa del maldito secreto, de su posibilidad, de que pueda haber algo invisible. Y ese es el yo, y eso nos separa, lo que no compartimos, nos separa la mera posibilidad de no compartir. Y la conciencia es nada, y guarda nadas, y a eso le llamamos yo, y cada uno con su yo, cada uno en su nada, a una distancia insalvable del otro yo. Es la posibilidad de no decir sólo y toda la verdad. Porque tú no puedes decirme sólo y toda la verdad, ¿verdad? No, no respondas. Yo sí puedo, y tú no puedes ser más humano y nada hay más humano que tú, y yo podría decirte sólo y toda la verdad, pero yo podría ser un árbol y generar a mi alrededor un espacio hospitalario, una sombra, sin necesidad de dejar de ser lo que soy, sin necesidad de hacer ni dejar de hacer nada. Pero tú no podrías ser un árbol, no podrías dar sombra, porque sólo puedes ser humano hasta el límite de la lucidez, y sólo das luz, y dejas de iluminar hasta llegar a cegar, y así sólo puedes ser humano hasta el límite de todas las posibilidades posibles. Y por eso sólo somos uno a veces, porque sólo se ama con el cuerpo y el resto es distancia.
-Se me acaba el saldo. Cuelgo.

martes, 13 de septiembre de 2011

RESPUESTA PÚBLICA A UN COMENTARIO

Este es el comentario:

Seria interesante conocer al autor de la crítica. Esconderse bajo siglas oscuras no es propio de un crítico serio. La discusión se hace entre personas visibles no entre fantasmas. Además, hay que tener respeto por un grupo de profesores que sacrificaron su tiempo para poner a disposición de los estudiosos la obra de Nietzsche.

Estimado amigo:

Mi nombre es Roberto Vivero Rodríguez. Nací el 20 de abril de 1972. Mi DNI es el 32655742c.

Ya ve que me dirijo a usted como amigo, pues entiendo que lo que le ha animado a dejar su mensaje es la buena voluntad, y no puede haber enemistad entre hombres de buena voluntad.

Paso a responder a su comentario.

Seria interesante conocer al autor de la crítica. – Ciertamente, no veo qué interés puede tener esto. Casi me suena al peligro de hacer acepción de personas, o de caer en el argumento ad hominem, o de tener preparada en la manga la dogmática daga del “enmucetado” criterio de autoridad que dan, para algunos, los certificados académicos. Pero se lo voy a poner fácil: No soy nadie y no sé nada. Y, lo que es peor, no he pasado por la Facultad de Filosofía ni la de Filología. Durante toda mi vida me he limitado a leer y pensar, y sólo me ha movido la curiosidad, las ganas de saber algo, y, sobre todo, la creación con palabras. Lo interesante es no quién habla o escribe, sino lo que se dice. Mire, si yo entro a robar en una joyería y me delata un ladrón reincidente, no por eso será mentira su denuncia.

Esconderse bajo siglas oscuras no es propio de un crítico serio. – Siento decirle que ha elegido mal el verbo con el que comienza esta oración. Porque no me escondo ni bajo siglas ni bajo palio. Este blog lo comenzamos dos personas, y como la otra persona no quería que su nombre fuese público, decidimos obviar nuestras identidades. A mí la idea me gustó no porque así permanecía en la impunidad del anonimato, sino porque creo que quizás habría que volver al antiguo anonimato para que lo que realmente importe sea el texto, no quien lo escribe. En cualquier caso, he mantenido esta línea, pero le aseguro que no para esconderme. Fíjese que más bien es todo lo contrario: yo escribo, me han publicado tres libros, y no me vendría mal un poco de publicidad, pero me ha parecido más “serio” no mezclar el interés con la creación. (Y le aseguro que si alguien comenta negativamente mis libros, pueden suceder dos cosas: que ese alguien lo haga para ir en mi contra, y por lo tanto a mí me da igual; o que lo haga porque cree estar diciendo la verdad, y entonces intentaré aprender). Otra cosa: Las “siglas oscuras” no son de mi invención: el programa del blog me las adjudicó sin encomendarse a nadie. Por último: No soy un crítico, y por lo tanto no puedo considerarme un crítico serio. Cuando escribo no pienso ni en mí ni en el autor del libro que reseño, si una reseña es lo que me ocupa: pienso en el texto. Por supuesto, mi ignorancia me hará cometer infinidad de errores, pero le aseguro que siempre parto de la premisa de no desviarme, al menos con la intención y el esfuerzo, si no del conocimiento, sí al menos de la recta opinión. – Siento que piense que me escondo. Mire, la editorial Trotta se puso en contacto conmigo; en ningún momento me dijeron que hiciese ningún cambio en la reseña, pero a mí me faltó tiempo para reconocer que había cometido excesos estilísticos e hice los cambios pertinentes. Y quiero pensar que lo que más les ha dolido a los editores no ha sido mi comentario del libro, sino la conciencia de haber puesto en el mercado un producto que no se ajusta a sus propios criterios de calidad.

La discusión se hace entre personas visibles no entre fantasmas. – Bonita frase, sin duda, pero no veo la obligación de poner una foto mía para que se me vea y para que se vea que no soy un fantasma, sino un don nadie de carne y hueso; y no haré esto porque soy demasiado feo y no quiero maltratar, hasta ese punto, a los que visiten el blog. Por otra parte, le invito también a usted a que abandone el estado fantasmal y firme su comentario como persona visible. Y las discusiones, y mire que aquí no hay discusión posible, pues en ningún momento me mueve el afán de polémica y estoy convencido de que en el fondo estamos de acuerdo; digo que las discusiones pueden desarrollarse incluso entre personas “no visibles”.

Además, hay que tener respeto por un grupo de profesores que sacrificaron su tiempo para poner a disposición de los estudiosos la obra de Nietzsche. – Tengo el máximo respeto por todo aquel que quiere hacer bien su trabajo, se lo aseguro, y más cuando ese trabajo está al servicio del conocimiento. Y es debido a ese respeto por lo que me he animado a mostrar lo que yo no he inventado, lo que está ahí. Y lo que ahí está es que la mejor editorial de este país pone a la venta por un precio elevado (pero justo) un libro en el que un Catedrático de Filosofía escribe “encima mío”. Dígame: Si veo que esto lo escribe un chico de Segundo de la ESO, ¿qué me recomienda que haga? ¿Me acuerdo de los padres y de las madres del sistema educativo, maldigo a la juventud actual, me pongo a añorar, ay, las nieves de antaño? Porque respeto a esos profesores, porque respeto a la editorial Trotta, y porque respeto a los lectores, he de escribir lo que he escrito. Aquí el problema no es que alguien describa la realidad: el problema es la realidad. Si usted compra un ordenador y está plagado de defectos, ¿no acude de inmediato a la tienda? ¿O se para a pensar que lo han ideado y lo han fabricado ingenieros y “mileuristas” con todo su esfuerzo y cariño y, por lo tanto, ha de quedarse con el ordenador defectuoso? Es el respeto lo que me mueve. Porque yo no gano nada con todo esto, ni dinero ni vanidad. Y el grupo de profesores del que me habla no creo que hayan “sacrificado” su tiempo, porque no sé por qué tengo la sospecha de que han cobrado por hacer este trabajo de traducción, y cobran un sueldo en sus cátedras por hacer su trabajo, y los que se dedican al conocimiento y la creación jamás tienen la sensación de estar sacrificándose, y si les pasa eso, lo mejor que pueden hacer es dedicarse a otra cosa para no sufrir tanto.

Espero que de algo haya servido esta respuesta. No es mi intención ni atacar ni defenderme. Siento que mi estilo moleste, lo siento de veras, y puedo asegurarle que es el propio estilo el que se venga en mí por todos ustedes.

lunes, 12 de septiembre de 2011

EPPUR SI MUOVE


Esta nota sigue al cambio que he realizado en el texto que reseña el quinto volumen de la correspondencia de Nietzsche publicado por Trotta. Un correo enviado por dicha editorial me ha animado a rectificar no el estilo, al que no puedo renunciar, pues sería renunciar a mí mismo, ya que no es una pose, es decir, un fingimiento; digo que me ha animado a rectificar no el estilo, pero sí algunas expresiones hirientes y, por lo tanto, innecesarias. Pido públicamente perdón por el sarcasmo, siempre ofensivo, y deseo que esta rectificación sirva como agradecimiento ante el valor de pedir disculpas sin rodeos por un trabajo no del todo idóneo. En cualquier caso, siempre son los mejores los que también en los malos momentos saben estar a la altura, y yo no dejo de pensar que Trotta es la mejor editorial de este país.

Y sin embargo se mueve, amigos míos. Quiero decir que seguimos a vueltas con el escándalo editorial (no sé si sólo en España). Parece que la endogamia editores-escritores-periodistas no acarrea nada bueno. En este sentido, probablemente Internet haya venido a abrir el hueco a los lectores, muchos de ellos conocedores y exigentes, un hueco que rompe esa cadena viciosa de, en muchos casos, meros favores recíprocos e intereses económicos.

Se diría que hay una ley del silencio. Todos los que escribimos podemos contar (y nos contamos los unos a los otros) escalofriantes anécdotas (y no es la palabra, pues una anécdota es como una excepción, y aquí estamos ante una regla) sobre la relación con los editores. Los lectores quedan excluidos de lo que pasa entre bastidores. Por ejemplo, ¿cuántos lectores podrían imaginarse que la publicación de una obra literaria está en manos de editores que cometen salvajes faltas de ortografía? – En fin, mejor callar. Y sobre la relación (no sé si simbiótica o parasitaria) que mantienen los que trabajan en la prensa con editores y escritores, no hay nada que decir después de lo dicho por Balzac en Las ilusiones perdidas.

Desde hace años me gusta decir que no quiero hablar de cultura porque es el único tema que me pone como un energúmeno. Pero lo hago. Supongo que no es un vicio, sino la constatación, por vía del dolor, de una fe inquebrantable en la existencia de amantes del conocimiento que están por encima de pasiones e intereses.


sábado, 10 de septiembre de 2011

NIETZSCHE. CORRESPONDENCIA. VOLUMEN V

NIETZSCHE, Friedrich. Correspondencia. Volumen V. Madrid: Trotta, 2011, 446 pp.


Pienso que los lectores que se interesen por la lectura del quinto volumen de la correspondencia de Nietzsche no necesitan demasiados comentarios sobre su contenido: quien llega a esto, es más que probable que ya sepa todo esto. Por lo tanto, he decidido trastocar el orden habitual de la reseña, dejo para el final las palabras sobre el contenido del volumen y paso directamente al libro como “cosa”.
Pues bien, estoy profundamente desilusionado. Y como no es mi costumbre morderme la lengua (por si me enveneno), tengo que decir que esta edición es casi una chapuza. No olvidemos que estamos hablando de un libro traducido por el respetadísimo Juan Luis Vermal, publicado por la seria editorial Trotta, edición que dirige Santiago Guervós, libro que está en el mercado (a un precio superior a los treinta euros) con la subvención del Ministerio de Cultura.
A los hipersensibles les sugiero que no sigan leyendo.
Porque esta montaña ha parido estos ratones: “en contra mío”, pp. 67, 206; “a través mío”, p. 229; “encima mío”, p. 292; “en contra suyo”, p. 368; “en contra tuyo”, pp. 310, 406; “delante mío”, p. 360; “cerca suyo”, p. 362; “olvidé de pedirle”, p. 370; “he olvidado de escribirte”, p. 412; “Te agradezco de corazón por tu carta”, p. 372.
¿Sigo?
“Pasé”, “último”, “afectó”, “qué”, “llegó”: todas estas palabras, que necesitan la tilde, carecen de ella (pp. 163, 225, 338, 348, 355). Los errores de puntuación son incontables. Faltan paréntesis, comillas, puntos, incluso letras y palabras. Es desesperante. En la página 217, las notas que deberían ir numeradas como 298 y 299, aparecen como 398 y 399.
Pero esto no es todo…
Y quizás lo que sigue ya son manías, pero, maldita sea, si los demás pueden hacerme tragar sus errores y horrores después de haber pagado tal suma de dinero, ¿cómo no voy a poder yo expresar, gratis, mis manías? Así que ahí va.
No me gusta la traducción de Vermal. Creo que hasta ahora es la peor de la colección. Y miedo me da. Porque lo siguiente que tengo que leer son los fragmentos póstumos de Nietzsche (publicados por Tecnos), y el cuarto y último volumen, de 780 páginas, lo traducen Juan Luis Vermal y Joan B. Llinares. Me encomendaré a este y a su contrastada reputación como traductor de Nietzsche. (Y, por otra parte, Llinares es el traductor del sexto tomo de la correspondencia, aún no aparecido en el mercado).


[Postal de Nietzsche a su madre. En ella, como en tantas otras misivas, firma “Tu vieja criatura”]

La traducción de Vermal no me gusta por giros como los siguientes: “¡Qué bonito que fue que estuvieras para mi partida!”, p. 111; “aunque más no sea para darle”, p. 284. Tal vez estoy demasiado acostumbrado a Sánchez Pascual. Porque tampoco me gusta la palabra “tratativa”: no sé, entiendo que uno puede escribir en una traducción de Heidegger, si viene al caso, la palabra “aeromoza”, pero ¿a ustedes no les suena mejor “azafata”? – Más. En la página 198 traduce: “Ni entre los vivientes ni entre los muertos tengo a nadie con quien me sienta afín” (carta a Franz Overbeck, 5 de agosto de 1886). Si Vermal quiere traducir die Lebenden por “los vivientes”, me parece correcto – pero mal, porque suena mal y porque no es coherente, ya que en la página 221 traduce: “aquí hay un problema que, por suerte, según me parece, podemos tener en común con no muchos de entre los vivos y los muertos” (carta a Jacob Burckhardt, 22 de septiembre de 1886).
Yo ya no sé qué pensar. En la página 155 leemos: “¿No le sienta mal el puesto? ¡He!” (carta a Köselitz, 27 de marzo de 1886). A mí esto me dejó temblando. Así que fui al Klassik Stiftung Weimar, Nietzsche-Briefwechsel, y encontré lo siguiente:


En el margen (he girado la imagen para que se pueda leer mejor), donde Vermal traduce “¡He!”, Nietzsche escribe “hein?”. –
¿Qué hago ahora? Supongo que no me queda más remedio que esperar a que editores y autores piensen más en los lectores que en sí mismos. Quizás hubo un tiempo en el que ser tuerto te hacía ser rey en España, y creo que estaremos de acuerdo en que son buenas noticias, para todos, el que poco a poco se vayan eliminando camarillas y cotos cerrados. Espero, pues, a la segunda edición de este libro.
Este quinto volumen de la correspondencia de Nietzsche abarca desde enero de 1885 hasta octubre de 1887. En las cartas y postales, el filósofo desvela sus ocupaciones y preocupaciones: su mal estado de salud física y anímica; su peregrinaje en busca del medio que le permita vivir, pensar y escribir sin demasiado sufrimiento; su cada vez mayor soledad; su trabajo en la escritura de prólogos para obras del pasado (El nacimiento de la tragedia, Humano, demasiado humano, La Gaya Ciencia) , y en la redacción de nuevos libros: la cuarta parte de Así habló Zaratustra, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, el quinto libro de La Gaya Ciencia, así como en su pretensión de que se publique, e interprete, su obra musical Himno a la vida; sus malas experiencias con los editores; sus reflexiones sobre lo que significa no ser comprendido en el presente, junto con sus vaticinios sobre la repercusión de su obra en el futuro.
Apenas se puede hablar de una época en la vida de Nietzsche que sea más importante que otra. En estos años, por ejemplo, Nietzsche considera que ha terminado su trabajo de preparación, trabajo que incluiría Así habló Zaratustra, y que ahora le espera la verdadera y gran tarea de crear un sistema filosófico bajo el título de La voluntad de poder. La escritura de los prólogos para algunas de las obras pasadas es de un interés mayúsculo, tanto para el conocimiento de la obra de Nietzsche como para la reflexión sobre la evolución de una obra que avanza durante años y que siempre es susceptible de ser revisada no tanto para introducir cambios, como para ser interpretada dentro del todo de la obra misma.


[Archivo-Nietzsche, Weimar]

Si en nadie se pueden disociar vida y obra de manera tajante, parece que en Nietzsche esto sería un disparate. Así, Nietzsche piensa profundamente en la necesidad no ya de lectores, sino de discípulos, y podemos decir que él mismo es su único lector y que por eso los únicos comentarios serios a su obra son sus prólogos, que lo demás es silencio o ruido. Y de ahí, también, su constante preocupación por ser no ya incomprendido, sino malinterpretado. Por otra parte, sigue pasmando la fe que este hombre tenía en sí mismo y en su obra, y más aún estremece contemplar, en el presente de las cartas, aquella vida de radical soledad y extenuante enfermedad que haría que se rindiese el más estoico de los hombres. Y si Nietzsche no sucumbió tuvo que ser, sin duda, gracias a su fe en que él no era un hombre, sino un destino.

Enlaces en este blog a las reseñas de los cuatro volúmenes anteriores de la correspondencia de Nietzsche:

jueves, 8 de septiembre de 2011

VANILOQUIO DEL SOLADOR


Imaginé un blog llamado Soliloquio del farero. Pero para qué fingir lo que no se es, para qué pretender ficcionar lo que ni la imaginación consiente.

Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…


Creo que todos estaremos de acuerdo en que este no es un poema de La realidad y el deseo; no es uno, no: aquí Cernuda fundió dos poemas. El primero es Soliloquio del farero, y debajo de este título-poema, la página en blanco, todo un libro de páginas en blanco. El segundo poema son los versos, sin necesidad de título.

¿Cómo pude imaginarme merecedor de usufructuar todo esto? Así que imaginé un blog llamado Vaniloquio del solador.

Cómo llenarte, soledad,
sino conmigo mismo…

Así que se me va el alma al suelo, que es ese lugar por el que también se camina, pero que es, en esencia, donde recuperar el tiempo perdido – cuando nos erguimos y empezamos a caminar y a mirar al frente y a otear el suelo, lejano, de vergüenza y miedo -, donde empezar a acostumbrarse a la eternidad.

Desde la cuna-cama-tumba del suelo se ve mejor el cielo: por la noche te llenas los ojos de estrellas y sabes que tú no eres nada más que una luz fugaz que ha dejado de arrastrarse para reposar, para aprender a no moverse, para ser apenas, cada vez más un poco menos.


En el suelo


en el suelo,
en él suelo reencontrarme.
en el suelo no
dominguero de los parques.
en el suelo no
ciudadano de las aceras (aún soy cobarde).
en el suelo olor
a las colillas de mi jaula sin aire.
en el suelo desde
donde la punta de mi cigarrillo al cielo
envía señales, amantes, para reencontrarse.

*


necesito todo el cielo para mí,
por eso cierro los ojos y los abro
en la noche. se acostumbran a ver
que no hay sucesión, que todo es ocasión,
la misma ocasión. y esa luz no es
avión, es de la naturaleza de las estrellas,
luz en mis ojos, luz de mis ojos, y creo
que se llama aeroplano fugaz.

*

me he salido al suelo duro, al eje del coxis,
y ahora juego a la ciega con las tabas de las estrellas.

*

también aquí se está bien,
he de sentir la soledad de los huesos,
mi tuétano. he de sentir
sin huir este duro suelo de no encontrar
equilibrio tampoco en la horizontal.

*

es en el suelo donde todo se distiende,
donde los ojos se llenan de estrellas.

decúbito supino, ese silogismo,
en tragicómica lengua casi muerta,
de la filosofía de estrellarse.

equilibrio cósmico de gimnosofista
que acostado no se cae hacia arriba
ni sufre la cónica tentación de levitar.

*

los cielos y yo
(ahora lo veo)
nos movemos con tal armonía de mareas
que estamos quietos.
se mueven coquetas las olas de las nubes
para que nosotros coqueteemos.


*

qué fuerza es esta para sufrir,
y quién abrazará luego a anteo;
vagabundo diamante, descielado
carbón del suelo.


está bien que no se pueda escarbar,
ni arañar. contra la baldosa se derrumba
la vertiginosa ilusión del abismo.

*

nunca se está tumbado solo en el suelo;
siempre hay a su cabecera una sombra,
la elegía desde la eternidad.
tampoco en la soledad del duro suelo
reina la soledad. todo suelo tiene su sombra
vertical, y tras ese umbral la puerta
alberga las muchedumbres de una ausencia.

*

se me va el santo al suelo
y rueda por la acera como una moneda,
céntimo que se para en la esquina del plano.
y aunque quiere dar pena, es pobre para dar
el universo que encierra.

*


caminaba… me acerqué al árbol, y vi
que todo pasaba alrededor de su pacífica espera.
y quise ser como él, y vi
que no soy árbol y que el árbol tampoco espera.

caminaba… me acerqué al río, y vi
la fuga de su constante lecho acunando risas.
y quise ser como él, y vi
que no soy río y que el río tampoco ríe.

recuerdo que caminaba… me acerqué al hombre, y vi
que yo no era hombre y él tampoco era hombre,
y dejé de caminar y tendí en el suelo
esta humanidad mía que no espera, que no ríe,
que caminaba por el suelo para llegar a esta nada del suelo.

*

sólo se espera solo
en el basurero, a las
afueras de la ciudad. y
lo demás es tiempo entre-
tenido con los pies en el suelo.